
En 1898, el día cinco de junio, nació Federico García Lorca. Un dieciocho de agosto, treinta y ocho años después, dejó de respirar el hombre y comenzó a vivir su trascendencia.
El número ocho parece marcar su vida, teñirla con su simbolismo de renovación, infinitud y dualidad.
Nacer en 1898, es emerger cuando una época y su pesimista generación, firman epílogos. Morir, súbitamente, en 1936, es culminar, cuando concluye un ciclo y se inicia la larga noche. Federico solo dispuso de treinta y ocho años para dar forma a su voluntad creativa. Solo de treinta y ocho años para amores vedados y vaticinios. Y solo bastaron treinta y ocho años para esculpir la forma, el mito y la idea del poeta intemporal.
No queda nada por decir de Federico, ni de su personalidad y lo de íntimo, de su dramaturgia, de su poética, de su asesinato y tampoco de su incierta tumba. No queda nada por decir, no, pero su esencia habita mi imaginario espiritual y me lleva a fantasear con lo que fue y lo que no. Anhelo penetrar en el primer Federico y, más aún en el poeta que surge entre los majestuosos perfiles de Manhattan, entre el gótico reflejo que elevó su plegaria a un cielo gris en aquella ciudad de “geometría de la angustia”, “de alambre y muerte”, envuelta en conmovedoras luces de neón.
- Federico está herido por la ausencia del amante y devastado por el sarcasmo de amigos que lo definen “mensajero de arcadias”, “perro andaluz”… Su equilibrio se quiebra, la crisis personal hostiga. Necesita otra cosa. Necesita postergar su voluntad de amar, superar el ansia de ser aceptado y el eco de los versos del sombrío romancero, escapar del “ambiente provinciano que llena el corazón de telarañas”, y del pintoresquismo. Conocer la simbólica utopía.
“Era mi voz antigua
ignorante de los densos jugos amargos”.
(Poeta en Nueva York, ‘Poema doble del lago Edem’)
Sufre el poeta, añora el hombre. Federico se malgasta, y cavila, y entiende, y se marcha. Desea oír colores y ver sonidos, desea inundar sus versos de euforia delicada y alejarse del entorno incoherente de las pequeñas cosas que araña su alma. Quiere que la realidad sucumba ante sus poemas, quiere concebir lo ambiguo y hundirse en lo enigmático igual que en sus amores.
“Quiero llorar porque me da la gana.
Como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”.
(Poeta en Nueva York, ‘Poema doble del lago Edem’)
Cruzó el océano un hombre en profunda crisis existencial que halló identidad en la pasión de Harlem, en el jazz, en la opulencia, en la miseria, en el sexo sin condiciones y en el hondo sufrimiento de las minorías marginadas. Viajó un creador abatido para hollar las huellas de otro bardo y reconocerse. Allí vibró su voz con la palabra honda de poeta esencial.
“La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada…”.
Nueva York le propone esperanza y futuro. Lo acoge Manhattan en su desoladora negación de la naturaleza, en su modernidad agresiva, entre nuevas sensaciones que marcan su poesía y renuevan su lenguaje para firmar el fin de una etapa de búsqueda.
“La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible…”.
(Poeta en Nueva York, ‘La Aurora’)
Nueva York, inspiración sutil, palabras de brío reprimido que trasciende la tierra, los países, a los hombres y a la misma indulgencia. Harlem, emoción hundida en el fango sonoro de África, misterio indescifrable de belleza y dolor, de amor sin raza, de amor sin futuro, de amor sin amor y de armonía desacorde de sexo y de silencios surreales que olvidan las hortensias y estremecen.
“¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem!
¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate de sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero con un traje de conserje !”.
(Poeta en Nueva York, ‘Oda al rey de Harlem’)
- Obligado regreso del hombre que camina al encuentro del destino más cierto. Nueva York ya es distancia, es quizá distopía y deseo de trasladar su casa a las estrellas, desde aquella Granada envuelta en muerte y lodo.
“Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida
Ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas”.
(Poeta en Nueva York, ‘Panorama ciego de Nueva York’)





