Luminiscencias
Benito Romero
Ediciones Libros del Aire
Boo de Piélago, Cantabria 2026
INCERTIDUMBRES
El transitar aforístico mantiene con sus autores más representativos una cadencia discreta. Al cabo, el decir conciso impone tareas de madurez y quietud, para que coja fuerza la particular semántica del pensamiento. Esta manera de medir el tiempo evita reiteraciones y descubre andenes temáticos dispuestos y luminosos, que acercan a la gente de la calle y a los vericuetos cotidianos de la existencia, aunque el filósofo Salvador Pániker apunte, en cita prologal, que “La iluminación es un estado en el que, al fin, ya no se comprende nada”.
Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en Filosofía, Máster en Formación del Profesorado y profesor de instituto que convierte la tarea docente en un anecdotario interminable, ha ido hilvanando a base de aforismos una expresión depurada y armónica, un amplio conjunto de brevedades donde se concilian experiencia vital, memoria y tiempo. A la práctica del minimalismo expresivo ha dedicado las entregas Horizontes circulares (2018), –Premio AdA de la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas-, Desajustes (2020), – Premio de Aforismos La Isla de Siltolá-, Una galaxia imperfecta (2022) y Cabos sueltos, abrazo de complicidad entre el aforismo y el microrrelato. Un meritorio balance individual, al que se suma la presencia continua en panorámicas del género y en proyectos como Diccionario Lacónico, del recordado filósofo, narrador y aforista Miguel Catalán, Espigas en la era, selecto muestrario de cultivadores del decir breve, preparado en común por dos especialistas: Elías Moro y Carmen Canet que realzan el intervalo de plenitud gozosa del decir breve y está presente también en los contenidos de Me acuerdo, cuaderno colectivo coordinado por Karina Beltrán.
Bajo el techo a dos aguas de Luminiscencias se agrupan seis apartados narrativos, definidos por escuetos asertos: Trayecto, Personas, Territorio, Gavetas, Impresiones y Escombros. La sensibilidad del primero concede al yo el perfil meritorio del protagonista principal. Quien sale al día percibe en el espejo la posibilidad de ser otro, una identidad cuyos límites desvaídos ocultan un manso recorrido hacia ninguna parte. Los ideales se recortan pronto; atragantados por las falsas expectativas. La introspección del narrador omnisciente saca pronto sus conclusiones sobre el presente. Casi todos los momentos vitales tiene de un desconcertante pesimismo. El entorno aparece lastrado de grisura: “En sus ratos libres repartía ánimos a plazos y con intereses”; “Hasta los fantasmas que rondaban en su cabeza se distraían con el teléfono móvil”, “En el trabajo era un simple; en la calle, un don nadie; con sus amistades, un cero a la izquierda, y en casa, un extraño. Tras morir dejó a su alrededor un perfecto vacío”.
Si todo el tramo inicial dejaba en primer plano el hablante individual, la segunda sección “Personas” amplía al colectivo sus enfoques. Alrededor se amalgaman sensibilidades y pasos perdidos que muestran una común apariencia de mar en calma y normalidad. La vida recorre las aceras con andar satisfecho: “Algunas personas perfeccionan tanto su fracaso que terminan por convertirlo en su mayor logro”. Como si la presencia ante los demás exigiera una estrategia militar, Benito Romero pone en el escaparate de la contemplación un cumplido escenario de conductas, con el formato “Hay personas…”. Los otros muestran trazos, con luz y claridad. Asumen el perfecto ejemplo de adaptación a su tiempo, sean cual sean los complementos circunstanciales. Todos son capaces de superar contrastes y paradojas, de modelar un personaje público que tiene la dureza del mármol y el pedestal que incrementa su altura.
“Territorio” busca en el espacio conceptual el semillero de sus reflexiones. Las anotaciones incrementan su carácter reflexivo, exploran con mirada crítica vetas como el lenguaje, el papel de los intelectuales y la fauna común del mundo literario en la que hallan cobijo variopintas especies de escritores: “Las imperfecciones de la realidad sirven para mantener a raya los sistemas filosóficos”.
En el apartado “Gavetas” se guardan los aforismos de definición. Veamos algunos ejemplos excelentes: “Aburrimiento: entretenidísima travesía por el desierto”, “Artista: demente que desafía su tiempo con la esperanza de vencerlo”, “Creencia: casa con llamativo patio interior que refresca en verano y proporciona calor en invierno”, “Egocentrismo: mancha de fuel extendida en la zona de los bañistas”. El aforista opta por multiplicar indagaciones conceptuales sobre asuntos complejos: humor negro, idealismo, ideología, irracionalismo, que requieren argumentaciones elaboradas, pero que el minimalismo resuelve con simples trazos, que recurren con frecuencia al toque de humor, la paradoja o la ironía.

En “Impresiones” las sutilezas expanden mínimos esbozos argumentales descritos con un laconismo extremo. Nada sobra en la ráfaga cuando posa sobre el nido mental las plumas sueltas de la materia verbal: “La verdad tiene los dientes amarillos”, “La sutileza es la utopía de la muchedumbre”, “El azar posee una meditadísima crueldad”, “En el diálogo interno dos son multitud”. En los apuntes conviven la agudeza y el criterio. Esas grietas que muestran la fragilidad de nuestros esquemas mentales y el temprano ocaso de las convicciones. Siempre pudorosa en lo biográfico, esencialmente la mente comparte incertidumbres, como si los devaneos de la conciencia asentaran sobre la brevedad las normas básicas de la supervivencia: “No pensar en nada es el secreto para hablar con fluidez de casi todo”; “La mediocridad es el pegamento que mantiene unida la especie humana”.
El breve apartado final, “Escombros”, parece un ejercicio de memoria herida. Como si las erosiones del ideal fueran irreversibles. Los años de aprendizaje depositan en la estación final y la existencia se llena de paradojas recurrentes mientras se apagan ideales y sueños. Todo parece conducir al sálvese quién pueda: Jóvenes, jornaleros, geólogos, metafísicos, optimistas, profetas, solitarios…
Reminiscencias argumenta desde un trasfondo de madurez. Consolida el pensamiento crítico del sujeto pensante. Recubre la conciencia de un claro sentido ético y acepta que la desconfianza y la decepción se convierten en habituales puntos de encuentro, en oscuras mareas que ensombrecen los días. El humor y la ironía se ponen también su pajarita de seriedad y muestran una mayor predilección por el lenguaje filosófico, la poética del lenguaje y los ideales transcendentes. Saben que la realidad llueve inquietudes; fortalece a diario un presente sombrío.






