agosto de 2026

LAS NEGRITAS DE ANTONIETA / No todo vale

Contra la barbarie lírica, la palabra que respira.

Sí, este es el estado que reina en la actualidad, en los cenáculos literarios de las ciudades, grandes, medianas y pueblos.

La plaga es extensa y va a más. El delirio tecnológico no encuentra barreras. Sus facilidades pueden ser, al tiempo, una bendición y un desastre.

Sin embargo, y por ecuanimidad, hay que decir que siempre están las valiosas excepciones que confirman la regla de lo dicho, sobre la barbarie lírica y, extendiendo el campo, también la barbarie literaria. Esclavas son de la lógica del mercado y los resortes que gobiernan el consumo de masas.

Deseo dar a conocer este texto de un magnífico escritor, dominicano, Marino Berigüete, con el que he unido fuerzas para decir: no todo vale.

Allá va la palabra que respira:

Lo que voy a decir pertenece a una categoría singular. Aquella que surge del impulso vital de devolver a la palabra su ancestral peso en un mundo que, en su irreflexiva prisa, ha ido despojándola de su sustancia. No es que nos falten términos; por el contrario, estamos sumidos en un torrente de voces que banalizan el sentido, convirtiéndolo en un mero espejismo que se evade a sí mismo.

Hablando de poesía, en su núcleo más íntimo, se revela como un portal hacia lo inexplorado, un acto de fe en la posibilidad de un diálogo sincero con lo real. Aquí no se busca simplemente ornamentar la existencia; se intenta penetrar su enigma, sosteniendo simultáneamente la belleza y el horror con manos temblorosas. Cada verso se transforma en un acto de rebeldía, un desafío a la llanura de la realidad; y en cada palabra que se mueve en la página, retumba un eco de lo eterno, resonante en nuestra fugaz condición.

Tengo en mis manos el libro “Acariciar un poema”, obra recién publicada por Antonieta García de León, que se erige como un tratado contra la facilidad: contra el verso que “suena” pero no sostiene, contra la imagen que brilla sin iluminar.

La autora subraya que en la actualidad el verso está enfermo: “Hoy todo es griterío, masa… ¡Sí, me gusta! en WhatsApp infinitos”.

Este diagnóstico puede parecer severo, pero es certero: no se critica la tecnología en esencia, sino la manera en que el lenguaje se ha convertido en un reflejo automático, reacción. En este ecosistema, la palabra pierde su densidad. La poesía —si aún significa algo— debe regresarle al lenguaje su lentitud. Y esta lentitud, aquí, no es un estilo: es una forma de verdad.

En este marco, la autora no solo habla de poesía; practica una pedagogía de la atención. Enseña a leer y a escribir, pero sin manuales. Lo hace como se realiza lo más difícil: dando ejemplos, proponiendo umbrales, permitiendo que el lector sea quien cruce. En este sentido, no se impone: invita. Pero invita a un acto exigente: a no pasar de largo.

Hay una escena que resume la potencia de la lectura, como acontecimiento. George Steiner recuerda que abre un libro y se topa con una frase de Celan: “en los ríos, al norte del futuro…”; “casi pierdo el tren”, dice; “y cambió mi vida para siempre”. Esta escena explica, mejor que cualquier teoría, por qué seguimos leyendo: porque a veces una línea, en el preciso lugar, nos desplaza para siempre.

Un libro, cuando es auténtico, no es un objeto: es un suceso. Este es el caso del libro de Antonieta, profundo, en soporte ligero, como la buena poesía.

O como le gusta decir: fuerte y flexible como el junco.

Nota bene:
Este texto son fragmentos del excelente prólogo que acompaña a la obra citada que ilustramos con su portada y contraportada.

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