A vista de niña pájaro
Alejandra Sevilla
Editorial Pre-Textos, Colección Poesía, nº 1.965
XVII Premio de Poesía Joven RNE – Fundación Montemadrid (Valencia, 2025)
100 páginas
Con A vista de niña pájaro ha tomado cuerpo el primer jalón sobresaliente en la trayectoria de la joven escritora Alejandra Sevilla (2002), quien había despuntado ya en el panorama de las letras hispánicas con la obtención, entre otros galardones, del XVIII Premio de Poesía “Jesús Serra” en la modalidad de adultos-castellano, organizado por la Fundación Occident (2024), y del XLV Premio de Poesía para jóvenes “Valentín Arteaga”, organizado por el Ayuntamiento de Campo de Criptana (2024). Inmediatamente después, A vista de niña pájaro, la que bien podríamos considerar su auténtica y notabilísima ópera prima, ha merecido —por su “frescura, inteligencia y ligereza”, y por tratarse de “un documento precioso sobre la cotidianidad y el paso de la infancia a la madurez, articulado a través de la metáfora del vuelo”, en palabras del jurado— el XVII Premio de Poesía Joven RNE – Fundación Montemadrid; distinción que ha conllevado la feliz publicación de la obra bajo el querido sello levantino de Pre-Textos.
La propia Alejandra Sevilla ha vinculado igualmente su creación “a la infancia, a sus recuerdos, a su espíritu de juego”, y también “a la dualidad de haber sido una niña que creció felizmente en la ciudad (…) y que a la vez encontró refugio y raíces en el campo” donde crecieron sus padres —a cuyas labores su familia sigue dedicándose—; un entorno rural —y de alguna manera bucólico— en el que la abuela de la autora ha venido ocupando, notoriamente, el emplazamiento medular (“En los días tristes de verano / invoco el temblor / de las manos de mi abuela / al recoger los higos / y al quitarse la cadena del cuello: / “Lleva tu nombre / desde que naciste””; “Las manos de la abuela / no entienden de hermetismos”). Recuerdos de la infancia, dualidad y espíritu lúdico conformarían, pues, una tríada temática, y de continuo regeneradora, que deviene estructura en seis partes en virtud de una metáfora del vuelo desmenuzada de modo sistemático (“Planeo”, “Aleteo”, “Vuelo en suspensión”, “Paracaidismo”, “Vuelo en picado” y “Vuelo en formación”). Así, los diferentes tipos de vuelo representarían una suerte de tratado lírico intuitivo sobre la configuración de la personalidad en los albores de la existencia; o, dicho de otro modo, sobre un aprendizaje de las verdades esenciales de la vida durante aquellos años a los que Carmen Martín Gaite viene a aludir en la cita inicial de la sección titulada “Planeo”: “Siempre que iba a cantar, algo se interponía y a mí no me importaba, ¡había tanto tiempo!”.
Tratado lírico intuitivo, sí, cuya otra seña de identidad estribaría en la elusión de la solemnidad por medio de un tono poético basado fundamentalmente en la sorpresa y el despliegue de la imaginación (“Una buena niña necesita escupir / cien migas de pan / para permanecer en el sueño”), y que oscila entre la magia de las iluminaciones (“Una cama sin sábana. / La ausencia de la madre”; “La ciudad siempre cambia / y el campo es el mismo”; “El cielo ha estado siempre / tan cerca como pensábamos”) y la conciencia de lo efímero y lo frágil (“Habitar la ciudad es bello, / la lástima es tanta gente mayor sola / en la tamborrada / del Domingo de Resurrección”), entre el vértigo de las delicias (“Soñé con alas de hormiga y túneles celestes. / Éramos ángeles que cargaban semillas y algodones”) y algunos zarpazos de realidad mucho menos amable (“Soy lombrices / que alzan el vuelo / en el pico del pájaro”; “Las golondrinas lloran su nido. // La mujer al hombre que lo vareó”).
Al poco de iniciarse A vista de niña pájaro, el sujeto poético declara —y podría aventurarse que a propósito de la textura misma de su decir—: “Es un continuo, / no se divide en cantos / sino en frecuencias”. Muy probablemente sean esas frecuencias diversas las que, en última instancia, terminan otorgando a la obra toda —tan atractiva, tan adictiva— su rara cualidad de sonido fluctuante en la altura, capaz de explicar —y explicarse— geografía y biografía a la vez: “Escribo para entender / la danza de la espiga / en la puerta de la universidad / al son del mismo viento”. Y, sobre todo, capaz de celebrar el sino ineluctable del poeta: “No dejarás tu huella / sino en el aire, / sostenida por el soplo del amor, / del duende, y del ojo del pájaro”.






