diciembre 2021 - V Año

ENSAYO

Platon, ¿empirista?

Nietzsche (1844-1900) sostuvo que la tarea de la filosofía del futuro, y de la suya propia, claro, consistiría en invertir el platonismo. Es decir, en eliminar la dualidad establecida por Platón (427-347 a.C.)  entre el “mundo de las esencias” y el “mundo de las apariencias”. O sea, la abolición de la dualidad de la esencia frente a la apariencia, para reivindicar la apariencia, es decir, el fenómeno. Mas la recusación nietzscheana no sería original de Nietzsche, pues reconduce a Hegel (1770-1831) y, más aún, a Kant (1724-1804). Y es que tanto Kant, como Hegel, centraron casi completamente su filosofía en esos asuntos. Y, desde luego, es más que dudoso que Nietzsche quisiera expresar lo mismo que ellos.

Quizá resulte demasiado abstracta esa idea nietzscheana de “invertir” el platonismo, que recuerda un poco lo que se ha dicho a menudo que hizo Marx (1818-1883) con Hegel, al darle presuntamente la vuelta. Y, además, ese propósito expresado de realizar la “inversión del platonismo”, ente otras dificultades, deja en la penumbra, casi fuera de visión, las motivaciones metodológicas reales de Platón para haber establecido esa dualidad. La motivación real de la Teoría de las Ideas platónica no se puede rastrear desde esa idea de “inversión”, sino que ha de buscarse, sobre todo, en el propósito platónico de seleccionar, pero de seleccionar ¿qué?

La dialéctica de Platón trataba de establecer un procedimiento de diferenciación que permitiese distinguir entre la “cosa” o el “objeto” mismos, de las imágenes con las que se nos presenta. Platón no buscaba meramente clasificar con más o menos acierto. Buscaba distinguir en los objetos que se perciben, en la realidad, lo que participa del ideal de cada uno de ellos, para seleccionarlo. Y para ese propósito se le hacía imprescindible dividir y separar el original (o modelo ideal) de las copias (o los objetos sensibles percibidos). De ese modo, era factible poder apreciar con claridad los modelos ideales de sus diferentes representaciones en la realidad y, sobre todo, permitía distinguirlos y separarlos de sus falsas representaciones (simulacros).

La dialéctica platónica, en principio, parecería así consistir en el desarrollo de un procedimiento de especificación.  Aparentemente, se trataría de ir dividiendo un género en las especies diferentes y hasta contrarias, que lo componen, al objeto de subsumir el objeto investigado bajo la especie adecuada. Pero esta visión de la especificación platónica resulta superficial en exceso. Si se considerase solo esto, sería muy correcta la objeción de Aristóteles (384-322 a. C.) de que la división y separación que conduce a la especificación es un silogismo mal construido y, por tanto, inaceptable. Pero no es un silogismo, sino un método empírico de indagación de la verdad.

El propósito real del proceso platónico de división y separación, no es el de dividir un género en especies para clasificar algo, Lo que pretende, desde la comprobación empírica (el diálogo), es determinar líneas de ascendencia que permitan efectuar la selección de los originales que se aproximan a los modelos ideales. En el diálogo El Político, al definir a éste como “pastor de hombres”, surgen otros como el médico, el educador o el mercader, que también pretenden reclamar para sí esa conceptuación de “pastor de hombres”, pero ¿quién es el que puede reclamar verdaderamente ese concepto para él? La división y separación tienen una finalidad mucho más profunda.

La selección opera sobre las aspiraciones de los diferentes pretendientes. La selección busca distinguir y separar lo auténtico de lo falseado, lo puro de lo impuro, la verdad del error y el bien del mal. La división y separación constituyen la prueba de oro, la prueba crucial. Es el método que permite someter al juicio de la razón a los diferentes pretendientes para juzgarlos. Así, se puede separar a quien participa del ideal, o quien se aproxima al modelo, de los falsos pretendientes, que no pasan de meros simulacros, fantasmas del modelo. El platonismo es una auténtica “Odisea del Espíritu”. Al igual que Penélope debe descubrir al verdadero pretendiente (Ulises) y rechazar a los falsos pretendientes que la acechan, debe el filósofo descartar lo falso y erróneo para alcanzar lo auténtico.

Claro que “participar” no es ser. En el mejor de los casos participar es tener, pero en un segundo orden. Platón, antes de llegar aquí, ha partido de una primera determinación al distinguir la esencia de la apariencia, lo inteligible de lo sensible, la Idea de sus imágenes, el original y la copia, el modelo y el simulacro. Las expresiones no son inocentes. Desde la esencia se llega al modelo de las copias, que no son en sí mismas el ideal. Las copias participan del ideal, pero solo lo poseen en segundo término. La distinción se ha desplazado para desembarcar en la realidad sensible, dentro de la que se selecciona entre dos clases de imágenes: las copias y los simulacros. Las copias poseen el ideal en ese segundo grado y, por tanto, son pretendientes bien fundados acreditados por su semejanza con el modelo. Por el contrario, los simulacros son como falsos pretendientes, construidos sobre una desemejanza, una disimilitud.

Este es el sentido en el que Platón divide el dominio de las imágenes e ideas. De una aparte, se han de situar las imágenes icónicas, copias verdaderas, que son los pretendientes verdaderos. Del otro lado, se sitúan los simulacros fantasmales, las copias falsas, los falsos pretendientes. Y la aspiración del platonismo es la de seleccionar a los verdaderos pretendientes y rechazar a los falsos. Diferenciar las buenas y las malas copias o, mejor aún, las copias bien fundadas de los simulacros, condenados por la desemejanza. Se trata, como en La Odisea, de asegurar el triunfo de Ulises sobre los falsos pretendientes, de asegurar la primacía de las copias y rechazar los simulacros, para mantenerlos encadenados fuera del dominio del saber.

La dualidad verdaderamente trascendente en Platón no es tanto la que diferencia el ideal de las imágenes, sino la que asegura la distinción entre dos clases de imágenes existentes en el mundo sensible, dando para ello un criterio concreto. La relación entre las imágenes que efectúa el platonismo no es externa de cada una de ellas respecto a las otras. Es una relación interior de cada una de las imágenes directamente con el ideal, a través de la semejanza con el modelo. La semejanza es la medida de la pretensión. No se trata de saber si esta sentencia judicial es más justa que esa, o que aquella otra, sino de precisar qué relación tiene esta sentencia directamente con la justicia, y hasta qué punto se funda en ella. Las “copias” se analizan en función de su aproximación al modelo, y las copias bien fundadas son las que más perfectamente imitan al “modelo”.

El planteamiento de Platón no remite pues a la definición de los modelos ideales y al juicio, desde ellos, de las representaciones sensibles, empíricas de cada uno de ellos. El procedimiento es el inverso. Se inicia por la revisión empírica de las copias en presencia. Como antes se mencionó, en El Político, se trata de conocer primero quienes pueden reclamar para sí la conceptuación de “pastor de los hombres”. El desarrollo del diálogo realiza la determinación del modelo ideal de “pastores de hombres”, a la vez que revisa los fundamentos de cada uno de los pretendientes, que soportan o no el paso de las sucesivas pruebas. El método platónico no rehúye, rechaza o excluye la comprobación empírica, al contrario, arranca de ella

El empirismo no se ha contrapuesto nunca a la razón. Lo opuesto al racionalismo no es el empirismo, sino que es el irracionalismo. Pero el empirismo siempre advierte contra el uso abusivo de la razón. Lo característico del empirismo es poner el acento en la experimentación, para someter a prueba los conocimientos y verificarlos. De este modo constituye también un límite al ejercicio excesivo de la racionalidad: pone en guardia frente a los excesos logicistas y a la matematización excesiva de los saberes, si no se mantiene la más estrecha relación con la comprobación experimental. El empirismo niega la pretensión de establecer verdades racionales necesarias, fuera del ámbito de las matemáticas y la lógica. Fuera de esos ámbitos, no cabe establecer verdades que valgan de manera tan absoluta, que haga innecesaria, absurda o contradictoria su verificación.

El platonismo ha sido considerado siempre un racionalismo radical, y quizá lo sea. Pero no sería menos cierto que Platón nunca minusvaloró o despreció la verificación empírica, que está situada en la misma base de su método dialéctico. Paradójicamente sí le sucedió esto al aristotelismo que, pese a su “realismo” confió en exceso en la potencia de la lógica y la matemática como para desarrollarlas, aún contra la evidencia empírica, a veces. La escolástica medieval ofrece abundantes ejemplos de esto último, pues tuvo que realizar una exhaustiva depuración de paralogismos y razonamiento falsos, pero de correcta apariencia de construcción lógica.

En el momento de esplendor de la escolástica medieval, en los siglos XII y XIII, la escolástica franciscana se diferenciaría de la escolástica de los dominicos por la inspiración platónica franciscanos, frente a la inspiración aristotélica de los dominicos. Y sería en el entorno de la escolástica franciscana -platónica y agustinista- donde aparecerían las primeras formulaciones claramente empiristas en filosofía, de la mano de los británicos Rogerio Bacon (1214-1294) y su maestro Roberto Grosseteste (1175-1253). Ambos sentaron en Inglaterra las líneas básicas de lo que, con el paso de los siglos, se conocería como el empirismo inglés.

Grosseteste realizó una amplia revisión crítica del pensamiento aristotélico, restando valor a los “silogismos demostrativos” y proponiendo la técnica del experimento controlado como el método innovador para la investigación. Para él, la aplicación sistemática de las matemáticas sobre datos cuantificables, calificables y catalogados sería condición sine qua non para el éxito de un experimento. Su discípulo Rogerio Bacon, coetáneo de Santo Tomás de Aquino (1224-1274) enriqueció dicha visión de la praxis científica, poniendo el énfasis en el papel que tienen la observación y la experiencia. También propuso la creación de una scientia experimentalis para abordar el conocimiento de la naturaleza.

Más tarde, en el Renacimiento, sería el español Juan Luis Vives (1492-1540) en su obra De Disciplinis, quien daría un nuevo impulso al desarrollo de la investigación científica. Es precisamente en esta obra de Vives donde mejor se aprecia la gran innovación que él significó en el cambio de actitud respecto a los saberes científicos. La actitud de Vives fue trascendental en la percepción de la importancia y de las implicaciones que tenían las ciencias en el ámbito del conocimiento. Para él, los nuevos saberes científicos derivaban de la observación, de la experimentación, de la medición y, a partir de los datos obtenidos, usando el método inductivo, era posible establecer leyes generales de la naturaleza. Vives, iniciador de la reforma de la filosofía escolástica en el Renacimiento, partía de una visión inspirada en el platonismo.

Casi siempre constituye un error el aplicar calificaciones modernas o incluso actuales a los antiguos. Pueden resultar útiles, a veces, para facilitar la comprensión. A cambio desnaturalizan y mucho, tanto a la propia calificación, como a lo calificado por terminologías extemporáneas, aplicadas retrospectivamente. Las calificaciones de “idealismo”, “empirismo”, “materialismo” u otras, son de creación demasiado posterior al mundo helénico como para poder ser significativas en el contexto griego, y resultan realmente complicadas de aplicar a la filosofía clásica. Pero en el caso de Platón, el error se aproxima peligrosamente al disparate.

Quizá, la cuestión planteada por Nietzsche a que se hacía referencia al comienzo de este texto, sobre la necesidad de que la filosofía del futuro rompiese con el platonismo para recuperar el desechado simulacro, nos ayude a comprender, más que a cualquier otra cosa. Comprender, desde luego al propio Nietzsche, y comprender el propósito que alentó a Kant y a Hegel, para abordar la gigantesca tarea de trazar el camino futuro de la filosofía. Tanto ellos, como otros muchos, tropezaron siempre en los problemas que presenta el platonismo, siempre capaz de asumir y de incluir todas las objeciones.

Pero, sobre todo, permite aproximarse al personaje y comprender mejor el papel real de Platón en la Filosofía. Un papel fundante, en primer lugar, pues hasta Platón, la filosofía nacida de los primeros pensadores helénicos (sofoi=sabios) no había pasado de sus prolegómenos. Los sofoi fueron la gran aportación griega a un mundo. Hasta su aparición, la humanidad sólo había conocido a figuras como el chamán, el vidente, el oráculo, el sacerdote o el profeta, que no dudaban al impartir las verdades y los augurios revelados por los dioses. Eran hombres sin duda sabios, pero de otro modo, pues su sabiduría era reflejo del hecho de estar poseídos por la divinidad. Frente a todos ellos, los sofoi fueron hombres que hablaban desde su propia razón y que se planteaban muchas dudas y muchos problemas. Dudas y problemas que dieron paso a la reflexión sobre sobre los dioses, sobre el mundo y sobre el hombre.

Platón posee un papel fundante, que no poseen los que le precedieron. Pero, a la vez, también posee un papel definitorio. Porque Platón formuló un método y una disciplina, probablemente en su integridad, en el que la “inversión” nietzscheana no es más que un episodio del método platónico. Quizá sea el momento de recordar aquello que se ha dicho en tantas ocasiones: la Historia de la Filosofía es una larga y siempre inacabada serie de comentarios a la obra de Platón. Esa es su importancia, su grandeza y su gloria.

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN ENSAYO

Ensayo

Jovellanos y el liberalismo español

Ensayo

La filosofía posmoderna: un final ineludible

Ensayo

Markus Gabriel y el Nuevo Realismo Filosófico del siglo XXI

Ensayo

Paul Virilio, una reflexión sobre la velocidad y sus implicaciones cibernéticas

Ensayo

Platon, ¿empirista?

Ensayo

Circe: atractiva, inteligente y poderosa

Ensayo

Epicuro de Samos, replanteado

Ensayo

Científicos en el exilio interior: Fernando de Castro

Ensayo

Científicos en el exilio interior: Jorge Francisco Tello

Ensayo

Manuel Azaña Díaz, el ateneista

Ensayo

Los enigmas de Perictione

Ensayo

Juan Valera, un ateneista para un bicentenario

Ensayo

Marjorie Grice-Hutchinson y Juan Luis Vives

Ensayo

Santiago Ramón y Cajal: Un genio autodidacta de gran proyección internacional

Ensayo

Demóstenes y el fin de la libertad griega

Ensayo

Emilia Pardo Bazán, punto culminante en el estreno de la primera obra de Galdós

Ensayo

La apoteosis de la insignificancia

Ensayo

Santo Tomás Apóstol, evangelizador de las Américas

Ensayo

La Ciencia en el Exilio: una imagen extraordinaria de vitalidad

Ensayo

Desmovilización, descontento y desafección: Una estrategia de la derecha para la toma del poder

Ensayo

Sarah  Kofman, la espantosa sombra del holocausto es alargada

Ensayo

Protágoras de Abdera (480 – 411 a.C.)

Ensayo

América y las Diez Tribus Perdidas de Israel

Ensayo

Violencia verbal en la política española

Ensayo

Un almirante ateneísta: D. Miguel Lobo

Ensayo

Alfonso X ‘El sabio’ en su 800 aniversario: su mayor empresa científica

Ensayo

De Amore

Ensayo

Los españoles y los hispanos en Estados Unidos (II)

Ensayo

El 8 de marzo de 2021, un día muy adecuado para hablar de la filósofa feminista Silvia Federici

Ensayo

Salud democrática y liberalismo político

Ensayo

Pioneras en la actividad sindical en enseñanza

Ensayo

Los españoles y los hispanos en Estados Unidos

Ensayo

El legado constitucional de Jiménez de Asúa

Ensayo

Teofrasto: filósofo, pedagogo y botánico

Ensayo

Emerson y el Trascendentalismo norteamericano

Ensayo

Julio Hernández Ibáñez, un profesor republicano transterrado

Ensayo

Diógenes de Sinope: un filósofo desarraigado, provocador y subversivo

Ensayo

Hechos y razones contra obsesiones delirantes

Ensayo

Análisis de los resultados de las elecciones en EE.UU

Ensayo

En torno a la dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel

Ensayo

¿Qué clase de mundo nos dejará el Covid 19?

Ensayo

José Ballester Gozalvo, una biografía entre la pedagogía y la política

Ensayo

Naturalismo y religión en el debate entre Habermas y Ratzinger

Ensayo

Acerca del amor

Ensayo

La política de Balmes

Ensayo

Thomas Jefferson reivindicado

Ensayo

España, en la atención y en los escritos de Engels

Ensayo

Engels y Marx

Ensayo

Friedrich Engels: su actualidad y virtualidad

Ensayo

Recordando a Friedrich Engels, un ágil y demoledor polemista

Ensayo

Donoso Cortés y el romanticismo político

Ensayo

Un ensayo de María de Maeztu sobre Emilia Pardo Bazán, aparecido en el diario bonaerense ‘La prensa’ en 1939

Ensayo

Evocación política y social sobre el primer Unamuno

Ensayo

Reflexiones sobre la actualidad del pensamiento de Hegel según Paul Ricoeur

Ensayo

Jeremy Bentham, reconsiderado

Ensayo

La Constitución de 1812 (y II)

Ensayo

La Constitución de 1812 (I)

Ensayo

La Ilustración en España

Ensayo

Kafka: una meditación

Ensayo

Hegel: un contradictorio pensador imprescindible

Ensayo

Baltasar Gracián, el Barroco y el final de la Escuela Española

Ensayo

‘Ser es pensar’. El idealismo filosófico es esencialmente, Hegel

Ensayo

Hegel cumple 250 años

Ensayo

Sagasta, el gran prestidigitador

Ensayo

Andrés Saborit líder socialista

Ensayo

La archiduquesa austriaca… ‘roja’

Ensayo

¡Votes for women!: siete luchadoras que contribuyeron al milagro del voto en los EE.UU

Ensayo

Ideología y política: de Marx a Piketty

Ensayo

El Futurismo de Marinetti condujo directamente al fascismo

Ensayo

Francisco Suárez: Doctor Eximio, filósofo y jurísta

Ensayo

Síntomas psicopatológicos en tres de los principales líderes mundiales,…

Ensayo

Sócrates ¿soldado?

Ensayo

La desamortización general de Mendizábal

Ensayo

Ruido de sables en Washington

Ensayo

Referendum constitucional

Ensayo

La influencia del sufragio femenino en la cultura política

Ensayo

A propósito de Rawls

Ensayo

Duelo sin realidad

Ensayo

Responsabilidad social del periodista ante las crisis

Ensayo

Post-pandemia, una ocasión única para reinventar nuestro mundo

Ensayo

Robert Nozick, un anarquista de derechas

Ensayo

España y la antiEspaña

Ensayo

Alexander Fleming, descubridor de la Penicilina

Ensayo

La gran esperanza frustrada

Ensayo

Aporías, paradojas y dialéctica

Ensayo

El triunfo del Librepensamiento

Ensayo

Conflicto y negociación ¿A quién le puede interesar?

Ensayo

El nacimiento del liberalismo: Spinoza y Locke

Ensayo

John Locke: forjador del liberalismo político

Ensayo

Pensar en grande

Ensayo

La convivencia entre culturas y civilizaciones

Ensayo

Breves notas sobre Benito Pérez Galdós y el socialismo, en las elecciones de 1910

Ensayo

Inteligencia y liderazgo

Ensayo

Alcance militar y geopolitico del Brexit

Ensayo

Aprender a vivir con lo que nos ha tocado

Ensayo

Como seguir siendo cristiano en un tiempo postsecular. Una respuesta a Bonhoeffer.

Ensayo

Progreso y sentido

Ensayo

Rita Levi-Montalcini

Ensayo

Redes infames

Ensayo

Juegos de poder del nacionalismo

Ensayo

Héroe mutilado

Ensayo

Juegos de poder de la información

Ensayo

Sexto Empírico: Una aproximación al escepticismo grecolatino

Ensayo

Habermas-Rawls-Tönnies (y II)

Ensayo

Habermas-Rawls-Tönnies (I)

Ensayo

Repensar la protección de las personas vulnerables en la investigación científica

Ensayo

Decir y representación

Ensayo

La verdad, relativistas, los liberará

Ensayo

¿Cómo feminizar la vida social?

Ensayo

Nietzsche y la breve verdad

Ensayo

Juan López de Hoyos: el nexo entre Erasmo de Rotterdam y Cervantes

Ensayo

Hay mucho de lo que enorgullecerse

Ensayo

Europa un hermoso y original edificio… a medio construir

Ensayo

La estética en Eugenio Trías

Ensayo

Diez años releyendo a Dahrendorf

Ensayo

Consecuencias sociales y políticas de las nuevas tecnologías en el marco del transhumanismo h+ (y II)

Ensayo

Consecuencias sociales y políticas de las nuevas tecnologías en el marco del transhumanismo h+ (I)

Ensayo

Solón puso los cimientos de la democracia ateniense

Ensayo

Lógica, comprensión, traducción. Crítica de la traducción pura

Ensayo

Europa: Sísifo y la piedra

Ensayo

Ángel Fernández de los Ríos, un lugar destacado en la historia de Madrid

Ensayo

Hacia la unidad europea

Ensayo

Magdala o la historia de la trampa

Ensayo

Guillermo de Ockham… es mucho más que su célebre navaja

Ensayo

Política, comienzo incausado del arte de historiar

Ensayo

En el espejo se reflejan… los forajidos

Ensayo

Contra la misoginia, inteligencia y combatividad

Ensayo

El compromiso democrático de John Dewey

Ensayo

Unos meses decisivos para Europa

Ensayo

Infieran, no vaticinen, aborrecedores del lopezobradorismo

Ensayo

Las socialistas belgas hasta finales de los años veinte

Ensayo

Maquiavelo, más allá de los lugares comunes

Ensayo

Sobre la Constitución y su Preámbulo

Ensayo

De tal palo tal astilla

Ensayo

La pérdida del impulso liberal (y II)

Ensayo

La pérdida del Impulso Liberal (I)

Ensayo

Séneca: invitación al diálogo sereno y a la reflexión

Ensayo

Ferdinand Buisson en el laicismo francés

Ensayo

Trasímaco vuelve… o quizás, no se haya ido nunca

Ensayo

Filosofía, enemiga de la economía digital

Ensayo

La reseña crítica de Manuel Cordero de la Restauración de Romanones

Ensayo

El liberalismo en el siglo XXI (I)

Ensayo

El liberalismo en el siglo XXI (y II)

Ensayo

John Rawls: un nuevo paradigma contractualista basado en la justicia redistributiva

Ensayo

Ferdinand Tönnies

Ensayo

Aquí, en la izquierda, no sobra nadie

Ensayo

La ‘Mélange’ ideológica y el ‘soufflé’ estratégico catalán

Ensayo

Guillermo de Torre, heterodoxia frente a conformismo

Ensayo

Un prefacio de Tierno Galván al Contrato Social de Rousseau

Ensayo

El movimiento del espíritu social. De la religión al arte

Ensayo

Fancesco Guicciardini, un diplomático toscano por tierras extremeñas

Ensayo

Norberto Bobbio, más marxiano que marxista

Ensayo

Freud nuestro contemporáneo

Ensayo

La experiencia de Suecia para Andrés Saborit en 1930

Ensayo

La naturaleza en Marx

Ensayo

Las contradicciones de Gertrude Stein

Ensayo

Jean Jaurès, un pacifista y un europeista convencido

Ensayo

Encomienda de moderación

Ensayo

Aproximación a las bases teóricas del Mayo 68

Ensayo

Polibio de megalópolis y los valores republicanos

Ensayo

Una ética ecológica contra el totalitarismo tecnológico

Ensayo

Gioberti o el nacionalismo conservador

Ensayo

Al hilo de unas reflexiones políticas

Ensayo

Karl Korsch: ha vuelto para quedarse

Ensayo

David Harvey: La acumulación por desposesión

Ensayo

Guy Debord: la lucidez anticipatoria

Ensayo

Lo más humano, la idea, es la materia de la historia

Ensayo

Laicidad, sociedad abierta y emancipación ciudadana

Ensayo

Cesare Beccaria, un ilustrado frente a la barbarie

Ensayo

Política y pensamiento científico

Ensayo

El infinito viajar

Ensayo

El político y el científico

Ensayo

Enrique Tierno Galván

Ensayo

Nos sigue haciendo falta Tierno Galván

Ensayo

Albert Camus, un extranjero rebelde entre seres alienados

Ensayo

Los miedos de Baruch Spinoza

Ensayo

Lenin, la Revolución como Ciencia

Ensayo

Virtualidad y cultura (La realidad fingida)

Ensayo

Cataluña y la ‘navaja de Occam’

Ensayo

Epicuro: el filósofo de los placeres moderados

Ensayo

Isaiah Berlin, un excelente y polémico ensayista

Ensayo

Rafael Méndez (1906 – 1991)

Ensayo

La serena inteligencia de Kolakowski

Ensayo

La posibilidad de la utopía

Ensayo

1 de octubre, 2018: días antes de un día después

Ensayo

Año 2018: ¿tiempo de la gran revisión constitucional?

Ensayo

Introducción estival al concepto de ‘liderazgo político’

Ensayo

Todo cambia…algo permanece

Ensayo

El sentimiento trágico de la vida

Ensayo

Adorno: Reflexiones desde la vida dañada

Ensayo

¿Por qué nadie recuerda a Daniel Bensaïd?

Ensayo

Cataluña, ‛casus belli’

Ensayo

Ferrater Mora, un catalán universal

Ensayo

Gramsci y Maquiavelo

Ensayo

La educación y la filosofía como utopía

Ensayo

El laicismo en Habermas y su origen griego

Ensayo

Walter Benjamin, fracturas de la modernidad

Ensayo

Demos la palabra a Herbert Marcuse

Ensayo

Los misterios de Homero

Ensayo

La función de las ideologías según Max Horkheimer

Ensayo

Les presento a Margarita Nelken

Ensayo

Impunidad, no gracias

Ensayo

La vigencia de Erich Fromm

Ensayo

María Zambrano está viva

Ensayo

Buscando a Fernando Pessoa

Ensayo

El encuentro borgiano de Shakespeare y Cervantes

Ensayo

Dones de Amor, ay, cuitas de Amor

Ensayo

Intransigencia y control social: Flaubert y Baudelaire en el banquillo

Ensayo

El día que conocí a Ernesto Cardenal

Ensayo

Li Po y la melancolía

Ensayo

Epicteto de Hiérapolis (55dc/135dc), un esclavo filosófo del periodo helenístico

Ensayo

Gianni Vattimo y el “pensiero debole”