La gran mentira del Renacimiento
Salvador Fernández-Oliva
Amazon Italia, 2024
78 pp.
Mis recuerdos del Renacimiento comienzan en una lejana clase de Historia. Llegó esta era como un torbellino, como si la esperáramos, y quedaba entonces entre la oscuridad de la Edad Media y la profusión del Barroco. Y acaso así nos convenció a muchos para siempre: la oscuridad de la Edad media y la luz que aparece en el llamado Renacimiento. Oscuridad y Luz, cierta maldad frente a cierta bondad.
Pero Salvador Fernández-Oliva se revuelve contra esta idea y nos presenta un ensayo teatralizado u opúsculo con personajes, para intentar demostrar que el Renacimiento fue sobrevalorado en su momento, y que vivimos de aquellas deducciones. El autor es solvente: ingeniero, pintor, escultor, escritor y músico aficionado, y aquí carga contra una de esas ideas que vienen dominando el sistema educativo desde que yo era un estudiante de Primaria. El propio Fernández-Oliva bebió de esas fuentes y se convirtió, a su pesar, en un renacentista.
En La gran mentira del Renacimiento, se plantea un diálogo entre Lucifer, padre de los ángeles expulsados y presente siempre en la historia de todos, y un escultor, trasunto del autor. Poco a poco se van desgranando las ideas de ambos. El primero se acomoda a la representación civil o laica del Renacimiento; el segundo, argumenta que ese estilo proviene del puro clasicismo, y que hay repeticiones. Por ejemplo, el David de Miguel Ángel no es más (ni menos) que una copia de las estatuas de Policleto. Por ejemplo, Fra Angelico es una prueba de la falsedad del Renacimiento. Pudiendo hacer las cosas de manera diferente se pierden la luz y el color dorado sobrenatural de la Edad Media y se sustituye por un arte y una arquitectura rectilínea y alejada de la religión, en donde no hay lugar para las vidrieras ni para las entradas propias de los recintos sagrados.
No sé si los que iniciaron el Renacimiento hacia 1500 tenían esa intención, aunque es cierto que partir de ahí surgió una nueva forma de ver la vida en Europa: con Erasmo, con el nuevo humanismo, con los protestantes, con los anglicanos, con Juana de Castilla, con los viajes a América (lo que supuso un salto científico y tecnológico) y con el acercamiento a las grandes civilizaciones asiáticas por parte de castellanos y portugueses (India, Cipango y China). Si todo ello fue así, conviene leer el ensayo de Salvador Fernández-Oliva para darnos cuenta de tres cuestiones: que la polémica sigue (y empezó con la desacralización del Arte en el siglo XVI), que hay otras formas de ver las opiniones académicas (siempre tan encorsetadas) y que podría verse esta intención estudiando precisamente el fenómeno contrario; Fernández-Oliva otorga gran valor a la Edad Media y digamos que lo concede a los constructores de catedrales, mientras que hay aspectos de este arte y representación que quizá pudieran decir lo contrario: recordemos que las catedrales góticas, indiscutiblemente muy sagradas y adecuadas en principio, fueron también consideradas, ya en el siglo XX, como inspiradoras de ideas que estaban muy alejadas de la religión (véase a Blavatsky, a Fulcanelli, a Pauwels, a Bergier). Es decir, que en todas las eras artísticas surgían maestros que intentaban separar ese arte de la religión, o bien perseguían esconder determinados mensajes que quedaron para iniciados o para estudiosos.
¿Debe el Arte estar al servicio de la causa religiosa?
Veamos: desde las exploraciones del siglo XVIII quedó claro que las religiones imbuían de fe a sus respectivas manifestaciones artísticas. Así, en China, en Japón, en India, en África. En Europa lo fue hasta el siglo XVI. Con lo que la respuesta a la pregunta sería que sí, que buena parte del arte está informado por la religión. Pero hay un obstáculo a todo ello: la reforma protestante, que se declara iconoclasta y que no permite las expresiones religiosas en las estructuras de culto (y en ello se acerca a lo que había sido el islam moderno, desde el imperio otomano).
Y llega el Renacimiento. Y el arte ya no se impregna de la religión. En ello tiene razón Salvador Fernández-Oliva pero, ¿qué hacer?
Llega el paganismo, o vuelve el paganismo. Los pintores y escultores imitan a los griegos y a Roma, y tienen que colocar sus obras en los lugares de culto. Mecenas de los reinos de Italia se dedican a sufragar obras de arte que no concuerdan con las tradiciones cristianas. Muchos quedan confundidos, ¿un David pagano como rey del Antiguo Testamento?
Así que el Renacimiento queda como el principio de todo lo que surgió después: la desacralización que la sociedad europea vivió desde el 1500 hasta nuestros días (con la excepción del barroco del sur, hacia 1650, y quizá como reacción a un arte que ya no era religioso). Y todavía todos nosotros somos testigos: digamos que las iglesias modernas ya han perdido esa esencia arquitectónica que se vio desde Carlomagno (acaso el Románico si era de una especial pureza, que ni siquiera tuvieron muchos edificios de la Edad Media).
Como manifestación antropocéntrica, el Renacimiento se debe a las representaciones humanas pero, ¿cabe aquí una expresión religiosa? Fernández-Oliva cree que sí. Que lo que fue debió seguir existiendo por encima de otras consideraciones. Que el Renacimiento no fue la mejor época para el arte y que supuso un cierto embuste para generaciones posteriores.
Denuncia el autor: trescientos desnudos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Defiende el autor: el arte religioso no se puede apoyar ni en el academicismo renacentista, ni en el impresionismo, ni en ningún otro movimiento derivado del arte profano.
He leído con interés este ensayo. No sé si el Renacimiento constituyó una suerte de continuación del paganismo. Sí sé que en esta obra hay fundamentos suficientes para la discusión, lo que en esta época no viene nada mal. Para acometer esta idea, el autor introduce una serie de útiles consejos para ver una obra pictórica, dirigidos a posibles estudiantes, lo que se agradece; y unos diálogos chispeantes entre los embajadores del Mal y el propio autor, que intentan despejar varias dudas.











