septiembre de 2026

‘Herscht 07769’, de László Krasznahorkai

Herscht 07769
László Krasznahorkai

Acantilado, 2026
414 páginas

De Krasznahorkai esta es la primera y única novela que he leído hasta el momento. Por eso no haré una valoración de su obra, sino sólo de este título que, por cierto, es el más reciente publicado en español.

Confieso también que no me acerco a los libros según los premios recibidos por sus autores, ya sean premios tan depauperados como el Planeta o tan “prestigiosos” como el Nobel. De hecho, hace mucho que no leía un libro de escritor agraciado con el premio de la Academia sueca.

En fin, vayamos con Herscht 07769.

Es una novela de 414 páginas narradas sin usar ni un punto. Esto, a algunos lectores, podría echarlos para atrás a la hora de elegir una lectura. Allá cada cual. El procedimiento no es nuevo, no lo ha inventado el autor húngaro. Lo usaron mucho algunos escritores del boom García Márquez en El otoño del patriarca). Y también lo han utilizado escritores tan dispares como Enrique Vila-Matas (Mujer en el espejo contemplando el paisaje) o el checo Bohumil Hrabal (Clases de baile para mayores).

Entonces, se preguntará algún lector ¿es esto un hándicap para leer la novela de Krasznahorkai? Yo diría que no. Y la razón es que el autor dulcifica esta aparente dificultad mediante dos artificios. Uno es la oralidad otorgada a la narración, pues el narrador establece un vínculo con el lector como de contador de historias. La sensación que tiene el lector es de estar sentado frente a un cuentista junto a una chimenea humeante. El segundo artificio o recurso narrativo es la construcción de una trama cuya textura agarra al lector desde el primer instante.

A partir de ahí, uno se desliza por la prosa de Krasznahorkai como en una tabla sobre las olas. Desde el primer momento nos damos cuenta de que en la historia hay dos protagonistas. Uno es el gigantón Florian, un joven inocente, simplón y de una terquedad pura. Tiene la inteligencia de los tontos imprevisibles, atributo que le conducirá a un final ingrato. El otro protagonista es el propio pueblo, Kana, ubicado en lo más remoto de Turingia y donde entre sus apacibles y rutinarios habitantes se ha establecido, de forma desapercibida, un grupo de neonazis.

Con estos elementos podríamos arriesgar que la novela del autor húngaro tiene vocación de advertencia social y política sobre las amenazas ideológicas del mundo contemporáneo y, en concreto, de la Europa actual. Siendo esto así, no es sólo esto, desde luego no es un panfleto, pues la historia promueve el análisis de valores como la fidelidad, la amistad, la desconfianza y el destino de ciertas almas.

Un acierto argumental de la novela, a mi entender, es su ubicación en ese pequeño pueblo de Kana, donde sus habitantes, que también se convierten en personaje coral, representan la interioridad de una Europa acechada por siniestras fuerzas revitalizadas por la crisis de valores y el oportunismo de ideologías que, tras la debacle social de la Segunda Guerra Mundial, parecían abandonadas a los rincones de la historia.

No es así, pues en Kana, el grupo encabezado por el jefe de Florian maneja los hilos para recuperar lo que él llama el Cuarto Reich. Mientras tanto, ajeno a la malignidad de su patrón, Florian está empeñado en escribir cartas a la canciller Angela Merkel advirtiéndola de una catástrofe inminente: la destrucción del mundo. Su errónea interpretación de las enseñanzas de su amigo profesor Köhler sobre al Big Bang que dio forma al universo, hace que Florian se empeñe en salvar a la humanidad.

El lector, desde los primeros compases de la novela intuye que habrá un final trágico, pero la resolución del drama se hace esperar. Y tal resolución, desde el principio de la historia está ambientada por la música de Bach, cuya casa se encuentra en las inmediaciones del pueblo. Es el Jefe, un neonazi al acecho, quien paradójicamente alienta en Florian la pasión por la música del maestro, como si pretendiera acompañar la llegada del nuevo horror al modo que los nazis hitlerianos utilizaban la música wagneriana para llevar a cabo su destrucción de la Europa de los años treinta del siglo XX.

¿Sigue el lector, una vez conoce el final de la historia, pensando que está ante un cuento narrado en una noche cálida y acogedora? Es posible. Es un cuento, pero uno terrible.

Lo que sí piensa el lector, tras terminar esta novela de Krasznahorkai, es que se trata de un autor de gran potencia literaria y de quien merece la pena leer más.

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