abril de 2024 - VIII Año

Estados Unidos, el declive anunciado de una visión del mundo

Los sangrientos sucesos registrados en el Capitolio de Washington el 6 de enero de 2021, en el curso de una multitudinaria manifestación de rechazo contra la designación de Joe Biden como 46º presidente de los Estados Unidos, invitan a una reflexión profunda por su insólita y extraordinaria gravedad. La sangre, cinco muertos y 13 heridos de gravedad, ha sido derramada a tiros junto a los escaños donde se sientan los representantes electos de la nación.

Los cimientos civilizacionales de la denominada primera democracia del mundo se han visto allí hondamente removidos. El asalto armado a la suprema sede parlamentaria por parte de individuos furiosamente determinados a impedir la confirmación de la derrota electoral de su líder -e irresponsable aleccionador- Donald Trump, revela la vulnerabilidad de un sistema político cuyos engranajes institucionales crujen por doquier. Y se resquebrajan a consecuencia de una serie de dolencias graves que sus organismos políticos padecen desde tiempo atrás y a los que nadie, hasta el momento, parece haber puesto remedio por carecer de conciencia sobre su peligrosidad. La fractura social, germen de toda confrontación, que emerge hoy tan abruptamente en su clase política, es en Estados Unidos, un hecho objetivo, con dimensiones económicas, étnicas, éticas e ideológicas de muy difícil exageración, dada su entidad.

Crisis del bipartidismo

La falta de soluciones a los graves problemas registrados obedece a un ensimismamiento al cual, por inducción de su clase política, ha sucumbido la sociedad estadounidense. Esta se encuentra hoy profundamente cuarteada en segmentos cada vez más antagónicos e incomunicados entre sí, por contradicciones que afloran luego acentuadas en sus instituciones políticas.

Salta a la vista que el bipartidismo, exhibido –y exportado, incluso con armas mediante- como emblema único de la fortaleza democrática norteamericana, salta allí ahora en pedazos habida cuenta de las evidentes insuficiencias que desde las filas republicanas y demócratas se ofrecen al pueblo en sus programas políticos respectivos. El mensaje ultraindividualista, recitado de manera incesante desde que las recetas ideológicas de William James se impusiera como mantra oficial del pragmatismo del poder dominante, ejercido en la misma clave por republicanos y demócratas, ha alejado de las prácticas políticas allí desplegadas cualquier consideración social. Y, sobre todo, ha impregnado con su tóxica lluvia fina a la mayor parte de las clases sociales estadounidenses, que lo han asumido sin la menor consideración crítica al respecto. Por no asumir, ni siquiera parecen capaces de asumir su condición de clases con intereses y poderes bien distintos y antagónicos, así como con posiciones sociales diferenciadas. Ello es fuente de episodios de enajenación ideológica como la que hemos visto estos días desplegada en Washington, agravada por la inducción premeditada de un presidente como Donald Trump caracterizado por transgredir todo tipo de conducta, pauta o norma que forme parte de la cultura política vigente, incluidas las derivadas del respeto al Derecho Internacional. Y eso pese a que la figura presidencial, como institución, adquirió tradicionalmente allí un ascendiente moral que servía de ejemplo de los valores y paradigmas democráticos.

La dimensión social de la política se ha desvanecido plenamente en la realidad del país trasatlántico y sus efectos los vemos nuevamente ahora, en un país sanitariamente desprotegido, donde la sanidad pública apenas tiene entidad, pese a verse azotado por una cruel pandemia cuya letal guadaña no cesa en su macabro accionar. Y ello en un país que figura en las listas de los más desarrollados y ricos del Planeta. Los servicios sociales, más las dotaciones en infraestructuras, desde carreteras a los tendidos eléctricos, muestran estados generalmente lamentables, según refieren los corresponsales allí destacados.

Tales carencias dañan con graves padecimientos a la población pobre que las sufre con posterioridad a las catástrofes naturales, como las sobrevenidas en las inundaciones registradas por el huracán Katrina en el área de Nueva Orleans, en los reiterados incendios en California o en las tierras del interior abatidas por los tifones, entre muchos otros ejemplos. Las colas de los sin recursos surcan el país de Norte a Sur. Empero, la carrera tecnológica se despliega allí con todo tipo de estímulos, pero las Humanidades, las Ciencias Sociales, la Antropología, apenas tienen cabida en los sofisticados gabinetes de Silicon Valley. La deshumanización tecnológica es un hecho, que acarrea precariedad laboral y salarial, destruyendo las expectativas del trabajo descualificado cuyos titulares quedan a menudo excluidos del acceso a la formación.

En el plano de las ideas y los valores, pese a la profusión de filmes donde los afroamericanos desempeñan papeles de jueces federales, abogados, jefes policiales o, incluso, Secretarios de Estado, el conflicto étnico no está ni mucho menos resuelto en el extenso país de Abraham Lincoln. Más bien, empeora. El trato policial hacia esta amplia comunidad se revela, cada día, como evidentemente discriminatorio, lo cual constituye un explosivo foco potencial de conflictos sociales, dada la baja posición social que los afroamericanos suelen ocupar en la escala social.

En el área laboral, la vida sindical, valladar eficaz en otras latitudes contra las exacciones del allí tan voraz capitalismo financiero, apenas existe fuera de una esfera meramente local o comunitaria norteamericana. En la vida sociopolítica, los sindicatos resultan ser irrelevantes. Por ende, la participación político-electoral, salvo casos excepcionales, deja voluntariamente fuera de las urnas a más de la mitad de la población. Es curioso que en el léxico sociológico estadounidense no exista el término clase obrera, que allí queda subsumido bajo el genérico término clase media.

Hollywood, violencia y desconcierto

La interacción social, la intercomunicación como bálsamo de la conflictividad ínsita en todo tipo de sociedades, así como herramienta indispensable para generar cohesión social, queda pues yugulada por ese atroz individualismo oficial, cebado poderosamente hoy por las denominadas redes y, desde hace décadas, también por los contenidos de la filmografía de Hollywood. La llamada fábrica de sueños pasó de ser el principal flagelo ideológico y cultural contra el nazi-fascismo durante la Segunda Guerra mundial a ser hoy difusor de una violencia irracional, de una policialización de la vida, de una infantilización social premeditada para esquivar el conflicto social y político, amén de devenir en catálogos de armas cada vez más sofisticadas. Se ha convertido así en mentora de una devaluación suicida de los valores democráticos que un día La Meca del Cine tan valientemente defendiera contra Hitler y sus secuaces políticos o ideológicos. Por el contrario, hoy parece contribuir a cebar las numerosas y reiteradas exacciones violentas, pistola o rifle en mano, a las que asistimos con francotiradores psicópatas como protagonistas de asesinatos en colegios e institutos.

La Prensa escrita, una de las instituciones que signaban el potente músculo de la otrora envidiable democracia estadounidense, hace tiempo que dejó de pesar en la configuración informativa y estimativa de la realidad por parte de la ciudadanía. La prioridad dada por los dueños de los medios a la lógica del capitalismo financiero, que desmanteló irresponsablemente centenares de equipos de investigación periodística antes de la crisis de 2008 impidiendo averiguarla y preverla, devaluó en buena parte de la Prensa el compromiso informativo con la sociedad a través de la difusión de la verdad. Quedó así desprovista del mordiente crítico que, como contrapoder, ejerció a lo largo de décadas. Desplegó aquella tarea mediante la información y la opinión publicadas, frente al descontrol, siempre presente, de la ambición de quienes se guían tan solo por el incremento exponencial, a costa de lo que sea, de su propia y exclusiva tasa de ganancia o de su poder político.

En el mundo académico estadounidense, la herencia del mentado pragmatismo de James; más la del irracionalismo de Nietzsche, y sus émulos; así como el olvido de la herencia de las aportaciones sociológicas de un Wrigth Mills, o de un Wilhelm Reich, incluso de un Herbert Marcuse, unidas a la desaparición del pensamiento crítico y su reemplazo por sucedáneos que quedan sofocados por el sistema a nada que despunte la menor arista crítica, sigue vigente en las aulas y seminarios. Y ello pese a que es el mundo universitario modélico desde la perspectiva organizacional, no así su configuración elitista ideada para formar hoy ya casi únicamente a los hijos de los pudientes. El sueño meritocrático e igualitario norteamericano se ha eclipsado. Las generaciones venideras van a vivir peor que las precedentes. Las condiciones de vida mayoritarias se deterioran mientras las fortunas de los ricos crecen con obscena intensidad.

Como colofón, la política exterior estadounidense carece de una diplomacia competente, incapaz de eludir la amenaza militar -800 bases militares por todo el mundo así lo atestiguan- como recurso permanente ante cualquier tipo de problema plantado en la arena internacional, mientras el secular aislacionismo fluctúa con el intervencionismo en políticas de ida y vuelta que desconciertan a aliados y amigos.

Nada bueno preludian los acontecimientos en Washington, porque hunden sus raíces en el entramado de valores y símbolos, hoy pervertidos,  que vertebraron los fundamentos de un ascendiente mundial hoy en crisis. El crédito moral que la participación estadounidense en la histórica derrota del totalitarismo nazifascista ha prescrito. Por otra parte, tras la implosión de la Unión Soviética, Washington no ha sido capaz de garantizar al mundo un horizonte de paz duradera y sigue buscando pelea con el viejo oso mediante una asfixiante rusofobia, que compromete a Europa y a su independencia, habida cuenta de que el islamismo radical –en su día fomentado por Estados Unidos para vencer a la URSS- nunca dejó de ser un grave problema, sí, pero con soluciones meramente policiales que nada tienen que ver con el llamado equilibrio del terror de la Guerra Fría.

Problema añadido es que los derrumbamientos imperiales como al que asistimos en Estados Unidos acostumbran arrastrar consigo a otros sistemas más débiles, si estos no se muestran capaces de blindarse contra sus desastrosos efectos. Confiemos en que las mejores gentes del gran país de Franklin, Jefferson y Lincoln sean capaces de hallar soluciones a los gravísimos problemas que el país encara, donde el más destacado parece erguirse como un hasta ayer impensable riesgo de confrontación civil.

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Archivo Entreletras

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