mayo de 2026

Clapton kepps on being God

Fotografía de Eugenio Rivera, del concierto

Efectivamente, Clapton sigue siendo Dios. Esa es la conclusión a la que unos cuantos llegamos la pasada noche del 7 de mayo de 2026, diría que los aproximadamente 18000 que tuvimos la suerte de estar en el viejo Palacio de los Deportes (siempre lo será se llame como se llame) para disfrutar durante una hora y veintidós minutos con la música y la presencia de Eric Clapton. Pero vayamos por partes. La banda:

Eric Clapton: guitarra, voz
Doyle Bramhall II: guitarra
Sonny Emory: batería
Nathan East: bajo
Tim Carmon: órgano Hammond B3
Katie Kissoon: voz
Sharon White: voz
Chris Stainton: piano y teclados

Todos de primera línea. Tratándose de una figura máxima de la historia del rock no puede ser de otra manera. Pero me detengo un momento en Chris Stainton. Un señor que ha tocado With a Little help form my Friends con Joe Cocker, Quadrophenia y Tommy (película) con The Who, Whale meat again con Jim Capaldi (Traffic), y temas con Ian Hunter, Marianne Faithfull, Ringo Starr, B. B. King, David Gilmour y… Eric Clapton. Muchas cosas con este último. ¿Se le puede pedir más aparte de ser un magnífico compositor?

Las introducciones a las canciones fueron magníficas. Incluso me lo planteé como una especie de juego de adivinanzas facilón. Digo facilón por que el guitarrista de Ripley es tan maravilloso que lo transmite con mucha elegancia y originalidad. Tal es así, que puede permitirse el lujo de dejar lucirse a todos y cada uno de los miembros de su banda, algo a lo que está acostumbrado desde Yardbirds, John Mayall & Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Derek & The Dominoes, etc. Y no es solo algo testimonial, dura bastante tiempo y lo hace en muchas ocasiones. ¡Qué maravilla!

El total fue de trece canciones. Empezó con Badge, época Cream, compuesta por él mismo y un tal George Harrison con quien compartió no solo música sino a Patty “Layla” Boyd. Una versión más larga que la original, aunque sin exceder los límites convencionales (a veces lo ha hecho). Siguió con el blues de Charles Segar Key to the highway, que ya había interpretado a menudo con B. B. King y con otro clásico, en esta ocasión del alucinante Willie Dixon, I’m your hoochie coochie man y el ya archifamoso I shot the sheriff con una introducción muy especial que hubiera hecho disfrutar con toda seguridad a su autor Bob Marley. Todas ellas con su Stratocaster blanca y negra característica y con un especial sonido metálico. Hay que ser muy virtuoso para sacar un sonido limpio con las pastillas tan cercanas a las cuerdas, pero estamos hablando del número uno.

Llegó a continuación la parte acústica del concierto con el primer homenaje a Robert Johnson tocando una versión espectacular de Kind hearted woman blues, seguido del inmortal de Jimmy Cox Nobody knows you when you’re down and out, con una calma característica que ya grabó también John Lennon. Siguió con una versión contenida de Golden ring para enlazar con sus dos grandes unplugged de los últimos tiempos en directo. Respecto a Layla, solo puedo decir que nunca he oído dos versiones iguales del genial guitarrista; y todas ellas aportando detalles geniales. Y siempre llega a su cara una tensión contenida al borde del llanto cuando es el momento de que suene Tears in heaven, dedicada a su hijo tristemente fallecido al caer desde el piso 53 de un edificio de Manhattan.

Fotografía de Eugenio Rivera del concierto

Y llegó el regreso a la Stratocaster (solo hay que esperar que la Papacaster llegue a tiempo para que Eric pueda tocarla). Ahí se alcanzó la perfección ya desde el inicio con Holy mother, casi un himno dedicado a Richard Manuel, teclista de The Band, para Clapton la esencia del grupo al que tuvo ocasión de acompañar en su despedida en San Francisco en lo que se llamó The last waltz, concierto plagado de estrellas inmortalizado en el cine por Martin Scorsese. Continuó el homenaje a Robert Johnson con Crossroads blues, en una versión mucho más próxima al original que en otros conciertos. Son muchas las versiones de este tema, aunque pienso que tocarla mejor que en el álbum de Cream Wheels of fire es sencillamente imposible. Completó el mencionado homenaje con Little queen of spades, canción que fue apoteósica al permitir el lucimiento de todos sus miembros mientras eran presentados uno a uno. El final… tenía que ser el Cocaine de J. J. Cale, especialmente duro y metálico en esta versión y, como siempre, coreado por el público.

Después de ese tema, la banda se va con la intención de descansar cinco minutos tras el escenario y volver para el bis. Al retirarse, un gracioso (según algunas versiones un ciudadano argentino), le lanza un vinilo que consigue impactarle y, tras un visible “Fuck” y un gesto de enfado, Eric decide no regresar al escenario dejando el evento en 13 canciones. Era probable que añadiese un par de ellas más y que fuesen, a tenor de los otros conciertos de la gira, White room y Before you accused me. Me parece bastante evidente que no se debe lanzar un vinilo a un señor de 81 años. A poco que se haya pisado un escenario, es bastante obvio que hay zonas del público que son difíciles de ver para el que está encima y que solo se da uno cuenta cuando resulta impactado. Personalmente, entiendo el enfado y disculpo a Mr. Clapton por su espantada. Me resulta mucho más difícil esa disculpa para el inconsciente que, a mi juicio, se pasó de la raya.

Pelillos a la mar. Al fin y al cabo, asistimos a un concierto épico y glorioso que quedará en nuestras vidas por corto que nos pareciese. Siempre hubiéramos echado de menos cosas, claro está, eso pasa siempre. Y lo de ver a padres con hijos allí, eso emociona mucho y es cada vez más frecuente. Hay pocos músicos que puedan conseguir eso.

Muchas gracias, rock. Muchas gracias, Eric.

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