El relato último de la nieve
Patricia Iniesto de Miguel
Casa Editora Universidad del Azuay
65 pp.
Patricia Iniesto de Miguel compone en El relato último de la nieve, galardonado con el Premio Internacional de Poesía Escrita por Mujeres «Ana María Iza» 2025, un libro de notable coherencia simbólica, en el que la experiencia interior se proyecta sobre un paisaje de nieve, agua, invierno y memoria. Tras Cosmogonía de la luz y del invierno (2021), Las formas del viento (2022) y Toda palabra es una duda (2024), la autora madrileña profundiza en una línea de escritura que ha ido depurando sus motivos esenciales: la fragilidad de la identidad, la conciencia del tiempo, la búsqueda de sentido y la interrogación constante sobre aquello que permanece cuando todo parece destinado a desaparecer.
La impresión de la tradición grecolatina hasta la poesía contemporánea aquí se presenta como una forma de reflexionar sobre el presente; los mitos, los símbolos y las figuras heredadas son espejos en los que el sujeto poético reconoce sus pérdidas, sus preguntas y sus tentativas de reconciliarse con los otros y con el mundo. Así, el libro erige una poética de la memoria y del tránsito: una meditación sobre lo que se desvanece y, al mismo tiempo, sobre lo que deja huella.
La propia estructura se ajusta perfectamente a esa voluntad de itinerario. El preámbulo, los veinticuatro cantos y el epílogo configuran una arquitectura cerrada que invita a una lectura casi circular. El poema inicial contiene la clave interpretativa del volumen: «Voy a revelarte, presta atención, / el final de todos los cuentos que nunca se acaban». El verso sitúa al lector ante una paradoja fértil: todo final es, también, una forma de permanencia. Como la nieve que se funde y deja sobre la tierra una huella apenas visible, el poema se convierte en vestigio, en rastro de algo que ya no está y, sin embargo, continúa actuando.
Los veinticuatro cantos son breves; solo dos exceden la página. Esa contención formal intensifica la densidad simbólica. Predomina el verso libre, sometido a un magnético ritmo interno, sostenido mediante encabalgamientos suaves, pausas meditativas y una sintaxis que alterna la claridad con ciertas zonas de extrañamiento y elementos oníricos. Los poemas avanzan a partir de imágenes sucesivas, asociaciones inesperadas y desplazamientos semánticos que amplían el significado sin quebrar la transparencia expresiva.
Desde el primer canto se advierte esa tensión entre desplazamiento exterior y búsqueda interior: «Amoldar los pasos / a otro hemisferio / no es diferente a cualquier otro vértigo / a la turbulencia que calla / o a reconocer lo que se oculta / al otro lado del espejo». El motivo del espejo introduce uno de los motivos fundamentales del libro: el desdoblamiento. La identidad se presenta como una realidad inestable, construida mediante reflejos, pérdidas y reconocimientos parciales.
Al inicio de la composición VI se halla el título del volumen: «Has memorizado todos los adverbios / que sobreviven al bostezo del agua / al relato último de la nieve». La nieve se transmuta en símbolo del tiempo y de aquello que solo puede ser preservado gracias a la palabra. El agua, por su parte, funciona como imagen de transformación continua. De ahí que Javier Gallego señalara la importancia del imaginario del agua, presente a lo largo de todo el libro como una metáfora del tránsito.
Uno de los elementos más intrigantes del poemario reside en su diálogo con los mitos y con ciertas figuras literarias universales. La autora convoca a Ícaro, Eurídice o el laberinto para releer relatos conocidos desde una sensibilidad contemporánea. «Me llamas Ícaro / contestas», leemos en el canto X. La caída deviene en una forma de conocimiento. Del mismo modo, la aparición de Eurídice —«No hay retorno para ti / Eurídice. / Ya acunas el polvo / y el abrazo de las medusas»— desplaza el mito de su posibilidad hacia la aceptación del límite y de la pérdida.
Estas referencias remiten a una tradición que podría situarse entre la meditación órfica de Rilke, el simbolismo de Antonio Machado y ciertas zonas de la poesía de José Ángel Valente, donde el lenguaje se aproxima a lo invisible y convierte la experiencia interior en una forma de revelación. Sin embargo, Patricia Iniesto integra su voz en esas huellas.
El motivo del invierno tiene una gran relevancia. Pero lejos de representar sólo el agotamiento, está representando un tiempo de identidad, de conocerse. «El invierno aún murmura / tras la ventana / desde la que planeas tu huida», se lee en la inserción cursiva de la composición XVI. La estación fría aparece como un espacio de resistencia y aprendizaje. La fractura, la herida o el frío son lugares desde donde comprender mejor la existencia: «Para reconocer la fractura / hace falta quizá nombrar la herida».
También la prosodia participa de esa poética del desvelamiento. Los versos se deshacen en determinados finales, logrando una sensación de suspensión que intensifica la resonancia emocional. Las repeticiones léxicas, algunas anáforas y las estructuras paralelísticas contribuyen a un ritmo meditativo, mientras que las imágenes —nieve, agua, escarcha, pájaros, niebla— van tejiendo una red simbólica muy cohesionada.
Uno de los momentos más logrados se presenta en el canto XXII: «Perderse dentro, / no deshabitarlo / es quizá la única forma / de enfrentarse al laberinto». La imagen resume buena parte del sentido del libro. El viaje conduce hacia un territorio íntimo donde memoria, lenguaje y experiencia se entremezclan. La salida del laberinto consiste en aprender a habitarlo.
El epílogo, por último, deja una sensación serena: «Bajo tus párpados reposó un día / la geometría azul de todos los inviernos». La imagen condensa todo el proceso: la experiencia ha sido asumida y transformada en conocimiento. El invierno deja de ser una amenaza para ser memoria.
El relato último de la nieve confirma la madurez de una voz que ha sabido articular un universo simbólico propio, donde la precisión formal da cuenta de una intensa reflexión sobre el tiempo, la pérdida y la identidad. Patricia Iniesto de Miguel entrega un libro de lenta resonancia, sensible a las grietas del vivir y a la música secreta de aquello que permanece.





