octubre de 2026

‘Una mujer a contraluz’, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Una mujer a contraluz
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Ondina Ediciones, 2026
Número de páginas: 123

Una mujer a contraluz de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós: observar el mundo desde un marco propio

Fue el renacentista genovés León Battista Alberti quien, en su famoso tratado De pictura (1435) definió el marco de la pintura como esa ventana abierta al mundo desde la cual el artista observaba la escena que iba a representar. Esa poderosa imagen trasciende al creador en sus múltiples facetas —Alberti lo sabía por su humanismo— para representar los propios límites del individuo, su perspectiva personal a través de la cual contempla lo que le rodea. Ese “cristal con que se mira” citando al poeta Ramón de Campoamor— será distinto en cada caso, habiendo tantos mundos como personas lo observen.

El universo personal de la poeta asturiana Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres del Camino, 1947) resulta inconfundible. Investigadora y Profesora Titular de la Facultad de Biología de la UCM de Madrid, su mundo lírico ha ido siempre unido a esta pasión por la Naturaleza, a través de la cual ha buscado comprender sus propias circunstancias, en el sentido más orteguiano del término. Sus anteriores poemarios así lo atestiguan, publicados en dos editoriales de referencia como son Vitrubio (Al son de las mareas, Luz velada, Las farolas caminan la calle, La senda hacia lo diáfano, El aire que rompe la niebla, En la línea que dibuja el instante) o Mahalta (Bienandanza en las orillas del haiku y La inquietud de las flores). Junto a lo natural, está también la poética japonesa como inspiración directa en la forma de la escritura —siempre sugerente, enigmática y delicada— o la música, su otro gran amor, asociado al instrumento que tan bien conoce cómo es el piano. Fue éste protagonista de la presentación de su último libro, Una mujer a contraluz (publicado en otra editorial imprescindible, Ondina Ediciones), y su voz melódica también estructura el contenido del volumen.

Una mujer a contraluz nos trae precisamente a esa observadora de la realidad que es Fernández Bernaldo de Quirós a un primer plano. Ella es la protagonista —lo autobiográfico también es bien relevante en la poesía de esta escritora— de esta obra. Pareciera encarnarse en el personaje dibujado hábilmente por el polifacético Eugenio Rivera Claudio (Madrid, 1959) —como siempre nos tiene acostumbrados en su buen hacer—. En el prólogo realizado por el poeta, crítico y traductor burgalés Ángel Rupérez (1953) se indaga en torno al personaje femenino “a contraluz”, llegándose a las siguientes conclusiones: “la figura de esa mujer no muestra su rostro porque la luz viene de atrás y la deja en una oscuridad relativa. Por tanto, si no vemos el rostro ¿qué se ve de ella? La respuesta más impremeditada e inmediata, es decir: lo que se ve de ella es el alma”.

Se trata por tanto del espíritu de una mujer fuerte por resiliente, la cual avanza en la vida no sin pocos obstáculos pero siempre con determinación. La mejor imagen de ese deseo de conocer el mundo, de hacerlo suyo, es esa niña que monta en La bici: “me queda grande. / Es verde / como los prados que miran / —por encima del hombro— / a la boina de niebla y carbonilla”. La ternura o luminosidad convive en muchas ocasiones con la dureza o crueldad de un universo que moldea a sus habitantes sin contemplación. Es muchas veces el mismo ser humano quien actúa despiadadamente contra sus semejantes, siendo la autora víctima de ello; así, en el inquietante poema ¿Y tú quién eres?, esa poeta infante es sometida a una educación religiosa basada en el temor hacia el mal y al castigo: “Le dije que yo era buena. / Que antes de acostarme / hacía la señal de la cruz para ahuyentar al diablo”. De la mujer adulta se transmite también el sufrimiento durante un parto en Amniotomía: “Lo de menos / era la aguja en su amnios / y el manadero de dolor / inundando la soledad de un pasillo. / Y el gemido de la pared. // Tercer hijo. / Así entonces”.

Como hemos destacado anteriormente, la presencia musical es clave —nunca mejor dicho— a la hora de dividir el poemario en sus distintas partes. Podemos encontrar los textos referidos en la primera: Lieder para dos voces y piano. Contrapunto, sin embargo, está habitado por breves poemas a camino entre el haiku y el aforismo, siempre concluidos por una voz en cursiva que parece complementar los versos previos e incluso cuestionarlos —de ahí la mención a la técnica de composición consistente en superponer dos o más líneas o “voces” melódicas independientes—. Así, en I: “No es tanto lo que es / sino el espíritu de quien lo contempla. / ¿Cuál el cambio?” O el IV: “El tiempo es tan volátil / que la vida se esfuma mientras le nombra. / ¡Pido silencio!” Igualmente en el XX: “Que difícil es, para la conciencia, / aceptar la realidad de la muerte. Razón para la desmemoria”. También el XXI: “De nada sirve el lamento / sino es para que se marchiten los sueños. Busca entre tus cenizas”. Hay un impulso esperanzador que siempre busca resistir frente a toda inclemencia, como la vela contra el viento. En este sentido, la Naturaleza se presentará como aliada y benéfica.

Justamente cierra esta obra el apartado Obertura Naturaleza, inaugurado con un poema mistérico: Alguien me habló de un bosque. La poeta se funde en la densidad de los árboles y parece encarnarse en esa capilla gótica que acoge. El oasis de paz y la atemporalidad que representa supone un perfecto autorretrato de la escritora y sus ansias: “¡Es tanta la vida que no veo / y me observa! / ¡Y tanta la vida silente / ajena al ruido del tiempo!” El estudio de la flora y la fauna supone un auténtico regalo para el lector, que se deleitará con poemas como Alegoría: “Se cree la hoja / alegoría del pájaro que duerme en el aire. // La brisa maternal / acuña su ensueño. // – Pero, ¿sabe de su muerte? / – Sabe del gozo de su plenitud”. O Fascinación: “Guirnalda sobre las flores. / Festeja el campo la mañana / con destellos de rocío. // Los espíritus de la luz, / danzan”. El universo microscópico de la bióloga poeta se trasluce en “CONJUGACIÓN” (de dos paramecios), donde lo milagroso o inaudito es facilitado por la ciencia: “Conscientes, en su inocencia, / colman su afán de existir / más allá de los límites de lo finito”. Corona el libro toda una declaración de intenciones en Anhelo del poeta, donde lo poético se funde con lo natural (“Versos / entre los pétalos de flores”) y se manifiesta el afán último de quien escribe: “Un soplo tímido del viento / y un corazón donde brotar”.

Como bien señala el poeta madrileño Antonio Daganzo (1976) en el texto de la contraportada, la “musicalidad” bien conocida por Isabel se hace “plenamente consciente de su poder” cuando toma la forma de la poesía escrita en su obra. En ella, “brevedad y vuelo encontraron la favorable estrella de sucesivas alianzas”. Con Una mujer a contraluz, la poeta “afincada en Madrid […] alcanza este noveno jalón”. Y todo ello logrado desde esa mirada atenta de una autora que ha logrado observar —como diría la Woolf— el mundo desde un marco propio.

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