abril de 2026

‘Todas las mujeres que habito’ – Ángela Conde

Hoy he ido al teatro Infanta Isabel a ver «Todas las mujeres que habito». ¡Me ha encantado!

Una sola actriz en el escenario de vida a siete personajes distintos. Siete mujeres diferentes. Siete mujeres de distintas edades, condición social y hasta de diferentes países.

¡Ha sido un verdadero espectáculo! Cuando sientes que los 18 euros gastados han valido la pena, céntimo a céntimo.

Al final, un aplauso largo, emocionante y sincero, que Ángela Conde ha soportado estoicamente de pie, agradeciendo con el cuerpo, las manos y el gesto, hasta que ha confesado que la íbamos a hacer llorar.

Esta noche el escenario del Teatro Santa Isabel ha sido territorio conquistado. No por un ejército. Por una sola mujer.

Ángela Conde firma y encarna Todas las mujeres que habito, y lo hace sin red de seguridad: productora, dramaturga y única intérprete. Teatro en estado puro. Sin fuegos artificiales. Sin más marketing que el riesgo.

La premisa parece sencilla: una escritora de éxito, especializada en novela romántica, atraviesa una crisis creativa al mismo tiempo que una ruptura sentimental. Madre. Mujer conocida. Mujer privada. Esposa, hija, nieta, amiga, amante… Mujer que se rompe y se recompone.

Pero lo que ocurre en escena va mucho más allá del argumento.

Ángela no interpreta un personaje. Interpreta siete. Siete mujeres distintas que emergen del mismo cuerpo como si cambiar de piel fuera tan natural como respirar. Cambia la voz, el acento, la musculatura del gesto, la forma de caminar, la mirada. Cambia el eje del cuerpo y cambia el alma. Y no dudas ni un segundo: son otras. Todas distintas. Todas reconocibles. Todas reales.

Y luego está la maleta.

Una simple maleta que se convierte en barra de bar, en cama, en silla, en sofá. En metáfora. En equipaje emocional. En carga y en refugio.

El teatro, cuando es honesto, no necesita más. Ironías reconocibles y momentos que aprietan el pecho. La risa llega con inteligencia.

Hacer reír y llorar en espacios tan breves, es solemnidad. La obra habla de identidad, de maternidad, de deseo, de fracaso, de expectativas y de la presión de ser “la mujer que deberías ser”. Y lo hace sin sermón, sin pancarta, sin moraleja forzada. Solo desde la experiencia vivida y teatralizada con una entrega que impresiona.

Ángela Conde no actúa: se transforma, se mimetiza, muta.

Salir del teatro con la sensación de haber asistido a algo auténtico no es tan frecuente. Aquí ocurre. Sales con la impresión de que, dentro de cada mujer interpretada, hay cientos que responden a ese patrón y han sido silenciadas. Una actriz que vale por mil. Una obra valiente.

Una hora y pico que recuerdan por qué el teatro sigue siendo una aventura imprevisible y necesaria. Si vuelve a cartel, no lo dudéis. Las maletas emocionales pesan menos cuando alguien se atreve a abrirlas delante de todos.

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