abril de 2024 - VIII Año

Jorge (George) Santayana, un español en la estela de Emerson

Jorge (George) Santayana (1863-1952) ha sido uno de los pensadores más influyentes del siglo XX en los Estados Unidos. Nació y pasó su primera infancia en España, pero aunque nunca renunció a la nacionalidad española, su formación fue americana y desarrolló su más importante actividad intelectual en los Estados Unidos, en cuya tradición filosófica está merecidamente incluido. Sin embargo, y contando sus estancias veraniegas anuales en España, Santayana pasó la mayor parte de su vida en Europa, donde murió (Roma).

Santayana, junto con Ralph Waldo Emerson (1803-1882), ha sido quizá uno de los mejores escritores de la tradición clásica americana. Eso ha facilitado que, a menudo, los filósofos tiendan a leer a Santayana como una figura literaria, que lo es, más que como un filósofo, que también lo fue. A esto ha ayudado, al menos en parte, el que su obra se desarrolla simultáneamente en los dos planos, pues fue un fino literato y un pensador profundo, a la vez. Un caso excepcional, ya que modernamente se tiende a disociar radicalmente filosofía y literatura. Probablemente, la frase más conocida de Santayana sea también una de las peor citadas habitualmente: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” (La Vida de la Razón, 1905).

Santayana no fue sólo un pensador, sino que fue también un literato de éxito, como lo prueba la cifra de ventas alcanzada por su obra de ficción, la novela El último puritano, que alcanzó gran difusión y fue seleccionado por el Club del Libro del Mes en 1936. Una obra inspirada en el pensamiento de Emerson, del que recibió una importante influencia. Ese mismo año, 1936, Santayana ocupó la portada de la revista Time. Y es que, tanto en composición como en crítica literaria, Santayana demostró poseer una prodigiosa capacidad para la literatura. Los escritos de Santayana le atrajeron un gran número de lectores y sigue siendo hoy uno de los pensadores más leídos y citados del siglo XX.

La filosofía de Santayana es de cuño materialista, aunque esto deba ser cuidadosamente precisado. Su filosofía está muy influenciada por el materialismo clásico de Demócrito y sobre todo de Lucrecio (99-55 a.C.), cuya obra De Rerum Natura, fue una de sus obras filosóficas favoritas. Santayana se declaró materialista, pero no en el sentido usual del positivismo triunfante en su tiempo, ni tampoco en el sentido marxista, sino siguiendo el materialismo originario propio de la filosofía griega. En realidad, Santayana despreció a ambas escuelas, positivista y marxista, porque ninguna es realmente materialista. Como bien expresa el Profesor Abellán, Santayana sí que fue materialista, pero de verdad. Es decir, concebía la materia como el elemento biológico primario, pero de esa afirmación no extrajo un presupuesto teórico, ni el carácter metafísico puramente idealista del materialismo contemporáneo, especialmente el marxismo positivista de las últimas décadas. De los filósofos antiguos Santayana recibió una profunda influencia de Lucrecio, como ya se ha dicho, y también de la filosofía Hindú, especialmente a través de la obra de Emerson. De los filósofos modernos, Santayana reservó su mayor elogio para el hispano-holandés Benito Spinoza (1632-1677).

Su pensamiento conoció dos períodos distintos. Tuvo un período temprano, “humanista”, en el que compuso El sentido de la belleza (1896), Las Interpretaciones de Poesía y Religión (1900), y los cinco volúmenes de La vida de la razón (1905-6). Y tuvo un periodo de madurez, el período «ontológico» posterior, en el que produjo Escepticismo y Fe Animal (1923), y su gran tratado de ontología, en cuatro volúmenes, titulado Los Reinos del Ser (entre 1927 y 1940). La filosofía de Santayana puso en conexión una rica diversidad de perspectivas históricas que culminó en una formulación única e inigualable: el materialismo realista, o realismo materialista, que propone la reconciliación del espíritu y la naturaleza de la que es parte.

Santayana asumió el materialismo como la constatación de un hecho. Un principio de realismo y de cordura, casi de honradez intelectual, que ejerció en su pensamiento una función metódica y fundante de toda su filosofía, sin reduccionismos ni unilateralismos. El realismo materialista de Santayana rompe la dicotomía tradicional entre materia y espíritu. La materia es para él un presupuesto anterior a cualquier cuestión epistemológica, pero sin incurrir en dogmatismos. En su obra de madurez, Los Reinos del Ser, comenzó con la “materia”, uno de esos reinos, afirmando que la materia es el principio y causa última de las implicaciones de la materia consigo misma y con la esencia, la verdad y el espíritu. Santayana privilegió el valor epistemológico del conocimiento científico, sin por ello perder la consciencia sobre las limitaciones de la ciencia y, sobre todo, sin dejar de ver y denunciar las derivas metafísicas, en su peor sentido, del “cientificismo” moderno.

En La Vida de la Razón, subtitulada “las Fases del Progreso Humano”, está incluida la formulación más completa de la filosofía moral de Santayana, de inspiración principalmente aristotélica. Esta obra, publicada entre 1905-1906, se ha considerado una de las obras de filosofía más poéticas y mejor escritas de la historia americana. En 1951, casi al final de su vida, Santayana elaboró un compendio de un sólo volumen de La Vida de la Razón a instancias de su editor, con la ayuda de su amigo y alumno Daniel Cory. En esta edición, además de eliminar prolijidades y redundancias, Santayana hizo un esfuerzo para disipar las brumas idealistas del cuerpo realista de su filosofía y dejar claro al lector que la idea del hombre sobre el mundo natural, nunca puede entenderse que se refiera al mundo en sí. La obra se divide en cinco grandes apartados: Razón en su sentido más común, en la sociedad, en la religión, en el arte y en la ciencia.

En razón en la sociedad, Santayana estudió la posibilidad de que los hombres puedan ser orientados a la virtud sin el estímulo de esperanzas y temores de orden sobrenatural. Pero, no pudo sino reconocer que eso es un imposible. Y es que, desafortunadamente, nunca ha existido en el mundo una moralidad o un régimen social verdaderamente racional. Y, seguramente, tampoco sea aconsejable buscarlo pues, en el mejor de los casos no sería más que un “lujo” de filósofos. Y, en el peor, ilusiones de sociedades falsamente ideales, que prometen la felicidad a cambio de ejercer poderes totalitarios. Una visión pesimista inspirada en la filosofía de Schopenhauer (1788-1860).

Santayana partió de la constatación de que el estado, aunque sea un monstruo peligroso, es necesario para mantener la estabilidad y la seguridad. Así, frente a la postulación de sistemas ideales de gobierno, Santayana propuso el viejo sistema “mixto”, de origen romano y base aristotélica, que tanto influyó en los constituyentes americanos de 1787. Santayana propuso como régimen político la combinación de aristocracia y democracia. Y lo hizo en la convicción de base empírica de que, bajo esos sistemas, siempre han florecido la libertad, el arte y la ciencia, y se puede reducir, y hasta minimizar, la corrupción. Santayana abogó por una especie de aristocracia natural, las “élites naturales” surgidas de la meritocracia, en la que gobernarían los más competentes y capaces. Pero sin que los hombres y mujeres dejen de poseer el derecho de acceder al gobierno. Esta “aristocracia natural”, inspirada en Jefferson (1837-1826), se funda en su prevención frente al “igualitarismo”. Al igual que Platón, Santayana consideró que «la igualdad de los desiguales es la desigualdad». Para Santayana, la única igualdad posible, además de la igualdad legal, es la igualdad de oportunidades. En su A Theory of Justice, John Rawls (1921-2002) señaló que «la aristocracia natural de Santayana es una posible interpretación de los dos principios de justicia«.

En cuanto a la razón en la religión, otro pensador norteamericano de origen canadiense, William Durant (1885-1981), autor de The History of Civilization (1975), consideró que en esta parte de La Vida de la Razón Santayana logró plasmar su mejor inspiración. Santayana destacó la importancia de la comprensión de la religión para comprender al hombre, ya que la religión es común a todos los hombres. Y, con toques poéticos, destacó la belleza de los mitos religiosos. De acuerdo con su realismo materialista, Santayana rechazó la existencia de un alma trascendente, y postuló que «el alma es sólo la organización interior del animal material». También rechazó la inmortalidad en el sentido común de la palabra. Para Santayana es el espíritu y la energía del mundo lo que actúa en nosotros. Nuestro privilegio es haber podido percibir el movimiento del espíritu. Con ello ganó fama de spinozista, por haber defendidor una visión tan poco ortodoxa de la idea de inmortalidad.

Santayana desdeñó el ateísmo vulgar de los positivistas y el ateísmo ramplón de los que no pasan de ser meros “anticlericales”. Y criticó especialmente a los creadores del protestantismo, Lutero y Calvino, a los que denominó «los bárbaros del norte». En su ya citada novela, El Ultimo Puritano, los satirizó por la falsedad de su pretensión de autenticidad. Santayana responsabilizaba al protestantismo de las interpretaciones literales y rigoristas de la religión, y de la pérdida de la poesía originaria del cristianismo. Él profesó un ateísmo filosófico, aunque logró atemperar y superar el escepticismo inherente a todo ateísmo, con el retorno a un catolicismo estético, influido por su herencia española, católica romana. Así, llegó a lamentase por su propia pérdida de la fe, al afirmar que la creencia religiosa (especialmente la católica) es un «error espléndido” que se ajusta magníficamente a los impulsos del alma y de la vida.

En la razón en la ciencia, Santayana sostuvo que la materia y la mecánica son las fuerzas que gobiernan el universo; no hay nada fuera de sus leyes y nada escapa a ellas, incluidos los humanos. La razón ha de basarse en la ciencia, ya que «la ciencia contiene todo el conocimiento confiable». A pesar de la primacía otorgada al valor epistemológico del conocimiento científico, reconoció la incapacidad de la ciencia y de la razón para encontrar verdades metafísicas. De ahí su propuesta de impulsar la investigación simbólica del universo. Y, sobre todo, su crítica radical al “cientificismo” actual, que ha intentado crear una Metafísica de la Ciencia o, peor aún, una “religión cientificista” puritana, con todos sus dogmas y sus anatemas.

The Realms of Being (1942), en español Los Reinos del Ser, fue su última gran obra que, junto con Escepticismo y fe animal y con La Vida de la Razón, recogen la práctica totalidad de su pensamiento. Pero Los Reinos del Ser es su obra más notable. Y es que, mientras las dos primeras se centran principalmente en la epistemología y en la ética, respectivamente, en Los Reinos del Ser desarrolló Santayana su ontología y su teoría metafísica, en particular su doctrina de las esencias. En su obra definió cuatro reinos del ser: el reino de la esencia, el reino de la materia, el reino de la verdad y el reino del espíritu.

El reino de la esencia ostenta para Santayana una especie de primacía sobre los otros reinos. Para él, la esencia es todo lo que es o tiene un carácter. Esto incluye pensamientos, imaginación, derivaciones de la lógica y objetos materiales. En formulación emersoniana de inspiración kantiana, Santayana sostuvo que no se puede experimentar nada más que a través de estas esencias. La esencia es la conciencia, diferente del conocimiento o de la fe.

El reino de la materia es la “materia material” y objetiva del universo. Manteniéndose fiel a su materialismo, Santayana consideró a la materia como el «flujo existencial primordial» que, además, puede ser en cierto sentido cognoscible. Su concepción de la materia se aproxima a la sustancia de Spinoza, la res extensa. La materia carece de propósito, pero constituye el ámbito de determinación de lo que puede ser y lo que no. Los humanos sólo pueden conocer la materia desde la distancia, simbólicamente. Santayana se refirió siempre a la materia sólo como «metáfora», en lo que constituye uno de los aspectos más provocativos de su filosofía: la ciencia no es menos literaria que la poesía al representar la materia en el sentido de que debe expresar sus verdades de forma remota, a través de la lente del sesgo humano. Santayana respetaba la ciencia y la creía esencial para las experiencias cotidianas, pero nunca la deificó como lo han hecho muchos otros filósofos del siglo XX. Para Santayana, la ciencia es sólo una aproximación falible a la verdad.

El reino de la verdad es para Santayana una especie de subdivisión del Reino de la Esencia. La verdad es una parte del reino de las esencias. La verdad es el surco que la materia debe arar sobre la faz de la esencia. Todos los eventos que tienen lugar, implican concatenaciones de esencias elegidas por la materia para su aparición en el curso de la vida humana. Son sus relaciones objetivas las que permiten introducir, para el entendimiento humano, la posibilidad de la verdad. Santayana se acercó en este punto a Kant, pero se apartó de los pragmáticos clásicos, de los que a menudo se lo consideró como un mero continuador.

El espíritu, para Santayana, se asemeja y confunde casi con la conciencia. El espíritu es esa parte de la vida constituida por su serie de intuiciones. Santayana creía que la mente está más acostumbrada a la esencia que a los hechos y, como tal, la conciencia a veces puede manifestar cosas que no son hechos. Aquí es donde se encuentra el Reino del Espíritu, que puede considerarse el intento de Santayana de reconciliar a Platón con las exigencias de la razón. La contribución más importante de la filosofía de Santayana se halla en la propuesta de reconciliación del espíritu y la naturaleza, dos realidades muy enfrentadas en la vida contemporánea.

Hacia el final de su vida, Santayana se atrevió a proporcionar en un soliloquio la expresión de una ordenación memorable, aunque en parte irreverente, de las filosofías del mundo:

“… el progreso de la filosofía no ha sido de tal tipo que los últimos filósofos sean los mejores: es todo lo contrario … cuanto más tarde llegamos a la historia de la filosofía, la filosofía se vuelve menos importante y menos verdadera en cuestiones fundamentales.

Supongamos que coloco las obras de los filósofos esenciales, dejando de lado los sistemas secundarios y de transición, en una estantería de cuatro estantes; en el estante superior (fuera del alcance porque no puedo leer el idioma) colocaré a los indios; en el siguiente, los naturalistas griegos; y para remediar la lamentable escasez de sus restos, agregaré aquí a los libres indagadores del renacimiento, que llevan a Spinoza, que después de dos mil años retomó el hilo de la especulación científica; y, además, toda la ciencia moderna: de modo que este estante se convertirá en toda una biblioteca de lo que normalmente no se llama filosofía. En el tercer estante pondré el platonismo, incluidos Aristóteles, los Padres, los escolásticos y toda la teología honestamente cristiana; y sobre la última, la filosofía moderna o subjetiva en su totalidad. Dejaré tirado sobre la mesa, como de dudoso destino, las obras de mis contemporáneos. Hay mucha vida en algunos de ellos. (…) tienen un ingenio vivo, pero me parecen como niños jugando a la gallina ciega; están muy emocionados por no saber dónde están”.

Santayana recomendó colocar en los estantes inferiores, en los “inferiores” de verdad, toda la filosofía que se publica, reimprime y discute en las universidades de todo el mundo occidental en la actualidad, de la que tenía una muy pobre impresión.

Estas recomendaciones motivaron que un crítico caracterizase a Santayana de “ecléctico desafiante” (Charles Hartshorne, “Santayana’s Defiant Eclecticism” en The Journal of Philosophy, Vol. LXI. No. 1, 1964: 35-44), sugiriendo que su pensamiento no pasaba de ser una soberbia y taimada elusión de los problemas reales de la filosofía, mediante el recurso de la sublimación de antiguas doctrinas excéntricas. Este aspecto destacado por el crítico Hartshorne ha seguido constituyendo una interesante materia de debate y análisis para los estudiosos de la obra de Santayana.

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