
La libertad de la poesía
Santiago Montobbio
Ónix Editor (colección Nueva Biblioteca Íntima), 2025
700 páginas
El asombro holístico en La libertad de la poesía de Santiago Montobbio
Nacido en Barcelona en 1966, Santiago Montobbio ha construido una extensa trayectoria poética en la que la literatura se presenta como una forma de explorar la realidad y expresar las inquietudes más profundas del ser humano. Su incorporación al panorama literario tuvo lugar en 1988, a través de la publicación de sus primeros poemas en la reconocida Revista de Occidente. Este comienzo se vio acompañado, apenas un año después, por la aparición de Hospital de Inocentes (1989), su primera obra, cuya recepción despertó el interés de destacadas figuras de las letras, entre ellas Juan Carlos Onetti, Ernesto Sabato, Idea Vilariño, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Carmen Martín Gaite y José Ángel Valente. A partir de estos primeros reconocimientos, su escritura fue adquiriendo una dimensión internacional, favorecida por la traducción de sus poemas a distintas lenguas y por su difusión más allá del ámbito español.
Su recorrido literario, sin embargo, no ha seguido una evolución continua. Tras sus primeras publicaciones, el autor permaneció cerca de dos décadas alejado de la actividad editorial, un periodo que contrasta con la intensidad creadora de su etapa posterior. Su regreso estuvo acompañado de una abundante producción poética que ha ido configurando un universo literario propio, caracterizado por la introspección, la sensibilidad ante lo cotidiano y una concepción de la escritura estrechamente ligada a la libertad individual.
Dentro de esta nueva etapa destaca especialmente su vinculación con la histórica colección de poesía El Bardo, en la que ha publicado buena parte de sus libros. Su producción durante estos años comprende títulos como La poesía es un fondo de agua marina (2011), Los soles por las noches esparcidos (2013), Hasta el final camina el canto (2015) y Sobre el cielo imposible (2016). A ellos se incorporaron posteriormente La lucidez del alba desvelada (2017), La antigua luz de la poesía (2017), Poesía en Roma (2018), Nicaragua por dentro (2019), Vuelta a Roma (2020) y De infinito amor (Cuaderno del encierro) (2021). Esta amplia trayectoria encuentra una nueva expresión en La libertad de la poesía (2025), obra que prolonga su exploración de las posibilidades de la palabra poética.
Más allá de la variedad de títulos que conforman su bibliografía, la escritura de Montobbio mantiene una identidad reconocible. La experiencia personal, la memoria, el amor y la observación de los acontecimientos más sencillos constituyen algunos de los principales puntos de partida de sus composiciones. Su poesía establece así un diálogo constante entre el mundo interior y la realidad que lo rodea, convirtiendo las vivencias individuales en reflexiones de alcance universal. En este sentido, su producción literaria puede entenderse como una búsqueda continua de autenticidad, en la que la creación artística no se limita a representar la vida, sino que se convierte en una manera de vivirla, e interpretarla.
Esta concepción de la poesía encuentra una expresión especialmente significativa en La libertad de la poesía, publicada por Ónix Editor dentro de su colección Nueva Biblioteca Íntima. Con más de 700 páginas, la obra constituye una extensa crónica de la experiencia vital y creativa del autor, escrita entre el 19 de julio de 2021 y el 18 de octubre de 2022. Lejos de limitarse a reunir poemas en torno a una temática determinada, el volumen propone un recorrido continuo por el pensamiento y la sensibilidad del escritor, en el que confluyen la poesía, la prosa reflexiva y el diario personal.
En un panorama editorial marcado por la brevedad y la fragmentación, la publicación de un libro de estas dimensiones supone una apuesta singular por las posibilidades de la escritura. Lo que inicialmente podría parecer una propuesta desmesurada se convierte en uno de sus rasgos más interesantes, pues Montobbio no somete su experiencia a los límites convencionales de los géneros literarios. En las páginas de este libro, la reflexión, la emoción y la observación cotidiana se suceden con naturalidad, dando forma a una obra que encuentra precisamente en su diversidad una de sus principales virtudes. Esta libertad formal responde, además, a una determinada manera de entender la literatura: no como un ejercicio sujeto a clasificaciones rígidas, sino como un espacio abierto en el que la palabra puede acompañar el fluir de la existencia. La extensión del libro adquiere así un significado que va más allá de lo cuantitativo, al reflejar la voluntad de conceder a la experiencia humana el tiempo y el espacio necesarios para expresarse en toda su complejidad.
A nivel formal y documental, la obra destaca precisamente por esta fisonomía híbrida que subvierte el concepto de poemario estanco para dar paso a un fluir orgánico del pensamiento. Es en sus páginas en prosa donde el volumen revela una vertiente ensayística deslumbrante, la cual jamás aparece desvinculada de una altísima tensión poética. En estos textos, la prosa reflexiva, la anotación del diario y la crítica literaria más lúcida se entrelazan de manera natural. El rigor técnico de Montobbio cristaliza en un diálogo intelectual continuo con sus grandes maestros y referentes, de manera que el libro está concebido como un auténtico atlas de lecturas vivas. A través de sus comentarios, el autor despliega agudas calas críticas sobre figuras universales de la lírica como Jorge Luis Borges, Rosa Chacel, Ramón Gaya, José Ángel Valente, Joan Vinyoli, Yannis Ritsos, Yorgos Seferis, Adolfo Emilio Wsphalen o Manuel Álvarez ortega. Sus prosas también relatan conversaciones con amigas, paseos con su madre, recuerdos personales, visitas a universidades y museos. etc. Así, la prosa del libro no solo se erige como un testimonio fiel de su época, sino como una minuciosa disección de los resortes psicológicos y técnicos que gobiernan el propio acto de la escritura.
Montobbio despliega en los versos una poesía sencilla, prístina, pero que jamás está exenta de honduras. Su lírica rehúsa el barroquismo mediante una sintaxis limpia y efectiva; posee un uso sumamente ajustado, más bien escaso, de la metáfora. En su lugar, el armazón formal se sostiene sobre el predominio de la imagen viva, la anáfora y la reiteración. Esta desnudez expresiva confiere a la palabra poética un peso específico, donde cada vocablo parece desenterrado de su estado más puro. Me asombra comprobar cómo, desde la aparente simplicidad, el poeta logra pulsar las cuerdas más íntimas de la existencia. En nítido contraste, su prosa opera bajo una cadencia de una naturaleza particular. Lejos de la agilidad periodística, la narrativa de Montobbio avanza mediante un fraseo marcado por la repetición estructural, el uso de retruécanos y una conducción verbal deliberadamente arcaizante. Esta prosa no busca la asimilación inmediata, sino una suerte de ralentización litúrgica. Es una prosa que se paladea como un salmo, densa y a la vez rítmica, que sirve de contrapeso perfecto a la ligereza aérea de sus poemas.
Otra clave fundamental del volumen —que se erige como una constante indiscutible en la trayectoria total de su obra— es el recurso de la variación. En La libertad de la poesía, los textos no funcionan como piezas aisladas o autónomas; por el contrario, muchos poemas se perciben como extensiones, fragmentaciones o reescrituras de un mismo gran poema. Hay que leer los poemas y textos en prosa de este libro no como mónadas aisladas, sino como células de un organismo que forman un todo narrativo. Resulta reconfortante observar cómo hay pulpa y fulgor; la percepción es siempre serena, nunca alborotada. Esta técnica coral confiere al libro una atmósfera de letanía o de obsesión creadora. Podría parecer que el poeta vuelve una y otra vez sobre lo mismo, pero esa repetición responde a una necesidad más honda. No se trata tanto de explicar una idea como de mantener viva una certeza, de pronunciarla de nuevo para no perderla. Hay algo de plegaria laica, de invocación y de respiración en esa manera de escribir; como si cada poema necesitara recuperar el aliento y, al hacerlo, ayudara también a recuperarlo a quien lo lee. El libro se despliega y se repliega infinitamente sobre sí mismo, recordándonos que la gran lírica no cambia de asunto, sino que profundiza en su misterio original.
A través de este gran tejido de variaciones, emerge con una fuerza conmovedora la voz de alguien que ha conocido muy de cerca el dolor, la pérdida, el miedo y la fragilidad de la vida, pero que se niega a aceptar que esas experiencias tengan la última palabra. Hay en estos textos una conciencia muy profunda de lo que puede quebrarse en una persona, de lo que la vida puede arrebatarnos, y al mismo tiempo una convicción casi obstinada de que existe algo que permanece a salvo, incluso cuando todo lo demás parece haberse derrumbado. Es imposible no conmoverse ante la integridad moral de esta propuesta. No son poemas escritos desde la tranquilidad de quien contempla el sufrimiento a distancia. Se percibe una experiencia vivida, una herida que no termina de cerrarse y que tampoco se pretende ocultar. El poeta no dice que el miedo haya desaparecido ni que el dolor pueda vencerse definitivamente. Más bien parece haber aprendido a convivir con ellos y a descubrir, en medio de esa indefensión, una forma de libertad que nadie puede arrebatarle. Esa es quizá la impresión más intensa que deja la lectura: la escritura no aparece como una conquista exterior, ni como la ausencia de límites, sino como una posibilidad íntima de seguir siendo uno mismo, de continuar sintiendo, amando y creando aun en las circunstancias más adversas. La libertad se relaciona con la dignidad de quien puede ser derrotado sin renunciar a aquello que da sentido a su existencia. La derrota no queda negada ni embellecida artificialmente. Existe, duele y deja sus consecuencias, pero no consigue destruir la fidelidad a una verdad interior. En ese sentido, estos poemas contienen una ética de la resistencia, aunque expresada sin grandilocuencia, desde la vulnerabilidad de alguien que sabe perfectamente cuánto cuesta resistir.
Por lo tanto, no hay en estos textos una voluntad de encerrarse en el propio sufrimiento ni en mensajes crípticos. Al contrario, lo que se ha descubierto en la intimidad quiere ofrecerse a los demás. La apertura que el poeta encuentra en la poesía no desea conservarla únicamente para sí; quiere que sea también refugio y posibilidad para otros. No es una propuesta simplemente esperanzada. Su esperanza no es fácil ni luminosa en un sentido ingenuo, pues está atravesada por la conciencia de la muerte, del olvido y de todo aquello que no tiene reparación. Precisamente por eso resulta más verdadera. No promete que las cosas vayan a arreglarse, ni que el sufrimiento esconda necesariamente una recompensa. Lo que afirma es algo más sobrio y quizá más valioso: que incluso en una vida herida puede existir un espacio interior que siga siendo libre, fértil y capaz de amar.
Esta profunda experiencia interior se encuentra continuamente con el mundo visible. Frente al intelectualismo estéril, la obra respira gracias a la presencia constante de una naturaleza íntima, unas veces rural y otras marcadamente urbana. Montobbio muestra una visión holística en su asombro reverencial por la naturaleza. El pulso del libro se mide en la quietud de los parques, los jardines y las plazas, sobre todo por la zona del Eixample que es por donde el autor suele moverse con su madre. El aire, la luz de Barcelona, la magia de la Pedrera, la balsámica serenidad de las playas, el encanto de las eras, los montes, campanarios y masías no aparecen como simples elementos paisajísticos hermosos; son presencias que acompañan al poeta y le devuelven algo de sí mismo. Existe una correspondencia muy delicada entre la vida interior y el mundo que lo rodea, como si la realidad siguiera ofreciendo señales de una plenitud posible incluso después de la pérdida. En este universo habita una fauna vibrante, en la que abundan ardillas, mirlos, tórtolas, palomas, golondrinas y gorriones, pequeñas criaturas que parecen asistir, como discretos testigos, al monólogo del autor. A esta diversidad se suma una rica vegetación, con mimosas, pinos, buganvillas, cipreses, jazmineros, magnolios, higueras, granados, adelfas y acacias, cuya presencia acompasa el transcurso de las estaciones a lo largo del año que abarca el diario. Sobre este universo vegetal y animal destaca, con una fuerza magnética, la presencia de los elementos: el mar, la lluvia, las nubes, con sus inagotables variaciones de formas y colores, y la luna, especialmente la luna llena, que adquiere un protagonismo singular en los poemas nocturnos y crepusculares. Entre todos ellos, el mar de la Costa Brava sobresale por su capacidad de abrir el horizonte y envolverlo en un halo de amplitud y misterio.

Pero la riqueza de estas páginas no reside únicamente en la variedad de lo observado, sino en la calidad de la mirada que lo recoge. La escritura de Montobbio afina la percepción hasta hacer visible aquello que suele pasar inadvertido, descubre matices en lo familiar y atiende a las transformaciones más sutiles de la luz, el aire y las formas vivas. No se trata tanto de describir el mundo como de demorarse en él, de seguir el curso de sus manifestaciones y acogerlas en su singularidad. De ahí que los elementos más humildes puedan adquirir una inesperada intensidad y que una escena aparentemente trivial llegue a suscitar una revelación. La poesía surge así de una atención perseverante, de una mirada que no pretende dominar lo contemplado, sino aproximarse a ello con disponibilidad. En esa forma de mirar se cifra uno de los logros más hondos del libro: enseñarnos que la realidad, incluso en sus manifestaciones más cotidianas, conserva una capacidad inagotable de sorprendernos cuando sabemos concederle el tiempo y la atención que merece.
En este escenario florece, pues, una emoción particular ante la convivencia de lo cotidiano con lo trascendente, un rasgo que me parece uno de los mayores aciertos del volumen. Debo confesar que los pasajes, en los que se despliega un diálogo ininterrumpido con la madre, me han conmovido de una manera tan honda como desarmante. La reciente pérdida de la mía, con quien me unía una relación entrañable, tejida de complicidad absoluta y confidencias compartidas, ha hecho que sus palabras resuenen en lo más íntimo de mi ser, como un espejo en el que el dolor de la ausencia y el consuelo de la memoria se reflejan y entrelazan. Santiago Montobbio convierte la evocación de la figura materna en el verdadero corazón latente de toda la obra, transformando los refugios compartidos en auténticos santuarios de la memoria viva. La intimidad y los afectos que habitaron aquellos rincones no se extinguen con la muerte; perviven de manera casi mística en la cotidianidad urbana y adquieren una dimensión perdurable a través de los libros que leían juntos, como si la memoria y el amor pudieran arrebatarle a la pérdida su última palabra.
Hay otra cuestión que resulta especialmente conmovedora: estos poemas no hablan únicamente de encontrar una libertad que ya existe dentro de nosotros, sino también de ir construyendo, a través de la escritura, la persona que somos. Es una intuición muy hermosa y a la vez muy exigente que sigo contemplando con admiración reverencial. No escribimos solamente porque somos de una determinada manera; también llegamos a ser quienes somos gracias a lo que escribimos, a lo que sentimos y descubrimos mientras buscamos las palabras. La poesía se convierte así en una forma de conocimiento, pero también de transformación personal. No proporciona respuestas definitivas: acompaña una búsqueda que dura toda la vida.
Al terminar la lectura, queda la sensación de haber acompañado a alguien que intenta salvar del naufragio no tanto los restos de su vida anterior como la posibilidad de continuar viviendo con sentido; alguien que encuentra en la creación no una evasión del mundo, sino una manera de volver a él, de reconocerlo, de habitarlo nuevamente. En el fondo, estos textos hablan de la fidelidad a la vida cuando la vida se ha vuelto difícil. De una lealtad a lo vital que no desconoce el sufrimiento, que no necesita disimular la fragilidad y que tampoco renuncia a la belleza del arte y de la sensorialidad que nos proporciona la naturaleza. El autor, insisto, adopta ante lo real una actitud de humildad y apertura, acompañada de la paciencia necesaria para permitir que el mundo se exprese tal como es, sin imponerle interpretaciones.
En última instancia, el título de esta obra no debe entenderse como una proclama teórica, sino como una constatación existencial y un manifiesto estético. La libertad de la poesía es, precisamente, la emancipación de la palabra frente a las ataduras de las modas, los moldes métricos rígidos y las fronteras de los géneros. Al concebir el libro como un gran poema continuo y mutante, nuestro autor demuestra que la verdadera libertad reside en la capacidad de la poesía para absorberlo todo: el dolor vivo de la orfandad, el canto del mirlo en el parque urbano, el preciosismo detallista de la prosa y el asombro bajo la luna llena. La poesía es libre porque no rinde cuentas a nadie más que a su propia verdad transparente. Con este volumen, Montobbio consuma su declaración de independencia lírica y nos deja una impresión perdurable, acompañada de un hondo sentimiento de gratitud. Porque la poesía no siempre nos salva de aquello que nos sucede, pero posee el poder irrenunciable de preservar y ampliar lo esencial de nosotros mismos mientras atravesamos la experiencia de vivir.






