I
Es Manuel Machado uno de los representantes más importantes de la poesía moderna y contemporánea española; además, ensayista, traductor, conferenciante, articulista y autor de obras de teatro con su hermano Antonio. Y es, sobre todo, un poeta “moderno”, pues es el gran renovador (no el único) de la poesía del siglo XX. Y no es el único porque Rubén Darío introdujo valiosísimas innovaciones en la métrica, el ritmo y vocabulario y abrió un siglo de poesía francesa para nuestra lírica. Es, además, M. Machado “quien introduce en la poesía española el paisaje urbano, el lenguaje (…) coloquial e irónico”[1].Y ello adquiere mayor importancia entre nosotros por falta, casi, de precedentes, como afirma Dámaso Alonso[2], entre ellos Joaquín Bartrina[3]. Y, claro, no olvido el papel renovador de Juan Ramón Jiménez y la maestría de su verso libre.
Se puede afirmar, por tanto, que es Manuel Machado el primero en expresar en nuestra lengua una nueva sensibilidad, el primer poeta español estrictamente “moderno” del siglo XX. Su vigencia es palpable en el chileno Nicanor Parra, en Borges, en el mismo Dámaso Alonso, y en Gil de Biedma, Luis A. de Cuenca[4] y en otros poetas llamados “de la experiencia”. Y no olvidemos el neopopulismo que con tanta elegancia expresó, evidente en poetas posteriores. “Y es que Manuel Machado es —junto con Juan Ramón y Rubén Darío— el fundador de la lengua lírica que usamos hoy en castellano”, asegura el poeta y crítico andaluz Fernando Ortiz[5].
Es un escritor polifónico: aristocrático y callejero; vitalista y nihilista; el que canta sus penas y sus alegrías en versos cultos y populares con aparente superficialidad, superficialidad solo para esconder el hondo dolor de vivir. Cosmopolita, muy español y muy andaluz.
Su personalidad es poliédrica (multiforme) y exuberante. Juan Ramón Jiménez así lo declara: “Admiro a Manuel Machado porque sería capaz de suicidarse de intensidad de amor súbito, de ahogarse con un pecho de mujer, de cortarse la garganta con un cabello rubio. Y es capaz, sobre todo, de olvidar después”[6].
Pero es Unamuno quien dedica más elogios a la poesía de M. Machado, primero en las páginas del Heraldo de Madrid (19 de marzo) al leer Alma en 1902, luego comentando Caprichos (1905), libro del que destaca su frescura y novedad, y después, en 1907, al comentar la edición ampliada de Alma.
Alma (1902) es toda una lección de novedad[7], por lo que fue saludado con entusiasmo y el autor considerado como distinguido poeta y principal introductor y valedor del Modernismo[8] en España. En efecto, el libro, que ofrece un sinfín de citas y contrastes —lo culto y lo popular, lo clásico y lo moderno, lo hondo y superficial, a la vez que se alza como una aparente autobiografía—, resultó impactante y sorprendió por su modernidad, por el uso de lo coloquial y la belleza de muchas imágenes.
Este libro, donde se funde lo sevillano y lo parisino y “su vino andaluz” se amarga con “el ajenjo” francés, como asegura Miguel Sawa[9], le reportó la consideración de “modernista” por muchos y, también, la del poeta de la generación del 98[10]. Y por la mezcla de lo culto y lo popular, de la renovación y la tradición y por el prosaísmo, justo y medido, de muchos de sus poemas, debe ser considerado maestro de la Generación del 27 y de otros poetas posteriores. Desde entonces (1902), su reconocimiento ha ido en aumento hasta el último cuarto del S. XX.
En fin, Manuel Machado supone una trayectoria original en la poesía española del siglo XX al unir lo popular andaluz con la poesía culta y, al tiempo, alejada de toda solemnidad, y al decidirse por la ironía y el desenfado para llegar a la poesía menos engolada. Por ello, y a pesar de estar encuadrado en el Modernismo, es un poeta muy singular y tañedor de numerosas “cuerdas poéticas”, por lo que es admirado por gran parte de los poetas más importantes del siglo pasado y de éste que cumple ahora su primer cuarto.
II
Pero retrocedamos a los orígenes. Nace[11] en Sevilla en una familia culta y liberal, que inculcará el andalucismo (popular y clásico) en todos los hijos del matrimonio de Ana Ruiz Hernández y Antonio Machado Álvarez[12], eminente folclorista y compilador de los cantares que canta el pueblo. Y así lo hace constar Manuel Machado: “Mi padre…, como mi hermano, fue excelente folklorista, tiene un volumen de folklore, que usted puede ver en la Biblioteca Nacional. Fue el primero en España que se ocupó del alma popular. Aunque no seguí yo esos derroteros, ello se trasluce en mi obra. También en la de Antonio” pues, como anota Ricardo Gullón, “Las cancioncillas recopiladas con tanto amor por don Antonio Machado Álvarez constituyeron uno de los elementos influyentes en la vocación y el gusto de sus hijos, cuya poesía acusa, con varia inflexión, el impacto de aquellas. De ahí salieron coplas como estas de (…) Manuel:
Se te olvidaron, serrana,
las cositas que decías
y los suspiros que dabas.
Fatigas; pero no tantas.
Que, a fuerza de muchos golpes,
hasta el hierro se quebranta[13].
Su infancia transcurre en el Palacio de las Dueñas, de los duques de Alba, donde su familia alquila una de las estancias reservadas para particulares distinguidos y a artistas.
La familia aumenta en el palacio al nacer Antonio, José y Francisco[14], y crecen entre libros y limoneros, y aprenden las primeras letras en el colegio de párvulos regentado por don Antonio Sánchez Morales: Quizá, sea Antonio quien rememore aquellos días en el poema “Recuerdo infantil”, que así empieza y todos hemos recitado:
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales (…)
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano…
-El abuelo paterno (don Antonio Machado y Núñez) es catedrático de Historia Natural, y ocurre que obtiene una plaza en la Universidad Central (Madrid) y, siguiéndole, se traslada toda la familia a la capital.
Cuando parten, van ya sellados por la sensualidad sevillana fijada en indeleble nostalgia en sus respectivas almas, y se plasmará en sus obras literarias. Y Sevilla, la ciudad, reconocerá su andalucismo y los distingue como “Hijos ilustres y predilectos” en 1931.
Y Madrid, optimista, recibe a los Machado (1883). Son tiempos de la Restauración:
– Alfonso XII se ha casado por segunda vez.
-Gobierna Antonio Cánovas del Castillo.
-Se respira tranquilidad y confianza.
La familia Machado tiene varios domicilios en Madrid[15]. El primero en la calle Claudio Coello. Desde aquí, acuden los dos hermanos a la Institución Libre de Enseñanza, donde trabaja el padre, pues su amigo Giner de los Ríos le ofrece impartir clases de folclore. B. Cossío, Salmerón, Joaquín Costa serán amigos de la familia y profesores de Manuel y de Antonio. La abuela Cipriana completa los conocimientos de los nietos, y el abuelo les habla de Bécquer, de Shakespeare… Luego, se trasladan (1885) a la calle Almirante, número 3, lo que coincide con tiempos de agitación social y, también, familiar:
-El cólera se extiende por toda España.
-Muere Alfonso XII (1885, 25 de noviembre).
-Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena (1885-1902).
-Sagasta accede al poder… (Legaliza sindicatos y asociaciones obreras).
-Asesinato de Cánovas del Castillo…
Y como la ILE se instala en el Paseo del Obelisco, el clan familiar (abuelos, padres y nietos) se traslada a Santa Engracia, núm. 42. El padre de los hermanos continúa sus investigaciones cancioneriles andaluzas y publica artículos firmados como Demófilo, que leen con entusiasmo sus hijos y ahondan en su andalucismo.
-También les atrae el teatro, y conocen a Antonio de Zayas, introductor de los poetas parnasianos y simbolistas en España, según J. Ramón Jiménez[16], y al actor Ricardo Calvo, y forman un grupo de actores aficionados con los hijos del actor: María, Ricardo y Rafael.
-Viven con intensidad el Madrid literario y bohemio de fin de siglo. Y Manuel, más vitalista y dinámico, lleva a Antonio al Suizo, a Fornos, al café de la Marina (calle de los Jardines), al Naranjeros (plaza de la Cebada), al Levante, al Lyon d’Or…
-Van a la tertulia del extraordinario humanista Eduardo Benot, donde coinciden con jóvenes escritores y con otros consagrados. Y en este ambiente se impone su inquietud poética.
-La familia ocupa otros domicilios en Madrid, y en 1892 los Machado se acomodan en Apodaca, número 15, y el padre, don Antonio M. Álvarez, acepta el cargo de Registrador de la Propiedad en Puerto Rico. Regresa al poco tiempo muy enfermo y muere en Sevilla (1894).
-Este mismo año, Eduardo Benot les da trabajo en el Diccionario de ideas afines y elementos de tecnología y prosiguen su creación poética, y reanudan su presencia en tertulias literarias donde conocen a Unamuno, a Valle-Inclán, a Ricardo Baroja, Costa y a Balart; y a Salvador Rueda y a Pi y Maragall en las reuniones que se celebran en casa de Eduardo Benot. Y, al tiempo, colaboran[17] en la revista semanal La Caricatura dirigida por Enrique Paradas, poeta andaluz y figura singular de la bohemia finisecular. Además, Manuel publica su primer poemario (1895): Tristes y alegres[18], en colaboración, precisamente, con Enrique Paradas, donde se palpa la influencia de la poesía clásica española (romances, octavas reales, odas), de la posromántica (Campoamor, Bécquer, Núñez de Arce) y del cantar popular andaluz.
-Al año siguiente muere el abuelo-patriarca y los hijos quieren ayudar económicamente: Manuel regresa a Sevilla[19] para terminar bachillerato y estudiar Filosofía y Letras, y Antonio estudia francés con ahínco. En Sevilla pasa Manuel un par de años y se empapa de folclore, copla y flamenco, y de prestancia andaluza. Publica su segundo libro, Etcétera, también con Enrique Paradas. Y se afianza su noviazgo con Eulalia Cáceres, su prima y, a la vez, sobrina de don Agustín Durán, el gran estudioso y antólogo del Romancero.
-En 1897 Manuel obtiene el título de licenciado y regresa a Madrid, y los hermanos se entregan a la poesía y al teatro. Antonio, además, prueba como actor profesional en la compañía del matrimonio María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.
-Acuden a la Biblioteca Nacional para leer a los clásicos: Lope, Tirso, Calderón…
-1898. Regresan a su Sevilla natal y se chapuzan de flamenquismo y de postinería (más Manuel), integrados en la Feria de Abril. Pero han de regresar a Madrid.
El año 1899 resulta trascendental para Manuel: en marzo viaja a París como traductor de la casa Garnier Frères y queda deslumbrado por el panorama intelectual y bohemio parisino y participa de todo ello: conoce a Jean Morèas, quien utilizó por primera vez el término “simbolismo”, y a Rubén Darío, el primero en aplicar la palabra “modernismo” (1888) a “las nuevas tendencias” literarias. Conoce a Amado Nervo y traduce a Verlaine e intensifica su amistad con Enrique Gómez Carrillo, periodista guatemalteco de moda e introductor de Manuel en los cenáculos parisinos; además, facilitó la estancia de A. Machado en París ese mismo año.
Y en París, Manuel se hace París, mas sin olvidarse de su Sevilla, pues gran parte de Alma, aunque escrita en la capital francesa, hace referencia a Andalucía, en general, y a Sevilla y a la copla, en particular. Quedó transformado por París, hasta el punto de afirmar: “Hay que tener dos patrias: la de nacimiento y París”. Y dirá después: “Pasé muchos años buscándome sin hallarme, y, ya casi en la madurez, recién cumplidos los treinta, me encontré un día, en París, con el poeta más español y más andaluz de mi tiempo. Era yo mismo.”
Regresan en 1900, y Manuel cambia la bohemia parisina por la madrileña e inicia su colaboración en prestigiosas revistas —Electra (de la que será secretario), Helios y Juventud (desde 1901)—, que le reportan fama y consideración, pues en ellas hace pública, de manera reiterada, su defensa de la nueva poesía. Ya, en el primer número de Juventud (octubre, 1901), publica un artículo de título muy significativo —“El modernismo y la ropa vieja”—; y en El País colabora desde 1903, y en Blanco y Negro, en la Revista Ibérica, en Los Lunes de El Imparcial (desde 1904); en ABC desde 1906, y en Renacimiento y El Nuevo Mercurio a partir de 1907.
Por estos años M. Machado es reconocido como poeta triunfante. Publica varios libros: ya he mencionado Alma, estrena en Sevilla (1904), en el teatro del Duque, Amor al vuelo, comedia[20] en un acto en colaboración con José Luis Montoto, folclorista andaluz y amigo de la infancia, y, al poco, aparece Caprichos[21], con dibujos de su hermano José, donde la sensualidad modernista se combina con el decir de la copla y con reflexiones sobre el amor, la soledad y la muerte. En este libro, además, da entrada al aspecto religioso.
-En 1906, Fiesta nacional. Rojo y negro[22], libro muy elogiado por Rubén Darío, donde presenta en siete cantos, con un lenguaje preciso y precioso y lleno de color y de calor el desarrollo de la corrida de toros. Gerardo Diego, comentando el libro, dice: “Manuel Machado forma con Nicolás de Moratín y con Lorca, el trío de los tres grandes poetas del toreo”[23]. Y recibe el espaldarazo definitivo con el prólogo de Unamuno[24] a la edición de Alma. Museo. Los cantares (1907), edición ampliada del poemario de 1902, como ya señalé. Precisamente, en este libro sus raíces modernistas y simbolistas empiezan a diluirse: aparece un lenguaje coloquial que profundizó en libros posteriores, entre ellos El Mal Poema (1909)[25], su libro más innovador y, al tiempo, anunciador de gran parte de la poesía posterior del autor.
Con el título del libro —para nada exento de ironía—, M. Machado alude a los poemas exponentes de conductas y experiencias rechazadas por la sociedad y la moral vigente, actitud que ya se manifiesta en Tristes y alegres (1894), donde se lee:
Yo loco o delincuente
o delincuente y loco,
busco lo bello doquier que se encuentre,
en el bien o en el mal… me importa poco.
Y como hay mucho de autobiográfico en El Mal Poema —en apariencia, al menos—, en carta dirigida a Juan Ramón Jiménez[26], parece disculparse: “Habrás recibido El mal poema, por el que te suplico que no me quieras del todo mal. Conozco la delicadeza de tu espíritu y sé que te chocan ciertas trivialidades y malsonancias de que por desgracia está lleno nuestro vivir. Pero creo haberte dicho en mi descargo que, no sólo se canta lo que se ama, sino lo que se odia más cordialmente. En suma, todo lo que de veras nos impresiona.
Hay una apariencia y quizás una substancia tal de la vida en algunos de mis malos poemas, que, reflejando, en efecto, la vida de muchos jóvenes de mi tiempo, han podido parecer y han parecido destellos y reverberaciones de la mía propia (…)”.
En 1911 aparece Apolo. Teatro pictórico, cuyo título se justifica, según el propio autor, “porque, no siendo ninguna de las nueve Musas la deidad inspiradora de la pintura y siendo Apolo, en la mitología, el padre de todas ellas, me pareció que el título cuadraba perfectamente en la índole de mi producción”[27]. Y el subtítulo “porque los personajes tienen la animación, el realismo y la libertad de movimientos de los actores”, anota A. Ramoneda[28].
-Y Cante jondo en 1912, en el que retoma el folclore y supuso su mayor éxito de venta. Este libro es una ampliación de Cantares, donde la angustia existencial se desliza entre la sencillez y gracia populares. Cierto es que otros poetas andaluces también han revalorizado poemillas, cantares y coplas, pero Federico de Onís atribuye a M. Machado “una interpretación aristocrática de lo popular”[29].
En 1910 pone fin a la dorada y adorada bohemia, acata “la ley de los simples mortales” y se casa[30] en Sevilla con su prima Eulalia Cáceres (1881-1974) en la iglesia de San Juan de la Palma (10 de julio). Prueba de ello es su conferencia en el Ateneo madrileño en 1911 sobre el Modernismo, que ya considera como pasado, e insiste en dos conferencias: “Los poetas de hoy, 1911, y “Génesis de un libro”, que incluye en La guerra literaria”, 1915. Además, oposita al Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecarios y Arqueólogos. Sacó la plaza y ejerce un año en Santiago de Compostela; después, en Madrid hasta 1944, claro, con el inciso de los tres años de guerra. Y, quizá, este asentamiento le impulsase hacia la Prosa, pues escribe una novela El amor y la muerte (1913), revisa el Modernismo en La guerra literaria, 1898-1914, y opina sobre la época en su columna fija –Día por día. De mi calendario– en El Liberal. También son de estos años sus comentarios sobre la realidad teatral y cultural del momento, recogidos en su libro Un año de teatro, 1918.
Pero no se ha olvidado de la poesía y publica Canciones y dedicatorias[31] en 1915, donde se halla el extraordinario epitafio dedicado a Alejandro Sawa, y Sevilla y otros poemas, 1918. Se trata de una poesía dispersa y sin un tema central, que llegan con Phoenix, 1936, título significativo, pues como el Ave Fénix, también él renacía de sus propias cenizas.
En 1919 vuelve a París y viaja a Bélgica. Desde ¨la capital francesa, envía “Crónicas de París” que publica en El Liberal con el seudónimo de “Marqués de Montevelo”. Regresa a Madrid ese año y escribe en varias revistas, y Jorge Guillén le pide poemas para Alfar y Juan Ramón Jiménez colaboraciones para Índice.
En 1921 publica Ars moriendi, “doliente canto de cisne que se despide de la juventud y de la poesía”[32], donde reflexiona sobre arte de morir relacionado con su despedida del “ruedo poético”; de hecho, no publica hasta 1936. Y ese anuncio origina una discusión epistolar entre los dos hermanos: Manuel argumenta: “Tu poesía no tiene edad. La mía sí”. Y Antonio le replica: “La poesía no tiene edad cuando es verdaderamente poesía. Y la tuya lo es”.
Antonio Espina hace un amplio y elogioso comentario[33] del libro, para algunos el mejor del autor, y también José M. Pemán en la contestación a su discurso de ingreso en la RAE.
A partir de 1926, empiezan los éxitos teatrales de Manuel y Antonio: Desdichas de la fortuna o Juanillo Valcárcel, 1926, y La duquesa de Banamejí, 1932, se desarrollan en el pasado; en Don Juan de Mañara, 1927, y La Lola se va a los puertos, 1929, estrenada en Barcelona con estruendoso éxito[34], recrean los mitos del burlador y de la cantaora, y las demás —Las adelfas, 1928, La prima Fernanda, 1931 y El hombre que murió en la guerra (1941)— concuerdan con la alta comedia benaventina. Sobre todo, hacen adaptaciones de nuestros clásicos: Condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, La niña de plata, de Lope…
Este año de 1926 reciben los hermanos Machado un homenaje tributado por la ILE “por su ascendente gloria”, y otros en varias capitales de provincia con motivo de las 100 representaciones de La Lola se va a los puertos, de lo que da cuenta cumplida la prensa.
Aparece Phoenix en 1936, libro heterogéneo —por el contenido y por la forma— en que recoge los poemas escritos desde Ars moriendi: el paisaje, la mujer, Andalucía desfilan por estos versos, precedido todo de un “Nuevo auto-retrato”, donde define su obra mejor que cualquier otro crítico literario:
Mi propia obra es sólo una polifonía
de gritos de mi tiempo, lentos o subitáneos,
que dio a veces el son a mis contemporáneos.
Además, se consolida como traductor y es nombrado Director de Investigaciones Históricas del Ayuntamiento de Madrid.
-Y aparecen reseñas y comentarios de sus libros firmados por prestigiosos autores en periódicos y revistas especializadas.
-Y dedicatorias de libros ajenos que resaltan el magisterio de Manuel Machado.
Y le dedican poemas: Gerardo Diego “Nocturno”, integrado en su libro Manual de espumas)[35],
-Unamuno prologa Alma. Museo. Los Cantares (1907), como ya he señalado, texto reproducido en Obras completas y en edición facsímil publicada por la RAE de la Lengua.
-Gómez de la Serna, con quien coincidió en París y, luego, en la bohemia madrileña, le recuerda en numerosos comentarios: en su libro Nuevos retratos contemporáneos y otros retratos, así lo describe: “Manuel Machado, alegre, con sus dientes mellados de gracioso, con sus ojos pequeños y agudos de soñador, con su risa cariñosa y cumplida de gran poeta, me saluda como desde un tendido de sol”[36].
Y José Moreno Villa, otro de los jóvenes autores que inician una “apertura hacia otros horizontes”, como le presenta Guillermo de la Torre[37], le dedica varios libros, y desde Méjico, proclama: “No creo que sin Manolo Machado hubieran conseguido García Lorca y Alberti la desenvoltura y la emoción gitana que consiguieron. A una gran parte de los poetas andaluces nos sirvió de estímulo, y es leal confesarlo en estas horas que no son las más amables para su memoria. Cuando algún día se haga el recuento de las influencias ejercidas por él y por Juan Ramón en las generaciones que les siguieron, veremos quién se lleva el mayor tanto”[38].
Como “emocional y sutil poeta” le define Borges[39], y Cansinos-Asséns, que tanto se relacionó con los dos hermanos, dejó el retrato preciso de cada uno: “Manuel, efusivo, ligero, chispeante, andaluz pizpireto; Antonio, serio, ensimismado, meditabundo, lacónico como un espartano”[40]. Así nos le presenta Gerardo Diego en 1939:
Porque se llama Manuel
y Machado se apellida,
en su verso “Muerte y Vida”
juegan partida y nivel.
¿Quién vence? Tablas. Y él,
banderillero de Apolo,
supo, cantó y está solo:
este poeta chapado
que se apellida Machado
y le llamaban Manolo.
Así pues, desde principios del siglo XX, colabora con verso y prosa en las más prestigiosas revistas y periódicos españoles y empieza a ser considerado como una de las más destacadas figuras de la nueva literatura. Y su fama va creciendo como crítico teatral, y lleva de la mano a Antonio, que ya había publicado Soledades (1902), aumentada y aplaudida en 1907, y Campos de Castilla (1912), a tertulias nocturnas por París y por Madrid. Como autores, Manuel y Antonio gozaron de gran prestigio, pues estrenaron en los más reputados teatros madrileños y de su Sevilla natal, y sus obras fueron representadas por los actores y actrices más reconocidos: Lola Membrives, la Xirgu, María Guerrero, etc.
III
Y siendo así, como lo es de la manera más objetiva y constatable, ¿qué ha ocurrido para que en la actualidad Manuel se vea postergado poco más que al anonimato mientras Antonio es reconocido, como lo que es, uno de los principales poetas de la lírica española?
… Ocurrió que el decir de las circunstancias se impuso a lo previsto y razonable: surgió la guerra en un momento muy concreto de la vida de Manuel, pues, el 15 de julio de 1936 había ido con su esposa —como hacía desde varios años antes— a Burgos a visitar a Carmen, hermana de Eulalia y monja de clausura en la orden de las Esclavas del Sagrado Corazón, y no pudieron regresar, pues fueron cortadas las comunicaciones con la capital.
El matrimonio se aloja en la pensión Filomena, donde comparten mesa y mantel con toreros, intelectuales, actores, militares, funcionarios y periodistas (su amigo Ricardo Calvo, Marcial Lalanda, Juan Ignacio Luca de Tena y el futuro ministro José Ibáñez Martín). Y en Burgos, con motivo de una entrevista[41] concedida a la periodista francesa Blanche Messis[42] para la revista Comedia ese mes de julio, comenta que el Alzamiento “puede durar siete años, como la guerra carlista”, y no manifiesta entusiasmo alguno por la sublevación militar, lo que aprovecha Mariano Daranas, corresponsal de ABC en París, para denunciarle en un artículo titulado “El comentario de un lírico burócrata” (ABC, 27 de septiembre, 1936) en estos términos[43]: “La contrarrevolución no ha suscitado entusiasmo… en este funcionario y periodista del Frente Popular. A la hora en que en toda España vibraba y crujía un huracán de sangre y fuego, Machado disertaba en la ciudad del Cid sobre el teatro español y la poesía francesa, no sin cierta egolatría”. Y es detenido. Tenía 62 años. Y en Burgos pasa la guerra, y su experiencia no hubo de ser agradable:
-Conoce la muerte de García Lorca (19 de agosto) y le informan de las checas madrileñas, y se entera de la quema de conventos y de las sacas republicanas…
-Vive unos días la experiencia de la cárcel —(29 de septiembre-1 de octubre, 1936)— y tiene noticias del registro de su casa madrileña de la calle Churruca, número 15.
-En Burgos conoció al clérigo don Bonifacio Zamora y trabó gran amistad con él y con el periodista y escritor sevillano José María Zugazaga, amistad que se prolongó más allá de la guerra. Zugazaga, además, de introducirle en la redacción de El Castellano, es el principal inductor para que Manuel abandonara sus ideas republicanas y se adhiera al franquismo, de lo que el periodista da cuenta en su libro Manuel Machado y Burgos.
Y a principios de 1938 (5 de enero), recibe[44] a José M.ª Pemán y a Eugenio D’Ors que le ofrecen su entrada en la RAE de la Lengua, pero todo ha de suceder con suma rapidez: aceptación, preparación del discurso de ingreso y leerlo en San Sebastián (palacio de San Telmo), donde la Real Academia tenía su sede provisional. Y Manuel acepta, y lee su discurso —“Semi-poesía y posibilidad”— en 1938 (19 de febrero), y se publica con el de contestación de Pemán, en un volumen titulado Unos versos, un alma y una época [45], donde repasa su obra literaria, y de Alma. Museo. Los Cantares dice: “He aquí un título que puede ya servir de epígrafe a toda mi obra lírica: Alma (poesías del reino interior, realidades puramente espirituales). Museo (poesía de la Historia a través de las obras de arte más famosas). Los Cantares, poesía de la vida sentimental y aun sensual, poesía de la vida rota que culmina en El Mal Poema (1909)”.
-Y en Burgos le comunican la muerte de su hermano Antonio. Y desde Burgos inicia el viaje hasta Collioure para asistir al entierro de Antonio (19 de febrero de 1939). Cuando llega, su hermano José le comunica que también ha muerto la madre, Dña. Ana. Están en Collioure unos días, de los que dos pasa Manuel en el cementerio sin querer hablar con nadie, y cuando el matrimonio regresa a Burgos, llevan entre el equipaje el archivo de Antonio Machado. Y este archivo, después de la muerte de Manuel Machado, lo entrega Eulalia a los dos mejores amigos de su esposo en Burgos —Bonifacio Zamora y José M.ª Zugazaga—, y ella entra en el convento de Cotolengo de Barcelona
Conviene recordar que M. Machado saludó con entusiasmo a la II República, como Unamuno, Marañón, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y otros intelectuales para, al poco, renegar de sus desmanes; incluso, Manuel escribió un himno para ella titulado “El canto rural a la República Española”, recitado en el Ateneo de Madrid el 26. IV.1931 con música de Óscar Esplá. Además, se inscribió en la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, y firmó un manifiesto contra el nazismo, y se mostró contrario al fascismo; también contra el comunismo: “El mundo —dice— se debate hoy con un ataque a toda libertad entre dos dictaduras, la capitalista y la colectivista, la burguesa y la proletaria, entre fascismo y comunismo. Ambas igualmente enemigas de la individualidad, ambas igualmente, para mí, detestables”[46].
En fin, ante tanta atrocidad republicana, se pregunta en una carta dirigida al director de El Castellano (6.X.1936): “¿Qué hubiera sido en Madrid de mí, amigo del orden y de la religión, enemigo que soy de todo extremismo y demagogia, tildado de derechista por aquellos feroces energúmenos?”. Y la pregunta no era baladí, recordando lo que le había ocurrido a Juan Ramón Jiménez, que, a pesar de ser republicano, tuvo que escapar de Madrid, como Ortega y Gasset. Poco después fusilaron a Muñoz Seca (XI. 1936)… Y por esos desmanes, y por los sucesos de Casas Viejas (enero de 1933) y la revolución de Asturias (octubre, 1934), etc., su optimismo republicano se hizo añicos, como manifiestan los artículos que publicaba en La Libertad (1934) y le valieron su expulsión del periódico, donde colaboraba desde hacía tiempo. Estas son las razones que han de oponerse a quienes afirman que M. Machado se adhirió al nuevo régimen por miedo, pues tanto riesgo implicaba adherirse a un bando como al contrario en los mismos inicios de la contienda.
Permanece, pues, en Burgos durante la guerra[47] y se suma al nuevo régimen, y escribe poemas en reconocimiento a la toma de Madrid y otros en que define a Franco como “Caudillo de la nueva reconquista”. Y en Burgos le abrumaría la desconexión con el mundo intelectual, y tiene poco trabajo y escasez de medios, por lo que aceptó el encargo de corrector de pruebas del El Castellano y el de colaborador en la biblioteca de Hacienda; y escribe artículos e interviene en la radio a favor del nuevo régimen. Y colabora con la Falange y escribe poemas de adhesión al franquismo: Los versos del combatiente, la Corona de sonetos en honor de J. Antonio Primo de Rivera, por lo que fue denostado en favor de su hermano Antonio, prohibido hasta entonces al recordar el soneto que dedicó a Líster y así termina: “Si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría”.
Pero todo ello “Son luces y sombras, y hoy me gustaría quedarme con las sombras de mi tío Manuel”, dice Mercedes de Lecea, su sobrina, en el documental Manuel Machado o la edad de la poesía, y elige Retrato, que abre El Mal Poema, donde el autor se presenta tal cual era:
Ésta es mi cara y ésta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed…
Lo demás, nada… Vida… Cosas… Lo que se sabe…
Calaveradas, amoríos… Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía…
¿Vicios? Todos. Ninguno… Jugador, no lo he sido:
no gozo lo ganado ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres… sin ser un Tenorio —¡eso, no!—,
tengo una que me quiere y otra a quien quiero yo.
Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente…
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza;
más que la voluntad, la fuerza y la grandeza…
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero,
a lo helénico y puro, lo chic y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién —dice el vulgo—,
con Montmartre y con la Macarena comulgo…
Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.
Es tarde… Voy deprisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.
Se ha pretendido simbolizar las dos Españas en la separación ideológica de los dos hermanos, pero eso es una falacia urdida por la mala intención de sus facedores. “Con los Machado se creó una metáfora de que representaban las dos Españas, pero jamás estuvieron enfrentados”, afirma Alfonso Guerra, comisario de la exposición de Sevilla. Pues…
Los hermanos compartieron muchas experiencias infantiles y juveniles en Sevilla, Madrid y París, y profesionales. Hasta compartían pseudónimo: “Tablante de Ricamonte”… Estaban íntimamente unidos (tertulias, cafés, teatro/s, bohemia), tanto que cuando Pérez Ferrero, tan relacionado con ambos, propone una entrevista a Antonio, éste le responde: “Acepto, Miguel, siempre y cuando usted escriba mi biografía junto con la de mi hermano Manuel, porque mi vida no podría entenderse sin la suya”.
Y en lo político tampoco estaban tan distanciados, como evidencian estas declaraciones recogidas por César González-Ruano: republicano Manuel y Antonio monárquico. Esto dice Antonio cuando se vieron por última vez en Madrid, poco antes del inicio de la guerra.
“Cuando le vi la última vez, fue en un viaje que hice a Madrid viviendo ya en Roma. Le encontré en el Café de Recoletos, y poco faltaba —sin que nosotros lo supiéramos— para la guerra civil. Charlamos largo rato y yo le hablé de mi vida en Roma. De pronto me preguntó:
—¿Ve usted al Rey?
—Con mucha frecuencia.
—No sé si sabrá el Rey quién soy yo… Pero si usted cree que lo sabe y que esto puede alegrarle, dígale que estoy convencido de que nos equivocamos todos y que España sin Rey va hacia una catástrofe”[48].
Y sobre Manuel, argumenta en otro encuentro un poco anterior:
“Con Manolo me pasó algo desagradable ya en el año 1936, poco antes de irme yo a Italia y de la guerra civil. Nos encontrábamos en un teatro y él estaba con Cansinos-Assens. Era en el entreacto y me fui derecho a ellos, y como creía yo que éramos todos amigos y no le veía hacía tiempo, hice ademán de abrazarle. Con gran sorpresa mía se libró de aquel abrazo y me soltó, muy fresco, lo que menos podía esperar:
—Mire usted, querido Ruano, usted me estima y yo le correspondo, pero son tiempos de pocas bromas y usted tiene fama de fascista. De modo que le agradezco que no se muestre tan efusivo conmigo en público, porque yo soy un republicano que está con el pueblo”[49].
De ello se desprende que, definiéndose Manuel republicano y monárquico Antonio, hubieron de soportar las circunstancias de encontrarse maniatados en las respectivas zonas que el destino les deparó, y que los dos renegaban, por igual, de las tropelías miles que se cometían en sendos bandos[50]. Por tanto, se puede concluir que Manuel y Antonio NO son ejemplo de las dos Españas enfrentadas. Ambos forman parte de la mejor de las Españas: la que siempre creyó en la educación, en la justicia, en la igualdad, en la libertad y, claro, en la poesía: una poesía profunda y reflexiva, filosofía hecha verso, en el caso de Antonio, y luminosa y vitalista de Manuel, que amó la Sevilla de los toros, lo flamenco, a la Macarena y el París bohemio: “con Montmartre y con la Macarena comulgo”, aseguraba en el autorretrato.
Ahora, con motivo del 150 aniversario del nacimiento de M. Machado, varios artículos periodísticos y espacios televisivos reivindican la personalidad poética de este gran poeta y su influencia en la poesía posterior, porque, afirma Gerardo Diego: “La obra, el verso de Manuel Machado, dio a veces el son a sus contemporáneos. Se lo dio a su hermano Antonio y a los mejores poetas de las sucesivas promociones. Se los sigue dando, porque su prole no se ha extinguido. Así como él no sería lo que fue sin el son que aprendió en Espronceda, y en Lope, y en Verlaine, y en Darío, así también supo transmitir irremediablemente, aunque les pese a algunos poetillas, o critiquillos, o profesoruelos, a muchos de nosotros, mejores o medianos, el son, el hondo son de una poesía fecunda y estelar —estelar, de estela—”[51].
Se alza, pues, M. Machado como un poeta único, original, “el más original del siglo”, dice L. Rosales[52], “porque en su creación se encuentran los estilos del pasado, del presente que le tocó vivir y, diríamos, del futuro (romanticismo, modernismo, noventayochismo, populismo, decadentismo, malditismo, coloquialismo, etc.), acrisolados en la pluma y en el alma de un poeta manejable y manejado por los vaivenes de la historia”, añade J. Cenizo Jiménez[53]. En fin, Manuel Machado es considerado poeta del 98, modernista y próximo a los ismos anteriores y posteriores, pero su andalucismo, presente de múltiples maneras, se manifiesta en toda su obra, y con tal personalidad y gracia que le sitúa aparte de los poetas coetáneos que con él compartieron el momento entre renovadores de fines y principios de siglo, como viene a resumir María de Gracia Ifach en su Antología poética de Manuel Machado[54].
Y Dámaso Alonso, precisando su poesía, señala la gran variedad de tonos, “de muy variadas cuerdas”, añado yo, y destaca la “Ligereza (poemas ágiles, graciosos, arlequinescos, desenfadados, que cantan la vida bohemia o castiza, los galanteos superficiales, los toros…) y la gravedad” en poemas que evocan personajes históricos: el Cid en su extraordinario poema “Castilla”, Berceo, Felipe IV, algunos de nuestros pintores… Y estos dos tonos —“ligereza” y “gravedad”—, se alternan en sus cantares andaluces, en los que capta perfectamente la hondura popular de “soleares”, “sevillanas”, “malagueñas”… Y concluye: “Manuel Machado es profundamente significativo, profundamente grave, profundamente triste: expresó la gravedad por medio de la ligereza[55]”. Y añado yo: es el poeta del desasosiego sin dejarlo traslucir, de la melancolía ante el final del viaje vital, pero sin estridencias, pues le producía “repugnancia el exceso de dramatismo, el grito desgarrado, la muerte a la vista del público”[56]. Y este soneto, remedo ingenioso del de Lope de Vega que empieza: “Un soneto me manda hacer Violante / y, a la vez, me recuerda estos versos de Jorge Manrique: “Si juzgamos sabiamente, / daremos lo non venido/ por pasado”, es ejemplo fidedigno de todo ello:
ALFA Y OMEGA
Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido,
y, apenas iniciado, ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.
Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido
antes de entrar en el primer terceto.
Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana,
y así el primer terceto malgastamos.
Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver con experiencia vana
que se acaba el soneto… Y que nos vamos.
(Incluido en Poemas varios (1921)
NOTAS
[1] Fernando ORTIZ: “Reivindicación de Manuel Machado”, en Correo de Andalucía, núm. 16, 1990.
[2] Dámaso ALONSO en “Ligereza y gravedad en la poesía de Manuel Machado”, en Poetas españoles contemporáneos. Madrid. Gredos, 1978, cita a Bartrina y a Campoamor como antecedentes. Y referente al “prosaísmo” machadiano, dice: “Cuando Machado (…) introduce estos poemas de lo vivido y diario, no con voces de belleza o delicadas, sino chatas, de nuestro roce y nuestro uso, y pone en ellos una intensa tristeza, una desconocida amargura, trae un positivo, un original enriquecimiento a la literatura española”, págs. 79-80. Y más adelante: no se trata de un “prosaísmo por mala intuición y sequedad de numen, por falta de medios expresivos poéticos o porque el tema exige prosa, sino aquel que incluye en el campo poético también lo feo, lo canalla, lo chato y lo vulgar”, pág. 82.
[3] Joaquín Bartrina (Reus, 26 de abril, 1850-Barcelona 4 de agosto, 1880) es considerado “uno de los abuelos de la literatura de vanguardia” y autor de esta copla sobre el cainismo español: “Oyendo hablar un hombre, fácil / es / saber dónde vio la luz del sol. / Si alaba Inglaterra, será inglés. / Si reniega de Prusia, es un/ francés/y si habla mal de España…es/ español”.
[4] Luis A. de Cuenca, en el poema “De y por Manuel Machado”, así se dirige “a Manuel el prodigioso, a Manuel el funámbulo / a quien debo querer hasta el final, porque así lo quisieron mis abuelos, y yo los obedezco en todo”.
[5] Fernando ORTIZ: Ob. cit.
[6] Cita tomada de Enrique BALTANÁS: Los Machado, una familia, dos siglos de cultura española. Sevilla. Fundación José Manuel Lara, 2006, pág. 353.
[7] Alma es, en realidad, una nueva visión del mundo: “aquello, por la primera vez, no se asemejaba a nada a cuanto yo había hecho antes, y era como nacido en una zona del espíritu que se hubiese mantenido casi virgen hasta entonces… Lo que yo escribo ahora… soy yo, mi propia alma”, asegura en su discurso leído con motivo de su recepción académica. Para escribir este libro, resulta fundamental la estancia del poeta en París en la transición de los siglos XIX y XX, donde “alma” se erige en palabra clave del simbolismo literario, por lo que aparece en numerosos títulos de obras literarias del momento: Enrique Gómez Carrillo había publicado en 1898 Almas y cerebros, Amado Nervo El domador de almas y Juan Ramón Jiménez Almas de violeta, entre otros muchos títulos más.
[8] Culto a los valores estéticos, a lo refinado, a lo exquisito con propensión hacia lo sentimental, y búsqueda de los efectos musicales y coloristas del lenguaje. Pero este ropaje modernista empieza a diluirse en la reedición de Alma. Mueso y Cantares de 1907, donde utiliza un lenguaje coloquial que continuó y profundizó en libros posteriores: El mal poema, Cante hondo, Canciones y dedicatorias, Caprichos, Trofeos, Phoenix, Mueso, El amor y la muerte…
[9] Cita tomada de Los Machado…, Ob. cit., pág.339.
[10] Comparando el mismo M. Machado su trayectoria hacia 1945 con la “del 98”, dirá: “Yo fui el primero en poner, por entonces, sobre el tablero los temas españoles”, y alude a sus glosas del Cid (Castilla), de Berceo, del arcipreste de Hita…). Mas añade: “Yo no continué por ese camino, si bien la nota sentimental y lírica adoptó en mí la forma hondamente castiza de los cantares del pueblo”.
[11] Nacieron los hermanos Machado en el seno de una familia culta. El abuelo paterno, don Antonio Machado y Núñez (Cádiz 1815-Sevilla 1896) llega a Sevilla, destinado como médico, en 1843; mas regresa a su ciudad (1844) al ser nombrado catedrático de la Facultad de Ciencias y Medicina. En 1845 le destinan a Santiago de Compostela, donde nace su hijo Antonio Machado Álvarez, padre de los poetas. Antes de partir para Santiago, se casa con doña Cipriana Álvarez Durán, sobrina de don Agustín Durán, el recopilador de romances… Enferma doña Cipriana y regresan a Sevilla, donde, en 1850, obtiene don Antonio la cátedra de Historia Natural de la Universidad sevillana, de la que llegó a ser rector en dos ocasiones, y alcalde de la ciudad y gobernador civil de la provincia. Es considerado uno de los grandes humanistas españoles del siglo XIX. Sobre la familia de los Machado y sus profesiones, véase Manuel y Antonio Machado. Dos biografías paralelas, de Manuel ABAD. Málaga. Editorial Arguval, 2011.
[12] Sobre la influencia de lo andaluz en Manuel y Antonio Machado por el padre de ambos, véase “Aproximación al neopopularismo poético de Antonio y Manuel Machado”, de Manuel ROMERO LUQUE en Actas del Congreso Internacional sobre Antonio Machado. Vida y obra. Segovia. Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Junta de Castilla y León, 2002, págs. 275-285.
[13] Ricardo GULLÓN: “Relaciones entre Juan Ramón Jiménez y Manuel Machado”, en Direcciones del modernismo. Madrid. Gredos, Campo abierto, núm. 12, 1971, págs. 210-227.
[14] Francisco Machado es autor de un curioso libro: Leyendas toledanas. También escribió letrillas para canciones.
[15] Ver al respecto MONTERO, José Alonso: “Las casas madrileñas de los Machado”, en Villa de Madrid, XIII, núms.45-46, 1975, págs. 55-58.
[16] “1903. Soledades de Antonio Machado y Paisajes de Antonio de Zayas: dos visiones andaluzas del Modernismo hispánico”, en “Antonio Machado hoy”, en Actas del Congreso Internacional conmemorativo de la muerte de Antonio Machado. Sevilla. Alfar, tomo III, 1990, págs. 67-79.
[17] En su discurso académico, M. Machado alude a estas primeras composiciones: “Por entonces yo escribía rimas becquerianas, romances clásicos, y, lo que es peor, octavas reales, a lo a don Alonso de Ercilla, y odas elocuentes, al modo de Gallego y Quintana. Poemas por el aire, de los que se recitaban de Núñez de Arce y Campoamor… Y algunas coplillas al estilo popular que, tal vez, eran lo memos malo, lo más original que destilaba por mi entonces infatigable pluma”. Estas colaboraciones las firmaba Manuel y Antonio como Polilla y Cabellera, respectivamente.
[18] Este libro primerizo ya anuncia la diversidad de tonos poéticos, de formas y de temas más frecuentes en la obra de M. Machado.
[19] La justificación de su ida a Sevilla así la explica PÉREZ FERRERO: Vida de Antonio Machado y Manuel. Madrid. Espasa-Calpe. Col. Austral, núm.1135, pág. 45, 1973: “A Manuel se le han pegado en exceso las costumbres bohemias. Se le pasa el tiempo en rendir encendidas pleitesías a algunas bellas mujeres, y hay una que ha monopolizado, desde hace meses, sus agasajos, distrayéndole de toda otra preocupación. Es un peligroso desbordamiento de su juventud, al que la abuela y la madre deciden poner término. La distancia es la mejor medicina para curar los amoríos. Y las damas eligen la ciudad de Sevilla, donde, bajo la tutela de su tío Rafael, emprenderá el mozo los estudios de una profesión liberal”. Rafael era hermano de Ana Ruiz, que, como médico, atendió a Antonio Machado, el padre de los poetas, cuando regresó ya muy enfermo de Puerto Rico.
[20] El tema es netamente conservador y está dedicada a Benavente: los protagonistas andaluces, defensores de las relaciones amorosas libres, se arrepienten, se casan por la iglesia y reniegan del libertinaje parisino.
[21] Muchos rasgos de Alma pasan a este nuevo libro: vocabulario selecto, abundancia del verso alejandrino y otras notas de impronta modernista y de la copla; incluso, algún topónimo andaluz.
[22] Manuel Machado era gran aficionado a los Toros, por lo que desde principios del siglo XX escribe artículos en revistas sobre el tema y, después, incluye en sus libros de prosa: El amor y la muerte (1913) y en Día a día de mi calendario. En 1906 ofrece en siete cantos el desarrollo de la Corrida, de los que cuatro habían aparecido en Caprichos.
[23] Gerardo DIEGO: El poeta Manuel Machado. Madrid. Fundación Universitaria Española, 1975.
[24] El prólogo de Unamuno —“La poesía de Manuel Machado”— es una ampliación de la reseña que había escrito para El Heraldo de Madrid, convertida ahora en un estudio de la poesía del autor andaluz.
[25] Luisa COTONER dice que “Machado se enfrentó a la sociedad filistea no sólo por el contenido de sus “malos poemas”, sino por su desenfadada y cínica forma de expresión. En consecuencia, la novedad del libro no radicaba tanto en los temas como en el tono irónico y coloquial, con el que fueron abordados”. Manuel Machado. El mal poema. Barcelona. Biblioteca de Clásicos y Raros, 1996, págs. 28-29.
[26] Cito por Gloria VIDELA DE RIVERO: “Manuel Machado y su Mal Poema”, en Cuadernos de Filosofía, núm. 4. Mendoza (Argentina). Facultad de Filosofía y Letras, 1970.
[27] MACHADO, Manuel: La guerra literaria (1898-1914).
[28] RAMONEDA, Arturo: Manuel Machado. Antología poética. Madrid. Alianza editorial, núm. 1161, 2016, pág. 57.
[29] Federico de ONÍS: Ob. cit.
[30] “Me casé, en efecto, hace poco más de un año, en Sevilla, con mi prima Eulalia, mi amor de niño, mi primero y único amor verdadero. Lo demás no han sido más que escarceos más o menos sensuales y corre del potro joven”, confiesa a Juan Ramón Jiménez, según recoge Ricardo GULLÖN en “Relaciones amistosas y literarias entre Juan Ramón Jiménez y Manuel Machado”, en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, núm. 128, 1960, págs. 115-139.
[31] Este libro vuelve a publicarse en 1922 como Dedicatorias.
[32] Así lo califica el peta en su discurso de ingreso académico.
[33] “Pudiéramos calificar —afirma en Revista España, núm. 323, 3 de junio, 1922— este nuevo libro de Manuel Machado de desnudo poético. Un magnífico desnudo de la línea clásica y serenidad grave en el que el desborde dionisíaco del sentimiento se contiene y limita en el apolíneo equilibrio de la forma.
¿Cambia el poeta el signo de su arte en Ars moriendi por ser obra de moderno reposo? No. Es el mismo poeta de siempre recogido y sutil —en lo sutil, muy hermano de su hermano Antonio, sin detrimento de sus respectivas personalidades, bien diferenciadas por otros conceptos— que deja escapar su alma como una rica esencia de las páginas del libro.
La depuración técnica es perfecta. El desnudo vive su luz propia, tembloroso al aire, sin tules superfluos… y el corazón se siente debajo de la carne decidido como en sus mejores tiempos, pero ya más cauto y menos hablador, porque “ya a los vientos no oscila. Ya a las olas no cede. / Al azar no suspira ni se entrega al Destino. / Ahora sabe lo que quiere y quiere lo que puede. No faltarán sectarios miopes que engañados por el tradicionalismo formal con relación a la fecha del libro —¿cuándo nos libertaremos de supersticiones de calendario y moda? Jorge Manrique o Góngora son más actuales que infinitos matusalenes ultraístas— tachen a Ars moriendi de conservador. A nosotros nos parece que uno de los méritos del libro es tratar, a la moderna, temas ya muy usados en poesía. Entre los muchos ejemplos que pudieran citarse, escogeremos al azar, aquella instantánea… en que hablando de la noche dice: “… De la reja / colgó su oscuro crespón / —de sueños y sombra la madeja—, / como los flecos de un mantón”. O el otro bellísimo: “Morir es… Una flor hay en el suelo / que al despertar ya no está en nuestras manos”.
[34] Con motivo de las cien representaciones, recibieron un caluroso homenaje en el hotel Ritz madrileño, al que asistieron, entre otros, M. Primo de Rivera y su hijo Juan A.Y también en Zaragoza, Barcelona…
[35]DIEGO, Gerardo: Manual de espumas. Madrid. Cuadernos literarios, 1924.
[36] GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón: Nuevos retratos contemporáneos y otros retratos. Buenos Aires. Sudamericana, 1945, pág. 35.
[37] TORRE, Guillermo DE LA: Ultraísmo, existencialismo y subjetivismo en literatura, pág. 27.
[38] Cita tomada de Fernando ORTIZ. Ob. cit.
[39] BORGES, José Luis: “Ultraísmo”, en El Diario Español, 23 de octubre, 1921, recogido después en Textos recobrados (1919-1929, pág. 108, que es respuesta al artículo de Manuel Machado “Los poetas españoles de mañana”.
[40] CANSINOS-ASSENS, Rafael:” Manuel Machado”, en La nueva literatura. Madrid, vol. I, págs. 185-192, 1916.
[41] La entrevista se publicó el 22 de septiembre, martes, en esa revista parisina y se reproduce en Ínsula, núms. 506-507, febrero-marzo, 1989.
[42] Blanche Messis (o Merris) era una joven periodista francesa que se presentó en España ese verano de 1936 con un diccionario y una gramática para aprender bien español.
[43] Manuel Machado le contesta en otro artículo titulado: “El Sr. Machado contesta”, publicado en El Castellano, Burgos, 7 de octubre, 1936.
[44] “En su domicilio burgalés… (la pensión Filomena) recibió una tarjeta de don José María Pemán y de don Eugenio D’Ors, indicándole que le esperaban para almorzar en el Hotel de Londres; en ella le ruegan que no deje de acudir a la cita, pues han de tratar de un asunto de suma importancia”. PÉREZ FERRERO, Miguel: Ob. cit, pág. 199.
[45] Madrid. Ediciones Españolas. S.A., enero, 1940.
[46] En el periódico Libertad, en 1933.
[47] Para este periodo de la vida del poeta, véase “El falangismo de Manuel Machado”, en Historia 16, núm. 65, Madrid, septiembre, 1985, de Pablo DEL BARCO.
[48] GONZÁLEZ-RUANO, César: Memorias. Medio siglo se confiesa a medias. España. Editorial Renacimiento, 2004, pág. 207.
[49] GONZÁLEZ-RUANO, C. Ob. cit, pág. 206.
[50] Véase su artículo publicado en ABC el 2 de abril de 1946 titulado “El quinto no matar”. Y recuérdese, al respecto, la carta abierta que publica en El Castellano (6 de octubre de 1936) al salir de la cárcel.
[51] DIEGO, G.: El poeta Manuel Machado. Madrid. Fundación Universitaria Española, 1975, pág. 26.
[52] Luis ROSALES: “Entrevista sobre Manuel Machado”, en Diario 16 Andalucía, 26 de febrero, 1990.
[53] CENIZO JIMÉNEZ, José: “Alma, Manuel Machado y el Modernismo”, en Cauce. Revista de Filología y su Didáctica, núm26, págs. 47-65.
[54] IFACH, María de Gracia: Ob. cit., pág. 30.
[55] D. ALONSO: “Ligereza y gravedad…”, en Ob. cit.
[56] PÉREZ FERRERO, Ob. cit., pág. 145.






