
Se han cumplido recientemente los 90 años del asesinato de Federico García Lorca, quizá el poeta español más universal, a manos de las fuerzas franquistas durante el levantamiento militar contra la segunda república española, y podemos constatar que sigue más vivo que nunca. García Lorca reúne todas las cualidades y estigmas que definen a un santo, ya que su vida y obra podrían definirse como crísticas. Reúne todos los signos de un avatar cristiano: mártir de la libertad, símbolo del amor universal sin las restricciones propias de las costumbres, por ello icono LGTBIQ+, defensor de todas las personas racializadas (los gitanos eran los marginados de entonces en España), defensor de los negros (“Poeta en Nueva York” está lleno de referencias al respecto). Por supuesto, nuestro poeta andaluz sigue representando a los oprimidos y los marginados, especialmente a las mujeres, y sigue enunciando y denunciando en sus textos teatrales la violencia sistémica (diríamos hoy en día) contra ellas.
García Lorca suscita una emoción y una devoción propia de los santos en muchísima gente, es uno de los autores españoles más leídos, interpretados y reinterpretados a lo largo y ancho de todo el mundo. Un santo laico al que se ha sacado en procesión en numerosas formas y lugares hoy en día, y que posee su propio lugar de culto y peregrinación, su propia Meca o Vaticano, el barranco de Víznar, donde se supone que estarán enterrados sus restos, lugar en el que padeció martirio y fue ejecutado.
“El maricón de la pajarita” o “Federico García Loca”, como lo denominaban los odiadores de la época en la prensa conservadora (como hacen hoy exactamente los medios mayoritarios de la derecha y extrema derecha contra las feministas, el colectivo LGTB y especialmente los trans) comparte muchos rasgos de los santos perseguidos, odiados por las fuerzas a los que combatían por su religión, y las personas racializadas, las víctimas de las guerras, las personas transgénero, las mujeres y los gays y lesbianas. Sí, García Lorca es un avatar crístico, podríamos decir, de la religión del amor sin normas ni leyes opresivas, que consagró su vida a denunciar con la poesía, el teatro, sus textos y conferencias las violencias sistemáticas contra los más desfavorecidos y a proclamar las bondades del amor sin restricciones ni cortapisas absurdas en nombre de la moral o las buenas costumbres.
El pueblo necesita sus propios santos, y con frecuencia las iglesias o confesiones religiosas de cualquier cultura se apropian de figuras que generalmente no les correspondían (es el caso de santos LGTB como Sergio y Baco, Cosme y Damián, santa Liberata, etc.) o que fabrican artificialmente por motivos políticos o de control del poder (caso de muchos santos súbitos, etc.) El pueblo los necesita, ya que un avatar auténticamente cristiano o musulmán o budista generalmente suele estar fuera de las confesiones religiosas, y siempre lejos del poder jerárquico que representan.
García Lorca, como Luis Cernuda, Gregorio Prieto y Vicente Aleixandre (este más armarizado, diríamos hoy en día), serían hoy en día, si viviesen aún, iconos vivos del movimiento LGTBIQ+ y feminista sin ninguna duda. La rareza de lo queer, los “pecadores” para las leyes civiles y las normas morales, serían los auténticos destinatarios del mensaje crístico que representan esos artistas, esos poetas, la voz de la libertad y el amor. Recuerden que los destinatarios del mensaje cristiano son precisamente los perdedores de la sociedad, los desarrapados, los excluidos de la sociedad y perseguidos por la justicia.
Quiero especialmente señalar las pulsiones de Eros y Thanatos como esenciales en la obra lorquiana, siendo precisamente ellas las que marcan el ritmo de su lírica, y siendo esa la clave de su popularidad y su anclaje en la memoria colectiva del pueblo. La pasión cristiana está en muchos aspectos ligada a la obra de Lorca, ya que el amor incondicional y libre define la tarea del poeta —que es también mandato humano—, así como también abrazar el sacrificio y la muerte como algo ineludible para el bien colectivo.
Y para terminar, quiero recordar que hace no mucho vi una imagen en Facebook que me impactó. Era de unas mujeres trans mejicanas que acudían al funeral de una compañera asesinada. Se habían vestido como las actrices de los años 40 de Hollywood, con el peinado acorde a la época y los complementos correspondientes. Sobre sus bolsos habían pegado unas imágenes devotas con la imagen de la mujer asesinada, y al cuello llevaban también escapularios morados. Celebraban —denunciaban— con elegancia un horrible crimen machista, y el dolor que transmitían sus rostros era artístico; incluso en la muerte vindicaban su derecho básico -negado- a existir, con unción religiosa. El ambiente de la foto era de santidad, el que acompaña tradicionalmente a una virgen martirizada. Lorca se hermana a través del tiempo con ellas en ese ambiente de santidad, sin duda, él habría acudido a ese funeral, y luego habría leído un texto de denuncia y leído un poema.
Igualmente, los jóvenes en sus rituales de música y drogas, manifiestan en determinados movimientos contraculturales su necesidad espiritual, de religión en el sentido auténtico del término que implica un religarse a la esencia humana de la divinidad, como algo completo que todo lo impregna, incluida la música y la danza. Claramente esto sucedió en el movimiento de la New Beat belga, a finales de los 80 y principios de los 90, un breve movimiento contracultural potentísimo que también tuvo sus propios santos, ya que casi todos los jóvenes que integraban buena parte de los grupos de dicho movimiento usaban simbología religiosa en su parafernalia y su ropa: usaban escapularios en los que pegaban fotografías o dibujos de los DJs o compositores que sincoparon los ritmos de la nueva danza New Beat, e incluso formaban cruces con dichas fotografías que pegaban en la tela de su ropa, que ellos mismos diseñaban, y que transmitía una imagen de religiosidad mientras bailaban extasiados —en sentido literal, ya que tomaban éxtasis—. Lorca, nuevamente, habría bailado con ellos, como otro queer que también fue, otro de los suyos, otro de los raros.
Federico García Lorca, santo por derecho propio, religioso y laico a la vez, sigue siendo faro e inspiración para tantos artistas y gente común. Además de artista completo, poeta y dramaturgo, practicó también un profundo cristianismo humanista, sin duda, por todo lo que escribió y por todo lo que realizó durante el breve tiempo de su vida, así como por su compromiso con los más pobres y desfavorecidos, y por su valiosa contribución a las misiones pedagógicas y a la labor de “La barraca” de la segunda república española. Santo sea por otros 90 años más, por lo menos.





