
Del desarrollo personal y la literatura infantil a la novela romántica y el thriller, Bibiana Reyes ha ido construyendo desde Tenerife una trayectoria heterogénea y perseverante, difícil de encerrar en una sola etiqueta.
Resulta, cuando menos, curioso que una escritora que ha terminado encontrándose cómoda entre asesinatos, viejas leyendas, conventos y suspense comenzara su aventura literaria de la mano de un pequeño gusano. Pero así fue. Mucho antes de Bajo el convento, probablemente su novela más conocida, Bibiana Reyes Cruz había escrito El gusanito Lupy, un cuento infantil con vocación educativa y medioambiental. Eran otros tiempos —también para ella— y nada hacía sospechar todavía que aquella tinerfeña nacida el 7 de marzo de 1977 acabaría transitando con bastante naturalidad por géneros tan diferentes como el desarrollo personal, la literatura infantil, la novela romántica o el thriller.
Bibiana comenzó a escribir en torno a los veinticuatro años. No fue, por tanto, una de esas niñas que llenaban cuadernos de cuentos y poemas y a las que todos auguraban un futuro entre libros. O, al menos, ella no lo cuenta así. Su primera obra, escrita en 2002, fue precisamente El gusanito Lupy, un cuento contra la contaminación que tardaría bastantes años en publicarse. La elección del tema tampoco fue casual. Reyes ha confesado su amor por los animales —de pequeña incluso quiso ser veterinaria— y su convicción de que la educación durante la infancia resulta fundamental para aprender a respetar el medio ambiente. El pequeño Lupy fue, pues, su primera criatura literaria, aunque el libro no vería la luz hasta 2018.
Su estreno editorial llegó en 2014 con Si duele, no es amor. Y no fue con una novela, sino con un libro construido a partir de historias reales en torno a las relaciones tóxicas, la dependencia emocional, la autoestima o la necesidad —tan fácil de recomendar y tantas veces tan difícil de practicar— de alejarse de aquello que nos hace daño. El título, desde luego, no puede ser más explícito. Si duele, no es amor. Parece una evidencia, aunque la experiencia demuestra que no siempre somos capaces de reconocerla mientras estamos dentro de una relación que nos va consumiendo. El libro pretende precisamente ayudar a identificar esas situaciones, recuperar la autoestima y aprender a decir basta. Podríamos encuadrarlo dentro de eso que hoy denominamos desarrollo personal, aunque detrás de sus páginas hubiese experiencias reales y, por tanto, personas reales.
Hay quizá una constante que comienza entonces y que después reaparecerá, de otra manera, en sus novelas: personajes (muchas veces mujeres) que han de enfrentarse al miedo, a circunstancias difíciles o a la necesidad de reconstruirse. No sé si Bibiana Reyes lo había pensado así cuando comenzó a escribir —probablemente no—, pero los escritores también van dejando huellas de sí mismos entre libros que, aparentemente, poco tienen que ver unos con otros. Si duele, no es amor se presentó el 4 de octubre de 2014 y le permitió algo decisivo para cualquier autor: encontrarse con sus lectores. Uno de aquellos encuentros tuvo lugar durante la Noche en Blanco de La Laguna de ese mismo año. Muchos de quienes se acercaban a verla le preguntaban por novelas románticas. Bibiana llevaba ya algún tiempo dando vueltas a la posibilidad de escribir ficción y aquellas preguntas terminaron por empujarla.
Y llegó Natalie. El salto era considerable. Del libro de reflexión basado en experiencias reales a una novela romántica con sensualidad, violencia, misterio y una creciente dosis de suspense. Su protagonista, Natalie Pow, es una modelo estadounidense que, después de sufrir una brutal agresión en el seno de una relación violenta, decide desaparecer. Cambia de aspecto y abandona Los Ángeles para refugiarse en Oregón. Pero, como suele ocurrir en las novelas —y afortunadamente menos en la vida—, marcharse lejos no significa necesariamente dejar atrás todos los problemas. Pronto comienzan los acontecimientos extraños y la historia sentimental empieza a convivir con la intriga. Por cierto, el nombre de Natalie tampoco surgió de la nada. Natalie Pou había sido un seudónimo utilizado anteriormente por la propia Bibiana Reyes. Algo de ella, por tanto, quedó inevitablemente incorporado al personaje, aunque solo fuese en el nombre. En 2016 fue también finalista del concurso ArtGerust de microrrelatos erótico-románticos con Lluvia de Seda. Era todavía la Bibiana más próxima a la narrativa sentimental, aunque en Natalie comenzaban a abrirse ya algunas puertas hacia otro género. Porque el suspense estaba allí. Tal vez discretamente, compartiendo protagonismo con el romance, pero estaba.
Fue precisamente en aquella etapa cuando conocí a Bibiana. La recuerdo en la Librería Agapea de Santa Cruz de Tenerife, promocionando Si duele, no es amor y Natalie, dos libros bien distintos que, vistos ahora con cierta perspectiva, retratan bastante bien aquel momento de transición en su escritura. De trato afable y ameno, no resultaba difícil conversar con ella sobre sus libros o sobre esa aventura (más incierta de lo que desde fuera parece) de intentar abrirse camino como escritor. Desde entonces la he visto en una promoción casi constante de sus obras, presentándolas y firmándolas en librerías y ferias por toda Canarias, especialmente en Tenerife. Es, en buena medida, el sino del escritor local: escribir no basta; hay que llevar después el libro casi de la mano, enseñarlo, presentarlo, firmarlo y encontrarse una y otra vez con los lectores. No suele haber grandes campañas de promoción detrás ni una maquinaria editorial capaz de colocar una novela en todos los escaparates. De modo que al escritor le toca también hacer de relaciones públicas de sí mismo, recorrer kilómetros y ganarse lector a lector. Las sucesivas firmas de Reyes en librerías tinerfeñas documentan bien esa perseverancia, que ha continuado con sus obras más recientes.
Bibiana lo ha hecho con constancia. Y, mientras tanto, su escritura también fue cambiando. Con La tumba del asesino, publicada en 2019, y especialmente con Bajo el convento, Reyes terminó adentrándose de lleno en el thriller. Y he de decir que el cambio me pareció afortunado. He seguido leyendo sus incursiones en el género y me han parecido buenas, particularmente Bajo el convento, que considero hasta ahora una de sus obras más logradas. Las he compartido en alguna ocasión porque tampoco está de más echar una mano para que circule aquello que merece ser leído. En cierto modo, Bibiana había llegado a un territorio literario en el que podían confluir varias de las cosas que ya venía practicando: personajes sometidos a situaciones límite, intensidad emocional, secretos, miedo, incógnitas y esa necesidad de ir dejando pequeñas migas al lector para que continúe pasando páginas.
Bajo el convento supuso probablemente un momento determinante en su trayectoria. La novela combina dos épocas y enlaza un asesinato contemporáneo con una leyenda que hunde sus raíces en el siglo XVI. Presente y pasado terminan conectándose, y la intriga policíaca se mezcla con la historia y la leyenda. Una fórmula, por otra parte, que tiene algo especialmente atractivo cuando se desarrolla en unas islas donde basta levantar una piedra para que aparezcan varios siglos debajo. La respuesta de los lectores acompañó a la novela. Bajo el convento estuvo entre las más vendidas de la Feria del Libro de La Laguna de 2022 y dos años después alcanzaba su cuarta edición. En enero de 2025, además, Bibiana Reyes participó con ella en Aridane Criminal, en Los Llanos de Aridane, dentro del espacio dedicado a la novela negra escrita en las islas. Para entonces, el suspense había dejado de ser una incursión para convertirse en una de las señas más reconocibles de su literatura. No estaba mal para quien había empezado escribiendo sobre un gusanito.
Pero sería injusto encerrar ahora a Bibiana Reyes exclusivamente dentro del thriller, del mismo modo que habría sido equivocado definirla años antes únicamente como escritora romántica o autora de libros de crecimiento personal. Su trayectoria demuestra precisamente lo contrario: una considerable resistencia a las etiquetas. De hecho, en 2024 volvió al desarrollo personal con Libérate del caos. Limpiando emociones negativas del pasado, un libro sobre emociones, autoestima y meditación que, en cierta medida, retomaba algunas de las preocupaciones de aquel lejano Si duele, no es amor.
Y el viaje continúa: para octubre de 2026 está anunciada La maldición de los Salazar, nuevamente en los territorios del crimen, el misterio y el thriller psicológico. Vuelta, pues, a empezar. O quizá nunca se había ido del todo de ninguno de esos lugares. Ella misma reconocía hace años que nunca había tenido un único referente al que seguir ni pretendía reproducir el modelo de nadie. De sus influencias personales destacaba sobre todo a sus padres y a aquellas personas que fueron dejando alguna enseñanza a lo largo de su vida. Prefería quedarse con cosas distintas de personas distintas. Y algo parecido parece haber hecho, consciente o inconscientemente, con la literatura.
De la literatura infantil pasó a las relaciones humanas; de estas, a la novela romántica; del romance, al suspense y de este al thriller policíaco, sin renunciar por ello a regresar al desarrollo personal. No hay que buscar necesariamente una estrategia detrás de esa evolución. Puede ser simplemente curiosidad, necesidad de probar cosas nuevas o el deseo de contar cada historia de la manera que la propia historia reclama. En aquella entrevista de 2016 se definió con tres adjetivos: «sencilla, afectuosa y leal a mis principios». La primera y la segunda de esas características encajan, desde luego, con la impresión que me produjo cuando la conocí. La tercera acaso ayude también a explicar una trayectoria que ha ido construyendo a su manera, sin excesivo apego a modas ni clasificaciones.
Porque hay otra circunstancia que no conviene olvidar. Bibiana Reyes ha levantado su carrera literaria desde Canarias, con las dificultades añadidas que tantas veces supone escribir y publicar desde unas islas alejadas de los grandes centros editoriales. Hay que escribir, desde luego, pero luego está todo lo demás: hacerse visible, conseguir que los libros lleguen a las librerías, participar en ferias, organizar presentaciones, moverse de una isla a otra y procurar que una novedad no desaparezca engullida por la siguiente. Es ese sino del escritor local al que me refería antes. El de quien termina de escribir un libro y descubre que, en realidad, solo ha terminado la primera parte del trabajo.
Bibiana parece haberlo asumido con naturalidad. La he visto una y otra vez presentando sus obras, firmando ejemplares y buscando ese contacto directo con el lector que probablemente siga siendo, para quienes escriben lejos de las grandes campañas editoriales, una de las mejores formas de conseguir que un libro encuentre su camino.
Al final uno regresa inevitablemente a aquel pequeño gusano de 2002. Quizá porque resulta simpático imaginar que antes de los asesinos, de los secretos y de los conventos hubo un personaje infantil preocupado por el planeta. O quizá porque El gusanito Lupy explica mejor de lo que parece la trayectoria posterior de su autora. Bibiana Reyes comenzó escribiendo aquello que en ese momento quiso contar. Más de veinte años después continúa haciendo exactamente lo mismo, mientras recorre librerías y ferias procurando que sus historias lleguen a los lectores. Solo han cambiado las historias.






