El magisterio de los árboles
Javier GilabertXXXI
Certamen de las Letras Hispánicas “Rafael de Cózar”
Universidad de Sevilla
Ed. Espuela de Plata (Renacimiento), 2026
El árbol como método —del Asombro al Magisterio—
1.- Una poética de la continuidad: el asombro cambia de paisaje
Hay libros que comienzan a escribirse en otros libros. Es una buena pista para adivinar que un autor está construyendo más que un poema o un poemario, toda una obra. Así, Javier Gilabert empezó a escribir El magisterio de los árboles (Premio Rafael de Cózar), probablemente sin saberlo, en Todavía el asombro (Premio Blas de Otero), donde muchos de sus versos son esquejes como este:
El árbol muestra al despojarse
de lo que no precisa
la humilde entrega
XXXXXXXXXXXXXXXdel estar despierto.
Vivir no necesita más adornos.
Gilabert levanta una poética de la atención: el mundo, incluso bajo la costra de la costumbre, conserva todavía una capacidad de revelación. El poema nace de mirar de nuevo lo aparentemente visto, de rescatar lo mínimo del uso automático de los días. Y esa misma mirada se ve obligada a posarse sobre territorios más ásperos en El magisterio de los árboles: la muerte del padre, la fragilidad de la memoria, el aprendizaje de los hijos, la obstinación de la vida que rebota en lo vegetal.
No es casual que en una entrevista reciente el propio Gilabert haya declarado que Todavía el asombro no era solo el título de su libro anterior, sino una manera de habitar la literatura. La frase resulta decisiva porque evita una lectura simplificadora de El magisterio de los árboles como libro elegíaco sin más. El asombro solo cambia de temperatura. El poeta sigue mirando, pero ya no mira únicamente el instante, se detiene también en lo que el instante ha dejado fuera: una ropa en un armario, una fotografía, una madre ante un espejo, un árbol rescatado de la intemperie, un bonsái que obliga a comprender que educar y podar no deberían ser nunca formas de violencia.
Esta continuidad, sin embargo, no impide advertir un salto. Todavía el asombro era un libro de fundamento metapoético, articulado en torno a la posibilidad de conservar una mirada inaugural en una realidad saturada y fragmentaria. El magisterio de los árboles incorpora esa poética en una experiencia más concreta, menos abstracta, más biográfica y, por eso mismo, más profunda.
2.- Del instante al arraigo: una arquitectura más orgánica
La diferencia estructural entre ambos libros es reveladora. Todavía el asombro se organizaba como una gramática de la mirada. De hecho, la sección inicial, ‘Gramática del asombro’, funcionaba como declaración de principios y como mapa de lectura: el poema, el instante, la luz, la conciencia y el lenguaje formaban un sistema. La crítica ha señalado con acierto que aquella primera sección era un aviso de navegación. El libro avanza por irradiaciones: cada poema demuestra, desde un ángulo distinto, que la realidad podía ser contemplada de manera intensa si se aprendía a detener el ojo.
El magisterio de los árboles posee una arquitectura menos discursiva y más orgánica. Sus dos grandes movimientos —el padre como primer árbol y el árbol como maestro— no se limitan a ordenar temas; proponen una transformación interior. La primera parte se adentra en el duelo. La segunda desplaza el centro hacia el cuidado. Esa transición es fundamental: el libro encuentra en lo vegetal una pedagogía de la permanencia. El árbol es símbolo y forma de pensamiento. En Gilabert, el árbol piensa con su manera de estar.
La metáfora central no se agota. Muchos libros de poesía se construyen alrededor de un símbolo que termina siendo una jaula. Aquí, en cambio, el árbol se ramifica sin perder unidad. Es padre, casa, sombra, memoria, enseñanza, paciencia, límite, herencia y ceniza. El resultado es un libro compacto. La flora funciona como ejemplo afectivo. Cada árbol puede enseñar una faceta distinta de la vida. La mirada no solo contempla. No basta con mirar. Hay que cuidar lo mirado.
3.- La elegía sin retórica: el padre como primer árbol
El riesgo de un libro construido desde la muerte del padre es evidente: caer en el patetismo, levantar un monumento verbal, confundir intensidad con desbordamiento. Gilabert evita esas trampas mediante la contención. El padre se convierte en la presencia que permanece en las cosas. La elegía se desplaza hacia los objetos, y esa elección resulta mucho más eficaz que cualquier énfasis confesional.
El breve poema que abre simbólicamente el libro lo anuncia con una sencillez proverbial: el padre comparece como primer lugar de cobijo. La imagen podría ser común si no fuera porque el libro se encarga de desarrollarla desde sus consecuencias materiales. Pues muestra cómo esa protección sigue actuando después de la muerte, incluso cuando la memoria empieza a fallar o cuando los objetos se vuelven demasiado elocuentes.
Me interesa especialmente la manera en que Gilabert acepta una verdad rara vez confesada en la poesía elegíaca: la memoria no conserva intactos a los muertos. Los pierde de nuevo. La muerte continúa en el borrado progresivo del rostro, de la voz o del movimiento exacto. Ahí el libro alcanza uno de sus puntos más hondos con una honestidad que lo separa de cierta poesía de duelo demasiado complacida en su propia nobleza. Gilabert sabe que amar también es asistir, impotente, a la imprecisión creciente de lo amado.
La idea de que el tiempo, en Todavía el asombro, es una materia sedimentaria que permite distinguir lo esencial de lo accesorio, se vuelve más concreta y dura en El magisterio de los árboles, donde esa fuerza puede desplazar el centro de una familia. La poesía de Gilabert gana aquí gravedad porque abandona cualquier tentación de consuelo abstracto. No dice: la poesía salva. Dice algo más: la poesía acompaña mientras algo se pierde.
4.- El árbol como método
El título El magisterio de los árboles podría inducir a una lectura demasiado rápida: los árboles como figuras de una sabiduría natural. Pero el libro no opera así. Su magisterio no es decorativo ni bucólico. Los árboles enseñan porque obligan al sujeto a modificar su ritmo. Su lección es formal antes que temática: esperar, observar, tocar con cuidado, intervenir solo cuando es necesario, aceptar que no todo crecimiento depende de la voluntad humana.
El poema ‘La forma original’ resulta, en este sentido, nuclear. La práctica de esculpir un bonsái en miniatura se convierte en una teoría de la forma: no se trata de imponer al árbol una figura externa, sino de escuchar la configuración que ya le pertenece. Gilabert encuentra ahí una metáfora precisa para la educación, la paternidad y la propia escritura. Porque un poema tampoco debería ser forzado desde fuera, sino acompañado hasta que revele su diseño inevitable. En esa coincidencia entre jardinería, crianza y poética aparece el Gilabert más convincente proclamando la profundidad desde la imagen.
El libro es, además, una meditación sobre la transmisión. Los hijos aparecen como una continuidad: ¿qué dejamos sin saber que lo dejamos?, ¿qué sombra damos?, ¿qué estela abre nuestro vuelo para quien viene detrás? La paternidad se formula así lejos del tópico posesivo. El padre muerto fue árbol; el padre vivo aprende de los árboles cómo no aplastar la forma de sus hijos. El gran poema ‘Olivo’ así lo expresa:
Siempre quise tener unos olivos,
un terreno en el campo, un refugio
donde pasar los fines de semana.
Lo encontré en la basura,
desahuciado,
y se vino conmigo.
Nadie quiso apostar
por aquel moribundo,
pero al rascar su arrugada corteza,
decidí que el olivo se quedaba.
Tras arrancar sus hojas una a una
y eliminar las ramas inservibles,
parecía aún más muerto. Y lo estuvo
por lo menos un año.
Pero en marzo o abril,
pequeñísimos brotes
dieron paso a la vida.
Ha crecido hasta alcanzar
la altura de mi hijo,
y no hay día que al mirarlo no piense
que es un digno heredero
de los viejos olivos
cuya raíz sostiene nuestra historia.
5.- Tradición, afinidades y lugar en la poesía española actual
La poesía de Javier Gilabert se inscribe en una línea de claridad meditativa muy reconocible dentro de la poesía española reciente. Su escritura posee una transparencia trabajada y una dicción comunicativa que no se desentiende del pensamiento.
La virtud principal de esta posición es la hospitalidad de sus textos: el lector entra en los poemas sin necesidad de descifrar una clave privada. Las imágenes están asentadas en objetos comunes, experiencias compartibles y en una sintaxis que acompaña la reflexión.
Situar a Javier Gilabert dentro de la poesía española actual exige cierta cautela, porque su voz no parece interesada en participar de gestos generacionales estridentes. No hay en él voluntad de ruptura espectacular ni de exhibición experimental. Tampoco se instala en una poesía de la experiencia entendida en su versión más plana o anecdótica. Su territorio es otro: una poesía de la atención moral, de raíz contemplativa, con una confianza sostenida en la imagen clara y en la emoción calmada.
Otras reseñas publicadas han señalado afinidades con poetas como Claudio Rodríguez, por la estupefacción ante lo ordinario y la presencia de la luz, con cierta tradición anglosajona de objetividad emotiva, por la capacidad de concentrar el duelo en cosas concretas, y con una sensibilidad cercana a la naturaleza entendida como interlocución más que como escenario. A mí me parece que el punto más interesante de Gilabert está precisamente en no convertir esas influencias en máscara. Su poesía traduce a una intimidad reconocible: Granada, la familia, los amigos, los hijos, los árboles cuidados, la conversación con otros poetas.
También conviene destacar la presencia de la amistad como estructura secreta del libro. La dedicatoria a los amigos y los poemas escritos “con” otros autores indican una concepción coral de la poesía. En un tiempo de autorías muy ensimismadas, Gilabert recuerda que un poema puede nacer de la conversación, de la lectura compartida y de la gratitud.
En ese sentido, El magisterio de los árboles dialoga con una zona noble de nuestra poesía reciente que intenta devolver gravedad a palabras aparentemente gastadas —padre, hijo, casa, árbol, luz, tiempo— sin caer en ironía ni en ingenuidad. Es un libro que resiste la prisa, al cinismo, al exhibicionismo emocional y a la idea de que solo lo oscuro es profundo.
El magisterio de los árboles confirma a Javier Gilabert como un poeta de voz reconocible, cada vez más dueño de sus medios, que ensancha su mirada hacia una experiencia límite. Su cuidado funciona como una manera de pensar la vida después de la pérdida.
Este libro posee la sabiduría discreta de quien ha aprendido a escuchar mejor. Gilabert escribe desde una intemperie serena. Entiende la ceniza que seremos sin olvidar que, antes que ceniza, fuimos sombra, fruto, nido y estela.











