mayo de 2024 - VIII Año

El enfoque de lo grotesco en la literatura de H. P. Lovecraft (I): Escribir contra los Hombres

Podemos mirar al abismo desde dentro, asumir que la existencia es una pura interpretación de lo cotidiano, todo lo cual aflora desde las pulsiones más particulares, de un prisma genuino que nos hace ser Hombres concretos.

Sobre un tamiz de  pensamientos  donde nosotros somos lo único que cuenta, surgen las auténticas pasiones del ser humano (sus miedos y sus sombras, sus esperanzas y sus alegrías) retratadas a partir de la representación velada que nos proporciona el mero inconsciente: así es como se construye el arte (incluimos la literatura, claro), el alegato final que denuncia la crisis total de nuestra era y como todo ello cristaliza en nosotros mismos forjándonos como personas de nuestro tiempo. Y esto es así porque donde siente uno, sienten todos los demás, en donde uno grita se escucha el coro de ditirambos de la Humanidad entera. La diferencia serán matices, acaso una percepción distinta provocada por la construcción de lo singular que viste un común denominador que a todos nos alcanza. Al final, el ruido de la proclama se confunde en una única voz entendible desde lo alto de la montaña.

Pero hay que escarbar, buscas las raíces que son puras y así descifrar el enigma, y no hay mejor lecho donde poder recoger ese sedimiento revelador que el sueño, la experiencia onírica, la verdad sin filtros reflejada en signos y símbolos que irracionalmente se suceden uno detrás de otro como si fueran los alaridos de un presidiario que pretende escapar de la mazmorra.

En el sueño está todo, es el registro del alma. No es casualidad, por lo tanto, que sea el laboratorio artístico por antonomasia (porque el arte es, en cierta manera, denuncia), al menos en aquellos movimientos tildados de reaccionarios tal y como defiende Ernesto Sabato a lo largo de toda su obra ensayística.

Pensamos en la literatura grotesca, por ejemplo, en los narradores de lo extraño, autores que entienden a la ficción como una manera de invocar a la sorpresa y a lo más terrible que atormenta nuestro espíritu, mostrándonos así una respuesta contradictoria frente al racionalismo cabal, al mundo estructurado de las cosas simples, que existen sin duda, aunque su única consideración genera una visión reduccionista de la existencia. Lo importante está fuera de los tentáculos de la razón, en el océano de lo desconocido: eso es lo que ellos nos intentan decir.

Es el caso del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), uno de los príncipes de la llamada novela “extraña” como él la definía, es decir, la continuación de lo gótico en la literatura ya en el contexto contemporáneo de la narración.

Realmente, con ese término aludimos a un marco prosaico en el que se entremezclan ingredientes no del todo originales por separado aunque la confabulación de todos ellos (nunca mejor dicho), dotan a la estructura del relato de una nueva originalidad especial donde el terror, la fantasía, la ciencia ficción o lo grotesco (es decir, lo gótico) se funden en un todo.

En la obra Escribir contra los hombres, una colección de fragmentos de la ingente  correspondencia conservada del autor de Providence y publicada recientemente por la editorial extremeña  Aristas Martínez (2023), está descrito todo el ideario lovecraftiano además con el aliciente de que es el propio autor el que se revela en forma de confesiones particulares a ciertos autores nóveles semidesconocidos de su núcleo de influencia (el denominado como círculo de Lovecraft).

En cada misiva seleccionada y organizada cronológicamente en una línea del tiempo vital se nos va mostrando su evolución temática ( y por lo tanto de pensamiento), que va de la fantasía dunsanniaba del principio hasta su madurez “realista” de la etapa final, pasando por el período “cósmico” de su período creativo central.

En este sentido, podemos destacar algunos apuntes significativos que habría que tener en cuenta si quisiéramos definir la realidad de la literatura de un autor al que no se le puede negar la influencia que ha tenido en la cultura pop, y que ha sido venerado por muchos y denostado por otros tantos.

En cuanto a las cuestiones de forma y estilo, Lovecraft es un continuador de la tradición más purista de la narrativa de lo extraño en forma de relato inicialmente corto (aunque luego fuera evolucionando hacia un formato de novela breve), iniciada quizás por el escritor también norteamericano Edgar Allan Poe, al que no duda  encumbrar en lo más alto del panteón de sus Dioses literarios.

También es reseñable su barroquismo exacerbado (sobre todo en la primera etapa de su obra) con una prosa poética muy reconocible nacida de la influencia de otros clásicos como el británico Lord Dunsany o los  poetas John Keats y Baudelaire, cuya influencia se manifiesta en relatos de su primera época como el maravilloso Polaris.

Precisamente, es esa composición la más significativa de tal período inicial (reconocida por el propio autor como texto destacado y corroborado por este lector suyo que lo suscribe), en donde la obsesión de Lovecraft por una mitología anterior a lo Humano (uno de los pilares fundamentales de su ideario, patente en sus primeros años de escritura) adquiere un clímax de belleza inconfundible y que continuaría desarrollándose en otras obras más tardías como Los mitos de Cthulhu.

Precisamente es ahí donde también ya aparece la importancia que el autor de Providence le otorga a la atmósfera del relato por encima incluso de la propia trama: Lovecraft, en su narrativa, se convierte en un observador lejano que mira desde los zócalos de sus obsesiones con un periscopio genuino la realidad-fantástica nacida generalmente de la propia experiencia onírica. En ese contexto,  las ciudades milenarias ( hay que reseñar  que la arquitectura urbana vetusta de su nueva Inglaterra natal fue una de las inspiraciones para la construcción estética de su obra), eternas e inmodificables a lo largo de los eones de tiempo, se  convierten per se en los verdaderos protagonistas de los relatos.

Poco a poco, el ideario Lovecraftniano se va nutriendo de nuevos aderezos como es el interés por lo cósmico (el Terror venido de las estrellas) que viste buena parte de su obra más central donde destaca quizás la obra El color que cayó del cielo.

Este asunto, como el anterior de la mitología,  será ya una constante a lo largo de toda su vida literaria. Podemos entender el alcance de tal obsesión como una cuestión de duda existencial, muy próxima a la que se puede descifrar en otros autores que también se mueven por las mismas lindes aunque su manera de afrontar la narrativa sea centrífuga  y no centrípeta en torno al Hombre concreto tal y como hacen los otros.

Todo esto lo podemos descubrir en algunos fragmentos de su epistolario. Por ejemplo, en la carta remitida a su colega el poeta Clark Asthon Smith con fecha de 17 de octubre de 1930, en donde Lovecraft confiesa:

En cuanto a mí, creo tener una versión muy fuerte de ese sentimiento cósmico. De hecho, sé que mis experiencias emocionales más potentes están relacionadas con la atracción del espacio insondable, el terror vacío exterior acechante, y la purga del ego para trascender el orden conocido y establecido del tiempo (del tiempo ciertamente, por encima de lo demás, y casi siempre en dirección al pasado), el espacio, la materia, la fuerza, la geometría y las leyes naturales en general(…)

Pero sin duda, el aspecto más reseñable e interesante de la literatura Lovecraftiana y que le hace estar dentro de la tradición en cuanto al ideario y a la estética gótica lo vemos representado en su etapa madura, a la que él se refirió como la realista y que entronca perfectamente con el concepto grotesco clásico en la literatura que tan bien define Graça P. Correia en su “Gothic Theory and Aesthetics”, en donde diserta sobre el concepto del uncanny psicoanlítico de Freud,  la proyección del inconsciente sobre el mundo sensible cuya idea fundamental es la transmutación de la cotidianeidad del entorno hacia un escenario (atmósfera en términos lovecraftianos) donde todo se vuelve extraño, aterrador, distinto, tal y como ya hemos explicado en alguna otra ocasión. Curiosamente, la dramaturga portuguesa utiliza en esa obra entre otros casos como ejemplos para describir dicho fenómeno literario el de Edgar Allan Poe y de su inmortal La Caída de la Casa Usher, escritor tan vinculado al autor que nos ocupa tal y como hemos justificado anteriormente.

Lovecraft establece que es ahí donde está clave,  en la dualidad entre lo irreal y lo racionalmente científico (la ciencia-ficción propia de En las Montañas de la Locura, por ejemplo) como la base de la sorpresa en el terror de lo “extraño”, tal y como confiesa en la epístola anterior en otro apartado diferente:

(..)Mi concepto de la fantasía, como forma aceptable del arte, no es una negación sino una extensión de la realidad(..). La función verdadera de la fantasía es darle a la imaginación terreno para expandirse sin límites y satisfacer estéticamente la curiosidad sincera y candente y sentido de la maravilla que una minoría sensible  de la humanidad experimenta hacia los abismos tentadores y provocativos del espacio inexplorado y de la existencia ignota, que irrumpe en el mundo conocido procedentes de infinitos desconocidos y en relaciones desconocidas de tiempo, espacio, materia, fuerza, dimensionalidad y conciencia(..)

De todo esto que hemos venido a discutir podemos extraer que hablar de Howard Philip Lovecraft es hablar de un autor necesario, cuyo legado, lejos de la estética rimbombante de un momento concreto (en mi modesta opinión lo menos interesante de lo que se mantiene), resulta ser un compendio de reflexiones que siguen una tradición literaria previamente definida y que intenta a su manera, poner el acento en la denuncia de una problemática que asola el espíritu del Hombre (no es de extrañar que en su obra surja una mitología completa) por un exceso de realismo atosigante que pone en jaque su propia existencia.

Para evitar eso, el autor aboga por hacer valer todo lo que hay detrás del velo racional que nos rodea, tal y como  admite  en una de las cartas que remite al músico Harold S. Farnese fechada el 22 de septiembre de 1932:

(…) el terreno de lo extraño debe continuar necesariamente teniendo razón de ser, y de que la naturaleza del hombre debe de seguir buscando expresión ocasional (aunque en grado limitado) en símbolos y fantasías que incluyan la frustración hipotética de las leyes físicas y la extrusión imaginativa de conocimiento y aventuras más allá de los límites que impone la realidad.

Sin duda, ahí tenemos reflejado el verdadero sentir de toda su narrativa, y sólo por ello merece la pena ser tenida en cuenta.

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