octubre de 2026

ALBRICIAS / Felicidad

Si hay algo que me sobra en la vida, y no quisiera que me alcanzara nunca, es cualquier felicidad que no provenga y se circunscriba exclusivamente a tener una buena salud de hierro y también a que la tengan los que quiero. Unido a ella, me esfuerzo también por escapar de las obligadas servidumbres inherentes a la felicidad que me pueda proporcionar lo material. El resto de las felicidades, si existiesen, pues en ellas no creo, para nada las deseo. Son incompatibles con dejarse llevar por la brisa del momento.

Cuando oigo a un progenitor, a la pregunta: ¿Qué quieres que sea tu hijo? Responder sin matices, con cara de ciudadano progresista modelo: Yo solo quiero que sea feliz y lo apoyaré en lo que él elija. No puedo evitar pensar que el susodicho es un perfecto majadero y en la mala suerte que tiene el niño con semejante cretino de ejemplo, porque si el vástago, para ser feliz, desea ser un vago redomado o un asesino en serie. ¿Realmente es eso lo que ese padre quiere? ¿Y lo va a animar a serlo? La felicidad, al final, en el fondo, todo lo vuelve triste. ¡Qué tiempos aquellos en los que los padres solo querían que sus hijos fueran personas de provecho! O tempora, o mores. ¡Qué dijo Marco Tulio Cicerón en su primera Catilinaria en el 63 a. C.! Y alguno tuvimos que traducir en clases de latín en el colegio.

Busco solo momentos, cuantos más mejor, para la alegría, la satisfacción, el placer, el disfrute, la sorpresa y la risa, sobre todo esta última; aspiro a poder tener, de manera sobradamente acreditada, el derecho al epitafio “Egoísta acumulador de sonrisas”. Los quiero en paquete, sin excepción todos ellos, sin prescindir de ninguna de tales emociones y sentimientos, pero no de forma permanente ni necesariamente juntos; para tales situaciones solo firmo y rubrico el contrato cuando en la casilla para hacer constar el modelo, leo: Fijo discontinuo. Necesito del contraste del movimiento para establecer niveles; ¿qué le voy a hacer si, cuando me quedo estático, me siento como funambulista sobre la cuerda floja pero sin barra? Lo sé de sobra, soy un desnivelado.

Solo me solazo plenamente con los instantes donde subyace un humor que reúna simultáneamente las siguientes condiciones: interesante, improbable, refinado y ocurrente. Minutos totalmente libres en los que todo sin límites puede chocar con todo, al efecto de generar más colisiones con la finalidad de nutrir mi infinito espíritu inquieto. Para mí, esos son mis momentos más auténticos, epifanías transformadoras, por lo espontáneamente fecundos en energía que son; pura catarsis de liberación.

Y para incrementar la probabilidad de obtener lo manifestado, la mayor virtud para mí, a la que hay que aspirar y trabajar por tanto mucho y sin descanso para conseguirla, es ser una de esas raras personas que rápidamente, apartando las dudas, sabe siempre en todo lugar y momento qué es lo que, por correcto y probablemente por ser lo menos desacertado, hay que hacer y sin demora con contundencia lo ejecuta, acompañándolo, mientras llega el esperado resultado, de paciencia y una sincera sonrisa.

Si gustamos de estar alerta y observamos, poco cuesta darse cuenta de que en la naturaleza prácticamente todo es dinámico, y si no dudamos de que la naturaleza es sabia y sobre esta última afirmación damos por descontado que con su mucha experiencia sería muy raro que eligiera la opción que más le perjudica, podemos concluir que para nosotros, como para cualquier otro insignificante elemento integrado en la naturaleza, también el estado más beneficioso es el de estar en continuo movimiento, avanzando, dado que los ojos no los tenemos en la nuca.

En conclusión, considero que el momento más satisfactorio lo disfrutamos cuando alcanzamos lo que se conoce como un estado de flujo, es decir, mientras estamos inmersos en resolver un desafío cuya dificultad está perfectamente equilibrada con nuestras habilidades. Un lance enfrentado con la herramienta del conocimiento, a su vez adquirido como si escaláramos una montaña sin cumbre identificable mientras la subimos y a la que, sin embargo, podemos aproximarnos tanto como queramos y, mientras lo vamos haciendo, simultáneamente vamos poco a poco llenando nuestro ego de sano disfrute.

Abordar, como digo, un reto en una dimensión ajustada a nuestras capacidades, sin que nos descoloque ni por exceso ni por defecto, es la esencia para saborear una longeva satisfacción; esa que, mucho después de haberlo conseguido, cuando la recuerdas y para qué contarte si fue compartida en buena compañía, no puedes evitar que una vez más te arranque una espontánea sonrisa.

Así que le doy la espalda; salvo en lo tocante a la salud, toda para ustedes, porque para mí la felicidad aborrega y esclaviza, y aunque, tras ponerme con ello, tras mucho estudio lo he conseguido con alguna otra materia y asunto, me temo que jamás aprenderé a ser borrego ni esclavo; simplemente, porque por más que lo quisiera, debe ser cosa de mi particular sonriente dinámica naturaleza, sencillamente no me sale serlo y, me temo, que de la maldita felicidad mucho menos.

Pudiendo elegir, nunca me veréis haciendo cola en una ventanilla para recibir una pensión vitalicia pagada en felicidad y, en cambio, nunca me saldría de la cola donde adjudican una pensión pagada con cupones de disfrute para gastarlos a mi aire, con alegría.

COMPÁRTELO:

Escrito por