Si me levanto muy temprano a veces sorprendo en el cuarto de baño —debo aclarar que no está especialmente sucio, me ha pasado en otros lugares— a uno o varios bichitos diminutos parecidos a gusanitos que no se dejan ver durante el día y que corren a esconderse a gran velocidad para asegurarse de que eso siga siendo así. Pues las planarias, que en cambio habitan en el fango de cursos de agua dulce, son muy parecidas, pero enormemente más extrañas desde el punto de vista biológico digamos «ortodoxo» -rivalizando con los tardígrados: https://hyperbole.es/2020/11/sopinstant-de-selenitas-y-la-teoria-de-la-panespermia/. Las planarias no miden más que un centímetro, son de color muy oscuro, y, conforme a los cánones habituales de las funerarias humanas, nunca mueren. No, al menos, de forma natural, supongo que podrían, por ejemplo, sucumbir al fuego, pero esa es una condición casi divina, porque también los dioses del paganismo podían ser asesinados pese a ser inmortales. Y no mueren porque si haces cachitos a una planaria (en el Fedón Platón plantea la muerte del cuerpo como una separación y descomposición de partes), cada trocito, por pequeño que sea, se regenera enteramente en el escaso plazo de dos semanas. «Se regenera» significa que aunque le decapites, el resto del cuerpo vuelve a generar un nuevo sistema nervioso y un cerebro plenamente operativo, que no se sabe de dónde ha salido, puesto que con la materia de mis pies no podría yo hacerme un cerebro nuevo, que a menudo me haría falta. A este portento se le llama «morfolaxis», y los biólogos no tienen la menor idea de cómo tiene lugar. Si Aristóteles, que fue el primer biólogo y uno de los mejores de la historia, hubiese tenido noticia de la existencia de la planaria, me temo que hubiese enfocado de un modo muy distinto su ontología de la substancia (ousía). Pero lo mejor ni siquiera es eso. Lo mejor es que cuando sometes a la porción de planaria que ha sacado un cerebro aparentemente de la nada a condiciones de entrenamiento pauloviano ya practicadas sobre su «padre» o matriz, resulta que lo recuerda todo, es decir, que la memoria de la planaria no residía en su sistema nervioso, sino en todo su cuerpo -esto, por cierto, sí que es más de Aristóteles, que entendía que el cerebro tan sólo sirve para refrigerar, y para quién la pysché es la forma del cuerpo al completo.
Pues bien: entre que la planaria no envejece, que repara sus heridas, que aparentemente no muere, y que para colmo acumula conocimientos en cada nuevo espécimen —su modo de reproducción es, como se imaginará, partirse adrede en dos de un modo que se diría doloroso—, ya estoy viendo a todos los transhumanistas milmillonarios del planeta, que espero que no sean muchos, pidiéndose un acuario de planarias por Navidad y metiendo sumas enormes de dinero en investigación del milagro transplanarista, a fin de aplicárselo a sí mismos, como ya hicieron sus legítimas esposas con el timo de la baba de caracol. Como muchos de ellos gusanos ya son, la idea se me antoja medianamente factible. Los demás nos podremos despedir de los transplanaristas como Sócrates lo hizo, según Platón, del Tribunal de Atenas: Pero ya es hora de marcharme: yo a morir, y vosotros a vivir. Quién de los dos lleva el mejor camino, es algo oculto para todos, excepto para el dios.











