Las editoriales tienen muchas equivocaciones. Y el público también. Aunque el público en general está mediatizado por las editoriales. Por lo que las editoriales publican o no. Y por lo que los periódicos señalan o no.
Y las modas son terribles en la literatura. Pueden tener a generaciones enteras huérfanas de ciertos autores, a todo un país durante 50 años sin conocer a un escritor extraordinario.
Las modas vienen y van pero los grandes autores de verdad siempre se redescubren. A veces venían tipos a decirme todos ufanos que habían descubierto a Knut Hamsun. Y yo lo conozco desde hace mil años.
Aunque no saliera en los periódicos. Porque algunos solo tienen la cultura muy dudosa de los periódicos.
Y aunque seas independiente en tus criterios, si no te dejan tener un libro en las manos te quedas frustrado. Como aquella temporada en que yo quería tener una chaqueta de pana y no estaban de moda las chaquetas de pana. Y no se encontraban.
Ahora por fin se encuentran los libros de Zilahy en editoriales como Acantilado y otras de postín. Durante muchos años yo las disfruté en Libros Reno y los pedantes me mirarán por encima del hombro. Pero es más que nada para que las editoriales puedan vender sus nuevas ediciones.
Yo disfruté esos libros de maravilla en Libros Reno. Que las traducciones eran peores, vete a saber. Y en realidad todas las traducciones son malas.
Lajos Zilahy era un escritor famosísimo en los años cincuenta en el mundo entero, muchos lo leían en la colección Reno o en Bruguera, y yo encontré sus libros en la biblioteca de mi abuelo en mi pueblo.
Luego lo ningunearon los intelectuales pedantes, igual que hicieron con Stefan Zweig y el papanatismo de la gente hizo el resto, todo el mundo se deja llevar por las consignas pedantes.
En “Las cárceles del alma” un hombre se enamora de una mujer por su caligrafía al ver su letra en un cuaderno, y después lo envían a Rusia en la primera guerra mundial, y pasa por mil calamidades.
Y conoce a infinidad de individuos, y sufre por el alejamiento, y se acerca a una muchacha rusa en Siberia sin pronunciar la palabra amor, y su amada entretanto siente miedo a apoyar a una amiga que rompe con la sociedad al buscarse un amante mayor que ella.
Y luego se acuesta con un muchacho mutilado por compasión, y experimenta un amor inevitable por un oficial, y los dos se ven arrastrados a un balneario en Suiza y no pueden amarse.
Los dos están presos en las cárceles de su alma, sujetos a un compromiso que les impide vivir.
Y al final ella quiere ver al primer amor por encima de todo y viaja a Siberia y encuentra su falsa tumba, y se cruza con él sin saberlo, y toda la vida de todos se malogra.
Y Zilahy cuenta todo eso con una delicadeza de observación, con una fuerza al mostrar la vida, con una elegancia, que cautivan.
Una vez yo estuve en Budapest, y estuve en la calle por donde solía pasear la protagonista, cerca de la Plaza de la Música, bordeando el Danubio.
Y me sentí emocionado, y sentía que era muy literario aquel paseo por el que circulaba la gente delante de mí, igual que lo hacía la Miett nostálgica de la novela.
En todo caso, me alegro mucho de conocer el Danubio y de conocer a Lajos Zilahy. Los dos tienen mucho en común y los dos me han dado mucho.
Aunque mi mejor experiencia fue cuando leí “Vida serena” en la biblioteca de mi abuelo de un pueblo en Galicia, en Libros Reno, en una edición de portada delicada, de diseño sugestivo sin pedantería, que me hacía soñar.
El Danubio y Lajos Zilay me han dado mucho. Y “Las cáceles del alma”, una novela caudalosa con muchos recovecos se parece al gran río. Y tanto la novela como el río nos hablan sin estridencias de libertad y de vida interior.





