Fue el mejor poeta en español del siglo XX. Y sus libros salieron todos en ediciones raras o autoeditadas, hasta que Cátedra decidió editar su poesía completa. Y fue una de las cosas más grandes que hizo Cátedra.
Inglaterra no existe, es solo “el país donde las lilas crecen”, más allá del mar, donde puede amar a esa mujer que lo llama detrás de todas las palabras. Es la mujer a la que busca desde siempre, con la que encontrará la plenitud más silenciosa en la noche.
Le dice: “La noche está desnuda dulcemente”. Y en esa desnudez esencial como la música de Chopin podrán encontrarse. Y va hacia ella: “Mi barca de cristal sobre los bosques / se eleva hacia tu casa”. En la noche la barca del alma vuela hacia la casa de ella.
Habla con palabras sin pretensiones, como Bécquer o Heine, y por eso se colman de resonancias. Sus versos entran en nosotros sin aspavientos, sin que nos demos cuenta. Y esas palabras forman un lecho para acostarse con ella.
“Un silencio morado me rodea”, le dice. Ha dejado todos los pensamientos, toda la palabrería interior. Y solo quiere los silencios del lenguaje. Solo usa las palabras para ponerse a escucharla.
Deja que todo hable sin estorbos. Atraviesa la distancia que los esencializa a los dos. En la Inglaterra de lilas que no existe.
Entonces le dice: “Pero allá lejos brilla / la luz de tu ventana / que estrellas interiores iluminan”. Las estrellas interiores son los secretos que ahora los dos manifiestan, todo lo que de día no podía verse.
El ser se manifiesta en todo su esplendor por la noche. La luz tras la ventana es lo más secreto de ella.
“La noche está desnuda en tu mirada”. Ellos dos se desnudan. Se despojan de todo. En la Inglaterra que n o existe. En el país de las lilas.
Al final “un sol verde muy pálido, / inútilmente lucha desde el cielo”. El sol que nos aplasta durante el día se ha hecho verde y pálido para albergarlos.
La palidez es el silencio para recibirlos. En esa Inglaterra que no existe. Que es el país de las lilas.
El horizonte enloquece para que Cirlot encuentre a su amada. Es la Bronwyn de la película “El señor de las bestias”, que dio lugar al Ciclo de Bronwyn. Es la Susan Lenox cubierta de llagas como una mártir.
Es aquella niña de la que dice: “Te conozco, / eres aquella niña / que jugaba con vidrios y violetas / mientras el horizonte enloquecido / se ponía muy pálido”.
Siempre hay que recordar aquel libro inolvidable, “Donde las lilas crecen”. Aquel libro que hablaba de una Inglaterra que no existe, de un sueño detrás del mar. De una Inglaterra interior, de un mito habitable.
Y su propia poesía es un país muy habitable para nosotros. Hartos de corrupciones y de vulgaridades.
Fue el mejor poeta en español del siglo XX. Pero no es para turistas ni para lectores masivos. Es el más apasionante y el más apasionado. Y nos llevó por una geografía intensa e interior.
Nos llevó a ese país soñado que es una Inglaterra que no existe.
Donde las lilas crecen.
Y allí siempre nos esperará con Bronwyn. Con la Susan Lenox. Con La Doncella de las Cicatrices. Con la mujer que guarda la tabla esmeralda. O el manuscrito inencontrable babilonio.
Fue el poeta más apasionante en español del siglo XX.
Con sus permutaciones hizo saltar los relámpagos del lenguaje. Como juagando hizo el juego más apasionado y más lúcido. Y nos llevó de golpe a su país de sombra tan iluminado, a ese país soñado.
Donde las lilas crecen.
Es el poeta más sugestivo en español del siglo XX. Y me sobran las elucubraciones de Clara Janés, la mujer que decía que San Juan de la Cruz era rígido. La mujer de un orientalismo pedantesco e impostado.
Me vale el occidentalismo onírico de Cirlot.






