mayo de 2024 - VIII Año

Teofrasto: filósofo, pedagogo y botánico

Teofrasto

“El tiempo es la cosa más valiosa que el hombre puede gastar”

Teofrasto

Poco sabemos de este pensador que sucedió a Aristóteles en la dirección del Liceo. De algún modo se le puede considerar el precursor de la Pedagogía como disciplina y es uno de los más excelsos botánicos de la Grecia Clásica.

Como tantos otros varones destacados, su vida y su obra  están centradas en Atenas pero no era ateniense, sino que había nacido en la Isla de Lesbos, en el año 370 ó 371 aC.

Llegó a la que entonces era la capital cultural del mundo siendo un adolescente. Muy pronto se mostró interesado por las cuestiones especulativas y metafísicas en las que se había iniciado en su isla natal. Estuvo vinculado, durante algunos años, a la Academia Platónica… más tarde fue un estrecho colaborador de Aristóteles, incluso podríamos decir, su discípulo predilecto. Le sucedió como director de esta prestigiosa institución peripatética y bajo su ‘batuta’ alcanzó, probablemente, su etapa de mayor esplendor. Presidió esta institución por espacio de casi cuarenta años. Su verdadero nombre era Tírtamo aunque ha pasado a la posteridad con el apelativo de Teofrasto. Empezó a llamarlo con este apodo cariñoso Aristóteles, debido a  la sutileza, donaire y ‘chispa’ con que adornaba y exponía sus disertaciones… y, como sucede en tantos casos, este apodo terminó por imponerse.

La confianza que llegó a tener Aristóteles en él fue muy grande. Puede comprobarse por el hecho de que le encargó que custodiara sus escritos y, no sólo eso, sino que lo nombró legatario de su biblioteca, tutor de sus hijos y sucesor suyo en El Liceo, lo que le acarreó algunos disgustos con quienes también, aspiraban al cargo.

Una vez más, diversos datos de su vida pueden obtenerse a través de Diógenes Laercio. Fue un hombre longevo, vivió más de ochenta años y la ciudad de Atenas le tributó un sentido homenaje a su muerte. Tuvo un funeral público y multitudinario  como muestra tanto de su importancia, como del reconocimiento de la ciudad.

Una pregunta siempre interesante es ¿cómo surgieron las universidades? Creo que el pasado se proyecta sobre el presente y en cierto modo lo condiciona. En tanto que el presente reconstruye y reinterpreta el pasado. Entre las muchas cosas que los “viejos” griegos nos legaron están las universidades o al menos, el germen de ellas. Parece ser que las tres primeras fueron el Cynosargos, la Academia Platónica y el Liceo Aristotélico. La Ciudad-Estado de Atenas estuvo, siempre preocupada y ocupada, en formar ciudadanos. Precisamente por eso, eran frecuentes las donaciones públicas a estas instituciones y, también, las contribuciones de quienes creían que era importante la preparación intelectual de los que se harían en un futuro, cargo de la administración de los bienes públicos y de las tareas intelectuales y administrativas.

Cada vez que tiene lugar un descubrimiento arqueológico, se incrementan nuestros conocimientos sobre las formas de vida de la Grecia Clásica. Sobre el Liceo Aristotélico había centenares de referencias, pero hace algo más de veinte años, se localizó y se está recuperando. Era un lugar con jardines junto al río Eridanus, situado fuera de las murallas de la ciudad, cerca de los templos de Apolo y de Hércules.

Los terrenos los adquirió Aristóteles hace más de 2.350 años. Allí se formaron administradores de los servicios públicos, militares, políticos, técnicos y pensadores que ocuparon puestos de relieve en Atenas.

Era un lugar apacible. Por sus jardines paseaban y dialogaban e intercambiaban ideas los maestros con sus discípulos; de ahí la calificación de peripatéticos que se dio a esta Escuela. Aristóteles dejó su impronta realista en esta institución. A diferencia de la Academia, sus principales preocupaciones no eran metafísicas ni teóricas sino empíricas y prácticas. Significó un avance fundamental en lo que respecta a clasificar, ordenar y observar atentamente la naturaleza, su fauna y su flora.

Como en cualquier otra institución formativa griega, se cuidaban los aspectos físicos y había una preocupación por los temas filosóficos, políticos y concernientes a la filosofía moral.

Puede decirse que también estaban en vanguardia en muchos aspectos. Sabemos que llegaron a estudiarse y comentarse obras del sofista Protágoras y que el pensamiento de Sócrates estaba presente en lo que podríamos calificar las bases de su plan de estudios.

Cuando Teofrasto se hizo cargo de El Liceo sus preocupaciones acerca de la naturaleza, la lógica y la moral se vieron incrementadas. Ha ejercido una influencia posterior nada desdeñable en algunos autores, por ejemplo ‘Sus caracteres morales’ tuvieron una amplia repercusión en el pensamiento de Jean de La Bruyère (1645/1696), quien los tradujo, valoró su importancia y tuvo a Teofrasto en alta estima.

Resulta interesante conocer lo que se estudiaba en El Liceo. Por las mañanas, fundamentalmente Filosofía, más por las tardes las enseñanzas eran de carácter más general y divulgativas. Allí podían adquirirse fundamentos de política, una iniciación al estudio de las ciencias naturales, aspectos de filosofía moral, medicina y, también, lógica y retórica. Por supuesto, en esos fundamentos de educación había lugar para los estudios de los clásicos, sobre todo, Homero.

Es conocida la pasión que sentía Aristóteles por la ‘Ilíada’, de hecho,  los textos homéricos eran leídos y comentados y formaban parte de lo que podríamos llamar la educación sentimental de los jóvenes griegos. Sabemos que Aristóteles no sólo la leía sino que la anotaba al margen. Se la regaló a Alejandro Magno que la llevaba consigo en sus expediciones y guardaba bajo su almohada.

En El Liceo habían tomado muy buena nota de una idea sustancial aristotélica. Ni se pueden ni se deben separar los saberes científicos y humanísticos. La realidad es un todo compacto y no es en absoluto conveniente que los saberes se escindan, parcelen e incluso se den la espalda. Todavía las ramas no se habían desgajado del tronco común de la Filosofía.

Tiene pleno sentido exponer lo que pretendían, que no era otra cosa, que quienes acudían a El Liceo pensaran por sí mismos, tuvieran ideas propias, no se limitaran a repetir mecánicamente los conocimientos adquiridos y tomaran conciencia de la importancia, para el equilibrio de la Ciudad-Estado, de practicar y difundir valores como la libertad, la justicia…

Aprendían a considerar deseable la equidad y a huir de la desmesura. Valoraban, en su justa medida, la importancia de la autonomía personal y tenían una conciencia clara de que la defensa y protección de los bienes comunes eran en todo, preferible a las de  los bienes particulares. Téngase en cuenta que para los antiguos griegos mientras los primeros cohesionan, los segundos contienen un peligroso germen disolvente.  Posteriormente, El Liceo se trasladó a Alejandría donde experimentó una nueva etapa de florecimiento y brillo intelectual.

Regresemos a Teofrasto para poner en valor sus contribuciones en distintos ámbitos científicos y humanísticos que han sido reconocidas por la posteridad, aunque no con la amplitud que merecía. Algunas de sus obras, aunque hayan llegado hasta nosotros mutiladas, han sido imprescindibles para iniciar observaciones y estudios de una importancia innegable. Así sucede, por ejemplo, con ‘Sobre el origen de las plantas’  que mereció indudables elogios, no sólo por parte de quienes tuvieron la oportunidad de leerla, sino de quienes recogieron mucho después, las observaciones que sobre ella se habían escrito. La importancia de El Liceo fue enorme, hubo momentos en que contó con más de dos mil estudiantes, lo que excede con mucho  a otras instituciones educativas coetáneas.

La figura de Teofrasto me parece interesante. Está repleta de innovaciones meritorias y, sobre todo muy modernas. Por ello debe estudiársele más afondo de lo que se hace. A veces pienso, que hay personajes e historias que aguardan durante mucho tiempo para salir a la luz ‘resucitar y ser contadas’. El segundo director del Liceo es una de ellas.

Vista con perspectiva, su vida sin dejar de ser enigmática y dedicada al estudio y a la docencia tiene aspectos originalísimos. Cuando paso unos días en Atenas suelo imaginarlo buscando remansos de soledad,  deambulando por los espacios emblemáticos de la ciudad  o apoyado en un capitel corintio. A orillas del Eridanus contempla el paisaje. Los árboles se reflejan en el río. Todo se renueva en la naturaleza y hay que observar y aprehender lo efímero y cómo transcurre el paso del tiempo.

Hay lugares como el Sitio Arqueológico de El Liceo que son un ‘refugio de la historia’ desde el que se ven pasar las lentas primaveras y los fugaces otoños. De cuando en cuando, no es desaconsejable ni mucho menos, observar las cenizas del pasado, con el fin de participar de un tiempo irrepetible que se fue. La luz de la Grecia Clásica ‘no se ensucia’, sus cielos intensamente azules, tampoco.

Tal vez sea el momento oportuno de señalar que hombres de una trayectoria destacada en este periodo, como el comediógrafo Menandro, no solo asistió a El Liceo sino que fue uno de sus alumnos predilectos. Continuemos explorando los perfiles de Teofrasto. Es un dato esclarecedor que se le considera el primer pensador que hizo un esfuerzo por convertir la Pedagogía en una disciplina sistemática. El hecho de haber sido señalado como el proto-pedagogo no es excesivamente conocido… pero sí, marca muy a las claras, la importancia de este polifacético, intelectual, filósofo y botánico. Los jóvenes que allí se formaban debían seguir una hoja de ruta, un itinerario para adquirir conocimientos y valores a través de apropiados e innovadores métodos.

Teofrasto fue valiente, tuvo que hacer frente a acusaciones de irreligiosidad, impiedad e incluso ateísmo, que estuvieron a punto de acarrearle serios disgustos, como le ocurrió a Sócrates. No obstante, salió incólume y mereció la admiración y el respeto de la ciudad que, como ya hemos comentado, se volcó en sus funerales siguiendo el cortejo hasta la tumba.

Hubiera tenido un valor inapreciable que, hubiese llegado hasta nosotros la totalidad de sus obras. Lamentablemente, como en otros muchos casos, no ha sido así, unas se han perdido y de otras solo disponemos de fragmentos más o menos amplios. Sin embargo, no han faltado autores que han compensado esta falta de información proporcionándonos datos muy útiles para recomponer un ‘puzle’ aunque incompleto. Siguen faltando muchas piezas. Aludiremos entre estos, en primer lugar a Diógenes Laercio más también,  a Alejandro de Afrodisias, uno de los  mejores divulgadores del pensamiento aristotélico,  así como el heleno-bizantino Simplicio.

¿Cómo lo recordaban? ¿Qué destacaban de su pensamiento? Sin duda, como un excelente divulgador de las ciencias, sobre todo de la botánica y autor de tratados que tuvieron una influencia y repercusión  posterior innegable. Hoy se considera que su contribución a la ciencia botánica desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, ha sido seminal y duradera.

Hemos comentado antes, que el filósofo, moralista  y pensador satírico, de pluma afilada Le Bruyère se inspiró, en no poca medida, en sus tipos morales a fin de criticar los vicios de su tiempo –y por extensión- del nuestro: la soberbia, la pedantería, la hipocresía, la falsa erudición… Es oportuno señalar que tal vez se trate de la primera obra que describe y sistematiza lo que hoy se denomina como caracteres. Debe tenerse igualmente en cuenta, que algunos consideran que son el esbozo o germen para la composición de una obra de mayor extensión y profundidad. Es sólo una hipótesis o una posibilidad aunque atrayente.

Siempre me ha causado una incuestionable admiración, el uso del tiempo que hacían los antiguos griegos. Puede decirse, sin exageración, que se sentían dueños del tiempo en lugar de esclavos, que van de un lado a otro atropelladamente sin llegar a sentirse nunca dueños de su propia vida, corriendo y corriendo para no llegar a ninguna parte.

Amable lector/a, me atrevería a sugerir que, cuando pase la pandemia que nos azota, la próxima vez que visite Atenas, guarde un rato para darse una vuelta, sin prisas, por el Sitio Arqueológico, donde se conservan los restos de El Liceo. Será un encuentro fructífero con el pasado. Allí surgieron ideas, conceptos, formas de entender la vida, la naturaleza, la ciencia y las humanidades que han jugado un destacado papel en el pensamiento occidental.

Me agrada pensar y repensar que profundizaron mucho y bien en la condición humana. Quizás en una futura entrega para “Entreletras” me decida a hablar de los orígenes de la historiografía, que es tanto como decir, de Herodoto y de Tucidides.  Fueron capaces de vislumbrar, por encima de los hechos bélicos, la importancia de la empatía y de la otredad y la conveniencia de que impere el respeto y la cordialidad entre los pueblos. ¡Cuánto tenemos que aprender de los antiguos griegos! Quizás uno de nuestros ‘agujeros negros’ sea haberlo olvidado y desconocer o despreciar, que viene a ser lo mismo, su legado. No sólo inventaron la Filosofía, sino también, la Historia y los requisitos imprescindibles para edificar los cimientos de los métodos y conocimientos científicos.

Tal vez haya que volver sobre la historia del Liceo, sus vicisitudes, las etapas por las que atravesó, las personas de más enjundia que lo dirigieron  y sus relaciones con las otras escuelas de la Grecia Clásica y del Periodo Helenístico: platónicos, epicúreos, estoicos, escépticos y cínicos. Sería de notable interés rescatar del olvido, por ejemplo, a Estratón de Lámpsaco, sucesor de Teofrasto.

Estas reflexiones van llegado a su fin. Quisiera, como colofón, poner en valor la modernidad de muchas de sus empresas que podríamos calificar, sin exageración, como logros científicos. La biogeografía, a título de ejemplo, le debe mucho en especial en lo referente a las migraciones de plantas y animales. Es también, proyectivo y muy actual su concepto de lo que hoy llamamos ‘nicho ecológico’. No es nada descabellado, por tanto, que algunos autores lo denominen ‘padre de la botánica’, rindiéndole un merecido tributo.

No será ocioso incidir en que divulgó determinadas teorías aristotélicas siempre dándoles un cierto toque personal. A este efecto me referiré a su opúsculo ‘Sobre metafísica’ que siguiendo la estela del estagirita, también denomina ‘Sobre los primeros principios’

Nada es tan absurdo ni pedantesco, como afirmar que sobre un asunto está todo dicho. Hay mucho que rescatar, que repensar, que divulgar sobre los griegos y sus hallazgos científicos y humanísticos  y sobre el recorrido que han tenido sus ideas y descubrimientos en la historia del pensamiento occidental, hasta nuestros días.

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