septiembre de 2026

‘El hombre kitsch’, de Alejandro Céspedes

El hombre kitsch. Divertimento satírico
Alejandro Céspedes
Independently published, 2026
100 páginas

La mala leche como método

El hombre kitsch se presenta modestamente como divertimento satírico, pero el término se queda corto. No estamos exactamente ante un libro de poemas, ni ante un ensayo versificado, ni ante una colección de invectivas políticas, aunque participe de las tres cosas. Alejandro Céspedes ha construido un artefacto híbrido cuyo verdadero género es quizá la sátira moral: una indagación feroz, cómica y a ratos deliberadamente obscena sobre las formas contemporáneas de la impostura. El propio libro declara desde el comienzo que no busca neutralidad ni prudencia, sino llevar determinados gestos sociales hasta el límite de su caricatura. Conviene aceptar ese contrato de desmesura antes de entrar, porque quien espere ecuanimidad sociológica se ha equivocado de taberna, queridos lectores.

La figura que da título al volumen procede de Matei Calinescu, pero Céspedes la expande hasta convertirla en una especie antropológica: el individuo que necesita estetizarse, exhibirse, moralizarse y, sobre todo, verse viviendo. El kitsch deja así de ser una categoría estética para convertirse en una patología de la percepción. El hombre kitsch no disfruta: fotografia su disfrute, lo muestra. No tiene identidad: la representa y la asume. No piensa: administra un repertorio de consignas que previamente ha comprado (y que nos está vendiendo). El prólogo establece con claridad esa transición desde el kitsch artístico hacia una forma de falsificación existencial.

La primera parte, «Soy un selfi», es probablemente la más compacta conceptualmente. Aquí el libro encuentra algunas de sus mejores operaciones poéticas porque no se limita a denunciar: inventa imágenes que contienen ya la denuncia. El yo contemporáneo se cree autocreado, origen y fin, mientras sus selfis lo convierten paradójicamente en una copia idéntica a las demás copias; las redes sociales desembocan en una caverna retroiluminada, y Plotino, Parménides y Platón terminan compartiendo página con teléfonos móviles, emoticonos y filtros. Ese choque entre vocabulario filosófico y banalidad tecnológica es uno de los recursos más fértiles del libro. ¿Esquizofrenia o genialidad?, ¿ambas?

Lo mismo ocurre cuando el tono elevado se estrella contra una expresión callejera. Céspedes puede pasar de la metafisica al Vivo en mi puto prime sin pedir permiso, y precisamente ahí está parte de la eficacia del poema: no intenta ennoblecer su objeto, sino reproducir su promiscuidad verbal (porque yo lo valgo, le faltaría decir). Marcas comerciales, redes sociales, anglicismos, Heidegger, Tinder, Duchamp, Amazon o Nicanor Parra pertenecen a un mismo vertedero cultural (con perdón de la expresión). El libro entiende muy bien que nuestro lenguaje ya no está jerarquizado; una cita filosófica y un eslogan publicitario pueden ocupar hoy la misma zona cerebral. Increíble pero cierto.

La escritura alcanza sus mejores momentos cuando esa mezcla genera una imagen y no simplemente una opinión. El impostor imposta su impostura es casi un emblema del volumen. También lo son esos seres de fino vidrio, los pensamientos convertidos en azucarillos o el pedrisco que rebota dentro de un cerebro vacío. Ahí Céspedes no necesita explicar el diagnóstico: el lenguaje hace el trabajo, como en toda la obra de nuestro autor.

Y esta es, precisamente, la principal objeción que puede formularse al libro: a veces no se fía de sus propias imágenes.

Cuando El hombre kitsch es poema, suele ser más fuerte que cuando se convierte en argumentario. Hay fragmentos en los que la sátira, después de haber acertado el golpe, continúa explicando por qué el golpe era justo. En esos momentos la voz ensayística le gana terreno a la poesía y el lector puede sentir que la demostración se prolonga cuando el caso ya estaba ganado. El problema no es ideológico; es estrictamente literario. La sátira necesita exceso, pero incluso el exceso posee una economía. Quevedo también sabía que una estocada mata mejor que seis pinchazos. Y Céspedes es poco taurino y duelista en estas lides.

Este riesgo aumenta en la segunda parte, «Bombas de estruendo», donde los blancos se vuelven explícitamente políticos y culturales. El lenguaje inclusivo, la corrección política, ciertas pedagogías, las políticas identitarias, las representaciones audiovisuales o el discurso woke pasan por una trituradora de caricatura. El libro no disimula su posición y sería absurdo reprocharle que no sea equidistante: la sátira jamás lo es. Pero cuanto más reconocible y coyuntural es el blanco, mayor es el peligro de que el texto dependa de la fecha del periódico.

Algunos pasajes aceptan conscientemente ese riesgo. Woke naranja escribe fino, / woke cristal escribe normal es un chiste que exige reconocer una cultura publicitaria concreta; la coda de Cándido Pumpido en Pecadores de oficio se sitúa todavía más deliberadamente en la contingencia política. Dentro de diez o veinte años algunas referencias necesitarán notas. Pero eso no constituye necesariamente un defecto: Aristófanes también está lleno de nombres que hoy necesitan aparato crítico. La pregunta es si, desaparecido el referente, queda una estructura cómica. En las mejores piezas de Céspedes, sí.

«Pecadores de oficio» es un buen ejemplo. Su verdadero hallazgo no consiste en quién recibe el bofetón político, sino en haber organizado todo el poema mediante una liturgia: mandamientos, profetas, ayatolás, criadas de Gilead, pecados, cilicios, culpa, golpes de pecho y un Amén final. La sátira política encuentra ahí una forma que la sostiene. No estamos ante una sucesión de opiniones versificadas: hay arquitectura. Y cuando forma y blanco coinciden, el poema adquiere una energía que sobrevivirá mejor que el nombre concreto al que dispara.

Pero hay otro fragmento que, a mi juicio, resulta decisivo para comprender el libro y también para defenderlo de una lectura demasiado fácil: «Contradicciones sobre la pobreza». Porque allí el blanco deja de ser el otro. Céspedes coloca en la misma pantalla a una niña que bebe de un charco, un automóvil de lujo, comida gourmet para mascotas, perfumes, Aylan Kurdi y esa indignación digital que finalmente queda reducida a un emoticono de carita ofuscada, el equivalente moral de una limosna. Ese texto eleva el libro porque la sátira ya no funciona únicamente como arma contra una tribu ideológica. Nos implica. Ahí aparece algo más incómodo que la burla: la conciencia de que todos participamos del espectáculo que despreciamos.

Me habría gustado incluso que el libro se permitiera más veces esa amplitud. Porque cuando el hombre kitsch coincide demasiado exactamente con un adversario político reconocible, el concepto pierde parte de su potencia antropológica. El kitsch verdaderamente inquietante no es solo el de quienes piensan de una determinada manera; es una posibilidad humana general.

El epílogo, Fabricados de serie, recupera precisamente esa dimensión: termina hablando de seres humanos construidos con un repertorio limitado de emociones, conductas, síntomas y formas de interpretar el mundo. De pronto comprendemos que la caricatura anterior puede ser también una teoría del animal humano.

Esa ampliación final mejora retrospectivamente el libro.

¿Es un volumen irregular? . Y sería sospechoso afirmar lo contrario. Hay piezas excelentes y fragmentos más discursivos; imágenes que cortan como vidrio y bromas que el texto exprime un poco más de la cuenta; hallazgos destinados a durar y referencias condenadas a envejecer. Algunas enumeraciones producen acumulación hipnótica; otras producen saturación premeditada. Muchas provocaciones son literariamente necesarias y otras bordean el chiste demasiado fácil.

Pero la irregularidad no es aquí mediocridad. Es consecuencia de una apuesta excesiva y predeterminada. Esa premeditación de la que goza todo el libro.

Personalmente prefiero un libro que se excede a uno que solicita permiso. Y el riesgo es algo que nunca ha asustado a Céspedes. Y nunca ha pedido permiso para asumirlo.

Lo mejor de El hombre kitsch es que tiene una rotunda voz. Hoy abundan los libros correctamente escritos y perfectamente intercambiables. Este no podría haberlo escrito cualquiera. Se reconoce una inteligencia verbal específica, un oído para la colisión de registros, una cultura que no aparece como decoración erudita sino mezclada con la basura del presente y una voluntad, casi suicida y kamikaze, de no caer bien.

Eso último importa.

Porque el verdadero enemigo de este libro no es el progresismo, ni el lenguaje inclusivo, ni las redes sociales. Es algo más antiguo: la impostura. La distancia entre lo que somos y la representación moral, estética o sentimental que fabricamos de nosotros mismos. Por eso el selfi es su símbolo perfecto. No porque sea una fotografía, sino porque es una versión preparada de la existencia.

Y ahí está también la paradoja más interesante del volumen: un libro contra el kitsch que sabe perfectamente que la sátira puede convertirse ella misma en espectáculo. Sus mejores páginas son aquellas en las que Céspedes parece consciente de ese peligro y se incluye, aunque sea indirectamente, dentro de la comedia humana que está describiendo.

El hombre kitsch no es un libro prudente, equilibrado ni aconsejable para lectores que exijan que la literatura confirme previamente sus convicciones morales y/o políticas. Tampoco pretende serlo. Es un libro feroz, culto, indecoroso, desigual, muy divertido en algunos momentos y desagradablemente certero en otros. Y escuece.

Y eso, hoy día, puede ser una amenaza por parte de muchos sectarios y puede ser un ejercicio de deleite por parte de otros.

Que cada uno se atormente o disfrute en la parte que desee.

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