agosto de 2026

PALOMITAS DE MAÍZ / Sanzol estira el duelo con lucidez en ‘La última noche con mi hermano’

¡Mis queridos palomiteros!

En el icónico Teatro María Guerrero, una de las emblemáticas sedes del Centro Dramático Nacional, Alfredo Sanzol se mete en un jardín complicado con La última noche con mi hermano, que él ha escrito y dirige: contar cómo se rompe una familia cuando la muerte llama a la puerta. No hay gritos ni dramas de telenovela. Lo que hay es un concienzudo ensayo sobre lo frágiles que somos cuando nos damos cuenta de que el tiempo se acaba. Sanzol no busca que llores por llorar, sino que veas cómo se reorganiza todo el mundo cuando falta la jefa de la banda.

La obra se apoya en tres formas de ser hermanos, tres maneras de reaccionar al lío. Pero aquí es donde la obra pincha un poco: a veces se enrolla demasiado. Hay partes donde los personajes se quedan encerrados en una espiral de ideas, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. Eso hace que el ritmo se pare y que la historia se alargue más de lo que el cuerpo pide y más allá de su resolución natural.

Primero está la inercia del afecto. Luego aparece la erosión del vínculo, marcada por la falta de comunicación, donde la muerte solo confirma que se han vuelto unos extraños. Por último, la familia elegida, ese entramado de lealtades que te inventas con gente que no es de tu sangre, pero que está ahí cuando las cosas se ponen feas.

En la puesta en escena no hay cartón piedra. El salón de la casa parece que está vivo; se nota que ahí se ha comido, se ha discutido y se ha pasado el tiempo. Los muebles y los trastos están ahí porque cuentan la vida de los que viven dentro. Es un realismo seco, de los que rascan. Sanzol no pone luces de colores para dar pena; deja que la tensión salga de esos silencios incómodos y de los chistes que sueltas como un reflejo instintivo ante lo insoportable de la muerte.

Del excepcional elenco (Elisabet Gelabert, Ariadna Llobet, Biel Montoro, Cristóbal Suárez) los actores, especialmente Jesús Noguero y Nuria Mencía, están de diez. No intentan lucirse ellos solos, se escuchan y se nota que hay química. Lo único que se echa en falta es que la obra no se moja con el más allá. Se queda en lo psicológico y en los problemas de familia, pero se olvida de ese miedo a la nada que te entra cuando ves el final tan cerca.

En resumen, La última noche con mi hermano es una obra valiente y muy madura que podrá verse en el María Guerrero hasta el 5 de abril de 2026. Aunque a veces le sobra letra y se hace un poco pesada, es un retrato muy real de cómo el amor y los recuerdos intentan salvarnos del final.

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Archivo Entreletras

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