febrero de 2024 - VIII Año

André Maurois (1885-1967)

Por inconsciencia, frivolidad, ignorancia o adanismo… corremos el peligro de repetir un pasado tenebroso

El horizonte es negro, la tempestad amenaza; trabajemos.
Este es el único remedio para el mal del siglo.
André Maurois

Las cosas no marchan bien. Es esta una verdad constatable a diario. Algunas amenazas se confirman… no hay razones fundadas para el optimismo. Si no ponemos remedio, las cosas incluso pueden empeorar. En esta tesitura es aconsejable dialogar con el pasado, leer y meditar sobre las experiencias y vivencias de quienes vivieron los dos conflictos civiles europeos en el siglo XX.

La construcción europea fue una esperanza que tuvo no poco de aliento utópico. El objetivo no era otro que no repetir los horrores que nos habían llevado colectivamente, al borde del precipicio… y más allá.

Con sus deficiencias, inconvenientes, debilidades y cobardías, la Unión Europea es la cristalización de ese proyecto y, ha dado lugar a un periodo de estabilidad, democracia, vigencia de los derechos humanos y unas políticas sociales que son envidiadas en muchas partes del mundo, aunque algunos de los logros conseguidos, de un tiempo a esta parte y por efecto de los populismos y de la insolidaridad, comiencen a tambalearse y peligrar.

No podemos tolerar que todo eso se venga abajo y retrocedamos décadas e incluso, algún que otro siglo, por no ser capaces de embridar las incertidumbres que se ciernen en el horizonte.

Quiero dedicar mi colaboración para Entreletras a André Maurois, novelista, ensayista e intelectual cuya obra y lo que de ella se desprende, nos puede resultar muy útil para analizar este presente incierto. Lo que nos cuenta no es sólo pasado. Si volvemos a tropezar en la misma piedra puede ser también, el futuro que nos aguarde a medio plazo.

André Maurois es el pseudónimo de Émile Salomon Wilhelm Herzog. Su vida y su obra tienen un interés innegable e incluso, podríamos afirmar, que muchos de sus textos parecen escritos para los lectores de hoy. Es francés, europeo y cosmopolita, que no es poco.

Demos unas pinceladas sobre sus características más sobresalientes. Toda su obra está recorrida por un escepticismo y un antidogmatismo que contribuyen a darle valor. Todavía hoy, se le recuerda y se le lee fundamentalmente, por sus biografías. Algunos críticos lo señalan como el fundador de la biografía novelada moderna.

Otro punto de interés son sus abundantes páginas sobre las relaciones, afinidades y contrastes entre las formas de vida, cultura, literatura y pensamiento de Gran Bretaña y Francia, dos países que secularmente han vivido de espaldas uno al otro. Asimismo, también es manifiesto el valor sociológico de algunas de sus biografías y novelas que nos permiten apreciar los conflictos crecientes en el seno de la familia como institución burguesa.

Es un creador y pensador crepuscular. Las dos guerras mundiales supusieron una enorme convulsión en Europa y, podría decirse que rompen el Siglo en dos. Hasta el primer conflicto civil europeo, el Continente vive una prolongación decadente del imperialismo decimonónico.

Tras el enorme fracaso colectivo que supuso la II Guerra Mundial, el interés se desplaza hacia lo que Europa quiere y puede ser en el futuro, sustituyendo el enfrentamiento por la colaboración y la construcción de un ideal compartido.

La obra de André Maurois nos muestra que ‘la vida está en los espejos’. Mirándonos en ellos, observamos lo que hemos dejado atrás y el largo itinerario que nos queda por recorrer. Un gran error es creer que el pasado ha muerto. Sigue viviendo en el presente y hemos de ser capaces de conjurar los peligros, cada vez mayores, de una marcha atrás.

De una forma u otra, los ojos de la muerte y la destrucción siguen acechando con sus ases fúnebres de lodo. Como acertó a expresar César Vallejo. Los poetas son muchas veces los que formulan grandes verdades.

Como es fácil de imaginar fue, asimismo, un lector empedernido. Uno de sus temas predilectos es la importancia de la lectura y el papel y la función de las bibliotecas públicas en el mundo actual.

Antes de seguir adelante, me gustaría compartir con los lectores unas líneas suyas donde destaca el papel de la lectura antes de la era de la digitalización de cientos y miles de obras descatalogadas y de la escasa atención que se presta a los clásicos. Estas son sus palabras:

“Nuestra civilización es una suma de conocimientos y recuerdos acumulados por las generaciones que nos precedieron. No podemos participar de ella más que tomando contacto con el pensamiento de esas generaciones. El único medio de hacerlo, y de convertirse así en una persona ‘cultivada’, es la lectura”.

Apréciese que las experiencias, los anhelos, las frustraciones y los sueños de quienes nos han precedido, tienen la virtud de ampliar nuestro horizonte intelectual, haciéndonos salir de ‘nuestro bucle’ y apostando por un permanente diálogo con los otros, los que no piensan igual, los que persiguen objetivos distintos… Quizás no se haya destacado lo suficiente. La literatura es el mejor instrumento para entender y comprender a los demás. La herencia de la Ilustración –hoy blanco de tantos dardos envenenados- es ostensible. Asume y proyecta los valores republicanos.

En este sentido, me gustaría repetir –aún a riesgo de hacerme pesado- que el conocimiento y la formación son tremendamente eficaces para vivir en democracia. Tampoco se repara lo suficiente en que la verdad, a veces permanece oculta y hay que aprender a buscarla y a hacerla aflorar incansablemente.

En las obras de André Maurois encontramos ideas, expresadas con sencillez, pero de enorme calado, sobre las que merece la pena meditar. Concede a la coherencia y la integridad un valor esencial. Por eso, no es extraño que con estas o parecidas palabras formule en diversas ocasiones que “ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”.

Su desprecio por el fanatismo, las ideas simplistas y grandilocuentes y el dogmatismo de quienes se creen en posesión de la verdad, lo pone de manifiesto igualmente, en muchas de sus páginas con reflexiones como esta: “sólo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa”, donde podemos apreciar su ironía y su gusto por la paradoja.

Su inteligencia la pone de relieve en pensamientos como estos, extraídos de aquí y de allá. Hoy, cuando se cometen auténticas locuras, por no envejecer y el transhumanismo presenta un perfil que tiene más de siniestro de lo que parece, es conveniente y oportuno tener la ocasión de leer palabras como estas: “El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”

Sus críticas no son dicterios, ni soflamas, ni frases incendiarias tópicas y retóricas. Leamos con un mínimo de atención su opinión sobre el inmovilismo o el negarse a proseguir alimentando los proyectos iniciados. En cierto modo, detenerse es una forma de empezar a morir. “Todo deseo estancado es un veneno”.

Todos somos vulnerables. Las limitaciones nos acechan, nos empujan y nos recuerdan que el rumbo y la dirección de los acontecimientos casi nunca está en nuestra mano controlarlos. Lo formula con gracia y con un ligero temblor ante lo desconocido. “La vida es un juego del que nadie puede retirarse, llevándose las ganancias”.

Hemos indicado el valor, interés y fuerza de sus biografías. Tiene el acierto de enmarcar al biografiado en sus coordenadas históricas, sociales, políticas y culturales, mas no tiene en absoluto ese enfoque arqueológico que a menudo caracteriza este género. Es de enorme interés su obra de 1929 “Aspects de la biographie”, donde comenta una serie de criterios de este género de inequívoco interés.

Puede incluso sostenerse que en algunos de sus textos, la biografía está próxima al ensayo y que atrapa, disecciona y proyecta lo que había pasado desapercibido de no pocas de las figuras literarias, políticas e históricas que aborda.

No es este el momento de comentar, por extenso, alguna de ellas. Sin embargo, baste señalar quienes merecieron su atención: Voltaire, Shelley, Benjamin Disraeli, Charles Dickens, Lord Byron, Chateaubriand…

Su mayor actividad en este género se cifra en el periodo de entreguerras. Otro dato que añade interés a sus biografías es su relación y proximidad con las obras de carácter histórico. Están ampliamente documentadas y son –y es difícil de lograr- a un tiempo, rigurosas y amenas. Trazando la semblanza de estos personajes está tratando con penetración la condición humana. Creo que algunas de ellas deberían reeditarse, así como traducirse al castellano las que no lo están.

Me parecen destacables su pacifismo, compromiso con los valores democráticos y antifascismo. No es un tratadista político, mas sus ideas las traslada a sus obras dándoles un intenso sabor a verdad. Para él la guerra es un desastre sin paliativos. La derrota del humanismo muestra los más bajos instintos y lo peor de la condición humana.

Todo conflicto bélico supone una tragedia sin paliativos: atropellos, violencia, odio, destrucción, matanzas… dejando heridas que tardan tiempo en cicatrizar. La lección que extrae es que el olvido de las consecuencias de la guerra, acarrea evidentes peligros de que se repitan errores que creíamos superados. ¡Hermosa lección!

Toda guerra contiene ‘las semillas de rencores futuros’, que de una forma u otra, acabaran aflorando. Por eso, no aprender del pasado es tanto como perder el norte. No atender a los mensajes que los actos violentos anuncian es casi una locura que se acabará pagando a un alto precio. En definitiva, echar por tierra lo edificado con tantos esfuerzos es poner en peligro el equilibrio y bienestar colectivo, por imprudencia.

Deberíamos llevar grabada en lo más profundo una inscripción que nos advirtiera ante cada amenaza de las consecuencias de la desmemoria. Los miedos acobardan, las incertidumbres son tóxicas, la frivolidad existencial mutila el futuro y nos hace más y más vulnerables en el presente.

André Maurois tiene una prosa limpia, pulcra y exigente. Logra algo tan difícil como que nos sintamos atrapados e inclinados a admirar la elegancia moral de sus escritos. Nunca sermonea, mas con sutileza nos hace participes de sus reflexiones antropológicas, filosóficas e históricas.

Con todo esto, se puede entender que durante la II Guerra Mundial luchase por una Francia libre y se enfrentase al gobierno colaboracionista de Vichy. Por sus servicios prestados contra el nazismo, en 1946, le fue otorgada la Gran Cruz de la Legión de Honor. Toda su vida, se sintió orgulloso de esta distinción.

El ambiente prebélico y bélico aparece ya en sus primeras novelas como “Les silences du colonel Bramble” (1918), donde utiliza por vez primera el pseudónimo de André Maurois. En otras ocasiones pone de relieve y desarrolla su interés y conocimiento de la cultura anglosajona.

Tuvo un éxito inmediato de crítica y público. Ahí comenzó su pasión por la escritura y por comunicar sus experiencias a unos lectores ávidos, que valoraban sus originales enfoques. Quizás la obra que lo consagró definitivamente fue “Climats”  (1928).

Tras la II Guerra Mundial su producción fue más escasa, aunque no menos interesante y profunda. En 1957 apareció “Las rosas de septiembre”. Tengo entre las manos, una traducción de esta obra de la editorial José Janés.

Me atrevo a sugerir la lectura de alguna de las obras que he ido mencionando, para que el lector compruebe, por sí mismo, la experiencia que supone asimilar la prosa y las ideas de André Maurois. En el campo de la crítica y del ensayo es un estudio penetrante y esclarecedor su “Introductión à la méthode de P, Valéry” (1933).

Su prosa es elegante. Procura huir de la retórica, los tópicos y lo uno y mil veces repetido. Sabe –y no es nada fácil- separar el trigo de la paja, quizás por ello, en 1938 fue elegido miembro de la Academia francesa. La lectura atenta de alguna de sus biografías muestra lo convincente, riguroso y sensible que resulta explicando al biografiado ‘de dentro a fuera’.

Estoy convencido de que en el periodo de formación de un escritor tiene mucha importancia quienes le inspiraron y quienes contribuyeron a despertar sus inquietudes y a canalizar su creatividad. Creo que fueron decisivas las orientaciones que recibió del filósofo Alain (Émile-Auguste Chartier). Las ideas de este pensador son sugestivas, originales y ejercieron una poderosa influencia en sus alumnos.

Por eso, me parece oportuno dedicarle un poco de atención en este breve ensayo. Creía que había que divulgar las ideas y participar en los debates públicos. Desde comienzos de siglo, publicó unas tres mil colaboraciones en diferentes medios, la mayor parte en forma de columnas y artículos de opinión combativos.  Como profesor estaba convencido que lo importante no era enseñar qué pensar, sino como pensar.

Fueron alumnos suyos además de André Maurois, la sorprendente activista y pensadora Simone Weil y Raymond Aron entre otros. Fue un pacifista y antimilitarista convencido. Hizo todo lo posible porque la Guerra del 14 o primera Guerra Mundial, no tuviera lugar. En 1921 publica un breve folleto que lleva por título “Marte o la verdad de la guerra” que levantó encendidos debates por lo avanzado y original de sus ideas pacifistas. Cuando el dios de la guerra sale de su letargo y asoma la cabeza con su tétrico casco, está anunciando catástrofes sin cuento.

A poco más de un siglo de distancia conviene releerlo con atención. Contiene aleccionadoras y lúcidas reflexiones sobre el ascenso de los fascismos y contra la violencia que envenena la convivencia. Critica, asimismo, los abusos de poder y los mecanismos ideados para fomentar la sumisión y la obediencia. “Marte o la verdad de la guerra” para todos los que se aproximan a este folleto, es una fuente de sorpresas. Ni que decir tiene que André Maurois lo tuvo muy presente en varios de sus escritos. Hoy, cuando se escuchan en Europa y Oriente Medio tambores de guerra, les aseguro que merece la pena leer este folleto lleno de indignación, pasión y fuerza.

André Maurois tiene, como no podía ser menos, ideas utópicas, mas es ‘un soñador con los pies en el suelo’. La idea de una Europa fuerte y unida ha sido  un proceso lento. La Unión Europea se ha ido forjando desde el proyecto inicial, de que una guerra civil entre europeos no se repitiese nunca.

Hay que consultar y volver a visitar sus textos porque están dotados de una gran actualidad y tienen mucho que decir al hombre europeo de hoy. Cuando la cohesión política y social se desdibuja y agrieta, incluso hay ‘quien ha puesto al fuego calderas de odio’ que pueden explotar si no somos capaces de detener a tiempo sus efectos nocivos.

Es probable que la Unión Europea pague un alto precio por haber encerrado bajo llave, la utopía en el arcón de los objetos inservibles, los trastos envejecidos, los juguetes rotos… y, lo que en definitiva creemos erróneamente que ya no sirve para nada.

Dos libros suyos ponen el dedo en la llaga. Someten a revisión y crítica algunas ideas y proyectos que necesitamos revisar, en tanto que otros, apuestan sin ambages por un futuro que sea capaz de afrontar con decisión los retos heredados del pasado.

Me refiero en el primer caso, a su ensayo “Portrait de la France et des français” (1955). Me da la impresión de que sus diagnósticos y observaciones dicen, quizás más de la Francia de ahora mismo que de la que describe.

Quizás, pocos pensadores y críticos han entendido tan bien a Marcel Proust. Su obra “A la recherche de Marcel Proust” (1949), contiene elementos analíticos, ensayísticos y críticos que indagan y se aventuran en perfiles poco analizados de este incansable perseguidor de un tiempo perdido que mistifica la realidad para vivir sus ensoñaciones.

Rescatar a figuras como André Maurois hace, es una obligación de memoria. Hubo unos años en que fue conocido y valorado. Daba conferencias en diversos países y sus biografías habían alcanzado popularidad, pasando a considerarse un autor si no imprescindible, si  al menos habría que tener en cuenta. Muchas de sus páginas han quedado en el imaginario colectivo de quienes no lo han leído. Sus observaciones pasan de padres a hijos… lo que no deja de ser formidable.

Después, como en tantos otros casos, sobrevino el olvido. Buscó siempre la sencillez, tal vez por eso no temió nunca divulgar, eso sí siempre con rigor. No creía ni en las ‘torres de marfil’, ni en los escritores y pensadores que presumen de ser minoritarios e inaccesibles. Su divisa contiene estos tres elementos: claridad, ingenio y cortesía.

Hoy, su principal legado es advertirnos de los peligros que corremos por comodidad, frivolidad y adanismo. Quien no tiene en cuenta el pasado, está con su inconsciencia dando una oportunidad a las ideas tenebrosas para que atrapen con sus tentáculos este presente, ya de por sí tan castigado por los populismos y por la irrelevancia.

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