La leyenda del lugar inexistente. Postales y patrañas del Parnaso
José Luis Gracia Mosteo
Crítica literaria
Éride ediciones, 2026
130 páginas
José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957), autor peculiar y heterodoxo, poeta, novelista y ensayista, acaba de publicar su último libro de crítica literaria: el singular, personalísimo y atípico ensayo literario titulado La leyenda del lugar inexistente; el mítico no-lugar que el subtítulo, Postales y patrañas del Parnaso, nombra y revela. Esa patria simbólica de los poetas a la que Cervantes, en su Viaje del Parnaso, citado como prólogo del ensayo, se encamina para librar batalla contra los malos poetas. Ese mismo combate sin piedad ni cuartel, y sin final posible, en el que también está empeñado Gracia Mosteo, tal como viene poniendo de manifiesto en todos sus ensayos literarios y que había mostrado con especial brillantez en el anterior, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, editado en 2021 y publicado, lo mismo que el actual, por la editorial madrileña Éride ediciones.
La leyenda del Parnaso que José Luis nos ofrece se desarrolla a lo largo de cinco capítulos o apartados, de los que el primero es el más extenso. Su título, “Los fantasmas del paraíso”. Fantasmas de escritores amados o admirados por el autor, ciudadanos del Parnaso, acogidos a una especie de gran biblioteca donde el fantasma de Jorge Luis Borges recibe a su casi tocayo José Luis Gracia, quien no duda en situar al argentino junto a los máximos santones de la gloria literaria, o sea, Cervantes, Shakespeare y Dante.
Y en esta fantasmal biblioteca se van desarrollando las veintidós postales o breves estampas, con una extensión de dos a tres páginas la mayoría, que nuestro autor dedica a poetas, novelistas, periodistas, cantautores y hasta un historiador de la literatura. Todos ellos personajes representativos de la particular iconografía literaria de Gracia Mosteo. Figuras a las que admira, pero a las que tampoco les ahorra críticas ni duros reproches personales, además de aportar numerosas informaciones novedosas y referencias eruditas que hacen muy amena e interesante la lectura. Las nueve primeras postales están dedicadas a autores en lengua española. Las trece restantes se ocupan de ocho escritores en lengua inglesa, cuatro de lengua francesa y un italiano. Y entre ellos se encuentran varios de los autores a los que José Luis reconoce como escritores preferidos: además del citado Borges, los poetas franceses Jules Laforge y François Villon, y el novelista británico Martin Amis.
Son estampas concisas, instruidas y esclarecedoras que retienen al lector y le obligan a seguir leyendo. Textos concentrados, sin puntos y aparte, que parecen escritos de tirón, en los que la constante e inquebrantable repetición anafórica, es decir, la reiteración de las mismas palabras al inicio de cada punto y seguido a modo de mantra, crea una salmodia literaria hipnótica y absorbente de la que resulta difícil apartarse. Este inicio del libro, además de ser la sección más amplia, me parece la parte más intensa y, literariamente, más rutilante del ensayo.
Y esto no quiere decir en absoluto que los otros cuatro capítulos o apartados pierdan interés o sean menos destacables. No; sencillamente, son distintos, su escritura es otra. Así, la segunda parte, titulada “Museo de retratos orales”, donde, sin abandonar el Parnaso, Gracia Mosteo nos guía y muestra las salas en las que se exponen las imágenes de venerables figuras de las letras hispanas de los siglos XIX y XX, y la sala de los escritores de otras lenguas. Son retratos orales delineados por las plumas de otros colegas, conocidos y reconocidos también. Retratos perfilados con todos los tonos y todos los estilos, esmerados y elegantes algunos, y maliciosos y ofensivos otros. Apuntes y descripciones en los que se pone de relieve, por si fuese necesario, que los divos de la literatura, al margen de admiraciones mitómanas y de su particular talento, no son, humanamente, mejores ni peores que el resto de los mortales. Algo que, por otra parte, es lo natural tratándose de seres humanos.
El tercer capítulo, denominado “Blablablá poético del lugar”, transcurre en un recóndito café a cielo abierto, situado en el Parnaso, donde, según el autor, “apetece tomar una taza y escuchar”. Escuchar, claro está, lo que José Luis Gracia mantiene como poética propia. Afirmaciones tales como que el poema perfecto no existe, es una entelequia; que la imitación poética, los poetas piratas o imitadores abundan, menester que incluso algunos admirados y sobresalientes poetas, citados por el autor, han practicado con éxito; que el oficio de poeta, que tantos se atribuyen, raramente existe, puesto que el 99% de lo que hoy se escribe no es poesía, sino vulgares desahogos sentimentales o simples juegos dialécticos; y que los escritores que van a prevalecer son aquellos que saben contar e interpretar el mundo sin parecerse a nadie, es decir, los más originales. Afirmación bastante obvia, añado, que, insólitamente, suele pasar bastante desapercibida, tal vez porque el colosal ego de los versificadores no permite contemplar algo tan claro y manifiesto.
El capítulo cuarto, el más breve, poco más de tres páginas y con un curioso título, “Un paraíso con muchos Jacks the Ripper” —o sea, Jacks el Destripador— nos habla de desobediencia, asunto no muy sorprendente viniendo de un autor tan autárquico como es Gracia Mosteo. Un espacio donde se alaba a aquellos poetas y novelistas que fueron capaces de atentar contra su propia autocomplacencia y lograron sobreponerse al omnipresente ego para dejar sus creaciones en manos de guías y expertos de confianza que, a manera de auténticos destripadores de manuscritos, corrigieron y aligeraron los borradores originales hasta afinarlos y perfeccionarlo de tal forma que alcanzaron el mayor de los éxitos. A lo que yo, aunque de acuerdo en el mensaje, alego que no siempre resulta factible poder tener tales apoyos y se ha de contentar uno, aun a su pesar, con lo que el mayor o menor talento propio pueda dar de sí.
Y como final de tan escueto capítulo, se cita y señala a destacados y muy desinhibidos escritores que no dudaron en buscar ayudas parciales o totales para crear obras suyas, si es que no se valieron directamente de “negros” literarios para realizarlas, pues, como ya está dicho, de todo hay en el Parnaso literario, y de todo ello nos va informando con pericia y detalle esa rara avis de las letras que es José Luis Gracia.
Y llego, en esta necesariamente sumaria exposición del libro, a la quinta parte o estación término, de nombre “Flotando en el río y alejándose”; río de la vida o río de la lírica, cuyo curso no parece hallarse ya en el Parnaso. Capítulo donde, el más que crítico, pero hombre amantísimo de la buena literatura y de la justicia poética que es Gracia Mosteo insiste en reiterar que nos encontramos en un final casi apocalíptico de la historia de la poesía o, cuando menos, que estamos abocados a esa definitiva consumación, pues considera y argumenta que vivimos una época donde triunfa la poesía —y uso su propia expresión— “macarrónica”. Una poesía mediocre que se escucha y difunde en intervenciones y recitales poéticos donde participan muchos autocomplacidos que se engañan, numerosos ineptos que lo ignoran y bastantes advenedizos de diversa condición que exhiben y publican versos grotescos o triviales convencidos de su valor, y que están dispuestos también a adular a quienes sea preciso para que les dediquen una mínima atención y unas educadas líneas de alabanza.
Un panorama desolador del que José Luis quiere salvar por cuenta propia algunos nombres de poetas que, a su juicio y libre entender, merecen tal calificativo. Son siete nombres: unos más conocidos, como Eloy Sánchez Rosillo, Juan Cobos Wilkins o Enrique Gracia Trinidad, y otros menos reconocidos, como, por ejemplo, Villo Argumánez o Ricardo Díez Pellejero. Pero estos siete samurais del verso también es muy posible que, como el propio autor comenta y teme, acaben arrastrados por la devastadora corriente del caótico río de la poesía española de este inicio del tercer milenio. Solo cabe, por tanto, desear, a pesar de todo, tal como se lee en la conclusión de este último capítulo, una “Larga vida a la poesía del turbulento río de la vida”. Pero, a pesar de la fundada critica de José Luis —nunca tantos arribistas y pseudo poetas se han dedicado a escribir versos para entretener y llenar de algún modo sus vidas—, yo creo sinceramente que la poesía, la buena poesía, logrará sobrevivir de una manera u otra.
Y finalizo ya, no sin añadir algún juicio más sobre el autor. Y voy a hacerlo sirviéndome de sus propias palabras: las que él utiliza para hablar de su admirado Martin Amis, que es, para mí, viendo lo que escribe José Luis, un auténtico alter ego suyo. Él se refiere a Amis, pero yo hablo de Gracia Mosteo: “Un tipo sarcástico, borde y nada complaciente; un escritor que no pretende agradar sino a su conciencia, por lo que es tan independiente como repelente”.
Y continúo con el paralelismo: “busca provocar e insultar a las conciencias políticamente correctas; […] sin contemplaciones ni buena educación, […] un cirujano literario que abre y corta con sarcasmo y mala leche. […] no poco arriesgado y sin preocupaciones por las consecuencias de lo que dice y escribe”. En suma, “un disidente de todo lo convencional”.
Dicho queda con las palabras del propio José Luis Gracia Mosteo y no voy a agregar nada más, salvo recomendar la lectura de este notable ensayo literario, punzante, audaz, informado y, sobre todo, ferozmente divertido. Sin discusión, un libro provocador y diferente.











