julio de 2026

Empresas, responsabilidad y reputación

Las empresas privadas tienen como propósito principal obtener beneficios. Es lo que esperan sus propietarios e inversores. Y lograrlo es obligación de sus directivos.

Cuantos más beneficios, mejor. Siempre dentro de la ley, claro. Son las reglas de la economía de mercado y no cabe obviarlas desde planteamientos ingenuos.

Ahora bien, además de las leyes y más allá de las leyes, las empresas están sometidas a otro tipo de reglas y obligaciones, que les conviene no ignorar ni transgredir, a riesgo de fracasar.

Son reglas y obligaciones que han de asumir, por responsabilidad y por reputación.

Sobre la responsabilidad social de las empresas se ha escrito mucho. Se trata de conciliar la eficacia empresarial en la obtención de beneficios con la aplicación activa y voluntaria de los valores sociales más relevantes.

¿En qué consiste esta responsabilidad social? En actuar respetando los derechos humanos. Promover la igualdad entre hombres y mujeres. Evitar discriminaciones sobre colectivos vulnerables. Fomentar la inclusión social de las personas con discapacidad. Cuidar del medioambiente, mediante la eficiencia energética y el uso racional del agua…

Tales tareas no solo mejoran la productividad y la competitividad de las propias empresas, sino que también les proporcionan valor añadido y contribuyen a la mejora del entorno en el que llevan a cabo su labor.

Pero las sociedades de hoy son cada día más sociedades de consumo intensivo y sociedades de comunicación total. Todos somos consumidores de productos y servicios, los siete días de cada semana, de la mañana a la noche. Y todos somos comunicadores con potencial extensivo a través de las redes sociales.

Una frase ingeniosa colgada por un consumidor anónimo en Twitter puede llegar a cientos de miles de lectores en cuestión de horas. Un vídeo ocurrente grabado por cualquier joven creativo puede ser visto por millones de personas en varios continentes. Esa frase y ese vídeo pueden ensalzar con brillantez o denostar con brutalidad la acción de cualquier empresa.

Por tanto, las firmas hoy se juegan su reputación con cada individuo y en cada minuto, al margen y a pesar de sus cuidadas estrategias de marketing o sus millones gastados en publicidad orientada.

Probablemente, hoy los CEO de las grandes empresas teman más un “tending tropic” negativo sobre su marca o producto, que una huelga salvaje en la principal de sus factorías.

Por eso harán bien en sopesar pros y contras aquellas empresas que, por ejemplo, decidan trasladar su domicilio social fuera del país que les hizo crecer y convertirse en multinacional. Puede que lo que ganen en beneficio fiscal lo acaben perdiendo en reputación, con peores consecuencias.

E, igualmente, harán bien las empresas con grandes beneficios en no escamotear salarios dignos y condiciones laborales adecuadas para sus trabajadores. Y no eludir mediante de forma artera el pago de los impuestos que asegura el bienestar de la población sobre la que genera sus beneficios.

Su responsabilidad va en ello. También su reputación. Y, en consecuencia, su éxito o su fracaso.

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Archivo Entreletras

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