octubre de 2026

‘Tratado de Aguas’, de Teo Serna

Tratado de Aguas
Teo Serna

Reino de Cordelia. Colección Los Versos de Cordelia, 2026
Número de páginas: 120

LAS FORMAS DEL AGUA

Teo Serna, escritor y artista multidisciplinar, autor de una veintena larga de poemarios, ya dio hace poco a la imprenta un Tratado de piedras, libro deudor de los lapidarios medievales, de rara amenidad y sin paralelo posible en la literatura española contemporánea. Fuera de nuestras fronteras se le puede encontrar cierto parecido con Piedras, de Roger Caillois; lo novedoso, sin embargo, es la forma en que Serna aúna ensayo y lírica, curiosidad y asombro.

En su búsqueda intelectual y poética, Serna mira ahora el agua. Si algo caracteriza a esta materia, tan lejos de la duradera solidez de la piedra, es la transitoriedad, el cambio. Escribe Bachelard en El agua y los sueños: «El agua es realmente el elemento transitorio. […] Muere a cada minuto, sin cesar algo de su distancia se derrumba. La muerte cotidiana […] es la muerte del agua. El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal».

En tanto que libro sobre el agua, el de Serna es también un libro sobre el paso del tiempo y sobre la muerte. Su propósito se expone con cristalina claridad en el poema de apertura, «Liminar». De la contemplación del río que pasa bajo el puente nace la intuición de que el hombre es, como el agua, transitorio: mirar el agua, interrogar todos sus disfraces, es en el fondo asumir la propia identidad cambiante y el inexorable final. Explorando el agua, el poeta, como Narciso, se comprende a sí mismo.

Del género al que se adscribe ya en el título, el «tratado» tiene este libro la curiosidad intelectual, la atención minuciosa al detalle, la fidelidad al método y el resultado final:  la elaboración del catálogo, muestrario o museo de aguas.

Pero no nos engañe el título: si es un tratado, lo es al modo poético. La mirada poética, a la vez ingenua y perspicaz, va de asombro en asombro, llevando de la mano al lector. La mirada poética no pretende descubrir las leyes que gobiernan el mundo natural, sino espiar los múltiples rostros del agua; es más, vivir en ellos y desde ellos.

Por eso en este poemario son las aguas —el plural es importante— quienes toman la palabra. El iceberg que va, sin saberlo, al encuentro del Titanic; la nieve, cuando es «pureza / que cae del cielo» y cuando es, en el suelo convertido en un cuadro de Malévitch, «una herida de albayalde inmóvil»; el agua mansa, tumba de Ofelia y espejo de Narciso.

El vapor de agua que tan bien supo pintar Turner; el anhelo de las aguas artesianas por dejar la tierra y encontrar el cielo; la gota de lluvia a punto de desaparecer y la mínima gota de rocío; el mar —que es el morir—, poblado, a su pesar, de cadáveres.

En la mayor parte de las piezas de este libro son las aguas quienes nos interpelan. «Todo está lleno de dioses» es sentencia atribuida a Tales de Mileto; en este libro, todo está lleno de voces. Rumor de aguas. Tales, por cierto, consideraba el agua como el elemento primordial del que proceden todas las cosas.

La navegación poética de Teo Serna no está confinada a los límites estrictos de la naturaleza. Al poeta Teo Serna le interesan y le fascinan no solo los misterios de la meteorología y la hidrología, sino también la dimensión cultural del agua, su interacción con el ser humano. Su simbolismo. El agua domesticada en el vaso, presa en la clepsidra, envenenada («agua tofana») o transformada por los alquimistas («agua regia»).

En el imaginario acuático de Teo Serna tienen singular protagonismo algunos personajes literarios. Narciso, que se busca a sí mismo en el espejo misterioso del estanque, resulta una muy adecuada metáfora de lo que se propone el autor de este libro. El cuerpo de Ofelia flotando sobre el agua nos evoca la quietud angustiosa de la muerte; como en la obra de Lorca, a quien Serna cita expresamente, el agua estancada posee un potente simbolismo fúnebre. Agua que ya no fluye, agua que, en cierto modo, ha dejado de ser agua por haber perdido lo que le es propio, lo que constituye su esencia. Paradoja del agua quieta.

La muerte está muy presente en el libro. Pero también el agua es símbolo de renacimiento, como lo demuestra, por ejemplo, el ritual cristiano del bautismo. Afirma el nadador, en el poema homónimo: «Para vivir, / vuelvo a entrar al agua. / Y cuando salgo, / vuelvo a nacer de nuevo».

La conexión con lo personal se acentúa en los dos últimos poemas del libro, presentados como «dos recuerdos dolientes». El primero de ellos, «Dame agua», es una evocación de los últimos momentos del padre, de una sed que ya no podrá saciar agua alguna; el segundo, «La claridad del agua» es un cuadro, un bodegón de estremecedora sencillez: un vaso, fragilísimo, del que se anuncia la rotura inminente. Todos somos vasos, más o menos transparentes; todos seremos, tarde o temprano, solo un desorden de cristales rotos.

Expresa Serna con aterradora claridad, en el poema «Vapor de agua», la semejanza entre nuestra condición y la del agua: «Somos moléculas que se disuelven, / luz sucia que gira y gira / sin saber qué rincón iluminamos, / hijos del abismo sin fin de la soberbia».

Antes hemos dicho, como de pasada, que el último poema es un bodegón… Lo cierto es que ni por un momento nos permite el libro olvidar que Teo Serna es pintor. Hay un hermoso y fértil diálogo con algunos maestros de la pintura —Van der Weyden, Rembrandt, Turner, Millais, Monet—, que en ocasiones se aproxima a la écfrasis; y hay, además, una exquisita sensibilidad visual: el cielo se deslíe en el agua «como una gota de azul de Prusia»; en el mar, nos revela un buzo, «el silencio es tan verde / que los tiburones tienen ojos de malaquita»; en un estanque admiramos «la blancura selenita de los nenúfares». A veces lo auditivo y lo visual se funden en sugerentes y evocadoras sinestesias, y así contemplamos un «clamor verde» y un «silencio gris».

El libro no rehúye el vocabulario científico («moléculas», por ejemplo, es palabra que se repite más de una vez; «átomo», «ozono», «teorema», «bisectriz» comparecen también en sus versos), pero predomina un léxico preciosista con palabras de sonoridad evocadora («lapislázuli», «légamo»). Incluso «brétema», préstamo del gallego que el poeta emplea no tanto por su significado como por su música, sin equivalente en castellano. Y es que si la poesía de Teo Serna tiene que ver, y mucho, con la pintura, también está muy relacionafa con la música.

Las metáforas son tan osadas como afortunadas. Algo hay del espíritu lúdico de las primeras vanguardias cuando se convierte a una lágrima en un «infalible telegrama», cuando se dice que las burbujas del agua de seltz son «meteoritos pequeños» o cuando se afirma que «por las noches juegan los astros / al ajedrez». Algo de Góngora en llamar al ascua «rubí extinto» o a las copas «cuévanos de oro». Prima en el libro, como en toda la obra de Teo Serna, la experimentación, la innovación, la creatividad..

En un libro que en su mayor parte está escrito en un cuidado y musical verso libre, destaca la utilización esporádica de formas poéticas tradicionales: el soneto, el haiku y el tanka.

Sonetos hay tres: el primero dedicado a Narciso; un segundo, de aire modernista, que nos evoca al primer Machado y es una elegía mínima por unas «flores podridas en una fuente»; y el último, casi al final del libro, que hace referencia al diluvio universal. Serna cincela el soneto con delicadeza: como el agua en el vaso, la poesía que fluye se aquieta en el soneto, encuentra en él su final y aquilatada transparencia.

En cuanto al haiku y el tanka, estrofas de origen japonés que ya tienen —sobre todo el haiku— carta de naturaleza en nuestra tradición literaria, hay que decir que Serna es sumamente fiel a la definición original de estas formas poéticas. Son instantes grávidos de intensidad lírica, nacidos siempre de la observación del mundo natural, en los que sujeto y objeto poético terminan por fundirse:

Un hilo de agua
corriendo por la calle.
La luna, tiembla.

Este libro, que empieza con la imagen sencilla del agua que pasa bajo un puente, termina convertido en un inagotable muestrario de metamorfosis. Fija su mirada en el estanque, descubre Narciso en la superficie espejeante que el agua tiene infinitos rostros, y que también él es, como el agua, cambiante y fugitivo.

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