Como suele ser habitual en las programaciones del Teatro Real la temporada se cierra con un título clásico y muchas representaciones. Verdi siempre es un valor seguro con ‘Il Trovatore’ como insignia; la obra más representada de su autor casi por encima de ‘Aída’ y la quintaesencia de todo un género. Estrenada en 1853 a los pocos meses se representaba en el viejo Teatro Real donde Isabel II, la aristocracia y la clase media de la época abarrotaban los palcos. A lo largo de un dilatado periodo de tiempo este título se ha venido representando bajo los más diversos equipajes.
Esta producción junto a la Ópera de Montecarlo y la de Copenhague vio la luz en 2019 en la época pre-pandemia. Su retorno se produce con los mejores créditos musicales. Nicola Luisotti es un director vibrante cuanto toca esta clase de repertorio: su estilo personal comunicativo, entusiasta y asertivo al máximo se traduce en una elegante dirección donde algunos momentos tocan el cielo (hay dos funciones de las diecisiete que el Real ha programado hasta el 20 de julio donde Francois López-Ferrer estará al frente de la batuta).
Lo llamativo es el juego de los repartos, hasta cuatro que se sucederán a lo largo de los días, donde aparecen primeras figuras de la escena internacional y algunos nombres españoles presentes en el circuito de los teatros mundiales; aspecto que lleva a pensar lo difícil que ha debido ser combinar agendas artísticas. El Conde Luna (Artur Ruchski, Juan Jesús Rodríguez, George Petean), Leonora (Marina Rubeka, Saioa Hernández, Anna Netrebko), Azucena (Ksenia Dudnikova, Ania Rachvelinshvill, Teresa Romano, Clementine Margaine), Manrico (Piotr Beczala, Celso Albelo, Vittrorio Grijolo, Yusif Ehvuzov), Ferrando (Krystof Baczyk, Marko Mimica), Inés (Rocío Faus, Mar Moran), Ruiz (Fabián Lara), Monsajero (Moisés Marín), Zíngaro (Juan Manuel Muruaga, Koba Sardalashvill), Madre de Azucena (Claudia Aguero).
Fijémonos en el segundo ‘cast’ donde aparecen nombres españoles (Saioa Hernández, Juan Jesús Rodríguez, Celso Albelo…) a cuya representación asistimos, que no desmerece en absoluto de las super-estrellas: los tres a un alto nivel. Lo que a veces supera cualquier prejuicio contra los segundos, terceros o en este caso cuartos repartos. Arropados por el Coro titular del Real dirigido por José Luis Basso que tiene gran presencia en la partitura.
Desde la perspectiva escénica esta producción dirigida por el hispano-mexicano Francisco Negrín (bisnieto del antiguo presidente del gobierno de la República durante la guerra civil, el doctor Juan Negrín) adopta una concepción antagónica con otras versiones teatrales de una obra capital de Verdi caracterizadas por su realismo naturalista. A diferencia de aquellas aquí la totalidad del envoltorio escénico se caracteriza por la oscuridad, con tonos de una negritud absoluta. Las únicas referencias son las ropas de época diseñadas por el autor del espacio escénico, Louis Desiré.
En su origen el argumento ya era demasiado rígido, con personajes arquetípicos melodramáticos y situaciones que se viven fuera del escenario, no dentro de él. Esa ausencia de matices en los tipos y falta de dinamismo en las situaciones debe ser paliada como intenta la dirección teatral con un constante movimiento.
Ni un solo elemento de atrezzo, carencia total de referentes de contenido naturalista en el decorado de un casi obsceno ejercicio de oscuridad, donde en cambio adquiere un enorme protagonismo el fuego real, que aparece siempre encendido al pie del escenario, bajo densas masas de fuego o antorchas.
Esa aparente ‘desnudez’ que no debe ser confundida con minimalismo, pese a su agresividad plástica deja a ese torbellino pasional sobre el que se basa el argumento y a partitura en su máxima capacidad de exposición, sin el menor uso de mobiliario, en su expresión pura de la pasión; aunque pueda chocar con el recuerdo de otros ‘Trovatore’ en.los que el elemento naturalista estaba presente. Negrín compensa esa desaparición de elementos referenciales decorativos con un uso puntual de las coreografías de lucha escénica y el movimiento de los personajes, tanto adultos como niños.
Negrura y fuego vivo en una producción en la que hay que anotar como detalles, el trabajo de Nicola Luisotti, unos repartos en general bien elegidos y complejos, un buen uso de las acciones escénicas de esgrima, junto al sutil trabajo de iluminación de Bruno Poet. Aunque esa árida negrura del espacio teatral acabe por pasar factura al espectador desde el punto de vista visual. Quienes se benefician son las voces, y el montaje parece estar pensado para que se luzcan pese a esa sensación tenebrosa que domina la escena.












