noviembre de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA: El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

Fotografía de Marina Sogo

Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el aire esas palabras. No sabremos si dimos con su manejo o tan solo bosquejamos una tentativa, un amago estéril del que, por fuerza, tampoco tendremos mayor propiedad que un levísimo goce. Como una especie de saber aceptar la herida que causan y comprender que «una vez concluido, debería el poema / ser enterrado». Es cosa ajena que la tierra las devuelva. Que alguien, lastimado, las acoja y piense suyas. Aprendemos a nombrar lo que no conocemos cuando lo ha grabado el poeta en la piedra del tiempo.

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La concisión / Hay que ser conciso, hay que ponerle el pie en el cuello a la frase y no permitir que se extienda innecesariamente. Que se afinque con otras. A muchas. Hay que doblegar a la palabra. Hay que comprometer su desempeño cuando se convida de entusiasmo. El poeta se empecina en compendiar el universo y tal vez a sí mismo también en una frase y, en ocasiones, cree haber alcanzado algún tipo de excelencia sobre cuya brevedad no sabe qué decir, si se le pregunta. No sé, no me pregunten, ya he dicho lo que he dicho. No es nuestro poeta de alardear de prodigios. Se encomienda a lo que el numen le confió. Entra en lo razonable que ni siquiera razone que todos esos riscos a los que ha subido y desde donde ha divisado el anchuroso horizonte hayan sido de verdad logro de su humilde (dirá, no es cierto) musculatura. Se creerá inútil, pensará que hubo una epifanía, tres, trece, trescientas. Que fueron viniendo sin que supiera la manera en que las palabras de su discurso se le arrimaron, vieron que estaba bien el instrumento que las alojaría en un poema.

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Interrogante / Quién es el poeta, el que hereda la poesía, el que se dice y se desdice, el que crea cuando ya está todo creado, el fingidor. Se le interroga: quién es usted, Pedro López Lara, cómo pudo usted urdir esto. En qué orfebre aliento se le habilitó para que cometiera la empresa de decir y de decir con la elocuencia del mismo silencio. Yo no sabría qué decir, dirá el poeta. Yo, comprenderán, no he hecho otra cosa que verter lo que se me ha ido contando, lo que he traído y he guardado. Porque es el poeta una conciencia universal, un demiurgo con un ángel terrible que lo empuja a que hocique la testuz y apriete la mano (escribirá caligráficamente, espero) para que ocurra lo inaplazable. No hay nada fingido en Pedro López Lara: dice lo vivido, dice lo leído, dice lo visto, dice lo dicho. Todo ese decir tan vasto y tan íntimo.

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De lo que no puede ser / Anhela el poeta “un verso túmulo o jeroglífico, / que me contenga, / de modo holgado y a la vez conciso, / un nítido renglón definitivo”, pero es imposible ese verso, ninguno alojaría el temblor exacto de la mano al rozar siquiera leve y cautelosamente el rojo de la rosa antes de que otra mano se revista de sombra y le cercene el tallo y sea también imposible el verso. “No escribir nada. Hacer que sea / la vida, en cumplimiento de sí misma, / hermético y final, bellísimo poema”.

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Azar, azahar / No hay con qué predecir, qué herramienta dar a las manos para que descerrajen los usos de la costumbre, qué arte de prestidigitación invocar para que el azar se avenga a dejarse manosear y, en el caso más favorable, permitir que nuestro cuerpo se acople al suyo y lo fecunde. También el azahar es casquivano, ligero: prefiere su hondura antigua, ese estar sin decir, ese puro permanecer sin motivo.

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Decadentismo / No serán buenos tiempos. Ninguno habría o habrá. Qué se puede esperar de una época en la que ningún marinero lanza “su vida al mar para escuchar el canto / falaz pero embriagador, bellísimo, de las sirenas”. Son tiempos de un refinamiento hueco. La gente se muere por cualquier cosa.

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Nieve / Hay una belleza solo lacónica. La nieve en la nieve sin que podamos ni siquiera advertir la blancura, esa pureza a la que todavía no se le ha fracturado el ánimo y persevera en su irresistible vocación de paisaje. Yo creo que el poeta Pedro López Lara es esa nieve fragilísima. Hay que cuidar en cómo se pisa. Porque es irrevocable la necesidad de transitar esos parajes. El tiempo manejado como si el tiempo no contara. El entonces y el después. El ahora lejos. Poesía cuántica. He creído perderme en esa prosperidad sin entusiasmo, he sentido que tendré consuelo cuando el aire se quiebre o cuando el corazón se reblandezca o cuando la esperanza se contradiga. Bastará leer todas esas presencias cercanas a las que puso no la música, aquí no hay música que valga, sino algo anterior, que no podría cabalmente confiar a quien nos solicite consejo. Se le dirá: lee, lee, vuelve a leer. Yo llevo unos días que entro y salgo de los poemas y se me ha antojado que ya no debo hacer movimiento alguno: se está ya en la clausura misma de lo dicho, en el libro (en este caso) que he ido visitando. Porque los libros, al principio, se visitan. Es más tarde cuando son ellos los que nos visitan a nosotros. Este cuchillo íntimo. Este bazar de milagros.

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Leer / Lo que ha leído el poeta. Las matanzas infinitas de Lucano. Los goces de los muertos. La desolación de los dioses. El corazón de los amantes. La soledad del mundo. Cristo en el Gólgota. Esas cosas. He abierto bien los ojos, tengo tiempo, se dice a sí mismo. Cree que todavía podrá leer más, ver más, tener más, amar más. «Habrá saldo en la cuenta». Morir es un contratiempo, acaba comprendiendo, se niega a dialogar con ella. Para irse sin estrépito, para no tener que aplazar lo inevitable más de lo necesario. Por no rebajarse, por no recitar «el aún no» que ha escuchado antes y nunca a satisfacción de quien lo recitaba. Por dar al hoy carta de mañana y de siempre. Por no caer en la costumbre antigua del ayer tan juguetón, de tan escaso asiento en el futuro. Por dignidad. Por haber pensado mucho y haber comprendido algunas cosas.

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Constatar el tiempo / Todo queda en un ardid, en un trampantojo, en una escaramuza de la realidad, en una fotografía de la que extraemos un significado que no está o en la que apreciamos, menos conmovidos que tristes, una orfandad. Hemos estado frente a la cámara, se nos ha registrado, pero no hay nada nuestro ahí, no somos algo ahora podamos ser. Se trasiega sin gobierno por los tiempos verbales. Intolerablemente creemos que la muerte, tan ajena siempre, escribiera anticipadamente lo que no supimos nunca, por más que lo anhelamos, decir nosotros.

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La maravilla / Es tímida, dice el poeta. Un hallazgo, insiste, casual. Está en cualquier lugar en el que no se dé por esperada. «En trasteros o sótanos». No es de alharacas, no exhibe ninguna evidencia de que se guste cuando la observan. Lo que fascina es que nada faltase cuando irrumpió. Ahí el oro entero de las palabras, el fulgor de un milagro inasible, también eterno.

Al margen del tiempo y del espacio. Cierta poesía parece transcurrir así. La buena poesía. La percibimos como un eco lejano que súbitamente hace posible el entendimiento. La poesía de Pedro López Lara exige volver, sucede con intermitencia: no cabe el abandono, requiere una renovación, un volver, pero conocemos el camino, que es un verbo o un sustantivo; pero conocemos lo que nos espera, que es una casa llena de palabras. Las ha ido juntando con encomiable paciencia. Un poeta es, más que nada, un ensayo de paciencia, un ser con oquedades que precisan del barro para que se cierren. Barro y oro. Luego todo queda en una bendita permanencia. Hay versos que se recuerdan. Hace mucho tiempo que mi memoria no se recrea en guardarlos.

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Escampar / La medida de las cosas la da su ausencia. El poeta se erige observador, pero no sabe qué va a escoger. La cabeza de un poeta, la de Pedro López Lara es un trastero de verdades y de ilusiones en el que va dejando noticias de lo real y especulaciones sobre lo que no lo es, o tal vez sea al revés, no da abasto. Llueve, deja de llover. De lo que se trata es de dar con el momento en que no sucede una cosa ni la otra, ese limbo sutilísimo. Va creciendo la pericia, se van agrandando los paisajes, que ocupan un lugar en ese trastero al que el poeta acude para coger de aquí y de allá. Las palabras están incómodamente amontonadas: se saben maltratadas, pero ah, qué delicia cuando los dedos las acarician y las levantan de esa postración, qué vida más ocupada les espera cuando las engarce en frases, en decires que la memoria amasa. Entonces, lo dice el poeta, sucede el tiempo, esa fantasmagoría suya de «melancolías, incidentes», de humanas vicisitudes, de alguna que otra (no esperen que la pomposidad se persone) lujuria semántica.

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La lucidez / Es nuestro lo que perdimos, sentenciaba Borges, tan cercano a Pedro López Lara. También lo inconsciente nos pertenece, cuanto hay de inasible o de azaroso y que, cuando irrumpe, arrasa. Es esa dimensión, la de la voracidad, la que funda el arte. A ella el poeta incorpora la lucidez. Es el arte de lo racional. Porque la poética aquí vertida es, ante todo, verdad, poso de la verdad, escombro de la verdad también.

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Mística / Está la historia previsible, pero hay otra debajo. Tiene barcos hundidos o a nada de hundirse, pájaros con solemne vocación de fuga

en una avenida a altas horas de la noche,
hombres tristes que desvarían en su tristeza

y fabulan delirios, sueños espléndidos que se malogran al poner el pie en el día, un cielo de una pureza que aturde a la caída de la tarde. De lo que se trata es de registrar lo que no es previsible, de enloquecer el pulso y respirar la luz de todos esos prodigios. El propósito final es desquiciarse a sabiendas. Escribir un poema. Si pudiéramos, lo haríamos, pero se nos trabucan las palabras. No quemaríamos el mundo, registra el poeta. A pesar de “la belleza del fuego”, “la justicia del incendio”, su “nítido deseo”. Tampoco dejaremos de escribir, de huir sin mover un pie, de quedarse habiendo llegado también muy lejos.

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Crianza / La posibilidad de saber qué vendrá, esa indagación legítima, no es cosa del poeta. O lo es tangencialmente, tomada como ficción misma, como tanteo. El único argumento posible es esa inverosímil creencia en lo por venir, en que el futuro nos va a tener en cuenta y estaremos siempre en su plausible convocatoria de afiliados, pero es mentira, no sabremos qué ocurrirá. Nada que nos incumba se nos dará como aval para la comisión del trayecto. Querríamos demorarnos en el camino, dice el poeta. El libro de los viajes que nombra es hermoso, apostilla. Pudimos hacerlo, podemos contar que algo recorrimos, que todavía es posible continuar. Pedro López Lara va y viene sobre estas elucidaciones del intelecto sensible: se sabe frágil, quién no, pero ese conceptismo tan grato que practica le abastece de sabiduría. «La vida / no puede transcurrir a sorbos», recita, con lo difícil que es recitar y lo hondas que son algunas de las que cosas que el recitado divulga. «El final no se degusta, se bebe / de un solo y disconforme, memorioso trago».

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Metaficción / Es hipótesis, más que certeza, pero la idea de sacar algo en claro de la poesía de Pedro López Lara me parece asunto complicado. Se lee al modo en que leemos las nubes y precisamos volver a su decir etéreo para que la comprensión nos consuele. No hay que saber sino persistir en querer saber. Eso hace el poeta: avituallarnos de vida, de la que él ha conocido, que no será tan diferente a la nuestra, pero tendrá su arrimo de todas las vidas que no están a nuestro alcance y sí, por fortuna, al suyo, que es sensible y posee la virtud de contarlas. Yo he sentido la poesía aquí leída de esa novelística manera. Hay una trama, que se escinde, que se fragmenta, que se extiende, que se comba, que se retuerce, que estalla, que se duele, que grita, que gime, que da señales de tristeza, que surte goce. El íntimo cuchillo es una novela extraña, hecha de retales de muchas novelas: un libro de muchos libros, un corazón de todos los corazones, aunque tal vez haya más cabeza que corazón, más pensar que sentir o, mejor todavía, no es un órgano el que redacta el informe, sino el cuerpo entero, orgánica y confabuladamente determinado a no prestigiar una parte sobre las otras. Y se le lee con el cuerpo completo. Hay poemas que dan un temblor súbito.

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Pathos, ethos, logos / El sufrir, el confiar, el razonar: he aquí el corpus de lo más acendradamente humano, aristotélicamente hablando. Pedro López Lara maneja con solvencia estas apelaciones del intelecto: conmueve, inspira, inclina el ánimo del lector, persuade, posee autoridad moral, empatía. A lo que escribe le damos sentido lógico, qué paradoja eso. Porque un poeta no busca convencer, no se arroga la verdad y enseñorea las herramientas que la expanden, pero este poeta de lo trascendente sacia a quien se interroga sobre el sufrimiento, la confianza y el razonamiento. En momentos, leyendo, creí ver a mi adorado Montaigne, él se reirá cuando lea esto, que lo leerá. Dirá: Emilio, no es eso, no va por ahí, nada de lo que estás escribiendo es correcto, das palos de ciego, me has leído mal, me has leído como no debe leérseme. Dirá también que él no decidió nunca nada. Que es otro el que escribe. Me lo dijo una vez por teléfono, hablamos mucho. Vino a decir que el poema ya no es de quien lo escribió cuando lo acaba y, al tiempo, al escritor le pertenece (no solo) contarlo de nuevo, corregir lo que no es válido después, siéndolo cuando lo urdió. Un poema no se acaba nunca, no se cierra, me dirá. No hay urgencia en volver a lo escrito, pero quizá convenga. De hecho, el poeta Pedro López Lara, titánicamente ha hecho dieciséis libros (me equivocaré) y no hará ninguno más. Están publicados. Uno tras otro. Desde 2021 (Destiempo) a 2025 (Epílogo).  También dos antologías. Cada una complementando a la otra. Y “Arcén”, su poesía reunida, uno de los libros fundamentales de este buen siglo XXI.

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Lo sublime, sencillo / Lo acabo de leer. Me lo ha dicho Efi Cubero. Lo ha dicho a todos los que tenemos la suerte enorme de leerla a diario. Es de Kant lo de la sencillez sublimada. A Pedro López Lara le gusta, lo ha manifestado. «Se agita la vida entre sentimiento y pensamiento», sigue Efi. En todo caso, qué placer sentir lo pensado, pensar lo sentido. Esa fe de la que no hay instrucciones de uso. Como el mismo amor. El cuchillo va a resultar ser una mano que acaricia. La herida, un brocal de luz.

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Volver a casa / Echar de menos lo blasfemo, lo inmundo, eso apunta el poeta. Qué se puede esperar de la pureza, insiste. Qué extraña alhaja nos entregará la prudencia, cuándo se podrá usar y quién apreciará su brillo, la inmaculada disposición de sus castos átomos. La ebriedad es un don, lo dijeron otros, pero Pedro López Lara se pregunta si dará con el camino de vuelta a casa. Beber es un despropósito. Como vivir. Tampoco sabemos de la vida qué sendero tomar para regresar a donde fuese que esté la casa que somos. El camarero es un dios caprichoso y rudimentario. Sirve al borracho para más tarde dejar que se vaya tambaleando, mascullando, blasfemando.

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Un hombre solo / Imagino a Pedro López Lara en una soledad afortunada, metafísica. Qué plenitud ese estar en sí, no tener que comparecer ante las obligaciones habituales. No porque el poeta sea un señor de intimidades excesivas, que bien podría, sino porque sabe a qué acudir para darse solaz, permítanme. Para procurarse ese esparcimiento intelectual, estético o moral sobre el que pacientemente ha ido construyendo su lugar en el mundo. La obra poética que compendia este «íntimo cuchillo» es su despedida pensada. El poeta ha seleccionado y ordenado los poemas. Los ha colocado a su entera satisfacción. Como uno de esos discos de grandes éxitos que los astros del rock sacan para que el aficionado novicio conozca y para que el curtido se reencuentre con lo que conoció. Están las melodías favoritas del cantante. Le costaría más la selección que la propia escritura, conociéndolo. Dejar de sí un testimonio cerrado, una catedral acabada, un paisaje encuadrado en un marco. Hay motivos para que el libro avance como lo hace. Razones de concepto, de materia sensible, de percepciones personales que él conocerá, pero que se pueden inferir, a poco que uno hocique en la construcción misma de este artefacto poético sublime. Su soledad es un poco nuestra. He vuelto muchas veces a leer algunos poemas. Una vez me sorprendí diciendo uno (a Pedro López Lara le gusta que los poemas se digan, más que se reciten). Hacía que no me ocurría. Y en su escaso afecto por la musicalidad que otros poetas cultivan, me parecieron hermosamente sonoros. La inteligencia se puso a bailar.

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Cine, libros, cuadros / Lo que de verdad cuenta es lo que nos dicen. No hace falta decir mucho. Hay quien hace ese oficio con más probada eficacia que uno. De ahí el cine, que es sustancia poética, a poco que se piense. No me extraña lo más mínimo que Pedro López Lara le conceda la más alta de sus atenciones. Creerá, como yo creo, que la misma vida es cine, como cantaba Aute. Los libros, cine. Un domingo por la mañana, cine. Las tardes en que el cuerpo se amodorra y no quiere saber nada de nadie, cine. La sangre buscando la luz por las tinieblas de la carne, cine. El hombre en el desierto que ha perdido la cordura y se ha determinado a ser desierto también, esto es, arena y arena antigua incluso. La tarde en Venecia con su olor a muerte y a esplendor. El Cristo de Velázquez es asimismo una proyección cinematográfica. Lo que ama Pedro López Lara los museos. Tiene uno en su cabeza. Cien serán. Es capaz de sentir el padecimiento o la lujuria de los cuerpos representados en los cuadros. Su tristeza, su carne pudriéndose, su verdad sin tiempo. Al final, todo es literatura. No es que él sea un hombre de letras: es literatura. Ha elegido desprenderse (no categóricamente, hay que preservar el buen ser humano que el poeta tutela) de las vicisitudes de la realidad y encomendar la salvación de su cuerpo (iba a decir su espíritu) en la observación de las palabras, en la ofrenda de las imágenes, en la mismidad del pensar severo. Solo falta que suene un tango, me ha dicho muchas veces lo que le gustan. Hay poca música, en general, en la poesía de Pedro López Lara. No se nombran a los Rolling Stones ni a Puccini, aunque no se duda en ningún momento que esa renuncia es intencionada. Tampoco un tango.

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El poeta Pedro López Lara

La elocuencia de la normalidad / Ungido en llamas, escribe el poeta. Ardido. No se arrepiente, concluye. «Hicieron los bomberos sonar sus sirenas». Pero ella era fuego y también el sueño, que no era un sueño, era de fuego. Aprecio que el poeta se desdoble. No hay que pensar que todo lo que el poeta escribe es suyo y vivido e íntimo. El poeta es, ya sabemos, el fingidor. Como si novelara los versos. Como si se encomendase hacerse pasar por otro. Como tantos. Como siempre. Como ahora. Pero es al lector a quien interpela: busca interrogarlo, deshacer la conformidad de la realidad, involucrar su asombro al asombro del poeta. Por otro lado, la poesía de Pedro López Lara acude a esa normalidad con la sabiduría de quien la cuestiona. Están en ella la coherencia y la perseverancia. También la necesidad de cartografiar el alma, que es un asunto imposible de cartografiar.

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Los inconvenientes / El estado natural de la literatura es la perturbación. Debe alterar, preocupar, zaherir. El poema impone esa incomodidad de la que no debe salir ningún lector ileso. Un buen lector de poesía tiene recursos para que ese estado alterado lo guíe en el manejo de las demás cosas. Lo que Pedro López Lara establece es un territorio epigramático: lo dispone con esmero, hace que los temas (el tiempo, la memoria, la derrota, la belleza, la ironía) vayan y vengan, estén sin que fatigue, desaparezcan sin que se añoren.

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El peso del poema / El peso del poema recae en el último verso: él comprende la trama y la cierra. En esa naturaleza narrativa, el poema se asemeja a una historia. Incluso “Venecia”, la más corta, la de quien le dirá al gondolero: “Lentamente hacia entonces”. Hay otro que escribe, suponemos, supone. Ese otro, no el autor, por favor, cree ingrata “leer los propios versos”. Es alguien “cansino y amargado, que finge sorprenderse / por las vicisitudes más comunes: / que el tiempo pase, le traicionen los amigos, / las mujeres le dejen”. Alguien, no el poeta, “obsesionado por la muerte”.

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La extrañeza / Lo diverso en lo unitario. El humor negro, el sarcasmo. También la perplejidad, su extrañeza. Lo ecfrástico como semilla. Lo convencional como milagro. Lo observado se interroga con lo que sabemos por haber observado antes. Lo poético, vivo, tramado al aire, fundado con “apetitos y nostalgia”.

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La eternidad / Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios, pero no hallareis rastro de alguna reincidencia pastoral. Observe, no obstante, la ferocidad con la que se exhibe la mugre pagana de haber sabido vivir sin que se precise el concurso de otra deidad que la derivada de los clásicos griegos o la de todos esos mitos románticos con los que el poeta debió crecer y que nos abrazan cuando arrecia el frío en el espíritu. Y Dios creó al monstruo de Frankenstein y permitió, huérfano de metáforas la criatura, que diera a la pobre niña a la orilla del rio el mismo desenlace que ella le procura a una flor.

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El fuego del mal / Arderá rápido todo, sostiene el poeta. Nadie vigilará que nos conforte pecar, que ese poco durar de su arrepentimiento haga que reincidamos con alegre desparpajo. Como niños en el patio del recreo informados “de que lo malo es bueno”.

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Versificar / Igual que el tiempo se gusta al depositar su hierro dulce en nosotros, habrá que pensar que también el poema se recrea al no cuajar del todo y dejar un amago de poema o una sombra de la que no se advierte objeto que la trace ni luz que la perfile. En ese incidente meramente lingüístico sucede que una herida sin acabar, un algo refractario a que se pese y mida que surge cuando la vida, tan gastada, proclama sin rubor: “No soy versificable”.

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No saber, no poder saber / Dice Pedro López Lara que “la palabra es un sitio. / En él ocurren cosas”. Conviene entender qué significa eso, pero todavía estamos dentro y no damos con las palabras para explicar qué vimos.

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El íntimo cuchillo / Debe el que no sabe prendarse de quien le cuenta qué será de él, cómo militará en lo póstumo, cuando se extravíe y, ebrio de sombra, no dé consigo mismo ni atisbe la insistencia de la luz o el fuego del amor. Debe, es legítimo insistir, agradecer que se haya inclinado a permitir que el poeta le coja de la mano y lo lleve de vuelta a su ser. Debe la vida contener fiebre, olvido, paciencia, cordura, bailes, jardines, besos, lluvia, espadachines, funambulistas, querubines, tormentas, tinieblas, niebla, pétalos, inviernos, tumbas, mapas, héroes, riscos, escaramuzas, armisticios, fuego, épica, catedrales, argonautas, meretrices, pozos, cuerpos, espejos, tigres, laberintos, fragor, libros, países, islas, memoria, fantasmas, barro, geometría, astros, guiñoles, incisiones, dársenas, muestrarios, iconos, museos, singladuras, filacterias, cancioneros, escombros, expiaciones y también epílogo. Y todo está contenido en este libro de poemas. Como un aleph o como la ilusión de un aleph.

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