Querida “Doctora Alegría”:
Al fin me he dedicado a venir a tu consulta aquí en Madrid, después de que dejaras aquella de la calle Madre Rafols 8, en el “Antiguo Cuartel de Pontoneros Sangenis”, de Zaragoza; es el domicilio de tu padre, don José Poch Segura, ascendido a teniente.
Desplazarme a la capital aragonesa me resulta complicado.
Conozco Madrid bastante bien; para mí es más sencillo pese a que es mucho más grande. No me cuesta llegar a la calle de la Libertad, 15, en el Puente de Vallecas, donde, gracias a tus amigos, Casimiro Abril Sendra y al bibliotecario del “Ateneo Libertario”, Manuel Sanmartín, puedes atender a las mujeres, porque tu domicilio en la calle Mayor 71, está estrechamente vigilado.
No sé lo que voy a encontrar, pero es una zona pobre, de chabolas, jornaleros y analfabetos.
Manuel Sanmartín dice que te llaman la “Doctora Alegría”, y no podías haber elegido mejor sitio para tu consulta de medicina general y ginecología. Aunque tengo ya mis años, no tengo motivos de salud para visitarte, pero si me interesa saber la razón de ese apelativo que se extiende por la capital como la esencia de un agua milagrosa.
Soy historiadora. Gil Comín Gargallo, el funcionario de banca, que además es licenciado en Filosofía, Derecho y Bellas Artes, tu marido, no cree en el amor libre, y sé por tus amigas, que tú sí, por eso acabas de divorciarte. Para tu familia es una persona un poco educada a la antigua, aunque sigue siendo un buen partido para ti, del que no debiste separarte. No te lo perdonan.
Solo llevabas casada desde el 28 de noviembre de 1932. Ni siquiera dos años, cuando conseguiste la independencia, gracias a la ley del 2 de marzo de ese mismo año, sin embargo, siendo hija de un militar, sé que te ha costado mucho.
¿Ha sido ese el motivo real de tu traslado a Madrid? Creo que te hacía sombra. Perdón, no debo juzgar.
Tenemos amigas comunes, Lola Iturbe Arizcuren, Gloria Prades, Carmen Conde o Mercedes Comaposadas; de hecho, una de ellas, la primera, ha sido la que me ha dado alguna información sobre ti, pero poca, el resto he tenido que buscarlo por mi cuenta, hasta dar contigo.
De tu madre, Simona Gascón Cuartero, no supe nada, hasta que con otra taza de café y churros en el Ateneo de la calle del Prado 21, en el que tú acababas de hacerte socia, Mercedes Comaposadas, me explicó bajo secreto que, José Poch Segura, tu padre, hacia 1900, ascendió a sargento y vivía en una casa de huéspedes de Zaragoza, y que allí trabajaba de sirvienta una chica, que era de Tabuenca, Zaragoza, con la que se casó el 21 de septiembre de 1901.
El tiempo parece anestesiarse. Llego al Puente de Vallecas, utilizando la “Línea Norte-Sur”, que tiene en esta estación su terminal sur, desde mayo de 1923. Me gusta contemplar en la Puerta del Sol ese intercambiador central, con sus icónicos accesos de granito, y en la estación del Progreso, ese gran escudo de la ciudad, después pasamos bajo el “Nuevo Mercado de Santa Isabel”. Dicen que por arriba aún quedan restos de sus obras. El revisor me pide el billete, cuesta 25 céntimos, y me dice que tenga cuidado con las puertas, porque en la estación del “Mediodía”, va a entrar mucha gente, por la conexión con los trenes de largo recorrido de la “Compañía MZA”, Madrid, Zaragoza, Alicante. Y así es.
Pasamos bajo el “parque de El Retiro”, y siento la nostalgia de los paseos; luego por la estación de “Cocheras”, para después de cruzar el “el Arroyo Abroñigal”, y llegar al fin al Puente de Vallecas.
Han pasado menos de diez minutos. Me acerco a la puerta con la determinación de quien busca una verdad que no aparece en los archivos, hasta que la placa de la doctora Amparo Poch y Gascón, me indica que ya he llegado a mi destino. El olor a antiséptico y el orden científico de la consulta, contrastan con el caos de la España que ruge fuera. Con el fonendo colgado a tu cuello, bata blanca inmaculada y gafas de montura fina, que dejan ver una mirada aguda, me recibes con una sonrisa que esconde varios interrogantes.
En tu despacho, entre recetas y compromiso social, te conviertes para mí en un testigo vivo de la historia. Es un encuentro eléctrico, donde la precisión del diagnóstico médico y el rigor de la investigación histórica, se funden para intentar comprender el destino de una ciudad que ya no tiene vuelta atrás.
No importan los datos ni las fuentes; el olor a formol ha dado paso a una fragancia fresca, suave, a menta y café. Y ese humo nos va envolviendo hasta que entre las dos surge la flor de la empatía, se paran los relojes y la hora de la merienda se esconde en los recovecos de la amnesia. Llueve, y con esas gotas que por miedo no atraviesan los cristales, voy sabiendo un poco más de ti.
En una estantería, colocados verticalmente y por orden alfabético distingo los tomos bien encuadernados de tus favoritos: Joaquín Costa, Marcos Zapata, Eusebio Blasco, o Mariano de Cavia. Frente a la mesa de cristal, una silla metálica, azul, cálida, agradable, invita al reposo y a la charla distendida. Me envuelve tu voz.
Sé que eres historiadora, pero más por curiosa que por eso, creo que te van a interesar algunos detalles de mi vida que yo te cuente.
Es un edificio sombrío y serio, con paredes recias, pintadas con sobriedad. En casi todas aparecía un letrero: “Piedad y letras”; tardé mucho tiempo en saber qué significaba aquello: era el lema de la congregación, pero yo, la que recuerdo por su cercanía, es la superiora, la madre, Vicenta del Espíritu Santo, En realidad, se llamaba Vicenta Jarque Pellicena.
Y sigues desgranando tus recuerdos.
Mis hermanas pequeñas, Josefina y Pilar, eran gemelas habían nacido cuando yo tenía diez años, a veces se cambiaban la ropa para jugar, yo las conocía bien; ellas para meterse conmigo me llamaban María de los Desamparados y del Pilar, mi madre se empeñó en ponerme ese nombre cuando me bautizaron. Yo no les hacía caso porque había demasiadas Pilares en Zaragoza, hasta a mi hermana pequeña le pusieron ese nombre.
Echo de menos a mi hermano José María, seguía en Zaragoza, estudiando Medicina; cuando tenía alguna duda le ayudaba con sus apuntes y se los ampliaba, yo ya era médica. Murió el 8 de abril 1931, a causa de una infección, por un corte que se dio haciendo prácticas de anatomía y cirugía. No lo he superado, y creo que esta tragedia me ha inclinado más hacia la profesión médica.
Sí, me quedan ellas, aunque siguen en Zaragoza, porque mi otro hermano Fernando, del que me han hablado mis padres, falleció al nacer.
Tenía yo —me dices con esa voz, pausada y envolvente, tan tuya— no más de siete años, cuando en aquel cuartel que era mi casa, mi padre me obligó a entrar en el colegio de las Madres Escolapias que estaba cerca de casa, en la calle Pignatelli, para que después estudiase magisterio, en la “Escuela Normal Superior de Maestros de Zaragoza”. A los quince, empecé el Bachillerato, y estuve allí hasta los veinte.
Cuando acabé, con “Premio extraordinario”, en la sección de Ciencias, le dije a mi padre: “Ya soy maestra, como tú querías, ahora quiero ser yo, y estudiar medicina”, y lo admitió. Me matriculó ese mismo año en la “Antigua Facultad de Medicina” de Zaragoza en la que estuve siete años, hasta 1929. Y allí conocí a mi compañera de pupitre; la doctora Carmen Moraleda Carrascal.
Ella y yo, el resto 97 hombres, que nos hacían burla, nos despreciaban y se reían de “las mujeres sabias”, como nos llamaban. Entonces mis hermanas dejaron de apodarme “parisina”; me lo llamaban porque decían que yo siempre estaba leyendo, como las mujeres francesas, pero ahora ya era doctora.
Para los profesores éramos invisibles. Saqué matrícula de honor en las 28 asignaturas de la carrera. Sonríes y escondes la cabeza, como si te diera vergüenza. Qué lástima que no pudieras asistir aquel 21 de septiembre de 1929, a la entrega del “Premio Extraordinario de Licenciatura” del curso, en el que los aspirantes éramos seis hombres y yo.
La sala estaba llena, demasiada expectación. Por sorteo salió elegido el tema “Valor diagnóstico del examen del líquido cefalorraquídeo”. Mi monja favorita, Vicenta Jarque Pellicena, aunque ya estaba muy mayor, asistió emocionada.
Al comenzar mi exposición la miré a los ojos. El tribunal, me otorgó el premio por unanimidad. A partir de entonces fue una época frenética.
Me pidieron colaboraciones en el diario “La Libertad de Madrid”, y en octubre de ese año comencé a escribir el artículo titulado “La mujer ante las leyes civiles”, que salió el 12 de diciembre, y a la vez no podía dejar de escribir en el periódico que siempre había considerado como mío, “El Heraldo de Aragón”. Mis comentarios en la sección “Vida Femenina”, eran muy bien acogidos. Había otros, pero no te voy a cansar relacionándotelos a todos, aunque seguro que los tienes bien archivados.
Entre medias, conocí al Dr. Gregorio Marañón y a su esposa, Dolores Moya y Gascón de Velasco, con ellos y con Hildegart Rodríguez, fundamos la “Liga Española por la Reforma Sexual”.
Perdóname, me dices, pero no sé si te estoy aburriendo.
Sentía la necesidad de abordar una cuestión que para mí era clave en aquel momento, y escribir “La vida sexual de la mujer”. En esta obra abordé la educación sexual, la higiene y la autonomía femenina, rompiendo tabúes de la época. Recuerdo que salió el 15 de mayo de 1931, publicada por la “Editorial Cuadernos de Cultura” en Valencia. Para mí fue como el nacimiento de un hijo.
Te dejo sumida en tus recuerdos, mientras te escucho atentamente y entonces me hablas de él.
Por aquellos días acudía también yo al “Ateneo Republicano” de la calle San Miguel, 11, me dices, por una senda imaginaria donde la brisa no despeina, sino que aclara las ideas. De pronto, lo veo. No es el novio que espero, ese que busca una esposa sumisa y un hogar de puertas cerradas. “Mi novio” es el “amor libre”, una figura de luz que no trae anillos, sino manos abiertas.
Nos miramos a los ojos. Yo no bajo la vista. En ese encuentro, siento que el amor me habla de igual a igual. Se llama Gil Comín Gargallo.
Te desprendes del fonendo, lo dejas sobre la mesa, como si te hubieses quitado un gran peso de encima, y descubro que no es el novio que soñabas. Metidas en los escondrijos de tu intimidad, se nos van pasando los minutos, casi las horas, en plural.
Ese momento mágico se rompe con unas voces de mujer, al otro lado de la puerta. Veo la sonrisa en tu rostro y comprendo que hay otras vidas a las que tienes que atender. Me levanto esperando que la magia resucite. Será pronto. En la puerta, me cruzo con varios hombres y mujeres que llevan la esperanza en sus pupilas. Mis tacones tocan otra música.
Carmen, la mujer que tiene el quiosco al lado de mi casa, seguramente conserva para mí, los últimos artículos tuyos publicados en la revista “Cultura Integral y Femenina”. Mientras camino, siento el frío de noviembre a mis espaldas. Atenta como siempre me ha guardado diez ejemplares; tenía que haberlos recogido antes.
En enero había salido “La alimentación del niño después del destete”; la revista era mensual, fui ojeándola por orden: “La dentición en el niño”; “Higiene de la boca”; “La importancia del sol en el crecimiento”; “El raquitismo”; “El aire libre y el ejercicio»; “Consejos para el verano”; “Las vacaciones del niño”; “La vuelta al colegio y la higiene escolar”; “El valor nutritivo de las frutas”.
Era admirable cómo trabajaba esta mujer, tenía todos los artículos guardados. Al día siguiente a mi visita, recibí una invitación para una cena; iba a celebrarse en el “Ateneo Libertario de Vallecas”, en el número siete de la calle de la Concordia. Me decías que sería muy interesante que yo estuviese porque, asistirían Lucía Sánchez Saornil y Mercedes Comaposadas.
La cena sería tarde, en torno a las diez de la noche, para que las obreras pudieran asistir tras su jornada. Si salía bien las continuarían en el “restaurante de la Casa de Baños” de la Casa de Campo. Es todo un acontecimiento social, para las mujeres, y yo no puedo faltar. Aquella noche los serenos tienen más trabajo que de habitual, alrededor del Ateneo.
Grupos de obreros, cuyas sombras en la noche, se alargan a la luz rutilante de las nuevas farolas eléctricas, vestidos con chaquetas de pana y gorras, armados con palos y navajas. Manuel Sanmartín va por delante, tiene que defender a las mujeres del barrio. Por eso nosotras, dentro, podemos estar tranquilas debatiendo
No son suficientes, ni los serenos ni las “patrullas vecinales”, pero yo sé qué. aunque los cascos de los caballos aplasten las margaritas, la primavera siempre vuelve.
Me recibes con dos besos afectuosos y una sonrisa triste que yo percibo enseguida y, mientras me acompañas hasta una de las mesas, entiendo la razón de tu tristeza; parece que al padre de Mercedes. José Comaposadas i Gili, el zapatero, por participar en la fundación de la UGT, le han detenido y se lo han llevado a la “cárcel Modelo” de la Moncloa. Mejor dejarla y que sea ella la que hable.
Me ofreces una silla vacía al lado de una señora muy elegante, no pega allí, nos presentas, es María Teresa Prieto y Fernández de la Llana, me dices, colabora con vosotras en la alfabetización de mujeres activistas; no la conozco, pero no nos resistimos a iniciar un diálogo que enseguida nos lleva a la rescisión de derechos.
No es cuestión de preguntarte por Casimiro Abril Sendra, en medio de la cena, cuando salgamos te asaltaré para que me cuentes quien es ese arquitecto y que tienes tu con él. Seguramente no medirás nada.
Os observo entre aquellas paredes desconchadas, Lucía, Mercedes y tú, mandileta a la cintura y pañuelo en la cabeza, vais pasando la cazuela de hierro, mesa por mesa permitiendo que todos vayan cogiendo un cucharon y medio, de una sopa humeante de verduras. Solo la música de las cucharas de madera al chocar con los platos los hace callar. Son melodías que pocas veces pueden escuchar en casa.
Aunque una parte del barrio duerme ajena al ajetreo, a mí me llega de fuera, un aroma a tabaco pobre; no es como aquel al que yo estoy acostumbrada, al aroma del tabaco turco del mar Negro. Llevo en el bolso una cajetilla de la marca “Samsun”. Sacarlo sería una provocación y ofrecérselo a los obreros una temeridad.
Observo como la cena no es solo sustento, es un acto de comunión y rebeldía, donde los hombres con las manos curtidas por el ladrillo y mujeres que, por un momento, dejan el delantal, se sientan a compartir platos de loza desconchada.
No hay jerarquías; el intelectual que citaba a Bakunin, comparte el trozo de pan, con el peón que apenas empieza a silabear. Entre bocado y bocado, se discute la colectivización del campo y se plantean las escuelas nocturnas para los hijos del barrio.
Te acercas a mí y me preguntas cual es mi opinión de lo que estoy viendo, y mis ojos agudos, te descubren un matiz interesante. Los hombres opinan y deciden. Las mujeres callan y aprenden. Las clases no son suficientes, a la vez que os oigo decir no se a cuál de vosotras tres que, necesitáis “mujeres libres”. Pero no sé si os referís a la libertad de las mujeres, a una asociación o a una revista. De vosotras espero cualquier cosa.
Llegan los postres son rosquillas, tontas y listas.
Entre el “Ateneo libertario” y tu casa hay poca distancia, pero la oscuridad nos impide dar un paseo que a aquellas horas de la noche y bajo las estrellas, parece apetecible.
Vamos en grupo, escoltadas por los hombres de las patrullas vecinales, y entonces me hablas de tu proyecto de trabajo con las mujeres en situación de prostitución, y descubro tus ideas sobre este tema que estás terminando de madurar, y que pretendes crear los “Liberatorios de prostitución”, y me sigues explicando que a diferencia de las instituciones religiosas o estatales, que ven a la prostituta como una “pecadora” o una “delincuente” que debe ser reformada mediante el castigo o la oración, quieres crear, un término médico y libertario: “el Liberatorio”. porque, nos dices, la prostitución, a mi juicio, no es un vicio moral, sino una “enfermedad social” causada por el hambre y la falta de educación. Mi objetivo no es “encerrarlas”, sino ofrecerles un lugar donde pudieran sanar físicamente (tratar enfermedades venéreas) y, sobre todo, obtener independencia económica.
Los hombres que nos acompañan, están callados. El silencio también es la guerra. Se oyen disparos a lo lejos, y los hombres nos dicen que corramos. Ha empezado la noche.
Querida Amparo, tengo que dejarte, siento miedo del fuego en la oscuridad. Pronto tendrás noticias mías, y espero que todos esos proyectos con los que estás ilusionada, sigan adelante.
Perdóname por ser una cobarde y quédate con mi apoyo, mi admiración y mis besos.
Eliberia.











