junio de 2024 - VIII Año

El libro del 2022

CON éste día llevamos ya gastadas tres páginas. Así, mirado con perspectiva se hace eterno. Mi buen amigo, Eugenio Cristóbal, que nos dejó hace ya algunos años, decía siempre que las perspectivas y los gerundios son falsos; porque las cosas suceden pasado, no pasando. Y de pintura y arquitectura, además de otros asuntos estaba muy puesto. Uno no acierta a saber qué escribirá con tantas páginas en blanco porque depende de lo que nos dejen escribir. Que no es cuestión de sentarse a ello y narrar. En esto de la literatura el autor viene a ser un mero personaje más por mucho que se esfuerce. Y, por ello, es harto difícil prever a dónde se va a llegar, si es que se llega a parte alguna. Hemos de contar, además, con lo imprevisible: suele ser muy previsible. Ayer mismo, de buenas a primeras, alguien me dijo: no vamos a ninguna parte. Así para empezar. La primera en la frente… No se va a hacer viaje alguno; sino que, procuraremos, al menos, acabar como se empezaba. Es necesario hacerle caso a Eugenio: las perspectivas son falsas. ¿Y por qué no ha de ser amor sin límites? Pues claro, esa es la actitud. Y no lo digo desde la ironía; sino desde el convencimiento. Porque no hay frase mal dicha, sino mal interpretada.

Decía siempre mi padre, a quien conocí poco, porque nos dejó antes de empezar uno a tener pensamiento propio: “Las personas deberíamos tener un cuello muy largo, como algunas aves, para que tardásemos más de diez segundos en emitir palabras; seguramente, no nos había dado tiempo a sopesar a digerir estupidez alguna.” Mis propósitos, en lo personal, es acabar o entender una obra que empecé sobre lo judeoconverso de Teresa de Ávila. Voy por la página 100; quizá porque lo castellano recio de la Santa, necesita de más documentación, tiempo, conocimiento: reposo, en definitiva. Está ya rematado y corregido un nuevo libro de cuentos: “Al abrigo del Monte Abantos”. Debo de agradecer los desvelos de mi buen amigo Mariano Rivera Cross. Puede que, con la llegada de la primavera, al igual que estalla la primavera serrana, vea la luz en estos pagos de insólitas magnitudes. Nunca me olvido de Cervantes. Para un servidor es, ha sido, será en lo personal y en su obra, espejo donde mirarse: “Grave sin presunción, alegre sin bajeza”, siempre fue mi lema cervantino. Leí el Quijote a temprana edad. Saqué el libro de la biblioteca que existía en los bajos del Ayuntamiento de San Lorenzo del Escorial. Y, como era lógico,  entendí bien poco. Después, con el tiempo, incluso en la última lectura, reciente, ya voy atisbando algo de lo que es esto en que consiste vivir. De hecho, no es que me suceda como a la Generación del 98, le dolía España, pero sí creo que estamos viviendo una época de estupidez, de mediocridad. De ir por el mundo con un candil apagado, atisbando, suponiendo, desconociendo lo fundamental y despreciando lo que importa. Y, por encima, haciéndonos daño, perjudicándonos, por el hecho de pensar diferente o, lo más grave: por establecer diferencias (nosotros, ellos) sociales. No aprenderemos nunca. En algunos de mis escritos intento acercarme a ello. Pero soy consciente de lo poco que nos atrae el conocimiento, la reflexión,  frente a las voces, a los gritos, a la improvisación de taberna. Eso de la inteligencia emocional, debe de estar respaldado por algo más que la pillería o el cinismo.

En otro orden de cosas, intentaré hacer lo más importante: vivir. Para ello es imprescindible cuidarse. Otra cosa es cuanto nos quieran regalar de propina. Perdonar, comprender y querer. Hay poco más, además de reconocer cuanto uno no hace bien. Y, claro, leer. Ese ejercicio, además del físico, no puede faltar; porque activa la mente, y es capaz uno de atisbar algunas cosas necesarias. Tuve un profesor, siendo muy niño, en el Colegio Público Carmen Cabezuelo de San Lorenzo del Escorial; quien insistía: “Es necesario leer para desburrarnos”. Aquello se me quedó grabado. Estas serán, en mi caso,  las formas de ir rellenando estas páginas de este año. No faltará alguna reflexión en estos lugares o en otros. Ni, por supuesto, faltará el tiempo que hay que dedicar a los nuestros. Eso ya se da por hecho, pero hay que decirlo, como manifestar a alguien que se le quiere, al menos  dejar constancia de ello. Intentaremos escribir día a día este libro. ¿Y quién sabe con las sorpresas para bien y para mal con las que nos encontraremos? Al menos, en cuanto  dependa de nuestro negociado, nos sorprenda con los deberes hechos. Y, claro, nos quejaremos cuando nos lacere el zapato. Y tendremos presente a la persona: está por encima de las maldades, las oportunidades, los intereses y los aprovechamientos interesados.

Ya iremos viendo si con el tiempo seguimos aquí, diciendo estas u otras cosas. A veces, piensa uno si no estamos mareando la perdiz ante tanta necedad sobrevenida. Somos de saber de todo, sin saber de nada. Sin embargo, habremos de procurar desmentir cuanto se dice, a sabiendas de que no se procura la verdad, sino los privilegios. Sin olvidarnos. Lo más importante, y a donde solamente puede llegar el hombre, por mucho que nos empeñemos: “es a ser hombre”. En esto, como en tantas otras cosas, don Antonio Machado fue profético.

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