
¡Atención, comienza la tan esperada aventura del verano! Un día como hoy, o sea, 1 de agosto de 1970, tal y como había podido constatar previamente en el almanaque que había colgado en la pared de la cocina, en mi casa todo está perfectamente preparado para iniciar las benditas vacaciones. ¿El destino? Como todos los veranos, una localidad playera bañada por el Mediterráneo, situada a más de 500 kilómetros del lugar en el que vivimos. Una distancia que nuevamente nos hacía pensar que el trayecto sería de lo más apasionante.
Como todos los años en esta fecha tan señalada, el primer objetivo es salir de viaje a las 5 de la mañana, con el fin de que no haya nadie en la carretera. No obstante, también como todos los años, esa «original» idea seguro que volverán a tenerla miles de veraneantes, que una vez más se verán las caras en alguno de los muchos atascos que nos aguardarán durante el interminable y tedioso camino.

El segundo objetivo, como está mandado, es saber cómo narices es posible meter en un Renault 850 (en un Seat 600 ya sería misión imposible) todo lo que se ha ido bajando al portal. A saber, tres maletas, una nevera, dos bolsas de mano, dos sombrillas, una canoa hinchable (afortunadamente sin hinchar), artilugios varios para ir a la playa (palas, cubos, manguitos…), la jaula del canario, que ya se está poniendo más amarillo de lo habitual, y, lo que es más problemático aún, el padre, la madre, los dos niños… y la abuela, que cada año ocupa más espacio, como si fuera creciendo en ella un espíritu colonizador.
Como es fácil adivinar, para dar por cerrada la «operación salida» casera se precisan al menos dos horas, de modo que, para cumplir con el ritual de las 5, hay que estar ya en marcha a las 3 de la madrugada. ¡Y empieza el relleno del vehículo en cuestión! Las maletas en el maletero, como es lógico y natural, que para eso se llama así; los niños en los extremos de la parte trasera haciendo de cojinetes para la abuela, a la que se le encomienda la ardua labor de llevar encima la jaula, y los padres, claro, en los asientos delanteros, ya con cara de pocos amigos, dispuestos en cualquier momento a soltar aquello de: «¡Quieres estarte quieto, Pepito!», «¡Queréis dejar de molestar a la abuela y no moveros tanto!». Esta última reflexión resulta algo inadecuada, habida cuenta de que los pasajeros de atrás estamos literalmente inmovilizados entre la canoa, las bolsas de mano, la nevera, las sombrillas y los artilugios de la playa. Se entiende ahora, además, por qué aún no se había impuesto el cinturón de seguridad. Y es que moverse durante los viajes resultaba prácticamente imposible.

Finalmente, todo parecía listo para emprender el viaje a lo desconocido; mejor dicho, a lo que ya conocíamos todos, porque lo de ir siempre al mismo sitio a pasar unos días de vacaciones era algo institucionalizado, que no se cambiaba por nada del mundo. Pues allá que vamos… Arrancar el coche, sin antes comprobar que no falta nada, como si hubiera algo más por llevar, un acelerón que estampa al canario contra el pecho de la abuela, y adelante hombre del 850…
La historia del viaje a la playa continúa, como poco, una media de ocho o nueve horas más, así que será mejor dejarla para mejor ocasión. Se recomienda, eso sí, que cada cual complete su propio viaje veraniego, que seguro que argumentos no le faltan.









