El Beato de Liébana (730- 798), fue un monje que vivió en la comarca de Liébana (Cantabria, España), en las estribaciones de los Picos de Europa. Su obra más famosa es una edición comentada del Apocalipsis de San Juan. Un Comentario del Apocalipsis que alcanzaría gran difusión en la Edad Media por sus observaciones sobre teología y política. También fue famoso por sus críticas al obispo Elipando, el Cardenal Primado de Roma en España, radicado entonces en Toledo, bajo dominio musulmán. Elipando, que era partidario de contemporizar con los árabes, fue acusado de herejía (el llamado adopcionismo) y expulsado por el Papa.
El libro del Beato, aparecido en el año 776, constituyó un auténtico revulsivo intelectual en la decaída y atacada Europa de la segunda mitad del siglo VIII. Esa edición del Apocalipsis, permitió a éste texto recuperar su carácter tradicional de “libro de la resistencia cristiana” logrado en los primeros siglos de nuestra era. Así fue considerado especialmente en la época de las persecuciones romanas, y así volvió a ser considerado frente al islam. De ese modo, en los comentarios del Beato, los símbolos tomaron un nuevo sentido y nuevas designaciones: la Babilonia del texto de San Juan no era ya la Roma imperial, sino Córdoba, etc.
Carlomagno, Rey de los Francos y luego primer Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico (800), lo conoció y lo difundió por toda Europa, pues vio en el libro una magnífica defensa de su política de resistencia frente al expansionismo musulmán. Además, el libro rechazaba con contundencia las posiciones contemporizadoras de aceptar el dominio árabe y someterse. El gran sabio cristiano de la época y maestro en la Escuela Palatina de Carlomagno, Alcuino de York (735-804), también comentó y alabó el libro del Beato y contribuyó a su difusión en la Europa cristiana.
El género literario de los “Beatos”
La obra inauguró un género literario de éxito en los siglos finales de la Alta Edad Media: los Beatos. Estos eran textos con abundantes ilustraciones, algunas de gran mérito, para consumo de una población poco versada en letras. El analfabetismo no afectaba sólo al vulgo, sino que se extendía entre los nobles y hasta entre los clérigos, sobre todo entre los frailes. Un público muy poco apto para la lectura de textos, que así podía entender y hasta aprender las escrituras y los ritos mediante imágenes realizadas con gran esmero. En esto de las imágenes polícromas, el Beato de Liébana fue también un modelo y un ejemplo por su alto valor artístico.
La escultura y pintura del románico se inspiraron en el Beato, y mucho. Las imágenes que lo ilustran representan los símbolos, las visiones y las profecías del fin de los tiempos, pero con un enfoque profundamente teológico y filosófico, y también con una dimensión política, pastoral y de predicación. En un momento en que el mundo cristiano se sentía amenazado, el Apocalipsis no era solo una profecía, sino que volvía a ser una inspiración para resistir. Lo que hace único al Beato es su iconografía espectacular: dragones, ángeles, demonios, jinetes del Apocalipsis, ciudades amuralladas, ríos de fuego, mujeres vestidas de estrellas… todo en un lenguaje visual que mezcla influencias mozárabes, visigodas, carolingias y orientales.
La obra fue copiada y difundida durante más de 400 años, en especial entre los siglos IX y XIII, dando lugar a los famosos «Beatos» ilustrados: códices manuscritos ricamente decorados. Del libro del Beato de Liébana se conservan en España, a día de hoy, 23 ejemplares, distribuidos en museos, en la Biblioteca Nacional y en el Museo del Monasterio de El Escorial. También hay copias en otros países, en Europa y en América, como la existente en el Metropolitan Museum de Nueva York.
La introducción del Beato
Pero el libro del Beato es mucho más que un bello conjunto de preciosas imágenes. Fue un texto de apoyo religioso a la política de defensa activa de los reyes astures frente al islam. Una política bien acogida en otras partes de Europa, como el reino franco y los principados italianos, que inspiró a los primeros reyes carolingios. De la política de Carlomagno de resistencia al islam, nacería la alianza que concertó, en el año 795, con el rey asturiano Alfonso II (760-842), una alianza que se fortalecería en los años siguientes. En el marco de esa política, el comentario del Apocalipsis del Beato de Liébana, se empleó como un llamamiento general a la lucha para liberarse de la amenaza islámica. Un llamamiento que también encontró una excelente acogida en Roma por parte del Papa Adriano I, y en toda la Cristiandad.
El Comentario del Beato no fue su única obra. Como se ha indicado, lanzó y mantuvo severas críticas al Nuncio Papal en Hispania, el obispo Elipando, que residía en Toledo. Era éste partidario de someterse y contemporizar con los aparentemente victoriosos musulmanes, y sostenía una idea de la Trinidad que sería declarada herejía por el Papa, el “adopcionismo”. Consistía en considerar que Cristo no era hijo de Dios, sino por adopción, lo que mitigaba la acusación musulmana de politeísmo en contra de los cristianos. Las críticas del Beato determinaron la declaración de hereje contra el obispo Elipando y su remoción de la nunciatura.
También el concepto de Cristiandad (Christianitas) se forjó en este tiempo. Con él se quería hacer referencia a la comunidad universal de los cristianos, más allá de los Papas y los Reyes. También se la ha denominado a veces Populus Christianus y República Christianae. La cristiandad era el lazo espiritual que unía a todo el pueblo cristiano por encima de naciones, territorios o reyes. Irreductible a cualquier comunidad política diferenciada y, a la vez, separada y diferente de la Iglesia institución, englobaba a todos los cristianos que realizaban la obra colectiva de la defensa de la fe y de la resistencia frente a los musulmanes, y ofrecía un sentido de pertenencia.
El Beato y Santiago Apóstol
En su Comentario del Apocalipsis, el Beato dijo que la tumba del Apóstol Santiago se hallaba en Hispania, así como destacó su papel evangelizador. No era novedad, pues ya se mencionó por primera vez en el Breviario de los Apóstoles (siglo VI), que relata la vida de estos, que los restos mortales de Santiago el Mayor, decapitado en Jerusalén por Herodes, los habían ocultado sus discípulos en Hispania. Idea que también había expresado San Isidoro de Sevilla. Pero el Beato hizo mucho más que recoger y confirmar esa tradición: predijo el descubrimiento de su emplazamiento. No muchos años después de la muerte del Beato, se produjo el hallazgo de la tumba más famosa de España: la tumba del Apóstol Santiago, en Compostela (830).
El Rey asturiano, Alfonso II el Casto, veía con ello recompensada su política en la reconquista, así como reforzadas las pretensiones de los reyes asturianos de ser reconocidos en Europa como sucesores del reino visigodo. En España, los astures avanzaban hacia la línea del río Duero, al tiempo que mantenían alianzas con el Sacro Imperio Romano Germánico y relaciones con Roma. El rey asturiano se dio cuenta de la importancia del hecho y reconoció el hallazgo como verdadero. Más tarde, y con apoyo del Emperador Ludovico Pio (778-840), hijo de Carlomagno, Alfonso II consiguió también el reconocimiento Papal del hallazgo y la creación del Camino de Santiago (año 834).
La creación del camino de Santiago significó la plena reintegración en la Cristiandad Europea de la hasta entonces semiaislada Hispania astur, en la que Santiago de Compostela se convertiría en el gran centro de peregrinación cristiana, tan importante como Roma y Jerusalén. Y también, obviamente, la postulación de la figura de Santiago el Mayor, como evangelizador hispánico y como auxilio de quienes combatían contra los musulmanes (Santiago Matamoros). Muy poco después, en el año 844, Santiago se apareció a los asturianos, comandados por el rey asturiano Ramiro I (790-850), sucesor de Alfonso II, en la batalla de Clavijo.
No, el libro del Beato hoy es sólo un bello libro con espléndidas imágenes, pero significó mucho en el tiempo en que fue compuesto.












