julio de 2026

J. L. Zapatero y el bueno de Kant

Parece que todos somos, en una medida u otra, una decepción. De esta constatación sacaron mucho partido San Pablo de Tarso, Saulo, de donde lo obtuvo Martín Lutero catorce siglos después, instaurando ese horror filosófico, que apenas existía en Grecia, de lo que hoy los académicos denominan «pesimismo antropológico». ZP, el amiguete de la ceja, cuando ganó sus primeras elecciones gracias al 11-M (conste que yo le voté, con furia y contundencia, al son del Silvio Rodríguez del «Ojalá», canción tan buena que duele), dijo aquello de que «el poder no me va a cambiar». El poder no, chaval, lo hiciste muy bien, pero la consultoría sí. Porque tengo la impresión de que el poder empresarial o político (o el de Plácido Domingo chantajeando a toda aspirante a cantante lírica) es como eso que escuché al inicio de una película de atracos dirigida por Spike Lee, y que no parecía suya. Allí, Clive Owen justificaba su rapiña con la siguiente frase: «¿Qué por qué he realizado este atraco? Pues porque puedo». Exacto. ¿Por qué Zapatero se ha pringado en esta mierda que nos va a costar las siguientes elecciones generales? No más que porque alguien le dijo que podía, que su aura de expresidente seguía brillando como los luceros del alba…

La vanidad no es sólo vanidad, es también nostalgia. Zapatero echa de menos a «Zapatitos», y quiso recobrarlo. No es por sus hijas, no es por el dinero, no es por Venezuela o Dubái, es por poética nostalgia, insisto. El pelo de ZP sigue ahí, pero encanece. A este triste caso se le puede aplicar el Idealismo Trascendental de Kant, en serio lo digo. Desde luego que hay lawfare, pero eso no es más que el concepto del Entendimiento que arropa en una retícula narrativa el estímulo de la intuición. La intuición, sin duda, tuvo lugar, es decir, algo hizo ZP, más o menos grave, nadie se lo ha inventado. Pero ahora tendrá que sufrir la categorización, que no en vano significa en griego «acusación». Las intuiciones sin conceptos son ciegas, pero los conceptos sin intuiciones son vacíos. ¿Mereció la pena envanecerse frente a las hijas y la camarilla de uno a cambio de cargarse el futuro del PSOE? De ningún modo con arreglo al Imperativo Categórico. Las personas corrientes no podremos nunca responder a eso, las personas normales a la serpiente del Paraíso se la traemos totalmente al pairo, así que somos «incapataces», que decía Miliki, de juzgar cabalmente la cosa.

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Archivo Entreletras

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