septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Dime tú, Antígona: ¿Ha cambiado algo en 2.500 años?

¡Ay! Antígona. ¡Qué incierta es la democracia! Y, si miras con las gafas apropiadas, qué atrevido el sentimiento de ‘ser justo’. Pero… ¿Qué es la justicia? Sino más que una interpretación de lo que a cada uno nos parece lo correcto y, en última instancia, el modo en el que pensamos que se deben organizar nuestras vidas.

Pero entonces… ¿Qué es lo correcto?

Era una noche de verano que se prometía calurosa. Nada extraño por esta zona en pleno mes de julio. El fastuoso teatro romano de Mérida se alzaba ante mí. Qué pequeño debía sentirse el resto del universo en ese momento, pues no era más que el atrezo de semejante coloso.

Y ahí estaba yo, cruzando unas puertas que se habían abierto por primera vez hacía 2.035 años, con sus piedras mirándome con el recelo que se mira a un intruso novato que tiene la osadía de entrar sin pedirle permiso a sus legítimas propietarias.

Aún resonaban los ecos de miles de carcajadas, lágrimas, gritos desgarrados, ahogados silencios y furibundos clamores que se habían ido acumulando en cada esquina de este pedazo de historia viva.

Tomé asiento con mi pasaporte tebano y, como siempre debe disfrutarse el arte, me dispuse a abrir mis ojos y a apagar el mundo exterior, pues todo lo que merecía mi atención durante la próxima hora y media, estaba ante mí.

La tragedia de Sófocles se había representado por primera vez en el año 442 a.C., pero muy equivocado hubiese estado, si este dato temporal, me hubiera hecho pensar que iba a presenciar una representación anacrónica y desfasada.

Pues os diré una cosa, la osadía infundada por falsos títulos de cartón, el inicuo derecho a tomar decisiones sobre las vidas de otros y la infausta sensación de que la justicia se aplica dependiendo de quién sea el receptor… son conceptos que nunca habitaran en las ruinas del pasado. Más bien, nos acompañarán de la mano, con osadía, hasta el fin del mundo contemporáneo.

Un detonante que resquebrajaba la estabilidad en la ciudad de Tebas abría la noche en el escenario y, en escasos minutos, estos tres conceptos que acabo de mencionar, comenzaban a bailar en sintonía, mientras, atónitos y desconcertados, los tebanos allí congregados, comenzábamos a tomar partido por alguna de las dos partes involucradas. Aunque en mi caso, más que arder en deseos por conseguir que se impartiera ‘justicia’, intentaba dar forma a la amalgama de ideas y pensamientos que se agolpaban en mi interior, con la intención de entender lo que había detrás de aquel juicio improvisado.

Mantenía la esperanza de no ser el único ciudadano de Tebas que no quería calmar su sed de justicia hacia una de las partes, sino abrir un debate que impidiera la polarización de las ideas entre ‘lo que está bien’ y ‘lo que está mal’.

Y no, ni la noche era tan calurosa como se prometía, ni las cosas siempre son lo que parecen.

¡Ay, Antígona! Cómo bien decías, poderosa en el escenario, más vale una vida corta y vehemente, que una vejez oprimida.

Pero aprended, que ni Antígona era tan noble, ni Creonte rey de Tebas, era tan malvado. Porque después de más de dos milenios, seguimos anclados y ofuscados en condensar nuestra sociedad y nuestros problemas a dos bandos polarizados y descafeinados, que no hacen más que frenar el avance de las ideas.

Porque cuando sepamos mirar los acontecimientos con la distancia y objetividad que brinda la inteligencia, entonces, habremos entendido que la moral no es una, ni única.

Y que no hay sentencia absoluta que no pueda ser cuestionada, ni argumento universal que no pueda ser debatido.

Cuando seamos capaces de entenderlo, y solo entonces, tendremos el derecho de juzgar el pasado, hasta que eso ocurra, no somos más que la extensión de una sociedad que nació con un disparo en el pie.

Nota: Antígona de Sófocles se representó en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida entre el 22 y el 26 de julio de 2020 bajo la dirección de David Gaitán

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