Yo fui la Transición, y Celia Amorós (filósofa y líder del feminismo de la igualdad) y Pilar Pérez Fuentes (historiadora y militante feminista), e Isabel Morant (historiadora y editora de Feminismos, Cátedra), y tantas y tantas otras que podría citar.
Nosotras sí estuvimos allí, en la Transición a la democracia en España.
Por esta razón, y ese olvido, escribí esta obra: Rebeldes Ilustradas (La Otra Transición). Una obra de aliento personal, a la que se unieron las autoras que acabo de citar arriba, y otras más, dando lugar a una importante obra colectiva que el especialista en el tema Santos Juliá recomendaba como bibliografía selecta de la Transición.
Ahora que se celebra su Cincuenta Aniversario, no quiero que esta obra caiga bajo la conjura del olvido, quehacer característico del establishment sobre las mujeres y su actuación política en la Historia.
Aconsejo vivamente su lectura, sus entrevistas de un valor histórico sobresaliente. Reproduzco, a continuación, el prólogo que la ensayista y especialista en Estudios Biográficos, Anna Caballé, escribió para esta obra:
Los templarios españoles
Durante algún tiempo las mujeres oímos hablar con la mayor naturalidad de «los padres de la Constitución española» porque las patrias, y el énfasis puesto en ellas, siempre han tenido padres (es probable que así, en el dominio de la construcción simbólica, los hombres sientan que no quedan excluidos de la posibilidad de parir hijos, que no son individuos sino sociedades enteras). Nadie reparó en un primer momento en el carácter literal de la expresión, en que la selección de juristas y políticos que debían preparar nuestra Carta Magna, sancionada por el rey Juan Carlos I en diciembre de 1978, se había hecho prescindiendo de las mujeres. Prescindiendo olímpicamente —porque de un Olimpo procede esa actitud— de la mirada política que ellas podían aportar a la estructuración de una nueva y democrática forma de gobierno de la sociedad española. No es que se barajaran nombres, que hubiera razones de por medio, discusiones acaso enriquecedoras. No hubo nada, más que indiferencia. Y, sin embargo, las mujeres constituían entonces, como ahora, alrededor del 50 % de la sociedad, más que menos.
Es decir, que para plantear los fundamentos de la convivencia democrática se partió de una base que no lo era. Y eso teniendo en cuenta que en los años setenta se vivió en España, por pura exigencia histórica, un feminismo activo e influyente que invitó a las mujeres a reflexionar sobre la estrechez de sus parámetros vitales. Pero los límites de esa influencia quedaron perfectamente claros en la elección de los responsables de la preparación del texto: Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez Llorca, Gabriel Cisneros, Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé Tura, Manuel Fraga Iribarne y Miquel Roca Junyent. En otros términos, tres representantes de UCD, y uno de los grupos del PSOE, PCE, AP y PDC. Se consensuó, en calidad y cantidad, el espectro político que debía participar en la elaboración de las ponencias y en qué proporción cada partido (tres miembros de UCD, que así dejaba patente su mayoría, y un miembro el resto de los partidos mencionados). Si un marciano leyera esta información, sin conocer España, entendería que esa sociedad que de pronto, en 1977-1978, se está autorregulando políticamente es una sociedad integrada exclusivamente por varones. Una especie de sociedad templaria bellamente ubicada al sur de Europa, en las postrimerías del siglo XX, y que lucha por sus prerrogativas con fuerza digna de mejor causa. Sólo que allí donde los templarios perdieron en su pulso con el poder establecido, los políticos/templarios españoles no tuvieron el menor problema en imponerse suavemente a sus compañeras, por el procedimiento de ignorarlas. O servirse de ellas, que fue lo que ocurrió con Carmen Díez de Rivera.
En cualquier caso, diría que en un primer momento no importó. Las mujeres salieron a la calle para celebrar la nueva Constitución española como antes habían salido a la calle tantas veces para manifestarse en su favor, se contara finalmente con ellas o no (¿por qué no se recuperan imágenes de las primeras manifestaciones postfranquistas?). No se contó con ellas y, como digo, no importó. Hasta que un día alguien —no dispongo del dato— reparó en el detalle y dio pie a pensarlo como metáfora de una actitud, un pensamiento y una praxis. Y aquello dolió, vaya si dolió.
Pero de nuevo fue un dolor sin importancia, quiero decir que las mujeres siguieron adelante con su propia transición vital y sus pactos, que no se firmaron nunca en La Moncloa. Y así como la Transición selló un pacto de olvido con el propio pasado franquista, las mujeres hicieron tácitamente un pacto de silencio con el pasado machista y vergonzoso.
¿Fue una decisión acertada? ¿Fue mera despreocupación? Este libro reflexiona sobre ello aportando información inédita. La idea de la profesora María Antonia García de León de convocar a algunas mujeres que vivieron intensamente la Transición política pero cuya experiencia a nadie interesaría cuando debió escribirse en la Historia la Transición es, más que interesante, necesaria. Y comparto su procedimiento metodológico que es también epistemológico, como ella misma subraya en un capítulo final, de reivindicar el pasado reciente femenino en clave biográfica (¿en qué clave si no?).
Diríase que estamos viviendo un momento de apasionante convergencia intelectual: historiadores y sociólogos reexaminan sus postulados —antaño macroteóricos, ahora microteóricos—, evalúan las motivaciones de los individuos, buscan su verdad personal. Y en este nuevo contexto de las ciencias humanas y sociales, el memorialismo, la biografía, el testimonio oral son géneros que han adquirido una nueva y fundamental trascendencia. García de León es consciente de ello y, más allá de las cinco valiosas entrevistas, de los ensayos que reflexionan sobre la persistencia del machismo, su libro es una doble invitación a la memoria: a todas las mujeres que vivieron la Transición (y su propia transición) les dice:
«Acuérdate». Pero el mensaje a las jóvenes no es menos valioso: «De no ser por algunas mujeres y por su empeño en luchar contra el olvido, nadie se acordaría de nosotras. Recuérdalo». No tengo palabras para decir cuánto, hasta qué punto, comparto su criterio. (Anna Caballé, Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona)












