septiembre de 2026

PRETÉRITO PERFECTO / Septiembre, mes del fascículo

Considerando que, de un tiempo a esta parte, parece que septiembre ha vuelto a convertirse en el mes del fascículo, o al menos de las colecciones con aspiraciones a serlo, bien está volver a la casilla de salida de esta fiebre fasciculera, que durante muchos años contagió a muchos españoles, a los que esta práctica compilatoria parecía satisfacerles sobremanera. Y para comenzar este improvisado regreso al fenómeno fascículo, resulta de recibo saber qué es exactamente eso del fascículo, especialmente para neófitos en la materia o un poco olvidadizos; es decir, para los que ya no se acuerdan muy bien de lo que estamos hablando.

A saber: según la web de la prestigiosa editorial francesa Hachette, «entre la edición y el producto de gran consumo, el fascículo consta de un cuaderno y de un objeto (figuras, objetos coleccionables o piezas ensamblables) que permiten al coleccionista apasionado constituir paso a paso una colección completa sobre una temática determinada. Dicho producto, comercializado periódicamente, se distribuye en las redes de venta de proximidad (papelerías, quioscos de prensa) y mediante suscripción. Los fascículos, que suelen ir acompañados de objetos de colección, tienen un alcance internacional. Responden a las expectativas tanto de aficionados como de incondicionales, con títulos como […]; estos productos han maravillado ya a millones de coleccionistas en todo el mundo».

Qué, ¿te acuerdas ya de qué es el fascículo? En realidad, las colecciones por fascículos todavía siguen existiendo —véase los nuevos que continúan anunciándose por televisión—, de lo que ya se ha dejado constancia anteriormente, pero es evidente que carecen de la difusión y popularidad que tuvieron durante décadas, probablemente hasta bien entrados los años 80. Hasta entonces, raro era el español de a pie que cada semana no compraba uno, dos o varios fascículos con los que ir completando la colección o colecciones que hubiera decidido emprender. Tal vez porque en el paquete básico de cada español venía incluido un desmedido afán coleccionista, que empezaba a adquirir consistencia con la compilación, por poner unos sucintos ejemplos, de cromos, canicas, recortables, chapas, banderines, monedas o sellos —de la afición por la numismática y la filatelia quizá sería conveniente hablar largo y tendido en otra ocasión—.

Por temas, desde luego no era, porque había para dar y tomar, o sea, historias, enciclopedias y cursos de todas la clases, especialmente de Salvat, Planeta y Sarpe; o sea, coleccionables del tipo enciclopedia de las «labores», «femenina», de «cocina», «médica», del «sello», de los «deportes» o del «automóvil»; historia del «cine», la «música», el «arte», el «mundo», la «Segunda Guerra Mundial», la «fotografía»; cursos de «inglés», «francés» o «bricolaje». Sin contar con todas aquellas colecciones que, además del fascículo, contenían una pieza con la que podían empezar a construirse un barco, un coche, una moto o el «esqueleto humano».

Con tan variados antecedentes, no era de extrañar que en septiembre, el mes en el que empezaban a lanzarse todas esas colecciones, todos los quioscos se vieran invadidos por fascículos de todos los colores y tamaños. Los mismos quioscos en los que siempre había un cartel que rezaba: «Se encuadernan fascículos». Porque, que no se olvide, cada vez que se completaba un tomo era necesario proceder a su correspondiente encuadernación, generalmente con aquellas atractivas tapas imitando a piel con estampaciones doradas que se vendían, creo, con el último fascículo del tomo, y que iban dejando la colección la mar de apañada. ¡Como para no seguir coleccionando más fascículos!

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