noviembre 2022 - VI Año

ENSAYO

El escepticismo, revisitado

El pensador de Rodin

El problema de la verdad es central en todos los saberes, pues saber es poseer intelectivamente con verdad las cosas estudiadas. Es decir, para que una concreta ciencia o disciplina de estudio pueda constituirse en “saber”, no puede ser cualquier cosa; ha de tratarse de un saber que dé razón de sí mismo y de la verdad de sus asertos sobre los objetos y fenómenos estudiados por ese “saber”. Si no, no se le puede considerar exactamente un “saber”. Si se pasa del plano epistemológico al de la ética, el problema de la verdad gana más trascendencia aún, pues ¿qué ética sería aquella que se fundamentase en presupuestos falsos?

Los antiguos llamaron “dogmáticas” a las escuelas que postularon la existencia de la verdad y, así, fueron “dogmáticos” Pitágoras (569-475 a. C.) y el pitagorismo, Parménides (aprox. 515-460, a. C.), la Academia platónica, el Liceo aristotélico, los estoicos y los epicúreos. Las demás escuelas, presocráticas o postsocráticas, tomaron cautelas sobre la posibilidad de conocer con total verdad la realidad de la physis (naturaleza) y la del hombre. Por eso usaron las ideas de certeza y de probabilidad, especialmente los atomistas y los epicúreos. El pirronismo, por su radical negación de la verdad, ocupó una peculiar posición, pues se lo consideraba un dogmatismo más, pero inverso: solo existe una verdad indubitable, y es que la verdad no existe.

Presocráticos y sofistas, excepto los pitagóricos y Parménides, mantuvieron planteamientos escépticos. El primero que sostuvo la existencia de la verdad de modo incondicionado fue Pitágoras (569-475 a. C.), con su propuesta de “matematización” de la realidad natural (physis). Por contra, Thales de Mileto (624-546 a. C.) y los milesios, o los atomistas Demócrito (460 -370 a. C.) y Leucipo (primera mitad del siglo V a. C.), o Heráclito de Éfeso (540-480), mantuvieron precauciones ante la “verdad”. De entre todos los presocráticos que estudiaron la physis sería Parménides de Elea quien estableciese la definición de la verdad como la identidad entre el pensar y el ser (“pues es lo mismo el pensar y el ser”, dice en su poema).

El escepticismo (del griego σκεπτικός –skeptikós-, el que examina) conformó una de las escuelas socráticas menores, entre las que se integran también a los estoicos y a los epicúreos (ver artículo sobre Epicuro de Samos). Usualmente se dice que el escepticismo antiguo se caracterizó por su negación de la verdad. Sin embargo, estos dos asertos -que el escepticismo fue una única escuela y que negaba radicalmente la verdad- deben ser convenientemente matizados. No todos los habitualmente considerados escépticos han negado la posibilidad de la verdad, al menos radicalmente, y tampoco está claro que los escépticos hayan constituido una única escuela de pensamiento.

Las escuelas socráticas menores -epicúrea, estoica y escéptica-, surgidas a finales del siglo IV y principios del siglo III (a. C.), no fueron fundadas por discípulos directos de Sócrates (470- 399 a.C.). Sí lo fueron sus predecesoras inmediatas, la escuela Megárica, fundada por Euclides de Megara, la Cirenaica, creada por Aristipo de Cirene y la Cínica, fundada por Antístenes. Los tres, Euclides, Aristipo y Antístenes, fueron discípulos directos de Sócrates. La denominación de “socráticas” de estas tres escuelas procede de su proximidad temporal e intelectual al Sócrates (ver artículo sobre Sócrates) del siglo de Pericles (el siglo V a. C.).  Las escuelas megárica, cirenaica y cínica se fundaron a comienzos del siglo IV (a. C.) y de ellas derivarían epicúreos, estoicos y escépticos a finales de ese siglo.

Epicuro

A diferencia de sus predecesores, epicúreos, estoicos y escépticos no fueron exactamente socráticos. Esas tres escuelas nacieron a finales del siglo IV y comienzos del III (a. C.), en un mundo mental y políticamente muy distinto al de Sócrates. Sócrates vivió el auge y caída de la Polis, pero epicúreos, estoicos y escépticos, vivieron bajo las monarquías helenísticas que sucedieron a Alejandro Magno (356-323 a, C.), y luego bajo el Imperio Romano. Sería pues más adecuado denominarlas escuelas post-platónicas y post-aristotélicas, en lugar de escuelas socráticas. También por esa razón se las denomina escuelas helenísticas, aunque también se las denomine segunda generación de las escuelas socráticas menores.

La primera formulación del escepticismo se atribuye a Pirrón de Elis (365-275 a. C). Pero Pirrón limitó sus enseñanzas a la ética y no tuvo sistema filosófico. Inicialmente no se consideró escéptico al pirronismo. Pirrón había estudiado el atomismo de Demócrito con su maestro Anaxarco (amigo de Alejandro Magno), que vivió en el siglo IV (a. C.). Y acompañó a Alejandro Magno en su expedición a la India, donde conoció el pensamiento hindú. Vuelto a Grecia, estudió a cirenaicos y a cínicos. En el siglo I (a. C.) Enesidemo (80–10 a. C) consideró a Pirrón el primer escéptico y sistematizó el escepticismo. Después, en el siglo II, Sexto Empírico (160-210) volvió a postular al pirronismo como la posición radical y, por tanto, auténtica del escepticismo.

Platón (427-347 a. C.), en sus Diálogos, había rebatido las tesis sofísticas y presocráticas cuestionadoras de la verdad, especialmente en el Gorgias, o de la retórica. En este diálogo, junto a Sócrates, participan el sofista Polo y Caliclés, un representante de tesis pre-cínicas, valga la expresión, en quien se ha querido ver un precedente de la “voluntad de poder” de Nietzsche. Ambos niegan todo valor y existencia a la verdad. También participa Gorgias, autor de una célebre e inquietante cita: La verdad no existe; si existiese, no podría ser conocida, y si llegase a ser conocida, no podría ser comunicada. El platonismo, al menos aparentemente, habría rechazado y rebatido el cuestionamiento de la verdad, propio de los sofistas y de los presocráticos. Pero, ¿era eso realmente así?

Platón (ver artículo sobre Platón) concibió su filosofía como una totalidad plena, un pensamiento completo y cerrado, elaborado a partir de la dialéctica. Sin embargo, el proyecto platónico quedó inacabado. Si lo hubiese concluido, es posible que la evolución de su Academia no se hubiese orientado hacia el escepticismo. Los sucesores de Platón no consideraron posible asegurar que el conocimiento pudiera captar absolutamente la realidad, lo que fundamentaron en la denominada duda socrática (sólo sé que no sé nada). Esta transformación de la escuela platónica tenía algo de paradójico, pues Platón era considerado dogmático. De ahí que, ya en la antigüedad, se estudiase ese cambio, pues fue un cambio en la Academia, no un cambio de sistema filosófico, que siempre fue el platonismo.

Cicerón (106-43 a. C.) fue uno de los primeros romanos que escribió filosofía en latín, así como uno de los introductores de la filosofía griega en Roma. El mismo estudió y trató con casi todas las escuelas, lo que le permitió conocer los postulados de platónicos, aristotélicos, epicúreos, estoicos, cínicos y hasta de los pirrónicos. Cicerón fue un filósofo de autoridad indiscutida. El epicúreo Lucrecio (99-55 a. C.), le consultó el manuscrito de su De Rerum Natura, antes de editar las copias para difundirlo. En filosofía, Cicerón fue de los primeros en buscar una posición ecléctica entre las diferentes doctrinas, intentando establecer una filosofía del sentido común, susceptible de general aceptación, aunque no lo consiguió.

En su obra Cuestiones Académicas, Cicerón fue el primero en distinguir los tres períodos de la misma, antigua, media y nueva, y estudió la deriva escéptica de la Academia platónica, pero no mencionó al pirronismo. Cicerón consideraba el escepticismo una actitud propia y específica de la Academia platónica (media y nueva), que culminaba la tradición escéptica presocrática. Cuando Cicerón se refería a los antecedentes del escepticismo, fundaba éste en el socrático «sólo sé que no sé nada» que, a su juicio, resumía las cautelas presocráticas sobre la verdad. Para Cicerón, el escepticismo culminaba en la Academia platónica, pese a que Platón fuera considerado “dogmático”, es decir, que defendía la existencia de la verdad.

Platón

Cicerón no consideró “escéptico” al pirronismo. Lo había estudiado y conocía la obra de su sistematizador, el citado Enesidemo, contemporáneo suyo. Existieron pues, al menos, dos líneas escépticas, la pirrónica o radical, y la académica, mas mesurada. Para Cicerón, el pirronismo no era exactamente escéptico, sino un dogmatismo invertido. La radical negación pirrónica de la verdad era el punto débil del pirronismo: si se afirma que la verdad no existe, con seguridad de que eso es una verdad incuestionable, se incurre en algo más que en una contradictio in terminis. La no consideración del pirronismo como escéptico se apoyaba en la ausencia de obra escrita de Pirrón y en que Pirrón solo estudió la ética.

Sexto Empírico (160-210), médico, filósofo y el gran historiador del escepticismo, fue el más destacado pensador del escepticismo antiguo. En su obra Adversus Mathematicos se manifestó como un escéptico moderado. Su obra más famosa, Hipotiposis Pirrónicas (también traducida como perfiles, esbozos o semblanzas pirrónicas), es la principal fuente de conocimiento del pirronismo y su evolución, en los casi 500 años que separan a Pirrón de Sexto Empírico. Sexto Empírico rompió con la consideración ciceroniana del escepticismo, reivindicando a Pirrón. Frente a Cicerón, que consideraba que el escepticismo se inició con los presocráticos y culminó en Sócrates y Platón, Sexto Empírico remitió la genealogía del escepticismo a Pirrón.

Su negación de la verdad fue muy matizada, pues admitía verdades incuestionables. Escéptico moderado, consideraba al escepticismo un modo de aproximarse al conocimiento de la physis (realidad). No consideró a Pirrón fundador del escepticismo, pues eludió señalar un creador determinado. Si destacó a Pirrón, fue por que éste había representado la actitud escéptica más radical, lo que lo alejaba del escepticismo académico de Cicerón. Para SextoEmpírico, el escepticismo no procedía de la Academia, sino del pirronismo, culminación del escepticismo presocrático, pues Pirrón había dado un salto cualitativo: los que precedieron a Pirrón no llevaron el escepticismo hasta sus últimas consecuencias, lo que sí hizo Pirrón.

También sostuvo Sexto Empírico un relativismo fenoménico, anti-metafísico y empirista, desde perspectivas escépticas. Para él, lo único que podemos saber y decir de las cosas y del mundo es de qué modo afectan al hombre, no lo que sean en sí mismas. Su escepticismo no fue tan radical como el que él mismo atribuyó a Pirrón. En la ética, frente a la “apatía” (απάθεια) pirrónica, Sexto Empírico propuso una ética del sentido común con cuatro orientaciones para la vida práctica: la experiencia de la vida, las indicaciones que da la naturaleza a través de los sentidos, las necesidades del cuerpo y las reglas de las artes. También criticó la silogística aristotélica y estoica, al considerar el silogismo, en general, un círculo vicioso. Y fue también muy crítico con la ética y la teoría de la divinidad de los estoicos.

La aparición del cristianismo, legalizado en el año 313 (Edicto de Milán) y declarado religión oficial del Imperio, en el año 380 (Edicto de Tesalónica), produjo el final de la filosofía antigua. El cristianismo otorgaba a la verdad revelada por Dios un valor mayor que a las verdades de las ciencias o de la filosofía. La duda escéptica perdió sentido en un mundo en el que apenas se dudaba. Y la propuesta ética del pirronismo, la apatía, tampoco podía encontrar acogida en una religión que daba mucha importancia a la acción, a las obras. El triunfo del cristianismo deparó la adaptación al mismo de todas las escuelas postsocráticas, aunque algunas de ellas, como la epicúrea y la escéptica, declinaron y casi desaparecieron durante siglos, hasta su posterior recuperación en el Renacimiento.

San Agustín de Hipona

La recuperación renacentista del escepticismo no surgió de la nada. El escepticismo se mantuvo en el medievo en estado de latencia. Se utilizó de modo instrumental para dudar de las verdades filosóficas y reafirmar la verdad revelada por Dios. De ese modo, mantuvo alguna vigencia el argumentario escéptico en la Edad Media. Primero en la patrística y en San Agustín (354-430), y luego en la escolástica, especialmente en la franciscana. Esa latencia permitió el resurgimiento del escepticismo en los siglos XVI, XVII y XVIII.

En el agustinismo se mantuvo el tenue escepticismo medieval, inspirado en el platonismo, no en el pirronismo. En esa misma orientación se situó la escolástica franciscana, de inspiración agustinista y platónica, frente a la escolástica de los dominicos. Los franciscanos más destacados de esta tendencia fueron Rogerio Bacon (1214-1294), Juan Duns Escoto (1266-1308), Guillermo de Ockham (1280-1249) y, sobre todo, Nicolás de Autrecourt (1299-1369). Autrecourt, discípulo de Ockham, fue el único escéptico reconocido de la Edad Media. El Papa condenó su doctrina en 1346. Estos autores desarrollaron su pensamiento para cuestionar la excesiva confianza en la razón de los escolásticos dominicos (aristotélicos).

La reaparición renacentista del escepticismo se vio impulsada en el siglo XVI con la recepción en occidente de los originales griegos de las obras de pensadores escépticos fundamentales, como Diógenes Laercio y Sexto Empírico. Esta recuperación se vio favorecida por la Reforma Protestante (1517), conforme fue apreciándose la potencia de la crítica escéptica en las disputas religiosas. El argumentario del escepticismo permitía hacer críticas demoledoras.

La corriente escéptica halló mejor acogida en el campo católico. La Iglesia tradicional oponía las dudas escépticas frente a las propuestas reformadoras, para reforzar el recurso de la fe y la revelación, que estaban en manos del catolicismo. La Iglesia Católica afrontó las aventuradas propuestas de los reformadores religiosos, aplicando a esas propuestas la crítica escéptica. En este contexto, el escepticismo halló el momento de despertar del letargo medieval. En el Renacimiento, platónicos como Nicolás de Cusa (1401-1464), Erasmo de Rotterdam (1466-1536) o Juan Luis Vives (1492-1540), prepararon la recepción del escepticismo.

Michel de Montaigne

Entre los escépticos del Renacimiento debe destacarse a Michel de Montaigne (1533-1592) y a Francisco Sánchez “el Escéptico” (1550-1623). Montaigne retomó el escepticismo en su ensayo Apología de Raimundo Sabunde, en el que afirmó que no se puede tener un conocimiento seguro de la realidad, salvo que Dios lo conceda. Y Sánchez, autor de una obra fundamental, Quod nihil scitur (Que nada se sabe), fue tomado por Descartes, pero de adverso, para fundamentar su duda metódica, con la que el escepticismo volvió a recuperar una posición independiente, que se desarrollaría hasta el Siglo de las Luces.

El escepticismo se expandió en el siglo XVIII. Hasta en la racionalista Francia ganó gran influencia con la obra del empirista Condillac (1714-1780). Pero el más destacado escéptico del Siglo de las Luces fue David Hume (1711-1776), que siguió un escepticismo moderado (Académico). Empirista, Hume argumentó que no hay ningún sólido fundamento para creer en Dios, en el yo o en el alma, como tampoco lo había para hacerlo respecto al mundo externo, la necesidad causal o la moralidad objetiva.

El siglo XVIII culminó con la filosofía crítica de Kant (1724-1804). En su Crítica de la Razón Pura, Kant rechazó el escepticismo de Hume que, no obstante, le merecía mejor juicio que el dogmatismo de racionalistas franceses y alemanes. Un mejor juicio en directa relación con la definición kantiana de la “cosa en sí”, inaccesible al conocimiento. Para Kant, sólo cabe conocer los fenómenos perceptibles del mundo, pero no su noumeno (la esencia de las cosas). Kant incorporó así cierto escepticismo a su filosofía crítica, un escepticismo que desarrollarían las escuelas neokantianas de mediados y finales del siglo XIX, y en el siglo XX. En este siglo, las diversas corrientes de la filosofía analítica también compartieron la visión escéptica de la verdad y la realidad.

También en los siglos XIX y XX otros pensadores y escuelas utilizaron la argumentación escéptica radical. Es el caso de Nietzsche (1844-1900), o el de los existencialistas alemanes y franceses. Y también han utilizado la crítica escéptica los autores de la denominada filosofía posmoderna (ver artículo sobre filosofía posmoderna). Pero no se puede afirmar que ninguno de ellos fuese realmente escéptico. Todos fueron nihilistas radicales y, de un modo dogmático más que escéptico, negadores radicales de la idea de verdad y de la realidad en su conjunto.

Pero, al igual que entre el cínico ateniense y cínico contemporáneo media la transformación de la rebeldía en conformismo, entre el escepticismo de los antiguos y el de los posmodernos media el colapso del pensamiento en cuanto tal. Para Pirrón, el pensamiento era un impulso interno, un fuego interior llamado a abrasar y consumir el “ser en sí” de cualquier objeto externo al hombre, mientras que para los posmodernos el pensamiento no pasa de ser una mera colección de arbitrariedades “transversales”.

Pedro López Arriba

Licenciado en Derecho y Filosofía (UAM) y funcionario de la Administración del Estado

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Cesare Beccaria, un ilustrado frente a la barbarie

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Política y pensamiento científico

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El infinito viajar

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El político y el científico

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Enrique Tierno Galván

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Nos sigue haciendo falta Tierno Galván

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Albert Camus, un extranjero rebelde entre seres alienados

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Los miedos de Baruch Spinoza

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Lenin, la Revolución como Ciencia

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Virtualidad y cultura (La realidad fingida)

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Cataluña y la ‘navaja de Occam’

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Epicuro: el filósofo de los placeres moderados

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Isaiah Berlin, un excelente y polémico ensayista

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Rafael Méndez (1906 – 1991)

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La serena inteligencia de Kolakowski

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La posibilidad de la utopía

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1 de octubre, 2018: días antes de un día después

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Año 2018: ¿tiempo de la gran revisión constitucional?

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Introducción estival al concepto de ‘liderazgo político’

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Todo cambia…algo permanece

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El sentimiento trágico de la vida

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Adorno: Reflexiones desde la vida dañada

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¿Por qué nadie recuerda a Daniel Bensaïd?

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Cataluña, ‛casus belli’

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Ferrater Mora, un catalán universal

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Gramsci y Maquiavelo

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La educación y la filosofía como utopía

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El laicismo en Habermas y su origen griego

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Walter Benjamin, fracturas de la modernidad

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Demos la palabra a Herbert Marcuse

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Los misterios de Homero

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La función de las ideologías según Max Horkheimer

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Les presento a Margarita Nelken

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Impunidad, no gracias

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La vigencia de Erich Fromm

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María Zambrano está viva

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Buscando a Fernando Pessoa

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El encuentro borgiano de Shakespeare y Cervantes

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Dones de Amor, ay, cuitas de Amor

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Intransigencia y control social: Flaubert y Baudelaire en el banquillo

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El día que conocí a Ernesto Cardenal

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Li Po y la melancolía

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Epicteto de Hiérapolis (55dc/135dc), un esclavo filosófo del periodo helenístico

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Gianni Vattimo y el “pensiero debole”