mayo de 2024 - VIII Año

Santayana ante la religión

La publicación de El origen de las especies (1859), de Darwin (1809-1882), abrió en el mundo un debate que ha llegado hasta la actualidad sobre la veracidad de los relatos de las Sagradas Escrituras. La cuestión planteada se refería a la veracidad de las “verdades”, valga la expresión, de los relatos de la Biblia. El debate se concentró especialmente en los primeros libros bíblicos, el Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia), relativos a la creación del mundo y del hombre. Las controversias que generó la divulgación de la obra de Darwin se extendieron al significado de todas las tradiciones religiosas, filosóficas y culturales cristianas de las sociedades modernas y de su cultura, que se hallaban entonces hondamente impresionadas por los grandes avances científicos de los siglos XVIII y XIX.

Casi mil años después de que el judío Filón de Alejandría (20 a.C.-40 d.C.) abordase su empeño de armonizar el Pentateuco con la filosofía griega, se planteó en el mundo un debate de sentido contrario al propuesto por el pensador alejandrino. La obra de Filón es filosófica, aunque sugiere -y seguramente mucho más que eso- que las “revelaciones divinas” contenidas en el Pentateuco son plenamente verdaderas. Para Filón, no cabían dudas respecto a que el mundo fue creado por Dios, aunque esta sea una tesis más teológica que filosófica. Filón fue el primero en abordar estas cuestiones en el mundo helenístico, así como un pensador fundamental para entender el largo y complejo proceso de asimilación de la tradición filosófica greco-latina por el incipiente cristianismo.

Tras la aparición de la obra de Darwin, la veracidad de la Biblia, en general, y de los relatos bíblicos sobre la creación, en particular, fueron duramente cuestionados por las corrientes positivistas y por los pensadores agnósticos y ateos, pues El origen de las especies causó un gran impacto en todo el mundo. En Estados Unidos de América, entre las muchas discusiones surgidas al respecto, destaca la desarrollada en la Universidad de Harvard. Y es que la tormenta intelectual desatada por la teoría evolucionista de Darwin produjo allí una interesante polémica protagonizada por Santayana (1863-1952) y otros pensadores de esa Universidad.

Este debate cobra su mayor importancia por cuanto permite conocer las ideas de Santayana sobre la religión. En efecto, en 1920, un editor publicó una obra compuesta con textos suyos, titulada Pequeños ensayos, que era un compendio de la ya por entonces extensa obra del español. Se trataba de un conjunto de 114 textos destacables de sus escritos, en cuya selección y preparación colaboró el propio Santayana. Entre ellos hay 21 dedicados a la religión, de los que se dispone de edición española en Trota, Madrid 2015. El pensamiento de Santayana sobre la religión no está sistematizado, si bien estos 21 Pequeños ensayos permiten acercarse a las intuiciones, a veces irónicas, de este “católico estético” como él mismo se definió.

En el debate de Harvard, Santayana se centró en señalar lo que él consideraba el “valor epistemológico” de la religión. Desde su perspectiva, lo que en filosofía se denomina religión es un fenómeno social universal que, desde la más remota antigüedad, se presenta en versiones y con modalidades diferentes en las distintas tradiciones culturales aparecidas en la Historia. Por esta razón, Santayana rechazó las ideas positivistas y materialistas vulgares de que todas las religiones no son, por resumirlo brevemente, sino una mera colección de mentiras y mitos inventados por las élites o clases dominantes, con el propósito de someter y oprimir a sociedades tan ingenuas como incultas.

Para Santayana, toda expresión religiosa conlleva el más que honesto propósito de transmitir y difundir una determinada “verdad”. Pero la religión no constituye en sí misma una “verdad” total y absoluta, ni es el único referente para dotar al mundo de sentido, como se ha sostenido a menudo desde las posiciones más tradicionales. Y es que el valor epistemológico de la religión que reclama Santayana procede de que la religión se configura como la afirmación general de los más profundos anhelos humanos y se concreta en un ideal: lo bueno y lo justo son posibles. Es en esta perspectiva en la que Santayana destaca el sentido simbólico, estético y poético, en fin, “humanizador”, de la religión. Aunque Santayana advierta siempre de que la religión no puede aceptarse como la “verdad” total y absoluta, como sostenía la tradición. El auténtico valor de la religión (cristiana) procede de esa concreción de los grandes ideales que se plasman en ella.

En nuestra cultura, continua Santayana, existen diferentes expresiones sociales que hacen referencia a seres superiores trascendentes que han alcanzado la categoría de dioses. Estos son referentes ideales situados en el horizonte de los deseos de plenitud y felicidad más profundos del ser humano que busca lo bueno, lo bello y lo justo. Pero estos referentes no tienen por qué ser ontológicamente reales y, por tanto, no se pueden enjuiciar únicamente desde la perspectiva de su verdad o de su falsedad. Para llegar hasta esta conceptuación, Santayana consideraba imprescindible romper los vínculos tradicionalmente establecidos entre religión y realidad, pero no para descartar la religión sino para purificarla de adherencias que le impiden ser lo que debe.

Santayana, del que ya ha se ha tratado en Entreletras (leer Jorge (George) Santayana, un español en la estela de Emerson), definía su pensamiento como un realismo filosófico que aspira a conciliar el espíritu con la naturaleza, de la que él mismo forma parte. Santayana asumió el materialismo como la constatación de un hecho. Para él, el materialismo constituía un principio de realismo y de cordura, casi de honradez intelectual, que ejerció en su pensamiento una función metódica y fundante de toda su filosofía, pero sin reduccionismos ni unilateralismos. Por ello se ha denominado a su filosofía materialismo realista, o realismo materialista.

La materia, para Santayana, es un presupuesto previo a cualquier cuestión epistemológica, pero sin que esta aserción constituya una afirmación dogmática negadora de la vida del espíritu. En su obra de madurez, Los Reinos del Ser, concluida en 1940, Santayana comenzó por la “materia”, que es uno de esos reinos. En razón de la relevancia de lo material, Santayana destacaría el valor epistemológico del conocimiento científico, pero sin perder de vista las limitaciones de la ciencia y, sobre todo, sin dejar de denunciar las pretensiones “metafísicas” -en su peor sentido-, del “cientificismo” moderno. El realismo materialista propone una nueva conceptuación de la relación entre materia y espíritu, que rompe con la tradicional dicotomía entre ambos.

En lo relativo a la religión, desde su realismo materialista, Santayana subrayaría la relación que él consideraba la fundamental: el vínculo entre la religión y el sentir humano, el corazón del hombre. Para él, la relación directa entre las “verdades” religiosas y la realidad debe ser desechada, para poder captar la verdadera relación que hay entre ambas. Una relación que se establece en función de las percepciones de la realidad recibidas a través de los sentidos. Y es que, como en el caso del conocimiento de la verdad, también en lo religioso el espíritu se constituye en receptor de la realidad a través de los sentidos, pero no de las sensaciones en este caso, pues lo hace a partir de los sentimientos que esas sensaciones generan en el espíritu.

Quizá esta conceptuación de Santayana pueda considerarse que se aproxima a la posterior idea zubiriana de “inteligencia sentiente”, y hasta la anticipa. Y es que, de modo análogo a como el conocimiento necesita de lo que Santayana denominó la “fe animal”, es decir, la creencia en que los sentidos facilitan al hombre información sobre la esencia de las cosas del mundo, la religión canaliza los sentimientos del ser humano mediante una “fe espiritual” que sublima en ella las aspiraciones más puras del sentimiento del hombre y define los grandes ideales. Este es el esfuerzo epistemológico que pide Santayana para posibilitar el acceso racional a lo que es la idea de Dios. Una idea que, pese a estar aparentemente oculta, sostiene la realidad de la naturaleza.

Para Santayana, el avance en el conocimiento de la naturaleza condujo al hombre al problema de la definición de ideales, que se hipostasiaron en la idea de Dios, pues Dios es esa idea que apela al sentimiento de plenitud y perfección en la belleza, la bondad, la justicia, la sabiduría, etc. El ideal del sentimiento que se concreta en la idea de Dios es lo más relevante de la religión en este análisis. Santayana libera al concepto griego de υπόσταση (hipóstasis= definición del ideal abstracto como realidad) de su valor teológico para significar “ser de un modo verdadero”, “ser de un modo real” o también “verdadera realidad”. Un concepto de realidad referido a lo que se encuentra en el fondo del alma, a lo que otorga fundamento a una obra o a un discurso que, en su filosofía, significaría la sustancia individual, o “realidad personal”, en cuanto se contrapone a mera “ilusión” o a fantasía.

Dios no es una mera invención, en el sentido de la elaboración de una falsa imagen postulada como real, y menos aún un mero resultado de la fantasía. Santayana rastrea el concepto de Dios en el sentido más profundo del verbo latino invenire: hallar algo que se encontraba oculto, no sólo descubrir o inventar. No se trata de que Dios sea el resultado de un sueño de la razón que fabula imágenes falsas. La palabra y la figura ideal de Dios surge en la mente cuando el ser humano, impulsado instintivamente por sus inclinaciones naturales, consigue liberarse de las presiones cotidianas de la existencia para poder definir un ideal puro. La religión no trata, pues, exactamente de hechos, sino que idealiza la experiencia, desde los más puros deseos y anhelos humanos, a través de la imaginación.

Son esos ideales lo que Dios y la religión representan. Y ahí radica su fuerza: mueve las conciencias porque es natural y proyecta al hombre hacia lo más elevado, puro, perfecto y armonioso. Santayana mantiene un difícil equilibrio entre el positivismo y la tradición católica. Un equilibrio complejo, pues él no practicó la religión como un creyente, aunque, a diferencia de los positivistas, no por ello dejase de complacerse en todo lo que la acompaña, especialmente en su ética. Y, aunque nunca se opuso a la religión, tampoco aceptaría que ésta dominase totalmente la cultura. Para él, la función de la religión es orientar al ser humano, inmerso en medio de fuerzas y eventos que escapan a su control e ignoran sus intereses, proporcionándole la sabiduría de la renuncia y el afán de perseverar en el pensamiento y en la acción.

Santayana no olvidó la religión y volvería a tratarla, con más detalle, bastantes años después en El último puritano, novela publicada en 1936. Para él, y éste es el tema de su novela, el mayor peligro de las religiones surge cuando éstas se interpretan en sentido literal y estricto, pues entonces la religión se convierte en fanatismo opresivo, intolerancia y superstición. Pero Santayana hizo en su novela algo más que impugnar y ridiculizar el vulgar ateísmo de los positivistas y de los que no pasan de “anticlericales”, que ya había expresado en sus Pequeños ensayos. En esta novela profundizó su reflexión sobre el fenómeno religioso y se adentró en pormenores como el enjuiciamiento de las diferencias entre católicos y protestantes, dentro del cristianismo.

En esta novela, Santayana se mostraría muy crítico con los creadores del protestantismo, los grandes reformadores del siglo XVI, como Lutero y Calvino. Incluso, llegó a calificarlos de «bárbaros del norte», y también les responsabilizó de haber contribuido a la pérdida del encanto y de la poesía originarios del cristianismo. Más aún, Santayana denunció y satirizó la falsedad de las pretensiones de los reformadores de aportar una mayor autenticidad religiosa. Santayana responsabilizaba al protestantismo de las interpretaciones más literales y rigoristas de la religión cristiana, que generaban periódicamente oleadas de fanatismo exacerbado y de persecuciones en los países protestantes.

En lo estrictamente personal, Santayana profesó en su filosofía una incredulidad agnóstica bastante próxima al ateísmo filosófico, más que a la mera duda. No obstante, supo atemperar y superar el escepticismo inherente a todo agnosticismo, con el retorno a un catolicismo estético, seguramente influido por su herencia española, católica romana. Incluso llegó a lamentar su pérdida de la fe, al afirmar que la creencia religiosa (especialmente la católica) es un «error espléndido” que se ajusta magníficamente a los impulsos del alma y de la vida. Los últimos años de su vida los pasó en Roma, en una residencia regida por monjas católicas.

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