abril de 2024 - VIII Año

‘Un tiempo inesperado’ de Antonio Herranz

Un tiempo inesperado
Antonio Herranz
Ondina Ediciones, 2023
Colección Verdemar
130 páginas

El pasado 21 de enero de 2023 se presentó en San Lorenzo del Escorial el libro ‘Un tiempo inesperado’ de Antonio Herranz. Esta recensión recoge el comentario de Juan José Ordóñez Fernández en dicha presentación.

Momentos deslumbrantes

En primer lugar, quisiera destacar una serie de aspectos que me sorprendieron al leer Un tiempo inesperado:

1) La sobriedad, la aparente sencillez, el lenguaje directo, casi coloquial, sin artificios gratuitos, exento de retórica ampulosa.
2) La variedad de registros textuales a lo largo de los poemas, como si cada uno exigiese un trato diferente, peculiar. Con el único objetivo de que al lector le resulten claros, compactos y precisos.
3) La delicadeza, pero a la vez la profundidad con que se habla de aspectos tan trascendentales de la vida como puede ser la fragilidad de los buenos momentos; la búsqueda de las propias respuestas; de descubrir el secreto de existir sin sobresaltos; de gente que desdeña el ámbito de la banalidad…
4) La sensación, desde el principio, de que los poemas te van acogiendo, arropando, amparando, como harapos que te van abrigando contra el frio de la mortalidad, según dice la cita de Charles Simic con la que abre la primera parte del libro. De tal forma que consiguen que te sientas confortablemente en ellos.
5) El ver cómo se mantiene a lo largo de todo el poemario la intensidad, la potencia, la emoción…, el incendio que provoca la buena poesía; esa sensación de que a pesar de la cotidianeidad de lo que te va contando pareciera como si cada momento es un lugar en el que nunca has estad, tal y como nos dice la cita de Mark Strand con la que abre la segunda parte del libro, haciéndote que prestes la máxima atención a lo que te está diciendo.
6) La facilidad con la que el autor consigue que se proyecte en cada texto la experiencia cotidiana del lector. Como si todos y cada uno de los poemas estuviesen exclusivamente escritos para el lector o lectora que los está leyendo en un determinado momento. Lo que hace que a medida que vas leyendo vayas haciendo tuyo el libro.

Sus poemas nos hablan de la intangible presencia de la cotidianeidad en nuestros días; una cotidianeidad en la que lo social está presente, pero sin llegar a irrumpir bruscamente en ellos (como, por cierto, a juicio de Joan Margarit, suelen hacer los falsos poetas). Por otra parte, sus poemas están escritos desde un profundo sentimiento, pero no dejándolo desbordar, sino sometiéndolo al control de la razón. Una razón eminentemente poética. Y ahí radica, tal vez, una de sus grandes virtudes. Tienen además los poemas la sutileza de arrastrarte hacia su propio territorio, a través de unos itinerarios interiores que resultan desde el principio muy familiares.

El libro está dividido en dos partes: «Cantos de experiencia» y «El secreto de existir».

La primera parte es más un recorrido, un paseo, un transitar por su día a día, por su «experiencia». Como un dejarse llevar en el que casi nada permanece estático, de tal forma que un nuevo paseo será cada día un paseo diferente. Se trata, en muchos casos, de un paseo o de un recorrido puramente mental, por supuesto. Es también como si el lector se acomodara en ese sugerente banco de la portada y se dispusiera a escuchar al autor, que nos va contando, nos va mostrando estados de ánimo, ideas, acontecimientos, experiencias, reflexiones, confidencias, preocupaciones, paseos, paisajes, o, para decirlo con sus propias palabras, nos va hablando de «ese extraño viaje de la nada hacia la gratitud».

El autor consigue desde el principio hacernos sentir partícipes, protagonistas, incluso autores de su propia experiencia. Cada lector puede proyectarse en un reflejo de ese mundo descrito en los poemas. Hasta el punto de que pareciera que estamos nosotros formando parte de la propia experiencia, incluso que estamos siendo nosotros los autores de los propios textos. Y esa forma de contar tan peculiar, tan sugerente, tan atractiva, tan, digámoslo de una vez, poética, nos hace también preguntarnos desde los primeros poemas, qué es lo que tienen estos textos que nos anclan al banco, que nos atrapan, que nos seducen, que nos hipnotizan, casi obligándonos a proseguir la lectura de un tirón hasta el final.

Lo que tienen esos textos, lo que los hace únicos, diferentes, exclusivos, es, a mi juicio, el estar leyendo cosas que ya hemos escuchado muchas veces, pero que parece que nunca nos las han contado como nos las está contando Antonio Herranz. Incluso cosas que nos han sucedido, cosas sobre las que hemos reflexionado, pero que nunca habíamos sido capaces de verbalizar de esa manera. Es, como él mismo escribe, como si «una voz habla de ti sin conocerte». Es lo que explica muy bien Piedad Bonnet cuando dice que al lector le gusta que le digan lo que ya sabe pero de una manera que a él no se le había ocurrido.

En la segunda parte vamos a conocer, vamos a descubrir, algo que ya vamos poco a poco intuyendo a medida que avanzamos por los poemas del libro. Y es que precisamente esa forma de escribir, esa manera de contar que nos atrapa irremediablemente desde el principio, se corresponde de manera muy especial con una forma de vivir, una forma de observar la realidad, una forma de relacionarse con ella, absolutamente peculiar, única, diferente, exclusiva, me atrevería a decir, poética.

Y son pinceladas de esa peculiaridad, de esa manera de relacionarse con la realidad, las que nos va ofreciendo, repito sobre todo a lo largo de los textos de la segunda parte, donde el autor, como si quisiese desvelarnos en qué consiste esa excepcional manera de existir, nos va hablando de cuestiones como:

1) su deseo de no ocultarnos nada. Que «los errores sirvan para algo»
2) de que siente «que apenas existo tal como soy»
3) de que esta realidad casi siempre tan ruidosa y tan llena de todo «en realidad es un desierto»
4) de que «cuando la verdad se presiente hay una revelación interior que te ilumina»
5) de la necesidad d empezar de nuevo constantemente «como si las cosas se pusieran un disfraz»
6) de que cómo cuando llega la inspiración «es como si viviera en la parte oculta de algún beso»
7) de la sensación al alejarse de la persona amada «cuando ella se ausenta»
8) del recuerdo de su madre «mientras se perdía la mirada de sus ojos azules»
9) de cómo «lo superfluo, el tiempo lo pone en su lugar»
10) Y de lo que puede ser la síntesis de todo, y no por casualidad es el final del poema titulado «Qué más quiero», donde dice: «Mi realidad son todos esos sentimientos / juntos que utilizo a conveniencia. / Y los pongo aquí y allá, en poemas / que suplantan las pérdidas, que resisten/ al tiempo que impregna nuestra vida…»

Otro de los grandes aciertos de este poemario es que supone un recorrido «por la cartografía del afecto» como escribe en «Las buenas intenciones». Algo de lo que cada vez estamos más huérfanos. Son textos en los que el autor escribe con ternura, con amabilidad, con delicadeza, sin levantar la voz, incluso muchas veces casi susurrando, de los diversos aspectos sobre los que van tratando sus reflexiones, con esa tranquila desesperanza  que comparte con uno de sus maestros, Mark Strand. Muy de agradecer ese tono en estos tiempos de permanente vocerío, alboroto, y escándalo.

Continuando con mis impresiones a partir de la lectura, tengo que decir que Antonio Herranz es un poeta, como ya decía antes, de esos que logran hacernos creer que somos nosotros los que realmente estamos escribiendo el poema a medida que lo vamos leyendo. Lo que explica muy bien José Mateos cuando escribe: En poesía, el lector es un usurpador, alguien que lee, sobre todo, no para informarse o dialogar con otro, sino para suplantar al poeta y poder expresarse él mismo leyendo». Hay toda una corriente de poetas que consideran que un poema es una partitura que el lector tiene que interpretar al leerlo. En la mayoría eso es algo muy difícil de conseguir. Lo logran a fuerza de destilar todo lo superfluo, todo lo que solo les pertenece a ellos, y buscando esa especie de «universales» en los que todos nos podemos reconocer. En el caso de Antonio Herranz sucede con asombrosa facilidad. Es como si al comenzar a leer un poema suyo, él se apartase, y dejase al lector con la agradable sensación de que es él el que realmente está creando el poema.

Un ejemplo de esto que acabo de decir lo encontramos en el poema «Previsión»

En la casa se compartían momentos
sin preguntas. Mejor no hacerlas.
Tuvimos suerte, eso es todo.
Sinceridad en llamas. Con pulcritud
el día reconstruía aquellos hechos
imprevistos, mientras nos mirábamos
mutuamente, como si intuyéramos
lo fácil de que todo se volviera a repetir.

Quién de nosotros, quién de nosotras no ha vivido, no ha escrito, o no ha pensado en algo similar tratando de explicar lo delicado que resulta mantenerse en ese casi imposible equilibrio inestable que supone cualquier relación de pareja.

Otro de los aspectos que quisiera resaltar de este poemario tiene que ver con la maestría, el oficio, el don, o como dicen en el flamenco el «ángel» que tienen determinados poetas como es el caso de Antonio Herranz, en el sentido de que parece como si fuesen «traduciendo» permanentemente la realidad, traduciéndola constantemente a poesía. (Tiene que ver esto con esa extracción de universales de que hablábamos antes). Expresándolo de otra manera, es como si nos enseñasen a mirar la realidad de forma diferente. Algo, que como nos dice en el poema «Hace tiempo»

Hace tiempo que aprendí a mirar
de otra manera, sobre todo a ese mar
de hielo cercano y triste de los hombres.

Pareciera como si partir de ese aprendizaje suyo él intentase transmitirlo a los lectores para ayudarles a mirar la realidad desde un punto de vista diferente. Como si pretendiese enseñarnos a interpretarla. Como si nos la acercase a una distancia en la que nuestra percepción de la misma fuese inevitablemente distinta. Una realidad, por cierto, a la que el autor considera que le sobran elevadas dosis de arrogancia. Contra la arrogancia tiene Antonio Herranz una particular batalla. Ve en la arrogancia uno de los disfraces a los que más se recurre para tratar de camuflar esa realidad. Ese posicionamiento contra la arrogancia, podemos entenderlo también como una pequeña reivindicación en cuanto a la propia escritura poética. Coincide con lo que plantea Roberto Juarroz cuando nos habla de que …el poema se nos revela como invención de realidad…pero la realidad no son solo los temas, es también una cuestión de tono, de actitud interior, de configuración simbólica y de manejo del lenguaje. Elementos que tienen un protagonismo destacado en los poemas de este libro.

Hablábamos al principio de paseos o recorridos mentales. También se pueden entender muchos de los poemas de este libro como una especie de conversación consigo mismo (converso con el hombre que siempre va conmigo, que decía Machado). Un contarse a sí mismo lo que está viendo, lo que está pensando…, lo que le está llamando la atención en ese momento. Algo de eso lo podemos encontrar en el «Poema ideológico»

La sensación de haber andado
todo este tiempo solo, me deja
la ocurrencia de haber estado hablando
únicamente conmigo mismo,…

Ahora bien, en esa conversación consigo mismo, Antonio Herranz va fijándose, va eligiendo, va deteniendo su mirada en esa realidad con la que se va encontrando, sobre la que va pensando, para luego trasladárnosla a los demás, siempre de esa manera especial y teniendo en cuenta dos cuestiones para él innegociables: huir, como ya hemos dicho, de cualquier atisbo de arrogancia, y tratar de conseguir, por todos los medios, que esa realidad que nos traslada, le resulte verdadera al futuro lector.

Lo que estoy queriendo decir, y tal vez no lo consiga, es que la verdad en poesía no es exclusivamente una cuestión de contenidos. Tiene también que ver, y mucho, con la forma. Esa especie de enfrentamiento, de pugna, de contradicción, entre la verdad y la arrogancia, lo resume muy bien en el final del poema «Paisaje», en el que el autor está en otro de esos paseos, en los que hablando solo, va contándonos sus impresiones:

…todo se vuelve compañía
y se siente que sobra la arrogancia.
Lo más parecido a la verdad.

Al hablar sobre la importancia de la verdad en la poesía, puede ser oportuno remitirnos a las palabras de Joan Margarit cuando dice que la poesía es uno de los recursos más serios para hacer frente a la intemperie moral. Es en ese sentido en el que podemos decir sin ninguna duda que muchos de los poemas de este libro son auténticas llamaradas de verdad. Pero reconociendo que siempre la verdad del poema está en el propio poema. Y aunque el poema venga siempre de la propia vida, el traslado de aquella al papel no garantiza por sí solo la verdad. Se necesita para ello una voz honesta, es decir, una voz exigente e íntima que trate de dar cuenta de la experiencia del propio autor de una manera que digan sin parecer lo que dicen y que conmuevan sin parecer que esto es lo que pretenden (Joan Margarit)

Como se ha mencionado, Antonio Herrnaz tiene ese «ángel», ese don, esa virtud de los grandes, de ir permanentemente traduciéndonos cualquier acto cotidiano al modo poesía, demostrándonos que todo puede ser «poetizable»: un paseo, un paisaje, un desencuentro, una preocupación, el amor, unos caballos, los refugiados, la injusticia del mundo…Un ejemplo de cómo traducir a poesía esa realidad lo tenemos en el poema «Tiempo de crisis», cuya última estrofa dice así:

…Hechos disfrazados de decencia
se restriegan furiosos en las esquinas
donde orinan furibundos los perros.
La amenaza se oculta en sus secretos,
quieren robarnos la esperanza.
Por su culpa, lo que queda es menos cada vez.

El autor sintetiza esa realidad, la exprime cuando escribe, hasta conseguir extraer de ella esa expresión sublime, esa visión que consigue que la realidad palpite en nuestro pecho al contemplarla en sus versos desnudos de todo artificio inútil. Al escribir somete a la realidad a un proceso de escrupulosa destilación que nos lleva por medio de una absoluta sencillez léxica y sintáctica a la esencia de lo que quiere contarnos. De tal forma que esa claridad, esa aparente sencillez, producen al leerlos una resonancia que perdura en nosotros como un eco prodigioso más allá del momento de la lectura.

Veamos, por ejemplo, cómo se expresa en el poema «Ojo por Ojo»

Tras la tapia, los ojos del caballo
con reflejos de nieve en la mirada.
Es invierno, huele a hierba rota.
En mis ojos se percibe el empeño
de vivir. En la distancia se mide
el silencio del heno esparcido
a la intemperie. Imagino la caricia
de la crin del caballo, el vapor de su aliento.
Su imagen recortando el crepúsculo
se hace antigua y pone una indulgencia
de miradas cruzadas. La mía,
buscando el orden de las cosas;
la suya, buscando el infinito.

Observamos también en este poema algo que se repite con cierta frecuencia, que es ese final rotundo, ese fogonazo deslumbrante, esa sacudida emocional, ese estremecimiento repentino, cumpliéndose lo que expresa Antonio Colinas cuando dice: …que en el verso la palabra ilumine….. Y que siempre, siempre conmueva.

Si tuviera que resumir en pocas palabras la poesía de Antonio Herranz, estas serían transparencia, claridad, autenticidad, caricia. Herranz nos confirma que lo más extraordinario y maravilloso de la poesía es su capacidad para contar una historia o hablar de una emoción en cuatro o cinco versos. Nos habla de lo que se puede transmitir con transparencia, sin trampas ni cartón, sin turbiedades. Nos habla en un tono que es casi un susurro, sin levantar la voz, sin estridencias, de tal forma que al escucharlo, al leerlo, su voz casi nos acaricia. Nos habla tratando de dejar las cosas muy claras, meridianamente entendibles, alejadas de cualquier confusión, de cualquier artificio que enrede o perturbe la posible comprensión de lo que nos está diciendo. Lo expresa muy bien en el poema «La transparencia»

De lo aprendido amo lo que se puede
transmitir con transparencia, lo que al leerse
te acaricia, lo que nos une como se une
el liquen y el árbol en la noche de los bosques.
Amo la claridad que se ofrece, incluso,
cuando me llena de una profunda inquietud.

Como se puede comprobar he pasado de puntillas por el análisis de los aspectos formales. Y ello por dos razones. La primera es porque lo considero poco atractivo y relevante. La segunda es porque Antonio Herranz consigue en este libro que los aspectos formales pasen desapercibidos. Conocedor de que son ellos los que la mayoría de las veces cargan con esa dosis de arrogancia de la que él tanto huye, los sitúa, consciente o inconscientemente, en un segundo plano, para que no nos despistemos ni por un momento de lo que realmente nos quiere transmitir. De tal forma de que uno tiene al leerlos la impresión de que cada poema ha sido tratado de manera diferente, como si cada poema exigiese su propio estilo, su propio lenguaje. Como el artesano que elabora sus piezas sin un método determinado, mimando al máximo cada una de ellas, y procurando darle esa forma única e irrepetible.

Finalizo expresando mi admiración por este poemario. Todos los poemas tienen un mensaje, un latido; transmiten una filosofía de vida, una manera de estar en el mundo. Casi todos encierran una reflexión profunda. Se ve una continuidad entre ellos. Tienen coherencia. Hay un recorrido premeditado de principio a fin. Los suele finalizar, además, con algún o algunos versos rotundos, sublimes, hechizantes, que cierran magistralmente el poema, dejándonos esa sensación de milagro que la buena poesía provoca al leerla. El milagro de que como decía Jaroslav Seifert: el poeta ha conseguido decir más que lo que esconde el rumor de sus palabras.

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