
Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtrara la idea de que escribía. Si yo me detengo a pensar en lo que hubiera del yo que escribe en el que no lo hace tendré mis mariposas, una vida ágrafa en la que no hubiese evidencia alguna de ese bendito trabajo que anima (verbo corto me ha quedado) mi trasiego, el de cualquiera que se entusiasme cuando tiene frente a sí un folio en blanco, llamémoslo así. No siendo nadie Nabokov, salvo Nabokov, no albergo (tiro de nuevo de primera persona) esperanza alguna de que a mi vigilia acudan las mariposas.
A veces pienso que los escritores, los buenos y los que aspiran a serlo, los que se toman en serio el oficio y tienen lectores fieles y los accidentales sin fortuna ni prestigio, se escinden, ofrecen esa dualidad en la que uno va al supermercado o a los bares o a casa de un amigo a tomar cerveza y el otro, diligente, solitario, casi hurañamente, se queda en casa y doblega al lenguaje para que triunfe la literatura. No se parecen los dos, no tienen la obligación de parecerse. Y cuando ambos se encuentran, si se produce esa especie de anomalía metalingüística o espiritual o esotérica, discuten. Uno reprende al otro, en la creencia de que podría convencerlo para que no interviniese y, si lo hace, que no se inmiscuya en demasía en lo que quiera que el otro haga: escribir una novela negra, un soneto petrarquista, tender la ropa, quedar en los bares con la pandilla de siempre o andar por el pueblo para hacer piernas. Habrá días en que no se soporten. Como si uno sobrara. Pierde el escritor. La vida lo succiona. Vivir y escribir a veces no casan.

Por eso hay que salir a cazar mariposas. Hay que encontrar con qué distraer esa enfermiza voluntad de escribir. La otra es la tirana. O lo son las dos. Decía Francisco Umbral que estaba podrido de literatura y lo argumentaba de esta manera: «Cuando uno va a ver el mar ya no ve el mar sino un libro». Lo son también el cielo y un árbol. Si voy (forzosamente) a un picnic no veo a la gente pasándoselo bien, sino un relato de Raymond Carver. Si me levanto con resaca, más que sentir ese terrible dolor de cabeza, que acude y duele, me viene a la mente un cuento de Bukowski. Si me hallo en un atasco infernal no pienso que el motivo es debido a la superpoblación, sino que estoy en la autopista del sur de Cortázar. Si alguien me llama al móvil y dice que soy yo y le digo que se ha equivocado y esa persona insiste en ello, riéndose maliciosamente, pienso en un cuento de Richard Matheson. Si voy a una casa de lenocinio y veo que las meretrices han dejado de ser acogedoras ya estoy pensando melancólicamente en la obra del marqués de Sade. Conste que no soy de resacas, ni recibo llamadas inquietantes, ni visito casas de placer, salvo los bares, y no siempre. Cuando paseo al azar por mi ciudad postindustrial y veo las fábricas abandonadas con aquellas puertas rotas y oscuras por donde sale un viento pestilente y amenazante ya estoy pensando en Lovecraft, en dioses primigenios, en criaturas de un tiempo previo al tiempo.
Las mariposas son lo que nos harán que escribamos. La realidad es el oficio, aunque uno encuentre en la ficción la posibilidad de desobedecerla y ver libros en el entusiasmo del mar al pronunciarse sin motivo, en su recado de palabras que, las más de las veces, naufragan, no sortean el fuego azul del agua.





