octubre de 2026

‘Epílogo’, de Pedro López Lara

Epílogo
Pedro López Lara
Editorial Renacimiento, 2025
102 págs.

Pedro López Lara: la palabra indómita

[…]

Porque el amigo entero
no es el que da su vida por nosotros,
sino el que la conserva limpia y nos regala
momentos de ella:
limpios,
sencillos, suficientes.

[Del poema “Luis Miguel”, dedicado a Luis Miguel Orbaneja]

Todos entendemos por epílogo en una composición literaria la recapitulación en la que se refieren hechos posteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con la síntesis de su tema central y que, opuesta al prólogo, nos sitúa ante la conclusión de una obra, en este caso la de Pedro López Lara, un poeta ya esencial en la purificación del cuerpo de la escritura poética de nuestra época, una obra que, por cuanto ajena a la sociología de los ismos y a las categorizaciones del habla que nos ocupa, la de  la poesía española de las últimas décadas, supone el hallazgo de una isla de lucidez e inteligencia crítica en medio de las vastas ondulaciones de la travesía en busca de las ardientes ciudades del amanecer profetizadas por Rimbaud, el vidente. Pues videncia hay, videncia hubo en el tiempo de la exterioridad del lenguaje, en cada página escrita con la pasión del creyente laico en la función que cumplen las palabras en la construcción de la identidad del mundo, el anclaje ético de las significaciones del porvenir y los sueños que pendientes de ser soñados se constituyen ahora en el extraordinario testimonio de una vida entregada a la custodia moral de un bien, la poesía como conciencia de algo de lo que acaso no pudiéramos tener conocimiento de ninguna otra manera fuera del ámbito que se expande con su irradiación, de tan luminosa como paradójica obscuridad, lo mistérico del poema, esa materia vocal con la que el Ser reordena las significaciones del mundo y amplía los elocuentes horizontes del futuro.

Yo no soy un crítico, sino un simple lector emboscado en la obra de Pedro López Lara, un lector a quien las afinidades electivas y las tan persuasivas como incontestables leyes del azar han emplazado en la órbita del conocimiento y aproximación a una poética, y he de decirlo, ya de entrada, de una persona cuya manera de estar en el mundo responde por antonomasia a la condición exigible a todo poeta, aquella que evocada por Ezra Pound nos recuerda que para escribir un buen poema antes es necesario ser una mejor persona.

Aquí están los recuerdos que aún queman de cuanto fue la semiótica de la vida, el clamor y el silencio de las huellas, que por encima de las pruebas, como pensaba René Char, nos permiten seguir soñando, la irremisible historia de quien refugiado en la trinchera dialéctica del corazón observa cada vicisitud humana como propia hasta hacer de ella caudal de su propia sangre. Quiero decir que nada, que ningún avatar de los descensos de lo sagrado a la tangible realidad de lo terrestre ha sido ajeno al largo proceso escritural de Pedro López Lara: la alteridad que somos en el rostro del otro, los signos de la igualdad humana que subrayan la diferencia de los memorables en su disidencia, la aceptación de la heterodoxia como disidencia activa frente a los esclerotizados hábitos de la costumbre. Tú podrías ser otro, al igual que yo, escribe el autor, y en ese axioma, que encierra la máxima verdad de la condición del otro como un igual, está inscrita la desafiante poética de quien concibe la estética como una tarea de restauración de la dignidad irrefutable del ser humano frente a las ruinas de la historia que aún sobrevuela el ángel benjaminiano de la redención.

La sencillez, afirma López Lara, es signo del milagro. El milagro, añade en otro poema, se sabe incontemplable. He ahí, en la paráfrasis invertida de la poeticidad de José Ángel Valente —un ver en la oscuridad y un oír en el silencio—, la reformulación de nuestro autor, la de ver en el silencio y la de oír en la oscuridad, la curación del ciego por la palabra, ese hallar la semejanza oculta entre las cosas que pueblan el mundo hasta hacer visible la estructura rizomática del conocimiento poético. Sabe López Lara que la derrota es segura, mas nada le impide adentrarse en las profundas cavernas del sentido hasta nombrar la médula, ebriedad y locura, de la existencia: lo desterrado acaso por salvaje, lo esplendoroso imantado por el don de lo que ya solo podrá cobrar vida a través del habla, deidades, para decirlo con sus propios versos, que alimentan sin prisa su insaciable cólera. Acontecimiento de la herida y del amor son estos poemas que ponen la palabra en el lugar del cuerpo y que como voz sin boca fundan un lugar para las formas de lo impronunciable, ese amor que ha acabado, pero aún muere, la razón de lo inolvidable, la resistencia de la memoria frente a los espectros de la desposesión y del olvido: Las personas —gran misterio— que nunca / estuvieron allí, pero siguen allí. El poeta es insomne vigilante de sí mismo, ancla entre los limos, desheredadamente sensitivos, de su tiempo.

Es la “cantidad hechizada” de la que nos hablaba Lezama Lima la que otorga aquí concluyente revelación a la súbita presencia de esa lejanía que es el poema como artefacto emotivo de la duración, el amor presidiendo la gran asamblea de símbolos del imaginario, el eco armónico de los vientos sobre la tierra de las pérdidas, el homenaje, como el propio López Lara escribe, que los dioses se tributaban a sí mismos. Piedad y misericordia como un mandato unívoco ante el ser precario, el que nunca acaba y vive en los préstamos de voz de cada testimonio humano. No hay condena en estos versos, sino liberación en lo recíproco y toma de conciencia de la exterioridad solo aparentemente irredenta de la condición de ser persona, tú y yo, “ellos” en la misma medida en que las aguas se abrazan dentro del agua y jamás se extinguen, recuerdo de la alta nube que ante la fugacidad de las lluvias escribe el nombre de todo poeta en la cifrada lápida del agua. Bajo ella, bajo esta escritura, está López Lara con el aún viviente Keats, identificándose en su capacidad negativa con la substancia de lo nombrado, la belleza que se adhiere a lo justo, los amigos que te hacen compañía sin ser buscados, las palabras que habitan en el canto de los pájaros no nacidos para el funeral de la noche ni la deslealtad de la muerte; de eso nos hablan estos poemas, este es su epílogo a la gran celebración de lo venidero, la verdad que al revés de los ríos remonta la corriente hasta los nacederos donde Cronos reniega de la fuerza y enseña a todos los hombres la justicia y la sencillez de espíritu.

Es hora de empezar a no ver nada, escribe el autor; es la hora, añadiría yo, de restituir sobre los pilares del vacío el proyecto espiritual de las palabras que aún sostienen la pasión vital del mundo, la idea que concibe la poesía como el lenguaje de la delicadeza humana, la que, incompatible con todo acto de crueldad, asume la incerteza como una de las formas de resistencia al autoenorgullecimiento, la duda ante lo propio hasta borrarse de las obscenas figuraciones del sistema métrico decimal del mundo.

Ante lo incomprensible, Pedro López Lara, filólogo de las profecías laicas del lenguaje, se vuelve translúcido. Ante la algarabía de la publicidad vergonzante, el poeta retorna a la discreción del folio en blanco, a la epifanía de una voz que desplaza definitivamente la habitual esquela de la vejez retórica. Y lo hace persuadido de que su lugar no es otro que la contemplación de lo ausente, la mirada deconstructiva hacia las pérdidas que posibilitan el rizoma multiplicable y heterogéneo, en todos los sentidos, del recuerdo como principal acicate lírico. Y a esta conclusión quería, por último, llegar, a la absoluta modernidad de su pensamiento literario, a cuanto en su obra hay de manifiesta sintonía con las tesis del estructuralismo, la noción de agenciamiento desarrollada por Gilles Deleuze y Félix Guattari, es decir, lo que vendría a ser la capacidad del sujeto para generar espacios críticos no hegemónicos de enunciación del yo con el fin de contrarrestar las lógicas de control que se le imponen, lo que constituye un reto a la preeminencia de lo normativo, reto que vincula la práctica estética con las prácticas políticas y altera de este modo el funcionamiento ordinario y potestativo del sistema.

Epílogo es por ello un poemario no encasillable en la mera crónica del intimismo personalista, en el estereotipo de tantos otros confesionalismos de la sentimentalidad. Muy al contrario, su rasgo diferencial es la multiplicidad de voces que desorganizan el yo, en busca de una totalidad significante que existe por cuanto converge con la experiencia colectiva de la reflexión sobre la naturaleza del enigma, la duración, la inexistencia, la muerte, la esencia del amor, del arte y la unidad cíclica del eterno retorno al tallo subterráneo, el rizoma, que alimentan las lluvias dialectales de la sabiduría terrestre. Cada uno de sus poemas, nunca construidos como una verticalidad arborescente, se extiende y nos pone en conexión, bajo la tierra del texto, con otras líneas de fuga, las fibras de la horizontalidad sumergidas en lo magmático, en el detritus de cuanto fue la belleza, en los afluentes subterráneos que nutre el inconsciente, entre los despojos del deseo y las raicillas electivas que conexionan el cerebralismo humano. Creo que se equivocará quien piense que estos poemas dan cuenta de una experiencia intransferible, la del autor como escribano subjetivo, y no, como creo que es el caso, de un enraizamiento no jerarquizado en la topofilia del ser, en el amor por el lugar de la persona, la fuerza invisible del gran micelio de la poesía que irriga la vida visible de la Tierra y el devenir humano.

Todo epílogo es una conclusión, el fin o terminación de algo, sea esta la del ser o la del discurso sobre el mundo de las cosas, pero para los que creemos en la idea de infinito, para los que, desde la perspectiva de la historia y la complementariedad de los contrarios, sostenemos que nada hay de conclusivo en las actividades de la imaginación y del sentimiento que anima el alma humana, a diferencia de lo que ocurre con las supersticiones de la retórica, es precisamente la materia significante del lenguaje poético la que enlaza en una interminable cadena de circunstancias e ilaciones la narratología que da sentido a los testimonios de escritura de cada poeta en la historia del mundo.

Hay un principio del tiempo y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio, como conceptualizó Hermes Trismegisto —padre de todos los estoicos, como nuestro autor lo es—, quien postuló la concepción filosófica del irreductible ritmo que da continuidad al incesante proceso de los ciclos eternos, la recurrencia y la imperativa memoria del inicio. Y allí estará, ahí está ya la escritura de López Lara, una escritura del futuro cimentada en la fértil posibilidad de lo que ha sido, en la máxima reivindicación de la vida que ha de seguir siendo la auténtica poesía.

Voy concluyendo: distanciado de ascensiones o descendimientos, como el Cristo en la cruz de Cano, nuestro poeta aún se aferra al invisible filo de una espada, él es el despojado de la vanidad del triunfo, y él el perennemente moral ante las orfandades y las víctimas, el que habitado de estrellas y silencio, entre cuadros, cine y literatura, ante la impureza de los espejos del arte y los fragmentos del gran simulacro del saber, se sitúa al lado de aquellos que han renunciado a ejercer todo tipo de autoridad artística sobre los demás, junto a Klaus Kinski, columpiándose orgulloso de su propia vida, bajo la lluvia de los silogismos, enigmático tras las puertas que al entreabrirse dejan ver por un instante el valor y el miedo de los ángeles civiles, el hombre que ama a la mujer que ama, el poeta al que aman las leyes del azar, en la línea de los que como Homero, sin dar más explicaciones, son amados por las palabras sin decir palabra, los que discreta, sencillamente discurren entre las argumentaciones del cielo y del verano, alguien como Hamlet, príncipe austero y loco, escéptico ante los purgatorios del poder, amigo de Cernuda y del cuestionable abril de Eliot en todos los sitios tristes, alguien que oyó la mar de Paul Valéry en la vecindad de los muertos y, categórico e insumiso como Albert Camus en su intransigencia ante los bronquios atroces de lo ominoso, ante el tiempo vacío lleno de vacíos, por expresarlo con un verso suyo, depositario de las germinaciones del futuro, sin acatar orden alguna del pasado ni establecer nuevas subordinaciones al presente, libre y leal en el magnetismo de la fraternidad y de las auras, se manifiesta ajeno a la publicidad vergonzosa y a lo vanaglorioso de las famas y las comadrejas de la usura. Así, en suma es como se nos muestra la figura y la poesía de López Lara, de Pedro, esta “piedra” sobre la que la memoria habrá de fundar las próximas, las ya indestructibles palabras de un tiempo que es tan contradictoriamente el suyo, el nuevo tiempo de la redención y la esperanza. Y todo ello pendiente de un solo asidero: la confianza en el valor irremplazable de la palabra, último bastión ante las tentaciones de la futilidad, el mercadeo y la hipocresía.

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