febrero de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / Tom Waits redux

Fotografía de Marina Sogo

Una introducción

Los perros viejos ladran hacia adentro. Llevo unos días con la coz de su garganta en el corazón como un tatuaje. Hace veinte años, serán más, me monté un recopilatorio personal con las canciones de Tom Waits en el iPod y lo usé a discreción durante los ratos desocupados del día. Por la noche buscaba el sueño mecido por una tonelada de bisagras que abren puertas oscuras que acceden a un mundo turbio, pero lleno de afectos. Tom Waits es un tipo que gana conforme uno va conociendo el patrón de su música. Gana porque es honrado como pocos. Sí, es cierto, que últimamente ha bajado el listón canalla, pero se le perdona, aunque solo sea por todo lo que nos ha regalado durante los últimos cuarenta años, serán más. Es un perro viejo, Waits. Ladra hacia adentro. No sé cómo se hace eso, pero él lo borda. Por eso el amigo Tom tiene la voz que tiene. Porque ha estado toda la vida ladrando hacia adentro y se le ha torcido la inflexión a medio camino entre el corazón y sus asuntos, como decía Machado. Los suyos son los evidentes. Furcias, ginebra, nicotina, mesas de billar, pianos al fondo del bar, asuntos de la mayor trascendencia para quien respira a bocados. Creo que he escrito sobre Tom Waits como para sacar un libro pequeñito. Tengo cuatro títulos. El que más me gusta es “Hasta que las estrelles revienten en el cielo de Beverly Hills”. Estará hecho de fragmentos. No sabría hacer una novela. Tal vez un volumen de cuentos. Otro título: “La melodía es como el humo”. Conforme me hago a la idea de que seguiré escribiendo sobre Tom Waits, menos lo escucho. A veces necesito un receso. Vuelvo a él sin saber cómo. Me he dado cuenta de que vuelvo a las cosas que me embelesan sin un motivo. Algo hace dentro un chasquido. Suena fuerte. Es posible que hasta se escucha desde fuera. Un clic. Un ladrido. Una tos. Ese también sería un buen título: “Un ladrido, una tos”. Hago aquí una rendición de lo que he ido encontrando. Lo he montado con absoluta falta de rigor narrativo.

I / TOM WAITS SE EXPLICA A SÍ MISMO

Arde mi alma, se pudre mi boca

Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. No pregunten si es el piano el que bebe o soy yo. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. Por el colegio al que van mis hijos. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Trump es un tipo demoníaco, pero yo tengo a punto mi equipo de música para poner mis viejos discos. Los de los años de las habitaciones de motel, los de todos esos bares que huelen a nicotina y a whisky rancio. Los de los perdedores.  A mí me ha dado más vida la oscuridad que toda la luz de los cielos limpios con los que nos bendice Dios cuando abre el día. B.B. King estuvo de gira hasta que no podía abrir los ojos y buscar su Lucille en el escenario. John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Yo no quiero terminar como John Holmes. Yo no quiero morir en algún club de mala muerte de Denver ni en uno de esos estadios enormes en los que a veces hacemos como que somos dioses. Por eso mi mujer me ha contado un cuento para las noches de invierno en el que Tom Waits sale del pozo (el pozo más negro, el más áspero, el pozo de la biblia de la garganta muerta) y pasea las calles de la ciudad como un ciudadano corriente. Un cuento lindo para las frías noches de invierno. Haría lo que sea por redimirme. De hecho, ensayo salmos cada noche. El sacramento de mis abluciones mentales. La catedral de mis vasos vacíos de whisky. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran lo podrido de mi alma. Me empujaron: me dijeron que yo era el diablo y me lo creí. Tom Waits es un diablo. Ved cómo se acerca a las muchachas cándidas y les susurra el evangelio de los objetos rotos. Solo era un hijo de puta, pero ya no lo soy. Ahora pago los impuestos con una sonrisa y leo el horóscopo con un café mientras en televisión Johnny Cash, el padre Cash, canta una pieza de cuando era otro hijo de puta. Lo miro de reojo, me pregunto cómo sería la vida sin todos los discos de Cash. Cómo se puede vivir sin ser Tom Waits, y me gusta la cara de animal que me enseña el espejo. Creo que necesito un tiempo para encontrar mi sendero. Dejadme que busque mi sitio, dejadme mirar a mi mujer y negociar con ella un pequeño receso.

Un tren descarrila en mi cabeza

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. Netflix tiene un catálogo de la hostia, de verdad. Hay lujuria en 4K, hay mierda desprevenida. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un té aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Copacabana. Qué delicia, qué cool, qué voz la de Barry. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, el padre puro, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi mánager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Algodón y caramelitos mentolados. Sólo me sale un canto de bonanza. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño. No ladro, no sé ladrar. Mantengo el aspecto de perro. Mirad la boca, las babas, los dientes hambrientos, pero no hay instinto. No hay sed. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, todos esos dientes con sarro de perro tonto, alimentado con hamburguesas del McDonald’s. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina, el asalariado de la casa de los buenos deseos. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del Dow Jones y de las huelgas en el metro. Mi país es una mierda, yo soy un patriota.

Kentucky como una botella

Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. Nada de soflamas, ni de cuentos ebrios. Nada de perros de la lluvia ni de chicas con una pistola en las bragas. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Lo sé leve, asustadizo, como un lamento. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi, soy un fantasma. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, fumada media plantación de Virginia, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido con un don, Kathleen es el sol y también las estrellas. Es que ahora leo a Dante. Tengo tiempo, tengo todo el tiempo del mundo hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills.

La melodía es como el humo

Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el rezo de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Sinatra con pantalones sucios. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen mis discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso. Chet Baker sin trompeta. John Holmes con menos polla.

El bastardo

Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. Pedir por los míos. Saber que no tengo otra cosa que a Kathleen. Mira, mujercita mía: he aquí el hombre defectuoso, pero determinado a amarte hasta que las sombras ocupen la entera extensión de la vasta tierra del demonio. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de las giras, de los estudios de grabación, le repito a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desparpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro. ¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal antiguo y miro las estrellas en el cielo de Beverly Hills y espero que revienten. Ahora hay una que me está mirando.

El infierno

El infierno son los otros. Yo estoy del lado de la luz. La he visto y he visto mi cara tatuada en su reflejo. Soy como un eco de las cosas que fui y me oigo en la distancia reclamando mi lugar y mi poltrona. Sé que no hay lugar en donde pueda refugiar mi alma recién estrenada. Está al alcance de los monstruos. La devastará la fiebre, se la comerá el vértigo, la despedazará el caos. Entonces quizá me plantee volver al escenario, a los tugurios. Tengo una silla alta delante de un micrófono en un club de barrio. Está ahí a la espera de que me acomode, recule la voz, me enjuague las consonantes difíciles y entone mis canciones antiguas. Tengo una para cada estado de ánimo. Yo soy Tom Waits y de verdad que ya no quiero ser un hijo de la gran puta. Ahora me duermo nada más acostarme. Ahora leo al Gran Walt Whitman en el sofá mientras en la televisión programan Los Simpson o alguno de esos reality tan entretenidos. En uno creo que salgo yo. Salgo de diablo. Me como a una quinceañera de caderas rumbosas. Tiene tetas como boyas en mitad del mar de los Sargazos.

II / TOM WAITS EXPLICADO POR CUALQUIERA QUE NO SEA TOM WAITS

Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Lo nació su madre en el asiento trasero de un taxi. De ahí en adelante, el viaje fue la norma de su existencia. Uno interior, que puede reemplazarse con todos los que han visto en alguna ocasión las babas del diablo. Otro, más estandarizado, exterior, conformado por las exigencias de un mundo al que, inevitablemente, debía plegarse, considerarse un miembro más, hacer que todo funcionara como si de verdad pudiese entenderse en su compleja extensión. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerías de arte moderno, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té, es el binomio ya conocido: madre religiosa radical y padre alcohólico absoluto. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, dramaturga, elegida por Coppola para algunas cosas de los ochenta, que lo mantiene a raya, que lo asesora sobre qué debe cantar y a quién debe votar, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica, tiene cara de partirte la tuya.

Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Acaba de salir: La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns ha estado dos años husmeando en el sótano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. «Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses». Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns» que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowski al que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida, aunque tampoco lo bendijo: le quedaba corto el personaje.

La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos o de que se crea Van Gogh y contemple sus canciones como paletadas de colores, ricas emanaciones cromáticas para combatir el gris que impera en el aire.

III / TOM WAITS EXPLICADO POR MÍ

La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo (cuántas veces ya) la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985). Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí agasajado, conmovido. El de Tom Waits ayer, a media tarde, fue una coz dulce, un dolor necesario. Es el vagabundo reconvertido en algo parecido a un señor que ya no se mueve por la mugre, ni se casca el corazón en garitos de mala muerte, antes de que el sol le indique el camino de regreso a casa. Ahora recordará la época en que recorría el desierto de Arizona a dedo, cuando inventaba canciones sobre el dolor, plegarias rudas, de escaso afecto por la armonía, pero arrebatadoramente íntimas, sacadas del fondo de un derrotado, aireadas con el viento favorable de todos los perdedores. Se me ocurre que no cante, que no sean canciones lo que nos ha ido dejando, sino recitados de alguna religión periférica, más ocupada por pecadores que por santos, inclinada a reverenciar el humo, las toses, todo ese veneno del alma. Queda en replicante tumultuoso de sí mismo, en una especie de heraldo de un paraíso abandonado, más que perdido. Ya no se estila ese recorrer la noche como si el día apestara. Ahora todo está embadurnado con la misma mediocre paleta de colores.

IV/ TOM WAITS CONDUCE UN CADILLAC ELDORADO DEL 76 HACIA LO ABSOLUTO Y SE OYE LA VOZ DE LEÓNIDAS BREZHNEV EN LA FM DICIÉNDOLE QUE EL MIEDO ES UNA DISTRACCIÓN DE DIOS

Hay una hora desabrida en el día en la que todo se hace de un cuesta arriba dolorosísimo, Hasta las nubes en el alto cielo sucumben a nuestra pesadumbre y exhiben un gris desmayado. Luego comienza invariablemente el festejo de la rutina (con su afición a los principios meramente mecánicos) y se atisba una fortaleza en el ánimo. Hasta en ocasiones no se precisa nada relevante que ice el día y él sólo construye un palacio al que nos invita. Va uno aplazando así anhelos y triunfos del alma sensible e incluso la rutina entraña un esplendor tibio al principio, que más tarde cobra destellos de pura alegría. El tiempo se desmadeja con su mansa elocuencia, nos hace a veces cómplices; otras, creador de nuestra propia felicidad. Hoy es uno de esos días sin tacha ni roto: veré a mis amigos, los abrazaré uno a uno, cantaremos canciones de Woody Guthrie en una cochera de algún amigo muerto, dijo Tom Waits mientras miraba el azul roto del Cadillac. Lo acabó comprando cuando sacó Closing time. Era de segundo mano y en la guantera no había ninguna pistola. Había leído que en los coches de segunda mano puedes encontrar biblias y anillos de compromiso, pero no dar con el arma le pareció un augurio de que su vida iría por el camino recto. De haberla encontrado, la habría dejado allí. Nunca se sabe. No pensaba conducirlo hasta que librara su batalla con los demonios. Un demonio es un ángel que ha errado el camino. Todos los demonios tienen alguien a quien vigilan por si un descuido le franquea el acceso a su alma. Un alma es un desperfecto del cuerpo, una anomalía. La de Tom Waits está lacerada por mil dolores pequeños, pero es el cuerpo el que padece. El cuerpo es un estorbo. Si pudiera prescindir del cuerpo, dice Tom Waits, escucharía todos los sonidos del universo. Uno a uno. Todos a la vez. Como un palimpsesto cuántico. Pero el cuerpo es una pieza ineludible, por desgracia. El Plymouth pesa más de dos mil kilos. A Tom Waits le encantaba pensar que en un coche como el suyo Leónidas Brezhnev había bebido vodka mientras Richard Nixon apuraba botellitas de zumo de tomate y le ponía al día sobre la nueva vigilia nuclear. El secretario general del PCUS amaba los coches del enemigo. Su favorito era el Lincoln Continental. Nixon le regaló tres modelos de Cadillac entre 1972 y 1974, uno por cada visita que le hizo. Las dachas se pasean mejor en descapotables de lujo. Tom Waits nunca ha viajado a Rusia. Un Cadillac Eldorado no puede ser conducido sin que intervengan las manos y los pies. Una botella es la constatación de que el cuerpo tiene intendencia en el alma. Así que Tom Waits conduce el Cadillac hacia lo absoluto. El cielo de la boca huele a vodka de 1972. Ve a Leónidas hablándole entre las nubes. Es el tipo con las cejas imponentes. No entiende ruso: sabe que le está diciendo que pise el acelerador y cierre los ojos. No tengas miedo, Tom Waits, el miedo es una distracción de Dios. Le dice todo eso una vez, dos veces. No tengas miedo, el miedo es una distracción de Dios. A medida que Tom Waits acelera, comprende. Una vez alcanzada la comprensión, las palabras desaparecen. Todo es claridad y sobrecogimiento. La velocidad es un oráculo. Se ha llegado a la verdad. Dejo de escribir.

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