marzo de 2026

‘El bosque errante’, de Juan José Castro Martín

El bosque errante
Juan José Castro Martín
Reino de Cordelia, 2024
152 pp.

En un presente dominado por la sobreproducción editorial y la inmediatez estética, elegir un libro de poesía que rehúya la consigna y la transparencia complaciente es, más que una opción, un gesto de insumisión. El bosque errante, de Juan José Castro Martín, habita esa zona de exigencia: no busca complacer, sino tensar el lenguaje y someterlo a la intemperie de las grandes preguntas. Reconocido con el IV Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz y el Premio Andalucía de la Crítica, el volumen se articula en seis secciones —«El aliento y el barro», «El éxtasis y el llanto», «La corriente cautiva», «Las voces y el letargo», «El bosque errante» y «El temblor y el barro»— que componen una meditación orgánica sobre la palabra, la pérdida y la condición vulnerable del ser. Con un ritmo sostenido y una imaginería de notable densidad, el poeta granadino confirma una trayectoria coherente, visible también en títulos como No cesa el tiempo, Deriva de las islas, Margen de lo invisible, La habitación cerrada, La piel de la intemperie, Pero el mundo no estaba y Copo tras copo.

El barro inaugura y clausura el libro. Más que motivo bíblico, funciona como categoría ontológica: remite a la materia primordial y, sobre todo, a la conciencia de que el hombre es criatura arrancada del silencio. Antes incluso de la expulsión del paraíso, se insinúa una caída más radical: la de la palabra. Hablar es desertar de una comunión originaria; nombrar implica fractura. El silencio se concibe como plenitud anterior a la escisión, territorio intacto donde las cosas laten sin desgarradura.

Desde esa premisa, el poemario se sostiene en una tensión constante entre fascinación y sospecha ante el lenguaje. Si Martin Heidegger concibió la lengua como «casa del ser», Castro desplaza esa morada al claro inestable del bosque, donde todo refugio es precario. Estos versos iniciales —«Cuando todo pronuncia / un idioma distinto y escindido»— encuentran su eco al final: «No existe la frontera / entre la piel y la intemperie». El poema apenas levanta un chamizo expuesto al viento. Así, el lenguaje se presenta como realización y herida: al hablar, el ser humano se separa; al nombrar, se desarraiga.

La segunda sección, «El éxtasis y el llanto», intensifica esta problemática mediante una polifonía de monólogos dramáticos que convoca figuras esenciales de la tradición europea. El poeta actúa como médium de voces que comparten una misma herida ontológica, como forma de explorar la subjetividad como cicatriz.

En Anna Ajmátova, el yo se forja en lucha con lo ausente; en John Keats, la belleza roza la disolución; en Paul Celan, la identidad se sostiene al borde del abismo histórico; en Rainer Maria Rilke, existir equivale a exponerse a lo terrible. En «Viaje hacia el silencio» leemos: «y te entrega a una inmensidad desconocida cuando / se destierran las cosas a sus nombres / y solo nuestro aliento es patria». La patria se reduce al aliento, a lo más frágil. La crítica al «discurso / de olvido interpretado hacia los cielos silenciosos» denuncia la ilusión de permanencia y cuestiona cualquier comodidad del sentido.

En esta constelación, lo bello y lo mortuorio resultan indisociables. Georg Trakl intuye que el canto se perderá en la espesura; Friedrich Hölderlin se pregunta qué puede permanecer si el dolor origina el poema; Novalis reduce el paraíso a memoria. En «La raíz de la hondura» se concentran versos memorables: «La juventud nos da el dolor, del dolor queda el nombre» resume la experiencia en su resto verbal; «habitamos el mundo en el pasado, en la nostalgia / de ser propagación» convierte la identidad en eco; «sin otro paraíso que el recuerdo de la belleza // que hurtaron a la vida las palabras» formula la paradoja central: el lenguaje preserva y despoja a la vez. En «El destierro», en diálogo con Nelly Sachs, se afirma: «ser es estar siempre en lo más expuesto», definición extrema de la existencia como intemperie.

«La corriente cautiva» introduce el puente y la puerta como emblemas del tránsito. No hay territorio propio, solo pasajes; el lugar no se posee, interroga. La piedra —lo construido— contrasta con el bosque originario. En «La fortaleza» asoma un resplandor: «no todo está perdido a este lado del desconcierto / mientras cae la noche y morimos un poco entre las cosas. / Apenas sostenidos en las formas, nuestra es la evanescencia». La esperanza no niega la precariedad: la asume. Morir «un poco entre las cosas» subraya el desgaste continuo que nos constituye.

En «El puente (Bámberg)», la ciudad alemana surge como «isla en vuelo o morada del asombro». «Estas piedras como la muerte saben quiénes somos» invierte la relación sujeto-objeto, y el cierre —«solo / nos pertenece el tiempo en la belleza»— convierte el tiempo en única pertenencia. Similar intensidad recorre «El destello y el muro (Rothenburg ob der Tauber)»: «Todo es despojamiento de quien viaje al deslumbrarse con su destello». El viaje no acumula: despoja.

«Las voces y el letargo» amplía el diálogo hacia la filosofía y el arte en una prosa poética de tono reflexivo. Comparecen Friedrich Nietzsche, el propio Martin Heidegger, Albert Camus, Gustave Moreau, Vicente Aleixandre y Simone Weil. Esta red de presencias no clausura preguntas; las prolonga. Cada voz reformula la misma inquietud: qué significa ser cuando todo fundamento vacila.

En el trasfondo vibra una musicalidad que recuerda la expansión sinfónica de Gustav Mahler. La naturaleza —musgos, lluvias, asambleas de viento— no es paisaje idílico, sino gramática anterior al hombre. En «El retiro» se lee: «suena la música arrancada del tuétano del mundo como estridentes vientos de la muerte marchando a lugar innominado». La música hiere. Frente al antropocentrismo, el libro propone una ética de integración: el ser humano es suma de intemperies.

El cuerpo ocupa un lugar decisivo. «Las palabras abdican / en lo invisible de las cosas», pero «un sonido feroz es siempre la respuesta». La abdicación no conduce al silencio absoluto, sino a un eco que hiere. No hay escapatoria hacia lo abstracto: huesos, sangre y carne participan del temblor. El hombre es «temblor y barro», vibración en materia. Preguntar «¿No es a la desmayada música de las cosas / a lo que llamas mundo?» implica sospechar que el mundo es resonancia debilitada de una plenitud perdida.

La sección final retoma los motivos iniciales con mayor desnudez. El silencio fue prodigio; la palabra, morada efímera. De ahí la expresión «extranjero en tu voz»: hablar es habitar una casa que no termina de pertenecernos. La poesía es cicatriz que aún arde; pronunciar agranda la herida y la hace visible. El cierre —«Por el silencio viene el hombre y funda / en huellas de quietud bosques errantes»— condensa la propuesta: nacemos del silencio y solo podemos fundar en lo inestable. El bosque deja de ser paisaje para convertirse en condición.

Así, El bosque errante articula una ética de la vulnerabilidad: habitar la intemperie, asumir la identidad como fisura y reconocer la luz como herida. Frente al ruido contemporáneo, el libro propone un estado de alerta: «la voz se astilla cuando suena / arrancando el silencio de las cosas», y en esa fractura halla su legitimidad.

La obra de Juan José Castro Martín se inscribe en una tradición que entiende la poesía como resistencia y desposesión. Hay aquí riesgo, pensamiento y fidelidad a la pregunta por el ser. En tiempos de consumo acelerado, el libro exige demora y entrega: solo en el errar se alcanza un claro donde el silencio se revela como sentido.

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