No necesitaba artilugios especiales, ni cromas, ni pantallas digitales, ni efectos visuales, ni nada que se le pareciera. Bueno, y si fuera hoy día, ni inteligencia artificial alguna, que le bastaba y sobraba con la natural. Con una simple pizarra, un sencillo mapa dibujado en ella y una diminuta tiza tenía suficiente para explicarnos a todos los españoles si mañana debíamos salir a la calle en manga corta, con una simple rebeca o un jersey de lana o ataviados con un chubasquero.
Pues ese era Mariano Medina, «el hombre del tiempo»; en realidad, el único que por aquel entonces conocíamos. Una persona de aspecto afable y bonachón, que durante casi treinta años se coló en nuestras casas a través de TVE para decirnos qué tiempo iba a hacer, y a quien, de alguna manera, decidimos adoptar como si fuera un miembro más de la familia. Y es que su presencia resultaba tan cotidiana, que si alguien, por casualidad, se lo hubiese encontrado en el ascensor o en el portal de su casa, seguro que le hubiera saludado como si tal cosa, como si lo conociera de toda la vida.

Doctor en ciencias físico-químicas, aunque no lo pareciera, o más bien pensáramos que era simplemente como el vecino de al lado que se había metido a pronosticador del tiempo, y miembro del entonces Cuerpo Facultativo de Meteorólogos (hoy Cuerpo Superior de Meteorólogos del Estado, que suena más rimbombante), Mariano Medina logró meterse a los españoles en el bolsillo. Primero a través de la radio, en concreto como «hombre del tiempo» en el popular programa Cabalgata de fin de semana de la Cadena SER, y, a partir de 1956, con su presencia en TVE, donde diariamente pudimos verlo, hasta su retirada, allá por 1985.
Durante todos esos años, pues, siempre nos creímos a pies juntillas todo lo que nos decía o, mejor dicho, lo que nos pronosticaba. Y no necesitaba explicarnos con mucho detalle lo de las isobaras, lo de las altas y las bajas presiones, ni lo de las marejadas y las marejadillas. Simplemente nos contaba lo que queríamos saber; o sea, si en el norte iba a hacer un frío que pelaba, si en el Levante iba a llover a cántaros o si en el sur peninsular era mejor quedarse a buen recaudo en casa, con un botijo y un abanico a mano.
Ese era Marino Medina, nuestro hombre del tiempo, el único que conocíamos y, posiblemente, el único de cuyo nombre muchos siguen acordándose todavía.











