octubre 2020 - IV Año

ARTE

2020: Los 250 años de Ludwig van Beethoven

Como pórtico del ‘Año Beethoven’, el escritor y musicógrafo Antonio Daganzo se acerca a la figura del genio de Bonn; uno de los creadores decisivos en el devenir de la Historia de la Música, de cuyo nacimiento se cumplirán 250 años el próximo 16 de diciembre del presente año 2020

betoven1Nombrar a Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) es nombrar casi a la música misma, y el recuerdo de los tres, desde el cambio de siglo, nos está deparando redondas y enjundiosas efemérides. Convirtamos el trío en quinteto; evoquemos también las figuras de Giuseppe Verdi y Richard Wagner, los dos genios del teatro musical decimonónico, y obtendremos así un listado impresionante de conmemoraciones. En el año 2000 se cumplió el 250º aniversario de la muerte de Bach, y en 2006, otro 250º aniversario: el de la venida al mundo de Mozart. Antes, en 2001, recordamos a Verdi, en el centenario de su fallecimiento, y luego, en 2013, de nuevo a Verdi y también a Wagner, en el bicentenario del nacimiento de ambos -¡casualidad inmensa!-. 2020, sin ninguna duda, es ‘Año Beethoven’; período largo de celebración, pues no será hasta sus postrimerías, hasta el próximo 16 de diciembre, cuando se cumplan los primeros 250 años transcurridos desde el nacimiento de ese genial ‘león de noche’, como lo llamó Blas de Otero en uno de sus más hermosos poemas de Pido la paz y la palabra: ‘…vuelve la cara, capitán del fondo / de la muerte: tú, Ludwig van Beethoven, / león de noche, capitel sonoro!’. Cierto que, para la Historia de la Música, Giuseppe Verdi siempre será el ‘León de Busseto’; no obstante, ¿cómo renunciar a idéntica metáfora felina en el caso del autor de la Sinfonía ‘Heroica’? El comentarista Ángel Carrascosa acertó de pleno al afirmar que, en la poética beethoveniana, hay, ‘por primera vez con claridad en la música occidental, un elemento épico nuevo que se superpone al elemento lírico: en sus creaciones más acabadas la fusión entre ambos es indisociable’. Por eso la Sinfonía ‘Heroica’, dada a conocer públicamente en Viena el 7 de abril de 1805, es precisamente la partitura que suele señalarse como punto de partida del Romanticismo musical. Beethoven, pues, no sólo protagonista sino también artífice de un cambio de época. ¿Acaso podíamos dudarlo, si una personalidad artística tan arrolladora como la suya alcanzó a vaticinar incluso los abismos sonoros del siglo XX, ya en los últimos compases de su creación?

…la precisión con que Beethoven calculaba ‘la potencia, los ataques, la compacidad’ (o compactibilidad) y ‘los contrastes dinámicos’ de ‘las masas sonoras que pone en movimiento’, ‘(…) consciente, como lo sería Berlioz, de los efectos psicológicos, incluso fisiológicos’, que la música propuesta ejercería sobre los oyentes.

Beethoven2Comienzo del Finale de la Sonata nº 14 “Claro de luna” op.27 nº 2 de L. van Beethoven, autógrafo [Bonn, Beethoven-haus BH 60]Las líneas precedentes han venido a confirmarlo una vez más: hablar del gran Ludwig supone darse de bruces enseguida con el universo orquestal que transformó para siempre. Una vez que la sinfonía, durante la segunda mitad del siglo XVIII, y gracias a las contribuciones sobresalientes de Franz Josef Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, se había asentado como el género para orquesta por antonomasia, el ciclo de las nueve sinfonías beethovenianas representa uno de los mayores logros jamás obtenidos en el desarrollo del arte musical, y también –dicho en términos más absolutos- en la evolución de la cultura universal. Sin duda nos hallamos ante música que es más que mero lenguaje, que es expresividad abstracta pero omnímoda, por denotarlo de alguna manera, y, al respecto, François-René Tranchefort no dejó de subrayar la precisión con que Beethoven calculaba ‘la potencia, los ataques, la compacidad’ (o compactibilidad) y ‘los contrastes dinámicos’ de ‘las masas sonoras que pone en movimiento’, ‘(…) consciente, como lo sería Berlioz, de los efectos psicológicos, incluso fisiológicos’, que la música propuesta ejercería sobre los oyentes.

Este impresionante ciclo, cuya escritura se inició entre 1799 y 1800, tuvo en la Tercera Sinfonía, la ‘Heroica’ citada antes, su primer jalón glorioso. Quienes la escucharon en su estreno no sólo se precipitaron de cabeza en una fuerza expresiva inaudita: ¡la obra duraba –y dura- aproximadamente el doble de lo que solían extenderse las sinfonías del Clasicismo en su sazón! Y ello no porque Beethoven pecara de verboso o retórico; sencillamente porque, merced a su genialidad, y tal como lo escribí en mi ensayo divulgativo Clásicos a contratiempo, la arquitectura sinfónica puede dar ya cabida ‘a un sentimiento épico-trágico que por fin se expresa de pleno, con el necesario correlato de una mayor amplitud en el discurso, gracias fundamentalmente a una prodigiosa capacidad para la elocuencia en el tratamiento de la forma sonata’. El formidable díptico –se dieron a conocer conjuntamente, el 22 de diciembre de 1808, en el Theater an der Wien- formado por las sinfonías Quinta y Sexta (‘Pastoral’), y la ‘apoteosis de la danza’ –en palabras de Richard Wagner- de la Séptima, precedieron al milagro de la Novena Sinfonía, no sin que Beethoven regresara puntualmente, en la más breve Octava, al estilo clásico de Haydn –quien fue su maestro, lo mismo que Antonio Salieri, cuya supuesta rivalidad con Mozart disparó la imaginación de escritores y cineastas-. Estrenada el 7 de mayo de 1824, de nuevo en la Viena de adopción del compositor alemán –esta vez en el desaparecido Kärntnertortheater-, la gigantesca Sinfonía nº 9 en re menor, más extensa aún que la ‘Heroica’, y denominada ‘Coral’ por su celebérrimo final cantado sobre la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, es la primera en la historia que sumó la voz a la orquesta. Algo que anticipó, de modo visionario, la ‘música total’ que Gustav Mahler habría de coronar en su increíble Sinfonía ‘De los Mil’, de 1910. Beethoven, al cabo, logró así dar forma a la grandiosidad que había anticipado en parte la Fantasía para piano, orquesta y coros, de 1808, y también, incluso desde un punto de vista ético, político y cívico, de compromiso con el ser humano libre y por ello feliz, el concertante de cierre de la que fue su única ópera, el ‘singspiel’ Fidelio, cuya versión definitiva data de 1814.

hotelpragabetovenPosada del rinoceronte blanco y dorado (Praga), donde vivió Beethoven en febrero de 1796‘Música que es más que mero lenguaje’, escribí líneas arriba. Y desde su misma gestación, pues ¿de dónde manaba toda esa energía incontenible? ¿A qué se debió? Escuchamos la impresionante Missa solemnis –contemporánea de la Novena Sinfonía-, y el influjo del colosal Haydn de las misas postreras y los oratorios se nos hace más evidente aún que en los pasajes sinfónicos de mayor incandescencia –y no olvidemos que la fogosa orquesta beethoveniana asimismo se extiende por los géneros de la obertura y el concierto (imprescindibles sus cinco conciertos pianísticos, que parten de Mozart y alcanzan en el Quinto, o ‘Emperador’, otra conquista expresiva de primer orden; imprescindibles el Concierto para violín y el Triple concierto para violín, violonchelo y piano)-. Pero más allá de las influencias estilísticas, o las ejercidas por un convulso período histórico que había hecho nacer en Francia un conato de música revolucionaria –pobre aunque innegablemente significativa-, ¿qué movió al gran Ludwig, ‘león de noche’, a componer de aquel modo heroico? ¿Cuál fue el auténtico, profundo drama de su vivir, expresado en el conocido como ‘Testamento de Heiligenstadt’, de 1802? Sin ninguna duda, la sordera; la dolencia paulatina que acabó causándole, ya por el tiempo del estreno de la Sinfonía nº 9, la pérdida total de la audición. Ante semejante condena –tan desoladora para un músico, tan despiadada para un maestro de su categoría-, Beethoven optó por la grandeza de espíritu: rechazó el suicidio y se entregó a culminar una labor creadora que, por tanto, no sólo fue genial sino absolutamente épica. El ser humano, el individuo, no pudo derrotar a su destino adverso, pero el músico, el ente creador, sí, y de qué manera. ‘Beethoven encarnó la tragedia redentora del héroe, que, en su búsqueda instintiva del progreso, hace avanzar a la humanidad toda’, escribí en mi ensayo Clásicos a contratiempo.

betoven3Cumplida la misión, Ludwig alcanzaría muy debilitado ya, por causa de sus múltiples enfermedades, el año 1827, y, de hecho, no le fue posible rebasar la crítica frontera del 26 de marzo, fecha de su óbito. Pero los dos años previos, 1825 y 1826, se los entregó a la posteridad más que nunca, con la redacción de sus últimos seis cuartetos de cuerda: una música creada en puridad para el futuro, pues únicamente pudo ser entendida con la llegada del siglo XX. El repertorio para piano solo y de cámara resultó siempre de importancia suma para Beethoven, a tal grado que, en 1822, puso la doble barra final a la última de sus treinta y dos (¡!) sonatas pianísticas; ciclo glorioso -¡su autor fue un brillante especialista del instrumento!- donde encontramos maravillas como la Sonata ‘Patética’ –nº 8-, la ‘Claro de luna’ –nº 14-, ‘La Tempestad’ –nº 17-, la ‘Waldstein’ –nº 21-, la ‘Appassionata’ –nº 23- o la monumental ‘Hammerklavier’ –nº 29-. El otro enorme ciclo beethoveniano concebido para pequeño salón es, claro está, el de los cuartetos de cuerda, formado por dieciséis o diecisiete obras, según se mire: diecisiete si contamos, como un cuarteto más, la Gran Fuga que se desgajó del Cuarteto nº 13 -para el que el compositor tuvo que escribir, por tanto, un nuevo desenlace-. Esa Gran Fuga, o el movimiento inicial –’Adagio ma non troppo e molto espressivo’- del Cuarteto nº 14 –tan amado por Schubert, y estructurado en siete movimientos (¡!)- se antojan músicas creadas no ya en el siglo XX sino incluso hoy mismo. Los seis últimos cuartetos son partituras llenas de audacias armónicas y de una apabullante libertad constructiva, aminoradas sólo aparentemente en el Cuarteto nº 16, en cuyo seno late uno de los tiempos lentos más hermosos, y menos conocidos, de la producción beethoveniana –’Lento assai, cantante e tranquillo’-. ¡Hasta en el catálogo de los compositores más famosos podemos hallar páginas de necesaria recuperación o redescubrimiento!

Y qué fascinadoras resultan esas piezas serenas en mitad de un arte así, de una música de la exaltación, Ésa sería, más allá de lo épico, lo trágico y lo lírico, la seña de identidad del gran Ludwig: la exaltación. No puede extrañarnos, pues, que León Tolstói se fijase e inspirase en la novena de las diez sonatas violinísticas de Beethoven, la célebre Sonata a Kreutzer, de 1802 –al cabo dedicada a Rodolphe Kreutzer, que, paradójicamente, nunca se atrevió a tocarla-, para describir el desenfreno sentimental, y también sus abismos, en la polémica narración homónima de 1889. Luego, sobre el mismo tema y bajo idéntico título, René Prinet presentó al mundo, en 1901, su no menos famoso cuadro donde un arrebatado violinista besa con ardor a su pianista acompañante, tomándola por la cintura con su brazo derecho, como si ambos hubiesen interrumpido la ejecución de la obra de Beethoven para dar rienda suelta a su pasión… ¡Qué curioso que la música acabase volviendo a la música! Así, en 1923, el gran compositor moravo Leos Janácek denominó Sonata a Kreutzer al primero de sus cuartetos de cuerda… Beethoven, el ‘león de noche’, no dejará nunca de inspirar a la humanidad, porque su arte fue, desde la raíz y hasta los tuétanos, y recordando una vez más a Blas de Otero, el de un ‘ángel fieramente humano’.

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