mayo de 2024 - VIII Año

Literatura de mujeres, por mujeres, para mujeres… ¡¡vaya batiburrillo preposicional!!

La lectora de Jean-Honoré Fragonard (1770)

¡¡Mujeres, alzaos!!

Ser mujer es un plus, me dicen, las mujeres están de moda, firmar una mujer un proyecto de investigación posee más valor, dirigir una mujer una cátedra tiene mayor visibilidad social y profesional; escribir literatura una mujer…ahí es donde podemos encontrar el escollo. No sé si la rareza, pero cuando menos, algo extraño si partimos de algo tan superficialmente “inocuo” como el uso de la preposición: ¿cuál emplear?

Literatura de mujeres, para mujeres…el colectivo femíneo en alza, cierto, pero igual que en otras facetas y circunstancias de la vida, la literatura también ha sido “heteropatriarcal”, si se me permite esta etiqueta, y a pesar de la gran cantidad de autoras, predominan los autores. ¿Cuestión de preposiciones?

Sí, es verdad: vaya mejunje de conectores léxicos y sintagmáticos que supone hablar y escribir, sobre todo, escribir de literatura femenina; entramos en un terreno líquido, más bien pastoso, casi diría amorfo.

Insisto en lo de “escribir” literatura (otra cosa es la tradición oral de contar), por eso de verba volant y scripta manent. No es igual discutir por teléfono que hacerlo por guasap. Cuando lees en tu dispositivo: “… perdona, Pilar, no quiero seguir hablando contigo” la cara de pasmo que se le queda a una es de antología y solo queda responder con el emoticono de ojos de besugo, porque si nos enredamos en esa ¿petición? tan contundente corremos el riesgo de que nos bloqueen. Son las cosas del querer, como melodiaba la famosa tonadilla: hay quien prefiere lo oral y otros lo escrito. De eso tratan hoy estas líneas.

De fútbol ¿femenino? Y literatura femenina…

En cualquier caso, y al hilo de lo que venimos diciendo, no es cuestión baladí poner coto a eso de la literatura femenina o literatura de mujeres por empezar de algún modo.

Coto y límites entendidos como parámetros que pretenden cierta transparencia, ver la luz del túnel y descifrar entresijos al respecto. Ya veremos si se consigue o no.

La gracia, como en casi todo, está en intentarlo o al menos reflexionar sobre la cuestión que nos atañe.

Por empezar desgranando cierta inquietud, confesaré que ni tan siquiera tengo claro que el adjetivo calificativo especificativo “femenino” se corresponda con el sintagma preposicional complemento del nombre: “de mujeres”.

La sinonimia, ya sabemos que nunca completa ni absoluta, juega esas malas pasadas, si bien en algunos casos enriquece las posibilidades semánticas del discurso sea oral o escrito, literario o no.

En televisión, los comentaristas (no siempre reporteros deportivos -la especialización pasó  a mejor vida-) encomian sin paliativos las lindezas del “equipo (femenino) de fútbol (femenino) de la selección de fútbol (femenina)”.

He querido reproducir esta reiteración de “femenino/femenina” porque ejemplifica de manera palmaria la vacilación del mismo, es decir, de dónde ubicar el adjetivo: ¿en equipo, en fútbol o en selección? La duda, pues, asalta para encajarlo de manera correcta.

Escuché que no se trata de fútbol femenino -como si el masculino tuviera otras “reglas” –perdón, reglamento, distinto- sino de equipo femenino versus equipo masculino. Solo hay un deporte, el fútbol, jugado por hombres y mujeres. Me convenció.

Y pensé si tal “solución” era aplicable a la “literatura femenina”, “literatura de mujeres”.

Aquellas escritoras, estas literatas…

Que siempre han existido escritoras, mujeres que han escrito literatura, resulta una perogrullada incontestable; al lector remito, aunque parezca que “aquí vengo a hablar de mi libro” a Retratos femeninos. Vida y obra de mujeres especiales (Editorial Literatura Abierta) donde hago una recopilación de “mujeres escritoras” (valga la redundancia genérica) a lo largo de la historia.

Tendríamos, pues, a una autora, la que signa este artículo que escribe sobre escritoras.

Se trata, pues, de literatura de mujer (emisora), sobre mujeres (mensaje), para mujeres (receptoras) con un estilo lingüístico de fémina (código). Conviene formular la anterior frase entre interrogaciones, al menos la parte referida a “para mujeres”.

Observamos de qué manera se van articulando los elementos de la comunicación y todos ellos en femenino; podría deducirse, pues, que el sector masculino quedaría excluido (en otra ocasión convendrá hablar de sexo y género para no reducir la realidad al binarismo tan traído do y llevado por propios y extraños).

En el último congreso al que acudí de CreadorAs en la Educación literaria e Intercultural, una participante apuntó que andaba “algo mosca” (sic) porque a su hija solo le proporcionaba para leer libros de escritoras y en el centro escolar también insistían en lecturas escritas por mujeres. Más adelante vuelvo a este punto.

Contenidos femíneos y varoniles…

Soy consciente de que es una obviedad también, afirmar que el contenido de la literatura de mujeres, no necesariamente ha de ser de materia femenina o de temas que solo nos atañen a las mujeres.

Lo que me lleva a compartir en voz alta o sotto voce que el mensaje, los argumentos, las tramas… no son privativos de varón o hembra más allá de quien rubrique el texto.

Ahora vamos conociendo de qué manera muchas mujeres han camuflado su identidad bajo el seudónimo que claramente correspondía a “denominación de origen” masculina por el solapamiento al que se veían relegadas socialmente a lo largo de décadas y centurias: recluidas a la función de madre y esposa: y punto. Lo demás no puntuaba.

Añadiría punto y coma porque ya es mucho lo que se deriva de ambos estados.

Pero si además a las mujeres les daba por esas veleidades de la redacción, el “acabóse”, apaga y vámonos.

Por lo tanto, máscara y parapeto bajo nombre varonil. Ahora bien, resultó que eran hábiles tejedoras de relatos fácilmente atribuibles a plumas masculinas. Lo de siempre: sorpresa y rasgado de vestiduras cuando la historia ha dado nombres insignes de mujeres empalidecidas tras la coraza de hombre, tanto en “las armas” (metafóricamente y literalmente, también) como en las letras.

De ahí se puede columbrar que eso de la etiqueta de “literatura femenina” hace aguas y casi atisbamos la inundación irremediable.

Y más si esperamos que la mujer escritora plasme “ñoñeces” o “moñadas” propias del género encogido e fragile como suspiraba a pleno quejío Melibea allá por 1499 y… ha llovido mucho desde entonces.

De qué y para qué escribir…

Salvada más o menos la cuestión de la autoría llegamos, por tanto, a la de la chicha, lo mollar sobre la que escriben las mujeres.

Y me consta que hoy en día quedan muchos mandriles que denuestan la lectura de un libro escrito por mujer ya que no se han desprendido de los estereotipos adjudicados por tradición y costumbre al sector femenino: un listado de ingredientes para una receta culinaria, consejos de lavado y planchado… poco más que algo similar a la hoja parroquial (con todo mi respeto eclesial).

La sorpresa y el susto vienen cuando una mujer firma una novela negra, traza contenidos de suspense y se atreve a descuartizar el porno con un descarnamiento propio de “cine para adultos”; la imaginación del lector no conoce límites y mientras lo cuente un hombre, tiene un pase, pero que todo lo anterior lo exprese una mujer…la sospecha, el ensañamiento y el sambenito cae irremisiblemente a esa escritora que se atreve con crímenes abyectos, matones de medio pelo y escenas procaces. ¿De dónde habrá tomado argumentos; qué mente tan perversa le inspira? ¿Qué ha experimentado y con quién?

Este resquemor ante un autor es impensable. A los hombres les toca la razón, lo duro y lo “heavy”,  a las mujeres el corazón  y la sensiblería. Mujer que escribe sobre temas masculino… ¡mal! Casi reprobable.

Para quién escribir sería la otra inquietud: hacerlo únicamente para niñas como la pequeña de mi colega que solo lee literatura escrita por mujeres. Sería interesante averiguar que piensan sus compañeros de clase. O por qué no se deciden madre (no se mencionó al padre) y profesoras a ofrecer títulos escritos por hombres.

Nos encontramos ante el fenómeno de la reactancia: nos vamos de un extremo a otro. Si no quieres taza, taza y media.

De nuevo el sesgo radical que poco ayuda al auténtico objetivo que nos ocupa: leer.

Leer, siempre leer: con o sin preposiciones…

Recopilando el batiburrillo que encabeza estas páginas, percibo que no está iluminado eso de “literatura femenina” en cuanto al uso de la preposición “de”, y es que ya el latín dejó muestra palmaria del caos con el genitivo: la coincidencia derivada de dicho caso en la que confluyen: pertenencia, origen, partición, posesión…todo un contubernio de usos que nos conducen al error cuando hablamos de la preposición “de” aplicada a literatura y mujeres. Se confabulan acepciones que entrañan dificultad a la hora de marcar posibles límites diáfanos.

Literatura de mujeres, la que escriben, la que escribimos las mujeres, de contenidos femeninos y para mujeres. No lo termino de ver.

Quizá tengamos que volver al símil futbolero y decir que hay Literatura y que luego tenemos equipos, o sea, personas: mujeres y hombres que escriben. Fin.

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